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EL DUELO SUPONE UN CAMBIO PROFUNDO

Cuando se atraviesa una crisis existencial inmensa como la que supone la muerte de un hijo, un hermano o cualquier otro ser al que amamos con locura nos enfrentamos a un cambio personal profundo. Cada uno de nuestros hábitos, de nuestros pensamientos, de nuestras creencias, incluso de nuestras células están ligados a este ser que ya no vemos, no oímos, no podemos abrazar…Eso provoca un dolor agudo, insoportable. Nuestros proyectos de futuro se desvanecen y debajo de nuestros pies asoma el vacío. De repente no hay camino, solo dolor. Los primeros meses yo necesité parar, llorar, sentir… Y lo he ido necesitando, en mayor o menor intensidad, muchas veces más durante estos 13 años.

El duelo supone un cambio íntimo y exige una transformación grande. El proceso es lento, casi imperceptible, como todos los movimientos del alma, y nada tiene que ver con lo externo. Por sí solo de poco sirve mudarse de casa o de país, por decir algo. La clave, lo que nos permitirá ver la luz después del túnel, reside en nuestro interior. Hay que ir atravesando capas de rencores antiguos, de angustias heredadas, de abandonos y desesperos hasta dejar al descubierto el amor y la confianza. La travesía hacia uno mismo es una aventura que produce temor, pero no hay alternativa. Lo demás nos deja atrapados en la vida de antes, en un laberinto imposible de sufrimiento. Si decidimos seguir adelante, tendremos que pasar muchos ratos con nosotros mismos en silencio, sin distracciones, curando nuestras heridas. El camino del duelo es solitario pero, si estamos atentos, aparecerán personas y situaciones que nos pueden echar una mano, como sucede en los cuentos de los príncipes que recorren bosques encantados. Si matamos al dragón, si enfrentamos nuestros miedos, podremos volver a la vida sintiendo el amor que nos une para siempre a nuestro ser querido muerto. No importa el tiempo que tardemos en conseguirlo ni las veces que caigamos en el intento. Tenemos una vida y encontrarle sentido es una buena manera de vivirla.

PARA ANA Y SU MADRE

Hola Ana,

Es normal que tu madre esté mal, no te asustes. Yo estuve en estado vegetativo unos tres meses, cada cual necesita el tiempo que necesita. Llegué a pensar que me volvería loca, también eso es normal.

Vais a tener dos vidas: la de antes y la que empieza ahora. De momento el dolor lo impregna todo, pero hay chispitas de amor, destellos de luz que hay que ir haciendo grandes por pequeños que sean. Lo que quiero decir es que es horrible acostarse y es horrible levantarse pero, entre medio, algunos días, es posible sentir el amor en estado puro, aunque este sentimiento dure segundos. De ese día hay que quedarse solo con esos segundos, pensar constantemente en esos segundos y no ir dando vueltas a los pensamientos terroríficos que nos acechan.

Hay que vivir el dolor, sin esconderlo –tú tampoco escondas el tuyo, cielo-, con el convencimiento puesto en querer estar bien. Claro que tu madre en algunos momentos querría cerrar los ojos y desconectar para siempre, pero, a mi entender, esta no es la solución. Primero por ella, después porque ahora tiene la oportunidad de enseñarte a ti que después de un golpe durísimo es posible levantarse y luego porque tu hermano, su hijo, necesita que ella aprenda a vivir de nuevo para sentirse plenamente feliz allá dónde está. La energía no se crea ni se destruye y la muerte es solo un paso más. El cuerpo muere, sí, pero no la energía, el alma o como queramos llamarle. Él os está enviando fuerza, os sigue queriendo igual, pero no puede volver, eso no se lo pidáis. Es imposible. Os tendréis que acostumbrar a vivir sin su presencia física. Cuanto más amor consigáis sentir, más cerca de él estaréis.

Recuerdo que cuando yo lloraba desconsoladamente le decía a Ignasi, mi hijo, “cariño tú no te entristezcas, no lloro por ti, lloro por mi, porque todavía no sé vivir sin verte ni abrazarte, porque tengo miedo, porque no sé como salir adelante, pero tú no te preocupes que aprenderé. Cueste lo que cueste aprenderé”. Porque por nada del mundo quiero que mi hijo se sienta mal por mi. Él vivió aquí lo que tenía que vivir, nadie vive un minuto más o un minuto menos de lo que está pactado, nada ni nadie nos ha quitado nada. La vida es así. Eso es lo que yo creo, que tenemos un tiempo programado para aprender, lo que venimos a aprender y que cuando ya lo hemos aprendido nos vamos.

Ana, yo sé que ahora tú estás pendiente de tu madre, día y noche, incluso cuando no estás con ella. Pero también tienes que darte permiso para derrumbarte, por eso te será de gran ayuda acudir a terapia, sea la que sea. Has perdido a un hermano de forma repentina, cuando en apariencia no tocaba, y ves a tus padres derrumbados como nunca antes los habías visto. Eso es mucho. Todos en casa vais a tener que trabajar, los grupos de duelo son un gran consuelo para muchas personas, ir a terapia también puede serlo, aprender yoga para calmar la mente seguro que os hace bien… Poco a poco iréis viendo lo que más os reconforta. Sin prisas, pero sin pausas, a vuestro ritmo, iréis encontrando el camino de la calma, la alegría y la felicidad. No os voy a engañar, vosotras ya os podéis imaginar que el recorrido es largo, pero al final del túnel vais a renacer y tenéis la posibilidad de vivir de forma más auténtica y amorosa a partir de ahora.

Por favor, escribirme siempre que queráis. Ahora sé que estáis perdidas, pero no estáis solas.

Un abrazo grande y muy, muy cariñoso para las dos

EL DOLOR ES PERSONAL

 

Me escriben algunas personas que quieren ayudar a los seres queridos que han sufrido una pérdida. Hay muchas maneras de hacerlo: escucharles, hacerles la compra o la comida si se encuentran al inicio del duelo, -en el tramo en que uno se encuentra imposibilitado para hacer frente a sus propios necesidades-, regalarles libros o flores si les gustan… Recuerdo que durante los primeros tres meses en que yo estuve en estado de shock, mi suegra nos traía tulipanes, mi cuñada Magda cocinaba para nosotros, mi hermana ponía y tendía lavadoras y muchos amigos acudían o llamaban para interesarse por nosotros. Todas las acciones amorosas sirven.

Con el tiempo me he dado cuenta que para acercarse al dolor de los demás y reconfortarles, es preciso hacer un trabajo interior que permita conectar con los propios miedos. Quien teme horrorosamente a la muerte y, por tanto a la vida, poco podrá hacer para consolar a los que sufren por la muerte de un hijo, un esposo, un hermano, una madre… Las personas capaces de estar junto a un alma dolorida son las que pueden estar con su propio dolor y vivirlo como una parte más de la existencia. Esas personas acompañan bien, incluso en silencio. Saben que no hay que coger el dolor de los demás y hacerlo suyo, porque eso impide crecer al que sufre. El dolor es un maestro personal e intransferible, del que recibimos clases particulares. Cada uno tiene lecciones que aprender de su dolor. ¿Qué sentido tiene presentarse a los exámenes que evalúan el conocimiento de otro? Eso no es amor.

TODAS LAS MADRES SOMOS UNA

 

Estoy en casa, llueve y en la cocina hierve ya el caldo de Navidad. Mañana vienen a comermi hermano y mi padre y yo siento ahora en el alma toda la dulzura y el calor de las mujeres que me han precedido y ya no están. Ellas inundaron de amor mis navidades y lo siguen haciendo ahora porque viven dentro de mí. Son ellas, con mis manos, las que están preparando lo que mañana compartiremos. No seré en casa la única mujer, aunque en la mesa solo haya hombres. Encenderé una velita que las representará a ellas, otra para mi hijo y otra para todos los hijos que se han ido y siguen viviendo en nuestros corazones. Desde este momento, para mi, todas las madres somos UNA y eso me da una fuerza inmensa. Da igual que en el pecho sienta esa sensación conocida, esa piedra que recuerda el dolor de las ausencias. No voy a luchar para deshacerla, también forma parte de mí y estará ahí hasta que el amor la derrita.

ACTIVAR LA AYUDA MUTUA

 

Cuando muere un hijo, todos los miembros de la familia entran en un torbellino de dolor. En el epicentro se encuentran los padres, los otros hijos y los abuelos. A mí, consciente como soy del dolor tremendo e impotente de los abuelos, me preocupa especialmente el dolor de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, porque ellos están empezando una vida y, por instinto, a los adultos nos toca protegerlos. Son especialmente vulnerables, no tienen las herramientas que se adquieren con la experiencia y suelen revestirse de una capa de naturalidad que puede llevar a engaño.

Durante el duelo o del inicio de la enfermedad incurable de su hermano, empieza para ellos una realidad desconocida y dificilísima; sus padres están destrozados, volcados en el hijo enfermo y/o paralizados por el dolor que supone enterrar a un hijo. Es normal que alguna vez piensen que por qué no han muerto ellos. Lo pensamos también los padres los días en que parece imposible salir adelante.

Si en algunos momentos en la familia es imprescindible la ayuda mutua es en estos. Hay que intentar ver más allá de uno mismo y volcarse en los vivos, porque son los que corren peligro.

Mi hijo Jaume tenía 13 años cuando se fue Ignacio y ahora, con el transcurso del tiempo, puede hablarme con distancia de lo que sentía. Su adolescencia ha sido especial, porque se le ha muerto un hermano. Ha estado pendiente de su padre y de mí, durante una edad en la que no corresponde. “Mamá –me dijo hace poco- se trata de ‘aguantar a muerte’ y de ir activando el interruptor de la ayuda mutua, hasta que la tormenta pase ”. Y eso es lo que ha hecho él durante años hasta que nos ha visto francamente mejor. Es lo que hacen muchos hijos a los que se les ha muerto un hermano.Y aunque algunos intenten huir, siguen emocionalmente pendientes de sus padres.

También me dijo Jaume que ha sufrido pensando que no lo estaba haciendo bien. La muerte de un hermano supone eso, la pena y el dolor unido a la responsabilidad que conlleva convivir con el dolor y la pena de los padres, intentando cubrir el vacío, levantarlos, alejarlos del precipicio. Es mucho, es un esfuerzo titánico. Por eso, porque la vida les ha exigido tanto se merecen contar con nuestro amor entero.

Jaume me ha agradecido que le lleváramos a un psicólogo que le ayudara a aguantar ese peso, que le permitiera coger la distancia necesaria para ir deshaciendo su propio nudo.

En casa, al principio, nos fue bien hacer una piña, un círculo de amor y, desde dentro, ir activando por turnos ese interruptor de ayuda mutua. El amor de ese círculo tiene que ser del verdadero, del que no asfixia. Hay que ir abriéndolo poco a poco, dejando espacio, soltando cuerda para que los hijos puedan crear su propia vida. Y, un buen día, esa cuerda hay que cortarla, ya no la necesitan. Los golpes duros nos fortalecen por dentro, nos sirven para ser independientes. A los padres nos toca potenciar que los hijos tengan una vida plena, la suya y eso es más fácil si ven cómo nosotros vivimos bien la nuestra. El primer paso lo tenemos que dar nosotros, porque si logramos recuperamos se recuperan ellos y viceversa. Y no es un contrasentido, porque la alegría de la gente que queremos es la nuestra.

EL AMOR DE LOS HERMANOS

 

Mis hijos se llevaban 21 meses, Igansi era el mayor y al morir, Jaume se quedó sólo muy solo. Perdió su referente, el guía que había tenido desde que nació. En casa éramos Lluís y yo y los niños, formaban casi una unidad, se entendían bien, cuando se peleaban lo hacían como cachorros, nunca con malicia y de repente, cuando a Jaume le faltaban 3 meses para cumplir 14 años, la vida se le partió en dos.

Hay que ir con cuidado con los niños, porque tienen la habilidad de recubrir el dolor con una capa de naturalidad que pude hacernos pensar que su sufrimiento es menor que el nuestro, cuando en realidad su herida es tan profunda, tan honda que puede acompañarles con amargura toda su vida. Las heridas del alma sólo se curan con amor, hablando del hermano muerto con ternura pero sin magnificarlo, explicándoles que la muerte como final no existe y que pueden contar con él o ella, aunque de otra manera. Las familias que hacen el vacío a sus muertos, creyendo que es mejor, que así evitan recuerdos dolorosos, corren el riesgo de convertirse en familias enfermas. Hay que dejar espacio a los que no están porque, por derecho propio, forman parte de nosotros.

Al principio es verdad que los recuerdos duelen, porque la muerte de un hijo o un hermano duele, es así, duele y todos los que pasamos por eso sabemos cuánto, pero cuando la dulzura vuelve a nuestros corazones, el amor envuelve los recuerdos y, en el día a día, no hay diferencia entre vivos y muertos, sólo cariño.

En los momentos de felicidad y en los de apuro, Jaume, como todos en casa, recurre a Ignasi. Cuenta con su hermano cuando gana el Barça y el día de Sant Jordi llega a casa con dos rosas; la que me regala él y la que traería Ignasi.

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