REINVENTARSE

AMIGAS PARA SIEMPRE

Hay personas que nos acompañan con amor hasta que un buen día nuestras vidas se bifurcan y emprenden caminos distintos. Las echamos de menos, claro, pero ya no forman parte de nuestro día a día.

 

No me refiero a nuestros seres queridos muertos, sino a amigos, parejas o conocidos que siguen aquí, aunque desaparecen de nuestra cotidianidad.

 

Los vínculos de amor son eternos, no importa la presencia física del ser ausente para sentir en el corazón el gozo del ser amado, pero solo tu estarás siempre a tu lado.

 

Nacemos y morimos solos, aunque estemos acompañados. Por eso, porque hay muchas muertes en vida, muchas noches oscuras que preceden a nuestro propio renacimiento, es muy reconfortante convertirnos en nuestra mejor amiga.

 

A mi me parece que en cada una de nosotras hay una chispa divina, una mujer sabia que no nos reprocha nada, que nos acoge con amor, sin condiciones, cuando más falta nos hace.

 

Cuando estamos confundidas, asustadas y/o enfadas, cuando no nos gustamos nada, cuando solo queremos escondernos para siempre debajo de las sábanas, esa parte nuestra que solo ama es la que nos guía de nuevo a casa.

 

Confío a ciegas en mi parte sabia. No puede evitar que lo que tenga que suceder, suceda. Pero si aflojo mi ego y no la niego, tiene el don de serenarme, de mostrarme la parte amable. Y la reconfortante hablidad de hacerme sentir como en el cielo en sus brazos.

 

 

LA MAGIA DEL DESEO

Es muy probable que ahora nada te haga ilusión, que te de igual una cosa qué otra. Estás atravesando un gran duelo y bastante tienes con afrontar el día a día.

 

No te pido que hagas planes, sé lo agotador que es el dolor y lo difícil que resulta, a veces, que los demás entiendan que lo que antes te gustaba, ya no tiene encanto para ti.

 

Ya no eres la de antes, eso seguro, pero todavía no ha nacido la que serás más adelante. Mientras, tienes la oportunidad de elegir lo que quieres.

 

Imagínate que ya no tienes miedo de sentir. Estás viviendo, sin haberlo elegido, un dolor desgarrador, tienes todo el derecho de desear también experimentar el amor en estado puro.

 

Ahora sabes que nada es para siempre, que el presente es lo único que tienes y que tú puedes decidir qué actitud adoptas ante lo que te sucede.

 

Puedes verte como una víctima de la vida o como la co-creadora de tu realidad. Imagínate que eliges ser feliz, a pesar de todo. Eso requiere mucha valentía, pero a estas alturas tú ya sabes que eres valiente.

Si deseas ser feliz, tienes que aprender a quererte. Para eso vas a tener que dejar de culpar a los otros de tus penas. Nadie te dará nada que tú no tengas.

 

Imagínate que te respetas, que te valoras, que confías en ti. Busca en tu interior esa fuerza que sostiene el universo entero. Confía en ese “algo” más grande que te sostiene.

 

¿Quieres agradecer lo que has tenido o amargarte por lo que has perdido?

 

Si decides, a pesar de todo, volver a la vida tus seres queridos, vivos o muertos saltarán de alegría. Lo sabes, ¿verdad?

 

Si deseas ser feliz, puedes serlo, te lo mereces. Puedes ser feliz y estar triste, puedes ser feliz y sentir dolor, puedes sentir en tu corazón a todos los que te han precedido.

 

El universo conspira para cumplir tus deseos. No tengas miedo de entregarte, escucha a tu intuición, no estás sola, todas somos una.

MÁS ALLÀ DEL VACÍO

 

 

Después de la muerte de Ignasi me sentía vacía por dentro, como hueca, hasta que apareció una piedra en la boca del estómago que me impedía comer.

 

 

Esa piedra no era del todo desconocida, pero nunca antes había sido tan grande, ni había estado envuelta de tanta angustia.

 

Ese nudo denso, a veces, lo sentía en el pecho y otras, en la espalda, como un puñal clavado en medio de las dorsales. ¡El cuerpo tiene tantas maneras de avisarnos!

 

“Párate y escucha”, susurra nuestro templo sagrado y la mayoría de las veces huimos despavoridas de tanto pánico que le tenemos, sin ni siquiera saberlo, a sentir a capela.

 

Es largo y sinuoso el camino de nuestro duelo. Tiene altibajos, recovecos, muchas heridas profundas y antiguas por sanar. Capas y capas de entuertos…

 

 

Pero cada tramo de esa espiral que trascendemos nos abre los ojos a la esencia de la vida, desgarra los velos que sutilmente aprisionan el alma.

 

Más allá del vacío y después de sostener la locura del desgarro, se encuentra el amor en estado puro. Eso que nos impulsa a aceptar la vida como es, que nos permite sentir, con alegría, a nuestros hijos muertos.

 

No importa el tiempo que tardemos, ni las lágrimas, ni los desencuentros, ni los sinsabores, tenemos toda la existencia por delante para querernos.

 

TÚ PUEDES

Quizá no sepas por dónde tirar o no quieras seguir o, simplemente, te parezca imposible conseguirlo. Seguramente estás tan cansada que te cuesta horrores levantarte de la cama.

 

Sí, probablemente ahora –después de un año, dos o tres o los que sean de su partida-, te sientes tan mal como al principio. Es normal. El duelo por la muerte de un hijo es largo y tiene muchos altibajos, cuesta mucho volver a la vida, pero es posible.

 

De momento, estás perdida pero acuérdate de todos los cambios que has ido afrontado desde pequeña. Sí, es cierto, nada es comparable a esta locura, lo sé, tan solo te pido que seas paciente y amorosa contigo, que no te cierres las puertas.

 

En el fondo sabes que de nada sirve morirse en vida, que todo pasa; lo bueno y lo malo también. Solo el amor que compartes con tus seres queridos perdura.

 

No pidas que las cosas sean como antes, eso no puede ser. Estás viviendo un cambio tan profundo que lo natural es que estés asustada, te has quedado desnuda, en carne viva, te estás reinventando y todavía no sabes cómo va a ser la mujer que estás creando. Es mucha incertidumbre.

 

Tardes lo que tardes, estás en la antesala de un nuevo comienzo, nunca lo hubieses elegido, pero lo más probable es que resurjas con una mirada más amplia, más honesta, que te sientas, de alguna manera, mucho más libre. Con la ilusión de volver a bailarle a la vida.

DESPUÉS DE LA MUERTE DE UN HIJO

 

 

TALLER DE DUELO EN SANTANDER

SÁBADO 24 DE FEBRERO

La muerte no sigue un orden cronológico, no entiende de edades y algunas personas tenemos que enfrentarnos al desgarro, al dolor inmenso que produce perder un hijo. Nadie, creo, está preparado para eso.

 

Después de un golpe así es difícil volver a encontrar sentido a la vida pero, aunque parezca mentira, no es imposible. De los destellos de luz que me han ayudado a atravesar mi duelo hablaremos el sábado 24 de febrero en Santander. No hay fórmulas mágicas, cada uno tiene que recorrer su propio camino, pero si mis palabras reconfortan un poco algún corazón roto me sentiré inmensamente feliz y agradecida.

 

 

Me hace ilusión estar en Cantabria y compartir mi experiencia. Hace tiempo que venimos hablando de este taller y ahora es ya una realidad. Doy las gracias, de ante mano, a las personas que asistirán, algunas las conozco como a Maite Amigó, a otras las conoceré allí y agradezco especialmente a la psicóloga María Fernández Levín su amabilidad y la eficaz organización del encuentro.

 

Nos vemos en Santander.

Si necesitas más información:

Tels: 942 037 093 – 637 447 931

¿CÓMO TE SIENTES HOY?

 

Te propongo un juego. Cierra los ojos y pídele a tu cerebro que te muestre una imagen de cuando eras niña. ¿La tienes? ¿Está contenta, despreocupada, enfadada, asustada, triste, alegre…? Esté cómo esté no le pidas explicaciones, no busques motivos, simplemente mírala con cariño, acaricia sus cabellos y abrázala. No es necesario que le expliques nada, esté como esté tu niña hoy tan solo necesita sentirse querida, arropada.

 

Si está triste o tiene miedo agradecerá tu cálida presencia, si parece enfadada, déjala que exprese su rabia, escúchala y acaríciala con la mirada. ¿Tal vez está exultante, pletórica de energía? Si es así, deja que cada una de tus células se impregne de su alegría. En ti está todo lo que anhelas; recuerda los instantes de entusiasmo. La intensidad de algunos momentos, la pasión con la que vivías de niña, esa certeza de que todo es posible.
Ya no somos niñas, pero aunque la vida nos haya herido una y mil veces, siempre podemos elegir entre la amargura y la serena alegría.

”TRAS LA MUERTE DE MI HIJO LOGRÉ RENACER”

 

He escrito este testimonio, que quiero compartir con vosotros, para la revista  “LECTURAS” que ha salido hoy a la calle. Hablar de la muerte y de nuestros sentimientos me parece vital para afrontar el duelo.

 

“Volvíamos de la fiesta familiar de Navidad. De repente, aparecieron ante nosotros unas luces potentes que venían del otro lado de la autopista. Mientras nuestro coche daba tumbos, y yo todavía no era consciente de lo que sucedía, tuve la certeza de que mi vida estaba cambiando”.

 

Cuando muere una persona inmensamente querida nuestra realidad se rompe. Nos sentimos solos, desgarrados, vacíos, sin tierra bajo los pies… Así me sentí yo durante mucho tiempo al morir mi hijo mayor, Ignasi, a los 15 años, aquella terrible noche de 1998.

 

Esta sensación de estar permanentemente perdida en mi ciudad, en mi casa, en mi propia vida duró meses. Los objetos cotidianos me parecían muertos, irreconocibles, todo me era ajeno. Entre yo y la vida había una distancia enorme, un precipicio insalvable. Me sentía vacía, hueca por dentro. La soledad que encierra el dolor desgarrador es inmensa.

 

Me costó muchas lágrimas dejar ir, con cariño y sin juzgarme, el pesado lastre de emociones aparcadas que arrastraba. No tenía alternativa, si miraba para otro lado me ahogaba; cualquier sentimiento que intentaba rehuir se hacía grande hasta que acababa dominándome y el miedo me paralizaba. En cambio, si lo dejaba estar en mi, si lo aceptaba perdía fuerza y al final se desvanecía.

 

Durante los primeros años de duelo, en mis peores momentos, cuando la añoranza era insoportable, me reconfortaba la certeza de que todo pasa, de que el amor va más allá de la muerte y que, aunque no podía abrazar a mi hijo, si podía sentirlo cerca, en mi corazón. Durante la travesía de mi largo duelo pude constatar que el amor es lo único que me permitió volver a la vida.

 

 

Empecé a ver la luz al final del túnel cuando tuve la certeza de que la elección de ser feliz, de sintonizar con la alegría, de vivir con serenidad y en paz solo depende de mi, de mi actitud. Me di cuenta, aunque tropiezo y caigo muchas veces, que, en última instancia siempre tengo la oportunidad de elegir qué quiero que florezca en mi corazón: ¿la gratitud por lo vivido o la amargura por lo que he perdido? ”.

 

NO LO PASES
SOLA Y BUSCA
CONSUELO

 

.Pedir ayuda. Es bueno contar con el soporte de un terapeuta y/o algún grupo de duelo.

 

.Acercarse a la naturaleza. Mirar el mar, pasear por el bosque, tomar el sol… La naturaleza nos da energía.

 

Llorar, gritar. Las lágrimas proporcionan consuelo y gritar nos ayuda a liberar la rabia que produce la situación.

 

.Evitar reproches. Perdonarnos a nosotros mismos y a los demás es clave para nuestra recuperación.

 

.Centrarnos en los “para qué” en vez de los “por qué”. El por qué nos ha sucedido a nosotros suele llevarnos a la ira, el victimismo o la culpa. En cambio el “para qué” abre horizontes esperanzadores.

 

 

Mercè Castro, periodista, tiene 60 años y, a raíz de la muerte de su hijo a escrito tres libros:“Volver a vivir”, “Palabras que consuelan” y “Dulces destellos de luz”. Es autora también del blog: comoafrontarlamuertedeunhijo.com

 

¿QUÉ HARÁS CON TANTO AMOR?

 

Creo que todos nacemos con los latidos contados y un depósito de amor, en el corazón, repleto, a rebosar, para que no pasemos apuros y lo tengamos siempre a mano. Los bebés suelen emanar ese amor, lo irradian, no lo pueden contener, se les escapa. Por eso es tan agradable tenerlos en brazos, acariciarlos, acunarlos… Cuando llega un bebé a la familia decimos “que da vida”, claro, el amor en estado puro es vida, luz, energía.

 

También algunas personas mayores expanden con generosidad ese amor en mayúsculas. Suelen hacerlo a través de palabras cariñosas, gestos de ternura, miradas sabias, dulces, sin reproches, silencios que acompañan, que transmiten calidez. Sí, algunos ancianos han descubierto a tiempo el tesoro que guarda su corazón.

 

Pocos, muy pocos son los que lo disfrutan y lo comparten desde siempre, lo cierto es que la inmensa mayoría nos pasamos más de media vida intentando que los demás nos den ese amor que ya tenemos. Hacemos cualquier cosa para que nos quieran; ignorarnos, traicionarnos, maltratarnos, humillarnos…, culpando a los otros de nuestra ceguera.

 

Cuando comprendemos que somos la fuente de lo que mendigamos ya es muy difícil que nos sintamos solos o poco valorados. Los golpes de la vida nos tumbarán, casi seguro, pero ya sabemos de dónde tirar para levantarnos.

 

Podemos estar un tiempo, el que sea, tristes, apagados, pero algo vamos a tener que hacer con ese amor tan grande que guardamos.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

 

 

De pronto, nuestra vida da un giro y aquello que nos parecía sólido se desvanece. En su lugar aparece el dolor. Un dolor insoportable que lo envuelve todo como la niebla espesa: la calle, los árboles, el cielo, su habitación, la nuestra, la cocina, los cuadros, los libros, las plantas, las fotos, su ropa, los zapatos… todo duele.

Buscamos una salida rápida, de emergencia, nos ahogamos y huir parece lo más apropiado, pero no, de nada sirve irnos al otro extremo del mundo. Solo quedándonos, sintiendo nuestro dolor, es posible salir del desamparo, respirar y, a ratos, volver a ver la luz.

 

Durante los primeros tiempos de mi duelo a mi me parecía que vivía en una especie de mundo paralelo, como Alicia en el País de las Maravillas. La muerte de mi hijo me llevó al otro lado del espejo y allí, lo normal era que ocurriera lo más inesperado en cualquier momento.

 

Al oír en el supermercado una canción o al doblar una esquina podía encontrarme de cara con la tristeza, el miedo o la rabia. Nunca antes me había sentido tan frágil, tan poca cosa, tan atemorizada. A menudo pensé que me volvería loca. Pero no, al contrario, la vida me estaba forjando. El dolor puede ser un gran maestro.

 

Cuantas lágrimas cuesta y qué alivio supone aceptar que las cosas son como son y no cómo nos las habíamos imaginado. Qué extremadamente difícil y, al mismo tiempo, liberador resulta rendirse sin condiciones. Qué reconfortante es querer y quererse porqué sí, aunque estemos rotos. Qué peso de encima nos sacamos al reconocer que no sabemos nada…tan solo que una mirada amorosa, una palabra amable, una caricia nos rescatan del infierno y nos devuelven a la vida.

 

 

 

BELLAS CICATRICES

A veces, durante el duelo, el dolor es tan intenso que nos ciega. No hay luz, todo está oscuro y no tenemos más remedio que ir a tientas hasta dar en nuestro interior con algo de paciencia.

 

De la mano de la paciencia respiramos hondo y empezamos a aceptar lo que es imposible cambiar. Al desaparecer la lucha todo es más ligero y seguramente nos recorre un cosquilleo, un escalofrío de alegría.

 

Probablemente el dolor, más adelante, volverá a ser denso, pesado, insoportable, pero mientras dure la suavidad hay tiempo de agradecer lo mucho que en realidad tenemos.

 

Y un día, después de muchos altibajos, nos damos cuenta que lo único real que poseemos es el amor que no depende de nada, ni de nadie, ni de la muerte. Todo lo de más va y viene. Y aprendemos a vivir de otra manera, agradecidos de lucir nuestras cicatrices.

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