EL AMOR DE LOS HERMANOS

 

Mis hijos se llevaban 21 meses, Igansi era el mayor y al morir, Jaume se quedó sólo muy solo. Perdió su referente, el guía que había tenido desde que nació. En casa éramos Lluís y yo y los niños, formaban casi una unidad, se entendían bien, cuando se peleaban lo hacían como cachorros, nunca con malicia y de repente, cuando a Jaume le faltaban 3 meses para cumplir 14 años, la vida se le partió en dos.

Hay que ir con cuidado con los niños, porque tienen la habilidad de recubrir el dolor con una capa de naturalidad que pude hacernos pensar que su sufrimiento es menor que el nuestro, cuando en realidad su herida es tan profunda, tan honda que puede acompañarles con amargura toda su vida. Las heridas del alma sólo se curan con amor, hablando del hermano muerto con ternura pero sin magnificarlo, explicándoles que la muerte como final no existe y que pueden contar con él o ella, aunque de otra manera. Las familias que hacen el vacío a sus muertos, creyendo que es mejor, que así evitan recuerdos dolorosos, corren el riesgo de convertirse en familias enfermas. Hay que dejar espacio a los que no están porque, por derecho propio, forman parte de nosotros.

Al principio es verdad que los recuerdos duelen, porque la muerte de un hijo o un hermano duele, es así, duele y todos los que pasamos por eso sabemos cuánto, pero cuando la dulzura vuelve a nuestros corazones, el amor envuelve los recuerdos y, en el día a día, no hay diferencia entre vivos y muertos, sólo cariño.

En los momentos de felicidad y en los de apuro, Jaume, como todos en casa, recurre a Ignasi. Cuenta con su hermano cuando gana el Barça y el día de Sant Jordi llega a casa con dos rosas; la que me regala él y la que traería Ignasi.

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