AMOR

¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO DOLOR?

 

No voy a ahondar en el desgarro que supone la muerte de un hijo, en la tristeza inmensa de no oírle, ni verle, ni abrazarle más. Nos toca cruzar un desierto, cada uno el suyo, ¿verdad?

 

Quiero poner la atención en cómo llegar a la orilla de los días claros, de la ternura en la mirada, del corazón abierto, de par en par, para acoger con calidez a todos nuestros seres queridos, vivos o muertos.

 

Me temo que en el duelo no hay atajos. La calma, cuando llega, no es un estado permanente, pero tampoco lo es el dolor punzante, agudo, constante si nos permitimos sentirlo, sin pretensiones, sin querer estar en otro lado, viviendo intensamente nuestro presente, aunque sea, a veces, tan desagradable.

 

A la mínima que nos despistamos la mente, la loca de la casa, nos lleva adelante o atrás, nos sube, nos baja… ¡qué difícil es mantenerla en el presente! La mía es muy ansiosa y tengo que atarla en corto y eso lo consigo, a veces, prestando atención a mi cuerpo, a la respiración, al aire que entra y sale y, sobre todo, escribiendo.

Escribir es una buena terapia, a mi me ha ayudado mucho a trascender mi dolor, también lo es pintar, cocinar con cariño, cantar, tejer, andar, pasear por el bosque, por la ciudad o el mar, hacer teatro, cuidar un huerto, no sé, coser, cada uno tiene su forma de estar consigo mismo haciendo lo que más le gusta.

 

Aceptar el dolor es el primer paso, aunque a veces es preciso, antes, aceptar que no aceptamos la realidad, luego viene dejar de criticarnos, de empeñarnos en no ser merecedores de los destellos de luz, de felicidad.

 

 

 

ACTIVA TU PODER CREADOR


Hoy es un buen día para darle la vuelta a tu mundo y crear más armonía en tu interior.

Puedes empezar con los recuerdos. Cierra los ojos y haz presente algo bonito que te haya dicho alguna vez alguien importante en tu vida.  Las palabras  amorosas pronunciadas en voz alta crean realidad (también las de desamor, claro, de esas nos ocuparemos más adelante). 

Por ejemplo, puede parecer una tontería, pero un malestar, un complejo antiguo saltó por lo aires el día que mi madre me dijo, un año antes de morir, mientras ojeábamos juntas una “revista del corazón”, que yo era más guapa que la elegantísima Carolina de Mónaco que aparecía bellísima en la portada. Me la quedé mirando sorprendida -mi madre nunca fue pródiga en halagos-, mientras una calidez fantástica me inundaba. Más allá de la subjetividad del comentario, que dijo como de pasada, quedó grabado en aquel instante, en mi corazón, el amor incondicional que por mí sentía.

Cada palabra contiene una poderosa energía capaz de elevarnos o hundirnos. Cuando comprendemos eso, es más fácil prestar atención a lo que decimos y decantarnos por hablarnos y hablar a los demás con el corazón, con dulzura. En nombre de una supuesta “verdad” todos hemos dicho muchas barbaridades, de las que seguramente nos arrepentimos, ¿no es cierto?

Tanto si hemos ofendido o nos han herido, siempre nos queda el consuelo de pedir perdón y perdonar. En cada una de nuestras células resuenan las palabras pronunciadas en voz alta y si encierran dolor crean desarmonía y pueden, incluso, llegar a enfermarnos.


Perdonar es liberarnos de la carga del rencor. Es dejar de quedar anclados en aquel momento, en aquel disgusto que probablemente sigue vigente en nuestro interior por más que hayan pasado años.

Si al cerrar los ojos te atrapa el ruido de una palabra malsonante pide a tu parte divina que, con cariño, te ayude a trascenderla. Siempre que perdonamos se hace grande la alegría en nuestra vida. No lo dudes, eres tú quien tiene el poder de crear armonía. Inténtalo, merece la pena, sobre todo si estás en duelo, es la manera de incrementar tu energía.

LOS OJOS, LAS PUERTAS DEL ALMA


Cuando era pequeña, cuando mis hermanos o yo decíamos algo que a mi madre le parecía una mentira, nos decía: “mírame a los ojos”. No éramos capaces de resistir su mirada, ni dos segundos, si habíamos pretendido engañarla.

Y, aunque en un alarde de control –que eran más bien escasos- lográbamos aguantar su mirada, ella descubría el engaño y, entre risas, acabábamos confesando.



Los ojos, sin necesidad de palabras, hablan de lo que siente el alma. Cuando estamos alegres se nos ilumina la mirada. Para que eso suceda, la alegría tiene que ser real. Es difícil, casi imposible, mostrar entusiasmo cuando asoma la tristeza en la mirada.


Por eso, con los niños y adolescentes en duelo hay que ser especialmente sinceros. Si les hablamos desde el corazón, mirándoles a los ojos, surgirá la manera de explicar, con sencillez, lo qué sentimos ante la muerte de un ser para ellos y nosotros muy querido. El dolor compartido pesa menos y une más.


Con la mirada y en silencio podemos también aliviar, con suavidad, el dolor del otro. Los ojos, a veces, pueden expresar más que las palabras el amor que sentimos. Las miradas de ternura reconfortan tanto como los abrazos largos y sentidos.


  A veces, juego a sostener mi propia mirada ante el espejo. No es fácil. He descubierto allí, agazapados, muchos de mis fantasmas. La mente, inquieta, busca rápido miedos y defectos. Con cariño intento apaciguarla para que no nuble el amor que intenta transmitirme mi alma.  


Os invito a miraros y a mirar a los demás a los ojos, con humildad y dulzura, para acariciar sus almas.

LA ALEGRIA DE DAR

 

 

Solemos ir a menudo con el piloto automático hasta que la vida nos para de golpe. De repente, muere alguien muy querido, nos diagnostican una enfermedad grave, nos quedamos sin trabajo, nos separamos de nuestra pareja o entramos en una crisis vital profunda sin motivo aparente y nuestra “seguridad” se esfuma. Nos sentimos perdidos, no sabemos quién somos, qué nos gusta, cómo continuar amando la vida.

 

Si queremos seguir adelante, con honestidad, sin trampas, vamos a necesitar parar y mirar en nuestro interior. Probablemente nos asustará enfrentarnos a nuestros miedos, a todo lo que hasta entonces habíamos ignorado. Suele ser así, es necesario, aunque no es nada agradable.

 

Nos encontramos ante una oportunidad de reinventarnos y eso conlleva prestar atención a lo que pensamos, a lo que sentimos, a lo qué decimos, de qué manera nos tratamos. Es fácil descubrir que, con frecuencia, somos nuestros peores enemigos. Aprender a quererse sin condiciones es una posibilidad que nos brindan los duelos.

 

A mi me ayudó y me ayuda mucho crear “momentos sagrados”. Me refiero a quedarme quieta, delante de lo que antes exigía de mí una respuesta inmediata de la que, generalmente, me arrepentía más tarde. Pero, sobre todo, lo que me produce un inmenso bienestar es fijarme en la parte amable de las personas y ser afable conmigo misma.

 

Me encanta la magia que conlleva sentirse útil. La generosidad tiene un doble sentido; hace feliz al que da y al que recibe. Tengo la impresión de que el Universo tiende al equilibrio y lo que ofreces por un lado, aparece, posiblemente multiplicado, tarde o temprano en otro.

 

Dar, sin esperar nada a cambio, produce mucha alegría, por eso es bueno aceptar lo que los demás nos regalan, para no privarles de la satisfacción de ofrecer. Eso no tiene nada que ver en buscar la aprobación o el cariño de los demás, dejándonos a nosotras de lado. No, si pretendemos dar amor, primero tenemos que sentirnos absolutamente merecedoras de recibirlo. Al final todo lo que damos es lo que nos queda.

PALABRAS DE AMOR

 

 

Abraza tu mente y, cuando se entregue con dulzura a tus caricias, acúnala en tu corazón. Allí, en el refugio de tu pecho es fácil hablarte a ti misma con amor.

 

En ese espacio sagrado puedes ser sincera y dejar que brille tu inmensa fragilidad, tu infinita valentía, tu miedo a vivir o a morir, la ilusión de desperar en calma, con sosiego cada día.

 

Aunque ruja la tormenta y la fuerza del viento sea inmensa, ten paciencia, enciende una velita al amparo de la calidez de tu esencia y descansa.

 

No estás sola, el amor te acompaña, permítele que te ampare, escúchale en silencio. Déjate abrigar por el impulso de la vida, no te compares con nadie, siente la fuerza de tus ancestros y recuerda las veces que te has levantado, agradece las manos que te han sostenido…

 

No temas, el Universo entero te protege, tan solo concédete una tregua para sentir la vida. Da igual lo que digan o piensen los demás, sácate ese peso de encima.

 

Mírate al espejo y sonríele con complicidad a tu alma. Tu luz es preciosa y lo sabes, no te sonrojes. No pretendas tampoco ignorar los celos, la rabia, la envidia, la desazón, la falta de sentido, el cansancio, lo que sea que muestre también tu reflejo. Simplemente observa, no hay nada a corregir en este momento. Eres infinitamente valiosa, sientas lo que sientas. Quédate en tu corazón y disfruta de la calidez de sentirte querida.

 

 

 

LUCES Y SOMBRAS

 

 

Ando estos días haciendo balance de lo vivido, ordenando con cariño mis miedos conocidos, intentando dejar espacio a los desconocidos, reviviendo recuerdos olvidados o escondidos, percibiendo ilusiones aparcadas… Y ese inventario de emociones que, al principio, me daba pereza realizar, ahora empieza a tener sentido. La vida tiene sus ciclos.

 

Renovar los votos con la vida es como hacer obras en casa. Cuando empiezan es desesperante; todo patas arriba, se reabren las heridas, el caos se hace presente y parece que nunca nada volverá a estar en calma. Rehabilitar la casa, abrir el corazón, implica, casi siempre, un tiempo de descontrol, de incomodidad, de inquietud, pero resulta tan necesario para el alma!

 

A mi me parece que sin acoger las sombras no hay luz, puede haber, tal vez, un inconsciente autoengaño. Por eso, no me gusta, me confunde, la palabra superar relacionada con las pérdidas, con las crisis vitales, con las noches oscuras. No hay, a mi entender, que superar nada, creo que se trata más bien de vivirlo todo, a fondo, con muchas ayudas, que siempre vienen bien las manos que nos acompañan.

 

Cuanto más sinceros, cuanto más nos acercamos a vivir desde el corazón más nos damos cuenta que la existencia implica atravesar turbulencias, que no hay nada ganado, el cambio es permanente hasta el último suspiro.

 

Que descanso dejarse mecer por la vida en vez de intentar superarla. Al fin y al cabo ella es la que sabe, con vivirla con amor basta. Y entre consuelo y desconsuelo vamos ensanchando el alma y nos sentimos con ternura arropados.

 

 

 

LA ANTESALA DE ALGO BONITO

 

El miedo y yo compartimos muchos ratos juntos. Suele visitarme a menudo cuando se acerca diciembre. Es como si, antes de cerrar el año, tuviéramos que hacer inventario de todas las heridas nuevas y antiguas que ni sé que tengo.

 

Cuánto más quiero eludirlo, más presente se hace; me agarrota la espalda, me instala una piedra grande en la boca del estómago, me siento ansiosa, irascible, triste y enojada. Es su forma de decirme que le mire con cariño, que lo mejor que puedo hacer es sentir lo que viene a contarme.

 

El temor me ha acompañado y, probablemente, me acompañará durante algunos tramos durante toda mi vida . Por eso, porqué nos conocemos, sé que no soy el miedo aunque esté asustada, no soy la tristeza, aunque me sienta triste, ni la ira, aunque este irritable, no soy lo que siento ni lo que pienso, soy algo más grande que no sé nombrar.

 

Cuando me siento inmensamente vulnerable y confundida respiro hondo y como una madre intento mecer con dulzura mis temores. No suele salirme a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, pero cuando de la mano del amor los sostengo algo dentro de mi reluce, me siento más serena, más en contacto con mi esencia, más honesta conmigo misma.

He podido comprobar que cuando me visita el miedo, en realidad estoy en la antesala de un luminoso comienzo. Como si estuviera engendrando algo bonito. Algo que me acerca más a amar la vida, aunque a veces duela.

 

Aunque tengamos miedo, propongo buscar el amor en cada esquina esta Navidad. Empezando por ser buenas con nosotras mismas. ¡Cada una sabe cuántas veces se critica así misma al día!

 

No es fácil acoger el dolor de las ausencias, pero el miedo es nuestro, no de los que se han ido. Y, posiblemente, nacimos con él y durante años lo hemos guardado en lo más profundo, sin ni siquiera darnos cuenta.

¿ESTÁS CANSADA?

 

 

Es posible que si dejas de mantener en alto tus defensas y, sin máscaras, te entregas a sentir descubras en ti una fatiga infinita.

Si dejas de resistirte a ese cansancio tan antiguo no morirás de agotamiento, no, al contrario, la rendición es dulce y tiene el don de liberarnos.

 

Lo que nos tensa, lo que nos mantiene, a veces, muertas en vida es intentar eludirlo, mirar para otro lado y seguir con la piedra en el pecho y los nervios desbocados.

 

Tu cansancio es sagrado, párate y escúchalo con cariño. Posiblemente, en silencio, te cuente que es bueno que dejes que cada cuál acoja su propio desasosiego, que no tienes porqué andar con el mundo a cuestas. Nadie avanza, en realidad, si le llevan a hombros.

 

 

A veces, solo por el simple hecho de vivir nos agotamos. Son tantas las batallas que enfrentamos! Si te sientes así, exhausta, busca un lugar seguro y entrega las armas. Las victorias del alma, esas que nos transforman, sólo se consiguen con honestidad, suavidad y ternura.

 

 

 

 

EL TIEMPO POR SÍ MISMO NO CURA NADA

Os dejo el link de la entrevista que me ha realizado Meritxell Prat para El Periòdic d’ Andorra: https://www.elperiodic.ad/entrevista/67984/el-temps-per-si-mateix-no-cura-res

Y añado el texto traducido al castellano:

Mercè Castro es licenciada en ciencias de la información. El 26 de diciembre de 1998 tuvo un accidente de coche en el que murió su hijo. Diez años después creó el blog Cómo afrontar la muerte de un hijo. Este viernes dará una conferencia (19.30 horas) en el Hotel Céntrico de la capital de la mano de la asociación Marc G. G.

-Como se afronta la muerte de un hijo?

-Es un camino difícil, pero no es imposible volver a la vida. Creo que la mejor manera de afrontarlo es no rehuyendo lo que sientes, sino
acogiendo todas tus emociones, la tristeza, la rabia, la frustración; contar con mucho apoyo de grupos de duelo o terapias y contar mucho con el amor incondicional, con el amor en estado puro.

 

Que nos dé vergüenza llorar o expresar determinados sentimientos, es un obstáculo?

-Sí, nuestra sociedad, culturalmente, esconde las emociones. Cuando nos preguntan: «¿cómo estás?», Todo el mundo dice que bien, pero no siempre estamos bien. Por el hecho de vivir sentimos tristeza, dolor, alegría, rabia, son emociones naturales que conlleva el vivir, pero no tenemos una educación de permitirnos acoger estas emociones. Y durante el camino del duelo tenemos que ir descubriendo, con la ayuda de todas las personas posibles, cómo acogemos estas emociones.

-Comparte eso que se dice que el tiempo lo cura todo?

-No, nada. Además puede causar mucha frustración. El tiempo por sí mismo no cura nada. Cura lo que se hace durante este tiempo, la mirada
interior que haces, las cosas que puedes llegar a cambiar. Porque se entra en el duelo siendo uno, y durante la travesía tienes que ir cambiando porque nunca se puede ser el mismo después de un gran duelo.

-A menudo se cuestionan los modos de llevar el duelo.

-Es cierto, pero cuando estás en momentos vitales de absoluta supervivencia lo que piense o crea la gente, no tiene importancia. Cuando estás en la primera línea del acantilado, en mi opinión, uno debe mirar qué le va bien y qué no. Y si te va bien, lo haces, aunque políticamente
o socialmente no sea correcto, porqué estás en momentos de muy poca energía y de mucha incertidumbre. Por lo tanto, todos los convencionalismos sociales, de alguna manera, explotan, no puedes mantenerlos. Cada duelo es personal e intransferible, no hay fórmulas mágicas.

-Y el entorno a veces no sabe consolar.

-Como cultura no sabemos cómo afrontar la muerte porque todavía tiene una parte de tabú. En cambio, hablar de la muerte es hablar de la vida. A veces las palabras no tienen demasiado sentido y encuentro que reconforta más una mirada dulce, un abrazo, que te cojan la mano o una sonrisa.

-Deberíamos hablar más de la muerte?
-A todas las personas que se nos ha muerto un ser muy querido nos gusta que nos hablen, en cambio, la gente, a veces hace silencio y es un error. Una muestra de cariño, en días señalados, te saca malestar, por ejemplo.

GRACIAS MERIXELL

MOMENTOS DE CAOS

 

 

Tengo una amiga del alma que lleva más de tres meses inconciente, en coma. Tita ha sido una maestra para mi, me ayudo muchísimo durante mis primeros años de duelo. Siento el dolor de su esposo, ante la incertidumbre de la vida. Mantengo a menudo una velita encendida para sentirlos cerca a los dos.

 

Recuerdo mis días en el hospital, cuando Ignasi estaba entre dos mundos; la desesperación, con destellos de esperanza, hasta que poco a poco la realidad se impuso y el dolor empezó a envolverlo todo. La tristeza inmensa de volver a casa sin él, sin él para siempre…

 

Tarde años en poder decir en voz alta: “mi hijo ha muerto”. No podía asociar esa palabra con su nombre.

Cuando muere un ser muy querido, el caos, la incertidumbre acostumbra a inundarlo todo. Probablemente, nada de lo que considerábamos sólido nos sirve, solo es posible agarrarse al amor, es lo único que nos sostiene.

 

Por eso, a mi me gusta recordarme que vivir se trata simplemente de aprender a querer, estén presentes físicamente o no los seres amados. El amor siempre vuelve, tan solo hay que mantener el corazón abierto.

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