AMOR

¿YA TE FELICITAS?

Vamos a imaginarnos que a esa voz que está en nuestra mente, esa que suele reñirnos, que nos censura, que nos muestra lo que no hacemos bien, lo mal que pueden ir las cosas, lo imposible de darle la vuelta a lo que sea que nos suceda le otorgamos, con cariño, un merecido descanso.

 

En su lugar vamos a poner la atención en felicitarnos cada vez que reímos, que nos miramos con dulzura las arrugas, que recordamos lo valientes que hemos sido en mil y una ocasiones, por acogernos con cariño en las noches de insomnio, por confiar en nuestra intuición, por cada instante que nos sentimos en calma, por apreciar la luz, la belleza.

 

Vamos a imaginarnos que hacemos sitio a otra vocecita, mucho más afable, que nos elogia cuando tendemos la mano a alguien, cuando nos damos un capricho, cuando sentimos placer, cuando nos sorprendemos sonriendo por algo que hemos dicho, cuando al mirarnos a los ojos, en un espejo, sentimos ternura, cuando tenemos ganas de bailar, de pasear por la orilla del mar, cuando nos perdemos en el sofá viendo nuestra serie favorita o sin hacer nada.

No olvidemos felicitarnos por honrarnos a nosotras y a la vida. Ese, creo, es el mejor regalo que podemos hacer a nuestros seres queridos estén en este o en el otro lado.

ERES PODEROSA

 

Si hoy tienes un día complicado, difícil, de esos en que vivir se hace cuesta arriba y no encuentras un motivo para levantarte de la cama, recuerda que estás en duelo o, tal vez, en una crisis vital sin motivo aparente, da igual. Lo que sea que te suceda, forma parte de la vida, es normal y mejora si te miras, si te hablas con cariño.

 

Quizá ahora no puedas darle la vuelta a ese mal humor, a esa desgana, a ese dolor, a ese desanimo. Tan solo te propongo que recuerdes que eso tan desgarrador pasará, como todo y vendrán momentos luminosos, de esos que nacen de dentro y van de la mano de una sensación de alegría que no tiene nada qué ver con lo que te sucede.

 

Ten paciencia, en ti reside la fuerza del Universo y siempre puedes recurrir a agradecer. El agradecimiento tiene el poder de cambiar nuestro estado de ánimo, enfocarnos en lo que sí, en la parte bonita, nos ayuda a co-crear una realidad más agradable, más amorosa.

 

Asusta ser vulnerable, sí, pero en eso reside nuestra fortaleza. En no negar, en acoger lo que nos sucede como una oportunidad de ampliar nuestra mirada, de ser personas más compasivas, tolerantes y flexibles, en primer lugar con nosotras mismas.

 

Date tantas oportunidades como necesites y, sobre todo, si tu duelo es por la muerte de un hijo, no dejes de mirar con devoción a los que tienes aquí, a los que ahora necesitan el amor que eres capaz de dar. Si una cosa necesita el mundo es cariño.

 

Aunque hoy estés fatal, recuerda que eres poderosa. Y ni se te ocurra pensar que estás sola.

 

 

EL CAMINO DEL DUELO

 

El 26 de un diciembre tuvimos el accidente. El 28 los médicos confirmaron su muerte cerebral y el 31 tuvo lugar el funeral de nuestro hijo. Una semana trágica la de aquellas navidades de 1998, que ha marcado, sin duda, el resto de nuestras vidas.

 

En esos 25 años transcurridos caben muchas cosas y hoy me alegra decir que la inmensa mayoría han sido buenas, han dado un sentido más amoroso y sereno a mi existencia. Un duelo largo y sentido, de esos que te voltean entera, da para quitar muchas capas de arrogancia, de falsos amarres, de miedos heredados, de creencias que nos mantienen atados.

 

Pero nadie amanece fortalecido de un día para otro. Ese camino, de ineludible transformación, que empieza con una muerte anunciada o repentina hay que recorrerlo paso a paso, sin saltarnos tramos. El dolor del alma, dura lo que dura y hay que vivirlo entero, sin drama, sin caer en la tentación de tirar la toalla y quedarnos enganchados al sufrimiento.

 

Poco a poco, con todas las ayudas que tengamos a mano, vamos cayendo y levantándonos. Aprendemos a respetarnos, a no mentirnos tanto, a preguntarnos qué nos gusta y que no, a hablarnos con dulzura, a arroparnos, a ampararnos, a hacer las pequeñas cosas del día a día con agrado, con cariño, a llorar sin reparos y después lavarnos la cara para ofrecernos una sonrisa sincera.

 

Eso, llorar con ganas es lo primero que hice al despertar este 26 de diciembre, 25 años después, para luego dejarme envolver, con ternura, con el corazón abierto, por el amor infinito de las personas que quiero, estén aquí o allá, incluso por las que hace mil años que no veo.

ENCUENTROS SAGRADOS

 

El «in-yeon» es una palabra coreana que alude a la importancia de la conexión entre dos seres humanos. Según la religión budista, si dos personas interactúan, aunque sea por poco tiempo, sus vidas pueden estar interconectadas eternamente.

 

Es posible que ese encuentro, esa conexión impactante, aunque sea breve, active las memorias emocionales de lo que unió a esos dos seres en otros mundos. De eso, de las relaciones intensas que nos acompañan siempre trata la película «Vidas pasadas», de la directora Celine Song, que fui a ver el domingo.

 

Salí del cine con una sonrisa en la cara. La historia es una historia de amor que empieza lenta y, a medida que gana fuerza, te cautiva. O eso es lo que me pasó a mí.

 

Esos encuentros sagrados, que dejan una huella imborrable, contienen vivencias pasadas o futuras. El tiempo, dicen, no es lineal y algunos afirman que existen infinidad de universos paralelos.

 

Esa forma de ver la existencia me seduce. Todos los que hemos vivido un gran duelo sabemos que una vez atravesado el dolor el AMOR perdura, es infinito.

 

A mi me parece que ni una gota de amor se pierde en el Universo. Cada mirada de ternura que cruzamos con alguien se convierte en una semilla de amor, que florecerá tarde o temprano.

CONCÉDETE ESTE REGALO

Ahora, que están a punto de encenderse las luces de Navidad, que ya a nuestro alrededor se hacen planes de celebraciones, que dentro de nada empezará la fiebre de las compras, te sugiero que te otorgues un tiempo, el que puedas, de sosiego.

 

Quédate un ratito contigo, en silencio, para poder escuchar lo que sientes. Si tienes ganas de llorar, llora, las lágrimas limpian las heridas, son un bálsamo, una dulzura para el alma. Déjate arropar por tu luz, por ese inmenso cariño que emana de ti, concédete este regalo.

 

Para que nos vamos a engañar, no son días fáciles para nosotras, cada una guarda sus motivos, sus ausencias, sus desvelos. Por eso, como cada año, desde hace muchos, propongo que nos agarremos a la ternura.

 

Sé, porque lo he vivido, que muchas querrían dormir y no despertar hasta mediados de enero. Nosotros pasamos las primeras navidades sin nuestro hijo Ignasi, en Egipto, huyendo. Cada uno, en cada momento, hace lo que puede.
Los primeros años yo en diciembre, mes que murió nuestro hijo, me sentía morir. Es así.

 

Si te parece, ahora que se acerca diciembre, podemos encontrarnos en ese tiempo sin tiempo que conocemos bien los que hemos vivido grandes duelos y acompañarnos con delicadeza, sin exigencias, sin ni siquiera forzarnos a estar bien. Tan solo te sugiero que recuerdes que cada sonrisa sincera, cada abrazo, cada pensamiento y palabra amorosa reconforta, no solo a nosotras, también nos acerca a los que se han ido.

 

Al fin y al cabo, lo que nos separa de nuestros muertos está solo en nuestra mente, en nuestro corazón estamos todos y el amor es lo que nos acerca, es la conexión. Por los que están en este lado y en el otro, merece la pena apostar por la bondad y eso tiene que ver con el verdadero espíritu de la Navidad, ¿verdad?

BUSCAR EL LADO BUENO

A mi me resulta útil -sobre todo cuando la vida me pone en aprietos- buscar el lado bueno de aquello que, en apariencia, no tiene ninguno. Y no es porque haya nacido optimista hasta la médula, no, no. Empecé a ver la vida de ese modo por pura supervivencia; o me agarraba al amor o me ahogaba.

 

A todos nos gustaría que todo fluyera en armonía, sin tropiezos, y desde luego, nadie quiere pasar por esos duelos que te dejan en carne viva. No queremos sentir miedo, nos asusta el dolor y esa tristeza espesa que a menudo nos invade, ¿verdad?

 

Por eso, a mi me gusta quedarme con los destellos de luz que dan un sentido amoroso a lo que vivo. Me imagino que lo que la existencia me trae, es para bien aunque me cueste, más o menos verlo. Eso nada tiene que ver con la resignación. La resignación conduce a la amargura, la aceptación, en cambio, abre infinidad de posibilidades y nos reconcilia con nosotras mismas.

 

La muerte de mi hijo me ha enseñado muchas cosas y la más reciente de mi marido también. No hace falta decir que daría cualquier cosa porque no hubiesen ocurrido, pero como eso no lo puedo cambiar, agradezco la fortaleza que voy adquiriendo.

 

¿Cómo quieres vivir tu, culpando a los demás o a la mala suerte de lo que te ha sucedido o buscando en tu interior esa luz que ilumina las sobras? ¿Cerrando las puertas a la ternura o dejando salir esa parte cariñosa que te arropa y te permite ver con dulzura el lado más favorable de lo que te trae la vida?

 

Si apuestas por el amor, no creas que no vas a sentir dolor, miedo, rabia, celos o lo que sea. No te vas a convertir en una santa, simplemente vas a dejar de sobrevivir para vivir. 

My way

 

Desde pequeña me ha gustado inventarme realidades paralelas, como para adornar el día a día a mi manera. Mi madre me decía que tenía mucho cuento, que era muy fantasiosa. Me decía eso y que parecía «la abogada de los pobres», porque defendía con vehemencia causas que a ella le parecían imposibles. Mi madre me adoraba, pero a veces no sabía muy bien qué hacer conmigo y la comprendo porque, ni yo, a menudo, me entiendo.

 

Lo cierto es que, en general, lo de entender ya no me importa tanto. Ahora me fijo más en lo que siento y, más en concreto, me centro en lo que me hace sentir bien. Que no tiene que ser algo creíble, adecuado, agradable o útil para los demás. No, simplemente, es mi manera de afrontar la incertidumbre de la vida. Por ejemplo, ante cualquier conflicto o desencuentro, a mi me va bien imaginar que estoy delante de una oportunidad, algo que me da miedo, sí, pero que, tal vez, me permitirá ganar flexibilidad, humildad, paciencia, tolerancia, empatía, compasión, no sé, cualidades que al final me darán paz. Y me sienta bien, a ratos, distanciarme de eso que duele, verlo como si estuviera en el teatro o fuera un sueño.

 

Es verdad que mi talón de Aquiles es ver sufrir a los míos ante sus propios desencuentros. Eso, a menudo me puede. Pero de nada sirve intentar jugar en su lugar la partida, al contrario, eso les debilita. Cada alma ha pactado experimentar lo que sea para salir fortalecida. A mi me parece que acompañar desde el amor es sostener el dolor del otro sin hacerlo nuestro. Estar presentes, a veces, simplemente, en silencio. Los desafíos familiares encierran lecciones y oportunidades para todos. «El plan es perfecto».

Me gusta ver las cosas así, a mi manera e imaginar que hay muchos universos y que mis muertos se encuentran en uno muy cerquita, que lo que llamamos muerte es un paso hacia otro realidad. El cuerpo se queda aquí, pero la energía, la luz, las experiencias acumuladas y el amor nos acompañan siempre. Para mí, el ser es eterno y vamos y venimos de una dimensión a otra, para adquirir experiencia. Eso a nuestra chispita divina no le representa ningún drama. El velo que cubre nuestra conciencia en este lado es lo que nos aturde. Aquí olvidamos que la vida es un juego, que se trata de ir rasgando velos hasta recordar quién somos y el comodín siempre es el amor, en mayúsculas.

 

Eso no quita que ante un gran desafío me sienta perdida, arrastrada por el remolino de emociones, claro, y lo paso mal, a veces, muy, muy mal como cuando murió mi hijo. Hay situaciones que nos dejan un tiempo en la más absoluta oscuridad, pero incluso en esos tiempos de locura, he obtenido consuelo en el hecho de buscar la belleza en lo rincones cotidianos, en las cosas más simples; he notado como se ilumina el alma al agradecer una palabra cariñosa, una ducha de agua caliente, un gesto amable, una mirada cómplice, una casa donde no se pasa frío y se tiene un plato en la mesa.

 

Y me encanta imaginar que mis guías se desviven para verme feliz, para que encuentre el suing y baile enamorada de la vida. Para que, en mi último suspiro, pueda decir que he vivido, a mi manera.

 

TENER FLORES EN CASA

 A veces, me siento frágil, vulnerable ante los desafíos de la vida. Cuando me siento así, agradezco el refugio que me proporciona estar en casa.

 

Mi casa es mi santuario, mi guarida, el lugar sagrado donde aflojar mi armadura. Por eso, en los días de nostalgia, la visto con flores y busco la belleza de la luz en sus rincones.

 

Y entonces me doy cuenta que estar en casa es estar conmigo, es arroparme, envolverme con ternura y permitirme volver a ser pequeña, como cuando era niña. Sin expectativas.

 

Hay algo dulce en aceptar que nos sentimos frágiles, que estamos tristes, que la vida, a veces, duele, sin más. No sé, da como paz, me produce sosiego.

BENDITA LLUVIA

 

Llueve. El susurro del agua, tan deseada, me acuna, me sosiega. Bendita agua que alivia los campos resecos, que limpia y alegra mi alma en esta tarde que huele ya a otoño.

 

Cierro los ojos para escuchar mejor el canto dulce de la lluvia y me conecto a la Tierra, a esa madre generosa que nos sostiene.

 

Sé que cuando se atraviesan duelos severos es difícil mantenerse aquí y ahora, con facilidad estamos a años luz, con la mente desbocada.

 

Pero añadir nuestra ausencia a las ausencias complica más las cosas. hay muchas maneras de regresar, de estar presentes. El duelo nos da tiempo para descubrir cada uno las suyas.

 

Cuando me pierdo, a mi me va bien parar, respirar profundo e invocar mi parte más sabia, mi poder sagrado. Con los pies bien anclados en el suelo, me gusta imaginar que soy un árbol frondoso con buenas raíces. Eso me da fuerza.

También me reconforta bañarme en el mar, disfrutar del sol al atardecer o a primeras horas de la mañana, escuchar como hoy la lluvia… pero sobre todo, lo que cura mis heridas es agradecer cada momento de la vida, buscar lo bueno en lo que aparentemente no lo es tanto. Al fin y al cabo, a mi me gusta pensar que somos chispitas divinas viviendo una aventura, por un tiempo limitado.

 

De los regalos que me han hecho mis muertos, hay uno que me encanta, que valoro mucho porque me ayuda a vivir con menos miedo, más segura y agradecida.

 

Empecé a disfrutarlo, por primera vez, cuando el desgarro por la muerte de mi hijo me daba algún respiro. En esos destellos de luz, aunque duraban poco, sentía un amor infinito. ¿Cómo era posible conectar con algo tan sublime, en medio de tanto dolor?

 

El amor que nació en mi al ser madre está presente, vive en mi para siempre. Al tomar conciencia de eso, la vida pasó a ser un lugar más agradable.

 

Ahora, al morir Lluís, mi compañero del alma, el padre de mis hijos, vuelvo a sentir esa conexión amorosa que nace de dentro y regresa a mi de la forma más inesperada.

 

Un amigo sabio, muy querido, me consoló una vez, hace años al decirme que «cuando hay amor, la presencia física no es absolutamente imprescindible, pues el amor hace presente al ausente». Cuánta verdad encierran sus palabras.

 

El amor no tiene límites ni depende de nada, va más allá de la muerte, es algo íntimo, que nos pertenece, que nos enriquece a todos. Por eso notamos a nuestros muertos vivos en nuestro corazón. Por eso somos capaces de volver a amar la vida, de abrazar y dar cariño a los que están aquí. De disfrutar de las cosas sencillas, de mirarnos con ternura.

No hay nada más gratificante que dejar brotar el amor en estado puro que hay en cada uno de nosotros.

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