APRENDIZAJE

NO ESTÁS SOLA

 

Tal vez estés viviendo un gran duelo; puede ser que él o ella haya muerto, que tú o alguien muy querido haya perdido la salud, el trabajo, que tu pareja se haya roto o que te sucedan varias de estas cosas a la vez.

 

O, quizá, no haya un motivo aparente para que te sientas tan desolada como te sientes hoy. En ocasiones, la tristeza surge sin más, no precisa explicaciones. ¡Hay tantas memorias de dolor en nuestro interior de las que no somos conscientes!

 

Sea como sea, si te envuelve el dolor y te sientes perdida recuerda que siempre puedes recurrir al amor. Para, respira y deja que surja lo que sientas. Aparezca, lo que aparezca, por más aterrador que sea, dale la bienvenida. Esas emociones, que te desgarran, tan solo quieren que las acojas.

 

Te puede parecer mentira pero entregarnos a lo que sentimos suele desvanecer el miedo y poco a poco recuperamos la calma. No podemos controlar lo que la vida nos depara, pero sí decidir cómo nos enfrentamos a ello. Y sé, por experiencia, que el amor que surge de dentro es el mejor bálsamo. No temas, abre tu corazón y deja que fluya el amor que encierra.

 

 

También sé que cuando la vida nos pone a prueba, el Universo entero conspira para ayudarnos. No estamos solos. Todos los que nos han precedido, los maestros ascendidos, los ángeles y arcángeles nos están apoyando. Déjate arrullar por tu familia celeste, tu familia de luz. Aparca a ratitos tus dudas para que puedas oír sus susurros de aliento. Déjate querer por las almas de uno y otro lado.

TÚ PUEDES, CLARO QUE SÍ

 

Ya sé que hay momentos y días para todo. Que nada es blanco o negro y que las emociones van y vienen. Pero puestos a elegir, mejor apostar por el “sí puedo”, que por el “de ésta no voy a salir”. ¿No te parece?

 

Es normal que, a menudo, tengas miedo, dudas, incluso que rayes la locura. Eso forma parte de la vida y ahora anda todo muy revuelto. Por eso te invito a que te recojas.

 

Para y pon consciencia a lo que sientes. Sea lo que sea, está bien. En el fondo sabes que todo pasa, no eres una novata, has vivido situaciones difíciles antes y has llegado a la otra orilla. ¿Por qué ahora ha de ser diferente?

 

Llevas en tu ADN la fuerza, el instinto de mil guerreras, el coraje de los mejores de tu especie, ¿lo sabes, verdad? En ningún momento estás sola. ¿Cómo si no has llegado hasta aquí? No te quedes con la tristeza, tan solo siéntela.

 

 

Siente la tierra bajo tus pies, hazlo a menudo, ella te sostiene, te nutre, te acoge, te mede… y agradece lo que el día te depare.
Es posible que tu realidad te duela, que quisieras que fuera distinta, pero solo amando lo que hay nuestro corazón palpita en calma.

 

Tu calma es poderosa, tranquiliza a tus seres queridos, vivos y muertos y nos llega incluso a los que no sabemos de tu existencia. Merece la pena elegir el “sí puedo”.

 

DÉJATE ARROPAR POR LA TERNURA

Ahora te parece imposible salir a flote, lo sé, al principio el dolor es tan intenso que parece interminable. La vida sin él o ella no tiene sentido. Así suelen empezar los grande duelos.

 

Aprender a vivir sin la presencia física del ser inmensamente amado es desgarrador y, en ocasiones, tirar la toalla parece la única salida.

 

Puedes quedarte en la cuneta, tanto tiempo como necesites, pero si apuestas por volver a la vida, el universo entero conspira para ayudarte a renacer.

 

Es verdad que nadie puede vivir por ti tu dolor, pero muchas manos pueden sostenerte en tus días más oscuros si abres tu corazón, si te permites sentir.

 

Ten paciencia, las emociones se desbocan; el miedo suele envolverlo todo, la tristeza impregna hasta las pareces, la culpa o la rabia se hacen fuertes y tal vez pienses que vas a volverte loca. No te asustes, lo que te ocurre es normal, te estás transformando. Tan solo siente y déjate arropar por la ternura que emana tu alma.

 

 

El proceso dura lo que dura y a medida que vayas despojándote de viejas heridas, de miedos antiguos de maneras de hacer que ya no te sirven, se abrirán claros y empezarás a vislumbrar que el amor que sientes por los que se han ido es, si cave, más fuerte.

 

Aunque nada es como antes, ellos, de otra forma, te acompañan y siguen formando parte de tu proyecto de vida. Si eliges llenar el vacío con amabilidad y cariño hacia ti misma nunca estarás sola.

Cuando nos miramos con ojos bondadosos es más fácil conectar con la alegría y la calma.

 

NO LE DES MÁS VUELTAS

A menudo, sin darnos cuenta, nos vamos al pasado y surge, en nuestro interior, esa voz empeñada en remarcar todo lo que le parece que hubiésemos podido hacer mejor.

 

Esa voz está hecha de juicios y perjuicios, de creencias limitantes, de carencias, de desasosiegos, en su mayor parte heredados, y nada tiene que ver con nuestra esencia.

 

No somos los que pensamos, la mente va a su aire y, a menudo, nos pone en lo peor. Mejor no hacerle caso, no le des más vueltas a lo que hubieses podido hacer y no hiciste.

 

En aquel entonces, cuando ocurrió lo que te atormenta, no pudiste hacer otra cosa más o mejor de la que hiciste. Créeme, el hombre o la mujer que eras entonces actuó como buenamente pudo.  

 

Y si ahora lo ves distinto es porqué has cambiado. Tal vez es el momento de pedir perdón y perdonarte por tu ignorancia pasada, pero no te culpes de lo que, en aquel momento, no estaba en tus manos hacer de otra manera.

 

Tu alma, tu corazón, tu esencia lo saben, en ningún momento te reclaman nada. Estas aquí para experimentar y solo a través de la experiencia y el error se aprende. La perfección no es humana, tan solo una ilusión de la mente.

 

Si ahora, en el presente, hay algo que no te gusta de ti puedes cambiarlo, pon la intención en ello, pide a tu ego, a tu personalidad que se relaje, y aparecerán las personas que pueden ayudarte.

 

¿Qué te parece empezar por tratarte con cariño, por felicitarte por todo lo que has conseguido, por ese trozo del camino recorrido?

 

En el fondo todos sabemos que somos una chispita de amor en estado puro, aunque lo olvidamos a menudo porque, a medida que nos hacemos mayores, nos suele cubrir un manto de inseguridades.

 

Cuando mi voz interior me aterroriza, con mucha mano izquierda, le recuerdo que en mi habita la fortaleza del universo.

 

Cuando me siento sola y asustada, me reconforta imaginarme en los brazos de la gran madre, esa que todos llevamos dentro, la que nos sostiene cuando desfallecemos.

 

AMPLIAR LA MIRADA

 

Cuando era pequeña y la oscuridad de la noche me asustaba, no llamaba a mi madre, sabía que ella estaba cansada, me refugiaba en la oración: “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan”. Me repetía la frase hasta que notaba su presencia, su custodia y, ya a salvo, me entregaba, con suavidad, al sueño.

 

De mayor, la oscuridad ha sido el más inofensivo de mis miedos. Cuando me siento aterrorizada, cuando el miedo a sentir dolor me paraliza se que tengo que cambiar la mirada. Pase lo que pase fuera, puedo verlo con cariño o con temor, soy yo mi ángel de la guarda, mi parte sabia forma parte de mi, solo tengo que invocarla.

 

Cuando estoy entre dos aguas sé que la salida, para darle la vuelta a lo que sea que me mantiene angustiada, es parar y escuchar, con ternura, el ruido que hay en mi interior. Mientras, pido ayuda a mis guías y me limito a hacer grande lo bonito que hay a mi alrededor. La amabilidad, el agradecimiento, el perdón y la bondad hacia mi misma, la belleza de un árbol, de una nube, de la luz que cubre de dorado, al atardecer, la pared de la estancia, obran milagros. Eso es lo que me ayuda a mi a ver el lado más alegre de lo que antes me tenía tan preocupaba.

 

Cada vez que se me olvida y la mente insiste en mostrarme el drama, vuelvo a tomar consciencia de que la elección está en mis manos. Siempre puedo elegir ampliar la mirada.

DÉJATE ACARICIAR POR TU ESENCIA

 

 

Al principio de un gran duelo, de poco sirven las palabras. Estamos fuera de la vida y nos cuesta conectar con el presente, incluso nos molestan las frases hechas, aunque las impulse la mejor de las intenciones.

 

Todos estamos perdidos ante la muerte y ahora, que la epidemia nos impone barreras, más que nunca. ¡Cuánto echamos de menos los abrazos, las caricias, las miradas de cariño con las manos entrelazadas!

 

En los tiempos que vivimos, es bueno recordar que podemos dejarnos mecer por nuestra propia esencia y comunicarnos con los demás, de alma a alma, siguiendo el hilo invisible del amor que nos reconforta a todos.

 

Cuando, desde el corazón, hago presentes en mí a los seres que quiero, siento que me envuelve su calidez y a ellos la mía. Sé que esto, al principio del duelo, cuando la ausencia de la presencia física se hace insufrible, no es de mucho consuelo.

 

A los grandes duelos entramos a ciegas y se va iluminando el camino a medida que vamos ahondando en nosotros mismos; en nuestros miedos, en nuestras carencias…

 

No sirven las prisas, cada uno a su ritmo va sacando con dulzura las malas hierbas que crecen, sin darnos cuenta, en nuestro interior, con la esperanza de las madres que acompañan los primeros pasos titubeantes de sus bebés.

 

Siempre se puede sacar algo bueno de lo que sucede, aunque duela y parezca imposible darle la vuelta. Todo es vida, experiencia, aprendizaje… verlo así me ayuda, me da paz.

 

LA VIDA VA A SU AIRE

 

 

 

 

En estos tiempos de incertidumbre es fácil que asome el miedo, nunca antes habíamos vivido nada parecido y el horror que acompaña a esta pandemia, posiblemente se sume a nuestros propios temores y reabra viejas heridas.

 

Por eso, porqué vivimos una situación extrema, es bueno recordar que la vida va a su aire, es incontrolable y, cuánto más nos resistamos a ella, cuánto más insistamos en volver a lo de antes, más grande será nuestro desconsuelo.

 

No estoy hablando de resignarnos, no, eso solo trae amargura, me refiero a remar a favor de la corriente, a aceptar que estamos en proceso de cambio y echar mano de la paciencia con uno mismo y con la situación que tengamos.

 

 

La paciencia contiene ternura, crea armonía, es como dejarse llevar con dulzura, sin esfuerzo, con la intención puesta en mirar con cariño lo inevitable, como una experiencia de vida más.

 

Cuando consigo ver la existencia así, casi siempre disminuye mi ansiedad, se afloja esa desagradable sensación de alarma que contamina el aire y percibo en su lugar algo de paz. La situación es la misma, pero yo me siento mejor, no sé, distinta, más ligera y puedo acercarme con una mirada más amorosa a los demás.

 

Ese bienestar dura lo que dura, pero aunque sea poquito, se convierte en el trampolín que nos ayuda a levantarnos.

 

TIEMPOS DIFÍCILES

 

El 26 de diciembre de 1998 tuvimos el accidente y nuestro hijo Ignasi murió y este diciembre, el día 13, mi marido ingresó en la UCI con una neumonía bilateral gravísima, que lo mantuvo entre la vida y la muerte, en coma inducido, durante dos meses.

 

Esta vez la moneda ha caído del lado de la vida y estamos ya los dos en casa, él recuperándose, con aporte de oxígeno y yo con el estómago encogido de miedo y, al mismo tiempo, inmensamente agradecida.

 

Aunque es fácil perderse entre las brumas de tanto desasosiego, he podido constatar otra vez que en los momentos de incertidumbre solo el amor nos reconforta.

 

Muchas almas ahora abandonan este mundo en todo el planeta y a ese inmenso dolor, que impregna el aire, se suma el miedo de lo que les pueda pasar a nuestros seres más queridos. Por eso, para no sucumbir el horror del inconsciente colectivo, es necesario más que nunca parar y respirar hondo.

 

Yo me despierto con el alma en vilo y la única forma que conozco de ahuyentar la añoranza de no poder abrazar a mi hijo Jaume y a mi nieto es sentirlos en mi corazón, arroparlos allí, con el manto de mi amor incondicional.

 

También en mis ratos claros envuelvo en luz a todos los seres que han partido, a los que están apunto de partir y a sus seres queridos que no pueden cogerles de la mano.

 

Los que sabéis lo que es perder a un ser querido inmensamente amado; un hijo, una hija, un padre, una madre, un compañero o un amigo del alma, entenderéis lo necesario que es cubrir con cariño el dolor, acariciar con suavidad al miedo. Si nos miramos con ternura a nosotros mismos, luego, tal vez, podremos acercarnos con delicadeza a tantos como ahora están sufriendo.

 

El dolor nos encierra y nos silencia, es cierto, pero solo si entendemos que todos somos uno podremos transcender esta pandemia saliendo, quizá, fortalecidos. El mundo está en duelo y necesitamos formar una infinita cadena de manos para sostenernos unos a otros. Todos tenemos un don que podemos ofrecer en este momento.

 

 

 

 

 

 

 

 

NADIE SE VA Y NADA SE PIERDE

 

“He perdido a un hijo”, le dije a un hombre sabio la primera vez que lo visité al empezar mi duelo. Y me contestó que eso era imposible, que nadie ni nada se pierde. “En realidad, tu hijo nunca ha estado lejos de ti, porqué todos somos uno y él forma parte de tu corazón».

La seguridad con que hablaba el señor Josep de que la muerte no existe, de que lo que llamamos morir solo afecta al cuerpo, que es solo un paso a un nuevo renacer, me ayudó mucho. Esa certeza ha florecido poco a poco en mi corazón. A diario constato que el amor que siento perdura, va más allá de la muerte. Aunque en dimensiones distintas, estamos unidos por lazos de amor con nuestros seres queridos.

Nuestro cariño está con ellos siempre, así como el suyo está dentro de nosotros. Eso es fantástico, tan solo tenemos que hacer grande nuestro amor para sentirlos cerca. Eso no quita el dolor y la tristeza por no verles ni abrazarles, pero da mucho consuelo, verdad? Seguir el rastro del amor, cuando todo está oscuro, es una buena opción, es sanadora.

Los seres que han partido antes que nosotros, se llevan todo el amor que les hemos dado y nosotros nos quedamos con todo el que de ellos hemos recibido. Eso seguro. Y a mi me parece que a medida que vamos aprendiendo a querernos –que es uno de los aprendizajes del duelo- ellos también se van enriqueciendo. Nadie se va, y nada se pierde.

RECUERDA QUE ERES LUZ

 

 

Cuando empecé a “espiar” mis pensamientos me di cuenta de que yo era mi principal enemiga. ¡Con cuánta dureza nos criticarnos¡ No solemos tener una buena opinión de nosotros mismos.

 

Es una verdadera pena porqué estoy convencida de que somos seres preciosos, llenos de amor y luz. En parte es lógica nuestra ignorancia porqué al nacer nos cubre el velo del olvido.

 

Nuestra misión aquí es recordar que somos chispitas de amor en estado puro, pero son tantas las capas de miedo que nos cubren que cuesta llegar a la esencia de lo que somos.

 

Por eso propongo que actuemos “como si”, hasta irnos acostumbrando a lo que realmente somos; seres bondadosos, amorosos, generosos, solidarios, llenos de ternura y belleza.

 

Somos capaces de sentirnos mejor cuando actuamos “como si” nos sintiéramos reconocidos, valiosos, poderosos, “como si” el amor fuera seguro y la vida gozosa.

 

Todo eso tan bonito que vemos en algunas personas, lo llevamos todos dentro. Resulta gracioso que busquemos fuera lo que guardamos en nuestro interior, sin saberlo.

 

Por eso el silencio resulta tan reconfortante. Cuando estamos, sin prisas, con nosotros mismos, sin distracciones, quizá entre medio de mil pensamientos terroríficos, aparecen destellos de luz, que nos dan alas para seguir adelante.

 

Por eso también los desafíos de la vida, como los grandes duelos, se convierten en magníficas oportunidades. Nos permiten despertar, sacar el piloto automático y responsabilizarnos de nuestra propia existencia. Eso nos devuelve el poder, nos hace libres.

 

Empieza por agradecerte todo lo que has conseguido desde que naciste. Date las gracias por cada día de que te has levantado desde que murió tu ser querido. Felicítate por todo lo que has conseguido hasta ahora.

 

Sí que puedes, eres muy capaz y te lo mereces.

 

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