APRENDIZAJE

TRATARNOS CON DULZURA

Cuando atravesamos una noche oscura del alma, por la muerte de un ser inmensamente querido o por cualquier otra razón o incluso sin motivo aparente, suele ser un bálsamo la ternura. Tratarnos con dulzura, aunque se nos olvida a menudo, resulta imprescindible para remontar el vuelo.

 

Sin embargo, cuando estamos mal en vez de reconfortarnos con un abrazo imaginario y palabras amorosas a menudo aflora en nuestro interior la voz severa de un fiscal implacable, capaz de hundir a cualquiera.

 

Cuando la mente se desboca y juega en contra en vez de a favor nuestro, casi siempre hay detrás un empacho de emociones, de creencias caducas, de heridas profundas, de fidelidades mal entendidas.

 

No es momento de culparnos, ni a nosotros ni a nadie, creo que la salida está en comprender que se trata de un nuevo desafío de amor, porqué solo amando lo que no nos gusta, lo que nos irrita, lo que nos da miedo, lo que nos duele de nosotros mismos empieza nuestro renacer.

 

La vida nos propone cambios que nunca hubiésemos elegido, NUNCA, pero creo, de corazón, que no es por maldad, al contrario, la finalidad es ampliar nuestra mirada, despojarnos de lo inútil y quedarnos con lo esencial, que es expandir ese amor que todos llevamos dentro.

 

 

NO ES NECESARIO SOSTENER EL MUNDO

 

Hay años en que el alma decide hacer limpieza general, como cuando se voltea la casa para dejarla como una patena antes de los días de fiesta grande.

 

Nosotros nos resistimos, claro, a casi nadie le gustan los cambios y no es lo mismo arreglar un armario que ponernos a revisar nuestras creencias caducas, nuestros fantasmas más íntimos, nuestro miedo ancestral…

 

En los periodos de crisis vital (la muerte de un ser inmensamente querido, la separación de la pareja, la pérdida de salud, etc.) el alma empieza a movilizar con la fuerza de un terremoto todo lo que nos sobra. Pero no solo ocurre cuando algo externo y extremo nos sucede, no.

 

A las personas miedosas, como yo, esas que nos acomodamos con tanta facilidad a lo conocido y nos cuesta horrores salir de nuestra “zona de corfort”, el alma nos sacude periódicamente para “echar una mano” y ayudar a que se cumpla la evolución prevista.

 

En general, -afirman algunos expertos como la terapeuta Marie Lise Labonté-, a cada uno su alma le da un empujoncito de los 5 a los 7 años, de los 10 a los 13, de los 18 a los 22, de los 27 a los 31, de los 38 a los 42, de los 59 a los 62, de los 68 a los 72, de los 78 a los 81 y de los 99 a los 103 años.

 

Cuanto más nos resistamos a esa evolución, a esa limpieza, más grande el miedo, la ansiedad, la angustia, la tristeza y la rabia, igual que cuando estamos en duelo. En realidad, a nuestras heridas anteriores (algunas tan profundas como la muerte de un hijo) se suma el desasosiego que produce intentar evitar (inconscientemente) que muera una parte nuestra. Pero el alma y nuestra parte sabia son amorosamente firmes. Es necesario liberar para que entre aire nuevo, igual que caen las hojas en otoño y se siegan los campos a principios del verano.

 

¿Y cómo se limpia uno por dentro? Con mucha paciencia, eso primero y luego lo que hago yo es aporrear cojines o lo que sea para sacar la rabia que acumulo desde pequeña, pero que cogió proporciones gigantescas cuando murió mi hijo Ignasi.

 

También hablo con mi ego, con ese juez implacable que me pone en lo peor a la mínima que me descuido (que si no vas a poder, que si no te lo mereces, te vas a enfermar, que si a mis seres queridos les va a pasar algo y mil negaciones más). Le digo que muchísimas gracias, que le quiero, pero que deje de dar la lata y se ponga a mi favor, que no pasa nada por cambiar que voy a seguir queriéndolo hasta mi último suspiro.

 

Cuando abrimos las manos y damos el primer paso estamos ya acunando la energía del cambio, aunque la casa parezca más “patas para arriba” que nunca. La clave, he podido comprobar, es el amor hacia nosotras mismas, insistir en la ternura, en la compasión, en la confianza en que no estamos solas, una fuerza más grande nos sostiene y el Universo conspira siempre, siempre a nuestro favor.

 

No es necesario que sostengamos el mundo, tan solo que aprendamos a nutrirnos a nosotras mismas. Eso mejorará sensiblemente nuestra existencia y la de nuestros seres queridos.

 

 

 

 

 

ACEPTO QUE NO ACEPTO

A mi me parece que la clave de la serenidad, del sentirse en paz con uno mismo es aceptar lo que la vida nos depara, sin ponerle resistencia. Sí, ¡pero cómo cuesta rendirse, dar nuestro brazo a torcer y entregarse a lo que hay!

 

Formo parte de una generación de mujeres controladoras que, con toda la buena voluntad del mundo, se han especializado en adelantarse a lo que pueda ocurrir para intentar que los suyos no sufran y, así, liberarse ellas del dolor. Misión a todas luces imposible.

 

El control, el perfeccionismo, la inflexibilidad y la rigidez con uno mismo limita y, a menudo imposibilita acercarse a los placeres de la vida. No es fácil disfrutar o ver el lado bueno cuando creemos que, lo que sea que tengamos entre manos, lo hubiésemos podido hacer mejor.

 

Si a esa forma de encarar la existencia le sumas el desgarro de la muerte de un ser inmensamente querido remontar se pone muy cuesta arriba.

 

A mi entender, empezamos a darle la vuelta para bien cuando aceptamos que no aceptamos lo que, de momento, nos cuesta aceptar. Y no solo me refiero a la muerte. A veces, se trata de aceptar que no aceptamos a alguien de nuestra familia o un defecto que vemos en nosotros o en alguien muy próximo o algún problema de salud o una situación determinada en el trabajo, con la pareja… Lo que sea.

 

Os propongo que dediquéis unos minutos a pensar en una lista de lo que no aceptáis y luego deciros “acepto que no acepto lo que sea que hayáis escrito. Al aceptar que no aceptamos el alma descansa y, a menudo notamos un cierto alivio.

 

 

 

CON DELICADEZA

 

Cuando pasamos periodos convulsos, de esos que requieren un gran cambio interno, las emociones campan a sus anchas, sobre todo el miedo.

La inquietud, la sensación de estar siempre “en modo” alerta es agotadora, nos quedamos sin apenas fuerzas y es fácil que la negatividad, el “no voy a poder” afloren.

 

 

Cuando la mente nos remite a pensamientos terroríficos, como caballo desbocado, es el momento de tomar las riendas con firmeza y sin críticas, con delicadeza.

 

 

Cada uno de nosotros vale su peso en oro, esté bien o esté mal, por el simple hecho de ser. ¡Cuánto cuesta darse cuenta que no hay condiciones para amarse!

 

 

De pequeños, percibimos o nos parece que nos van a querer más si… (soy buena, obediente, complazco a los demás, siempre digo que sí, estudio o trabajo en tal o cual cosa, si estoy pendiente o sufro por los demás, si tengo éxito o dinero… no sé, las posibilidades son infinitas). Ante tanta exigencia, ¿dónde queda nuestra verdadera esencia?

 

 

Es bueno liberar el grano de la paja y ser sinceros con nosotros mismos, pero sobre todo conviene echar mano de la suavidad, de la ternura, de la delicadeza.

 

 

Nunca va bien, pero cuando se está mal el alma agradece infinitamente dejar la rudeza y la descortesía y ser benevolentes con nosotros mismos. Esa es la manera de atar en corto a la mente, de conseguir darle la vuelta y que juegue a nuestro favor, en vez de en contra.

 

 

Así poco a poco, resurgen los pensamientos de gratitud y en lugar de presión en el pecho o dolor en la espalda sentimos ese calorcito en el corazón, ese hilo invisible de amor que nos une a todo.

 

 

Rebrota la confianza, reaparece ante nosotros la belleza. La tempestad ha terminado. Y entonces, aunque no nos guste, comprendemos que, a menudo, el miedo nos sitúa en el camino de la luz.

 

CUIDA LA NIÑA QUE HAY EN TI

 

Tengamos la edad que tengamos, a mi me parece que en cada uno de nosotros vive aún, en un eterno presente, el niño o la niña que fuimos.

 

Tal vez conservemos pocos recuerdos de nuestros primeros años, pero lo que sentíamos entonces, lo que creíamos que estaba bien o mal, según lo que nos decían o veíamos en casa, sigue, de alguna manera, dentro de nosotros.

 

Por eso, cuando me siento triste o asustada es la niña que hay en mí la que necesita con desespero mi consuelo. Con la mente puedo inventarme mil historias para intentar calmarla, pero si la niña está enfadada, triste o tiene miedo, de nada sirven los razonamientos. Tan solo las palabras dulces y los imaginarios abrazos le dan sosiego.

 

Habla con ella, permítele tener miedo, al fin y al cabo el temor es bien humano. Puedes explicarle que, si entre las dos, en vez de esconderlo lo cogéis con suavidad de la mano posiblemente se acabe desvaneciendo.

 

No te olvides de tu niña, ahora solo te tiene a ti para cuidar de ella.

MIRAR AL CIELO

 

 

Quién más quien menos anda con prisas, hay como una urgencia colectiva, un hábito de impaciencia que nos domina.

 

El día a día va tan rápido, sobre todo en las ciudades, que pocas veces atinamos a parar y alzar la vista al cielo.

 

Observar el paso de las nubes, el azul intenso, los rayos dorados o el gris plomizo nos serena, nos ayuda a vivir el presente y diluir el miedo al futuro o la inquietud por el pasado.

 

Contemplar el cielo, con los pies bien anclados en la madre Tierra, es una terapia gratuita y fácil que nos conecta, por un lado, con la fuerza inmensa de nuestro planeta y, por el otro, con nuestras raíces celestes.

 

¿Quién no ha sentido la calidez de formar parte de algo Grande mirando un cielo estrellado, una puesta de sol, un amanecer dorado?

 

En mis primeros tiempos de duelo me reconfortaba andar descalza por la playa o el campo. Pisar arena y tierra, con los pies desnudos me ayudaba a incrementar mi poca energía y a estar más presente.

 

 

Cuando miro al horizonte o simplemente levanto la mirada hasta posarla en el cielo percibo, con mayor facilidad, esa unión sagrada que me acerca a mis seres queridos muertos con dulzura, sin drama.

 

 

Al fin y al cabo mi parte sabia bien comprende que la muerte no es más que un nuevo comienzo, que el amor es eterno y que el plan es perfecto.

 

 

VIAJAR EN TREN

 

A mi me encanta viajar en tren, dejarme mecer por el paisaje, sin nada más que hacer que estar conmigo misma y soñar.

 

Pasar por lugares que desconozco, contemplar, arropada tras la ventana, retazos de escenas para otros cotidianas, dejarme llevar con la seguridad de que arribaré a mi destino sin esfuerzo.

 

 

Ir en tren podría ser una metáfora de la vida, al fin y al cabo, todos sabemos que vamos a morir, ese es nuestro destino, el cierre de este viaje en la Tierra.

 

En cambio, con qué facilidad solemos olvidar que lo esencial no está en nuestras manos. La ilusión del control nos impide, a menudo, disfrutar del paisaje, de la gente que conocemos, de los días de sol, de la generosidad de la lluvia.

 

Sí, es verdad, muchas veces durante el recorrido, mueren seres inmensamente queridos, nos separamos de una pareja con la que contábamos pasar el resto de nuestra vida o nos arruinamos y, en ocasiones, incluso es posible que nos ocurra todo a la vez. Hay duelos grandes, que nos dejan profundamente heridos.

 

Podemos aferrarnos al dolor durante años, es una opción, somos humanos y estamos destrozados. Pero yo, que he vivido el desgarro de la muerte de un hijo, sé que es tan malo rehuir el dolor como anclarnos en él. Eso no favorece a nadie.

 

Como en el tren, a veces en el viaje de la vida pasamos por paisajes áridos a los que le siguen otros más verdes, más hermosos.

 

HAY UN MUNDO POR DESCUBRIR

 

Probablemente ahora el dolor te ahoga, tu realidad ha estallado en mil pedazos y tienes miedo. Así comienzan los grandes duelos, esos que nos dejan a años luz de lo conocido.

 

Han saltado por los aires tus falsos amarres y, por eso, aunque no lo creas, se vislumbra ante ti la maravillosa posibilidad de conectar con la fuente, contigo misma, con la esencia.

 

No busques fuera, el camino que te conducirá a la otra orilla se encuentra dentro de ti. Eres tú la única que puede iluminar con dulzura tu lado oscuro.

 

Abre tu corazón y deja que las buenas personas te sostengan cuando desfallezcas. Déjate envolver por lo que sientes. No te resistas al dolor, tan solo atraviésalo agradeciendo su poder transformador. No vas a volverte loca. No.

 

Vas a explorar otros lados de la vida, vas a despojarte de creencias caducas, de memorias familiares antiguas que, en su momento quizá fueron útiles pero ya no lo son, no te sirven.

 

No traicionas a nadie ni a nada si decides ampliar, con amor, tu mirada. ¡Hay tanto por hacer y es tan necesario contribuir, con cariño, a crear entre todos un mundo mejor!

 

No se trata de sumar nuevas responsabilidades, al contrario, deshazte de los “deberías”, a partir de ahora olvídate del “deber” y empieza el día con la ilusión de sentir destellos del placer. Recuerda la ilusión de los días felices de cuando eras niña.

 

Tal vez estés triste, resentida o amargada o todo a la vez, pero si sigues creyendo que la vida o quien sea te trata mal, vas a sumar un calvario a la ya de por sí difícil travesía del duelo.

 

Hay otros mundos más alegres y tus seres queridos muertos soplan las velas de tu barca para que arribes a buen puerto y los reencuentres.

En el fondo sabes que solo el amor merece la pena. No importa que lo olvides a menudo ellos, los que ya no está aquí, siguen y estarán siempre en tu corazón para recordártelo. El Universo entero conspira a tu favor, dalo por hecho.

 

Para encauzar el rumbo tienes el perdón, la gratitud, la amabilidad, la belleza del amanecer, del atardecer, del cielo nublado, del mar, de los árboles, de las miradas inocentes y traviesas de los niños, la música, la escritura, la pintura, el placer de crear hogar cocinando si te gusta, las caricias, los abrazos, las sonrisas, tu valentía aunque tengas miedo, la paciencia contigo misma… No te quedes con lo malo, simplemente acúnalo con suavidad hasta que se desvanezca. ¡Hay tanto bueno por descubrir!

 

¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO DOLOR?

 

No voy a ahondar en el desgarro que supone la muerte de un hijo, en la tristeza inmensa de no oírle, ni verle, ni abrazarle más. Nos toca cruzar un desierto, cada uno el suyo, ¿verdad?

 

Quiero poner la atención en cómo llegar a la orilla de los días claros, de la ternura en la mirada, del corazón abierto, de par en par, para acoger con calidez a todos nuestros seres queridos, vivos o muertos.

 

Me temo que en el duelo no hay atajos. La calma, cuando llega, no es un estado permanente, pero tampoco lo es el dolor punzante, agudo, constante si nos permitimos sentirlo, sin pretensiones, sin querer estar en otro lado, viviendo intensamente nuestro presente, aunque sea, a veces, tan desagradable.

 

A la mínima que nos despistamos la mente, la loca de la casa, nos lleva adelante o atrás, nos sube, nos baja… ¡qué difícil es mantenerla en el presente! La mía es muy ansiosa y tengo que atarla en corto y eso lo consigo, a veces, prestando atención a mi cuerpo, a la respiración, al aire que entra y sale y, sobre todo, escribiendo.

Escribir es una buena terapia, a mi me ha ayudado mucho a trascender mi dolor, también lo es pintar, cocinar con cariño, cantar, tejer, andar, pasear por el bosque, por la ciudad o el mar, hacer teatro, cuidar un huerto, no sé, coser, cada uno tiene su forma de estar consigo mismo haciendo lo que más le gusta.

 

Aceptar el dolor es el primer paso, aunque a veces es preciso, antes, aceptar que no aceptamos la realidad, luego viene dejar de criticarnos, de empeñarnos en no ser merecedores de los destellos de luz, de felicidad.

 

 

 

ACTIVA TU PODER CREADOR


Hoy es un buen día para darle la vuelta a tu mundo y crear más armonía en tu interior.

Puedes empezar con los recuerdos. Cierra los ojos y haz presente algo bonito que te haya dicho alguna vez alguien importante en tu vida.  Las palabras  amorosas pronunciadas en voz alta crean realidad (también las de desamor, claro, de esas nos ocuparemos más adelante). 

Por ejemplo, puede parecer una tontería, pero un malestar, un complejo antiguo saltó por lo aires el día que mi madre me dijo, un año antes de morir, mientras ojeábamos juntas una “revista del corazón”, que yo era más guapa que la elegantísima Carolina de Mónaco que aparecía bellísima en la portada. Me la quedé mirando sorprendida -mi madre nunca fue pródiga en halagos-, mientras una calidez fantástica me inundaba. Más allá de la subjetividad del comentario, que dijo como de pasada, quedó grabado en aquel instante, en mi corazón, el amor incondicional que por mí sentía.

Cada palabra contiene una poderosa energía capaz de elevarnos o hundirnos. Cuando comprendemos eso, es más fácil prestar atención a lo que decimos y decantarnos por hablarnos y hablar a los demás con el corazón, con dulzura. En nombre de una supuesta “verdad” todos hemos dicho muchas barbaridades, de las que seguramente nos arrepentimos, ¿no es cierto?

Tanto si hemos ofendido o nos han herido, siempre nos queda el consuelo de pedir perdón y perdonar. En cada una de nuestras células resuenan las palabras pronunciadas en voz alta y si encierran dolor crean desarmonía y pueden, incluso, llegar a enfermarnos.


Perdonar es liberarnos de la carga del rencor. Es dejar de quedar anclados en aquel momento, en aquel disgusto que probablemente sigue vigente en nuestro interior por más que hayan pasado años.

Si al cerrar los ojos te atrapa el ruido de una palabra malsonante pide a tu parte divina que, con cariño, te ayude a trascenderla. Siempre que perdonamos se hace grande la alegría en nuestra vida. No lo dudes, eres tú quien tiene el poder de crear armonía. Inténtalo, merece la pena, sobre todo si estás en duelo, es la manera de incrementar tu energía.

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