APRENDIZAJE

CUIDA LA NIÑA QUE HAY EN TI

 

Tengamos la edad que tengamos, a mi me parece que en cada uno de nosotros vive aún, en un eterno presente, el niño o la niña que fuimos.

 

Tal vez conservemos pocos recuerdos de nuestros primeros años, pero lo que sentíamos entonces, lo que creíamos que estaba bien o mal, según lo que nos decían o veíamos en casa, sigue, de alguna manera, dentro de nosotros.

 

Por eso, cuando me siento triste o asustada es la niña que hay en mí la que necesita con desespero mi consuelo. Con la mente puedo inventarme mil historias para intentar calmarla, pero si la niña está enfadada, triste o tiene miedo, de nada sirven los razonamientos. Tan solo las palabras dulces y los imaginarios abrazos le dan sosiego.

 

Habla con ella, permítele tener miedo, al fin y al cabo el temor es bien humano. Puedes explicarle que, si entre las dos, en vez de esconderlo lo cogéis con suavidad de la mano posiblemente se acabe desvaneciendo.

 

No te olvides de tu niña, ahora solo te tiene a ti para cuidar de ella.

MIRAR AL CIELO

 

 

Quién más quien menos anda con prisas, hay como una urgencia colectiva, un hábito de impaciencia que nos domina.

 

El día a día va tan rápido, sobre todo en las ciudades, que pocas veces atinamos a parar y alzar la vista al cielo.

 

Observar el paso de las nubes, el azul intenso, los rayos dorados o el gris plomizo nos serena, nos ayuda a vivir el presente y diluir el miedo al futuro o la inquietud por el pasado.

 

Contemplar el cielo, con los pies bien anclados en la madre Tierra, es una terapia gratuita y fácil que nos conecta, por un lado, con la fuerza inmensa de nuestro planeta y, por el otro, con nuestras raíces celestes.

 

¿Quién no ha sentido la calidez de formar parte de algo Grande mirando un cielo estrellado, una puesta de sol, un amanecer dorado?

 

En mis primeros tiempos de duelo me reconfortaba andar descalza por la playa o el campo. Pisar arena y tierra, con los pies desnudos me ayudaba a incrementar mi poca energía y a estar más presente.

 

 

Cuando miro al horizonte o simplemente levanto la mirada hasta posarla en el cielo percibo, con mayor facilidad, esa unión sagrada que me acerca a mis seres queridos muertos con dulzura, sin drama.

 

 

Al fin y al cabo mi parte sabia bien comprende que la muerte no es más que un nuevo comienzo, que el amor es eterno y que el plan es perfecto.

 

 

VIAJAR EN TREN

 

A mi me encanta viajar en tren, dejarme mecer por el paisaje, sin nada más que hacer que estar conmigo misma y soñar.

 

Pasar por lugares que desconozco, contemplar, arropada tras la ventana, retazos de escenas para otros cotidianas, dejarme llevar con la seguridad de que arribaré a mi destino sin esfuerzo.

 

 

Ir en tren podría ser una metáfora de la vida, al fin y al cabo, todos sabemos que vamos a morir, ese es nuestro destino, el cierre de este viaje en la Tierra.

 

En cambio, con qué facilidad solemos olvidar que lo esencial no está en nuestras manos. La ilusión del control nos impide, a menudo, disfrutar del paisaje, de la gente que conocemos, de los días de sol, de la generosidad de la lluvia.

 

Sí, es verdad, muchas veces durante el recorrido, mueren seres inmensamente queridos, nos separamos de una pareja con la que contábamos pasar el resto de nuestra vida o nos arruinamos y, en ocasiones, incluso es posible que nos ocurra todo a la vez. Hay duelos grandes, que nos dejan profundamente heridos.

 

Podemos aferrarnos al dolor durante años, es una opción, somos humanos y estamos destrozados. Pero yo, que he vivido el desgarro de la muerte de un hijo, sé que es tan malo rehuir el dolor como anclarnos en él. Eso no favorece a nadie.

 

Como en el tren, a veces en el viaje de la vida pasamos por paisajes áridos a los que le siguen otros más verdes, más hermosos.

 

HAY UN MUNDO POR DESCUBRIR

 

Probablemente ahora el dolor te ahoga, tu realidad ha estallado en mil pedazos y tienes miedo. Así comienzan los grandes duelos, esos que nos dejan a años luz de lo conocido.

 

Han saltado por los aires tus falsos amarres y, por eso, aunque no lo creas, se vislumbra ante ti la maravillosa posibilidad de conectar con la fuente, contigo misma, con la esencia.

 

No busques fuera, el camino que te conducirá a la otra orilla se encuentra dentro de ti. Eres tú la única que puede iluminar con dulzura tu lado oscuro.

 

Abre tu corazón y deja que las buenas personas te sostengan cuando desfallezcas. Déjate envolver por lo que sientes. No te resistas al dolor, tan solo atraviésalo agradeciendo su poder transformador. No vas a volverte loca. No.

 

Vas a explorar otros lados de la vida, vas a despojarte de creencias caducas, de memorias familiares antiguas que, en su momento quizá fueron útiles pero ya no lo son, no te sirven.

 

No traicionas a nadie ni a nada si decides ampliar, con amor, tu mirada. ¡Hay tanto por hacer y es tan necesario contribuir, con cariño, a crear entre todos un mundo mejor!

 

No se trata de sumar nuevas responsabilidades, al contrario, deshazte de los “deberías”, a partir de ahora olvídate del “deber” y empieza el día con la ilusión de sentir destellos del placer. Recuerda la ilusión de los días felices de cuando eras niña.

 

Tal vez estés triste, resentida o amargada o todo a la vez, pero si sigues creyendo que la vida o quien sea te trata mal, vas a sumar un calvario a la ya de por sí difícil travesía del duelo.

 

Hay otros mundos más alegres y tus seres queridos muertos soplan las velas de tu barca para que arribes a buen puerto y los reencuentres.

En el fondo sabes que solo el amor merece la pena. No importa que lo olvides a menudo ellos, los que ya no está aquí, siguen y estarán siempre en tu corazón para recordártelo. El Universo entero conspira a tu favor, dalo por hecho.

 

Para encauzar el rumbo tienes el perdón, la gratitud, la amabilidad, la belleza del amanecer, del atardecer, del cielo nublado, del mar, de los árboles, de las miradas inocentes y traviesas de los niños, la música, la escritura, la pintura, el placer de crear hogar cocinando si te gusta, las caricias, los abrazos, las sonrisas, tu valentía aunque tengas miedo, la paciencia contigo misma… No te quedes con lo malo, simplemente acúnalo con suavidad hasta que se desvanezca. ¡Hay tanto bueno por descubrir!

 

¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO DOLOR?

 

No voy a ahondar en el desgarro que supone la muerte de un hijo, en la tristeza inmensa de no oírle, ni verle, ni abrazarle más. Nos toca cruzar un desierto, cada uno el suyo, ¿verdad?

 

Quiero poner la atención en cómo llegar a la orilla de los días claros, de la ternura en la mirada, del corazón abierto, de par en par, para acoger con calidez a todos nuestros seres queridos, vivos o muertos.

 

Me temo que en el duelo no hay atajos. La calma, cuando llega, no es un estado permanente, pero tampoco lo es el dolor punzante, agudo, constante si nos permitimos sentirlo, sin pretensiones, sin querer estar en otro lado, viviendo intensamente nuestro presente, aunque sea, a veces, tan desagradable.

 

A la mínima que nos despistamos la mente, la loca de la casa, nos lleva adelante o atrás, nos sube, nos baja… ¡qué difícil es mantenerla en el presente! La mía es muy ansiosa y tengo que atarla en corto y eso lo consigo, a veces, prestando atención a mi cuerpo, a la respiración, al aire que entra y sale y, sobre todo, escribiendo.

Escribir es una buena terapia, a mi me ha ayudado mucho a trascender mi dolor, también lo es pintar, cocinar con cariño, cantar, tejer, andar, pasear por el bosque, por la ciudad o el mar, hacer teatro, cuidar un huerto, no sé, coser, cada uno tiene su forma de estar consigo mismo haciendo lo que más le gusta.

 

Aceptar el dolor es el primer paso, aunque a veces es preciso, antes, aceptar que no aceptamos la realidad, luego viene dejar de criticarnos, de empeñarnos en no ser merecedores de los destellos de luz, de felicidad.

 

 

 

ACTIVA TU PODER CREADOR


Hoy es un buen día para darle la vuelta a tu mundo y crear más armonía en tu interior.

Puedes empezar con los recuerdos. Cierra los ojos y haz presente algo bonito que te haya dicho alguna vez alguien importante en tu vida.  Las palabras  amorosas pronunciadas en voz alta crean realidad (también las de desamor, claro, de esas nos ocuparemos más adelante). 

Por ejemplo, puede parecer una tontería, pero un malestar, un complejo antiguo saltó por lo aires el día que mi madre me dijo, un año antes de morir, mientras ojeábamos juntas una “revista del corazón”, que yo era más guapa que la elegantísima Carolina de Mónaco que aparecía bellísima en la portada. Me la quedé mirando sorprendida -mi madre nunca fue pródiga en halagos-, mientras una calidez fantástica me inundaba. Más allá de la subjetividad del comentario, que dijo como de pasada, quedó grabado en aquel instante, en mi corazón, el amor incondicional que por mí sentía.

Cada palabra contiene una poderosa energía capaz de elevarnos o hundirnos. Cuando comprendemos eso, es más fácil prestar atención a lo que decimos y decantarnos por hablarnos y hablar a los demás con el corazón, con dulzura. En nombre de una supuesta “verdad” todos hemos dicho muchas barbaridades, de las que seguramente nos arrepentimos, ¿no es cierto?

Tanto si hemos ofendido o nos han herido, siempre nos queda el consuelo de pedir perdón y perdonar. En cada una de nuestras células resuenan las palabras pronunciadas en voz alta y si encierran dolor crean desarmonía y pueden, incluso, llegar a enfermarnos.


Perdonar es liberarnos de la carga del rencor. Es dejar de quedar anclados en aquel momento, en aquel disgusto que probablemente sigue vigente en nuestro interior por más que hayan pasado años.

Si al cerrar los ojos te atrapa el ruido de una palabra malsonante pide a tu parte divina que, con cariño, te ayude a trascenderla. Siempre que perdonamos se hace grande la alegría en nuestra vida. No lo dudes, eres tú quien tiene el poder de crear armonía. Inténtalo, merece la pena, sobre todo si estás en duelo, es la manera de incrementar tu energía.

EL GRAN TEATRO DE LA VIDA



A mi me parece que con una vida, aunque sea larga, no da tiempo a comprender casi nada. Me explicaré: Durante mi infancia todo me resultaba tan nuevo como incomprensible y mágico. En cambio, durante la adolescencia y buena parte de mi juventud me sentí, a menudo, en posesión de la verdad absoluta. Fueron tiempos en que no había matices; o era blanco o negro. Cuando empecé a vislumbrar que no era exactamente así, fui madre y entonces intuí que me faltaba muchísimo por aprender, que era una ignorante en lo que realmente importa, que sabía muy poco de mi y de los demás. Cuando comenzaba a adaptarme al papel de la maternidad, vino la muerte de Ignasi y volví a quedarme a cero, sin recursos, en un inmenso vacío.


Ahora, que soy abuela, con más perspectiva, me doy cuenta que todo es tan cambiante, que no alcanza una sola función para aprender a vivir. ¡ Hay tantas variables! Por eso, me gusta imaginar que nada acaba con la muerte, que tengo infinidad de oportunidades para regresar y experimentar, que el Universo, generoso, nos ofrece la posibilidad de volver a los escenarios y representar a diversos personajes de esa obra magistral que llamamos humanidad.  De esa forma, quizá, con tantas representaciones nos hacemos un poco más sabios. No sé, tal vez…


Es emocionante soñar que el regreso a ese gran teatro incluye el reencuentro con mis seres queridos que partieron antes. Tal vez no hemos coincidido mucho tiempo aquí, en esta vida, pero entre bambalinas podemos volver a abrazarnos.

LA ALEGRIA DE DAR

 

 

Solemos ir a menudo con el piloto automático hasta que la vida nos para de golpe. De repente, muere alguien muy querido, nos diagnostican una enfermedad grave, nos quedamos sin trabajo, nos separamos de nuestra pareja o entramos en una crisis vital profunda sin motivo aparente y nuestra “seguridad” se esfuma. Nos sentimos perdidos, no sabemos quién somos, qué nos gusta, cómo continuar amando la vida.

 

Si queremos seguir adelante, con honestidad, sin trampas, vamos a necesitar parar y mirar en nuestro interior. Probablemente nos asustará enfrentarnos a nuestros miedos, a todo lo que hasta entonces habíamos ignorado. Suele ser así, es necesario, aunque no es nada agradable.

 

Nos encontramos ante una oportunidad de reinventarnos y eso conlleva prestar atención a lo que pensamos, a lo que sentimos, a lo qué decimos, de qué manera nos tratamos. Es fácil descubrir que, con frecuencia, somos nuestros peores enemigos. Aprender a quererse sin condiciones es una posibilidad que nos brindan los duelos.

 

A mi me ayudó y me ayuda mucho crear “momentos sagrados”. Me refiero a quedarme quieta, delante de lo que antes exigía de mí una respuesta inmediata de la que, generalmente, me arrepentía más tarde. Pero, sobre todo, lo que me produce un inmenso bienestar es fijarme en la parte amable de las personas y ser afable conmigo misma.

 

Me encanta la magia que conlleva sentirse útil. La generosidad tiene un doble sentido; hace feliz al que da y al que recibe. Tengo la impresión de que el Universo tiende al equilibrio y lo que ofreces por un lado, aparece, posiblemente multiplicado, tarde o temprano en otro.

 

Dar, sin esperar nada a cambio, produce mucha alegría, por eso es bueno aceptar lo que los demás nos regalan, para no privarles de la satisfacción de ofrecer. Eso no tiene nada que ver en buscar la aprobación o el cariño de los demás, dejándonos a nosotras de lado. No, si pretendemos dar amor, primero tenemos que sentirnos absolutamente merecedoras de recibirlo. Al final todo lo que damos es lo que nos queda.

LA ANTESALA DE ALGO BONITO

 

El miedo y yo compartimos muchos ratos juntos. Suele visitarme a menudo cuando se acerca diciembre. Es como si, antes de cerrar el año, tuviéramos que hacer inventario de todas las heridas nuevas y antiguas que ni sé que tengo.

 

Cuánto más quiero eludirlo, más presente se hace; me agarrota la espalda, me instala una piedra grande en la boca del estómago, me siento ansiosa, irascible, triste y enojada. Es su forma de decirme que le mire con cariño, que lo mejor que puedo hacer es sentir lo que viene a contarme.

 

El temor me ha acompañado y, probablemente, me acompañará durante algunos tramos durante toda mi vida . Por eso, porqué nos conocemos, sé que no soy el miedo aunque esté asustada, no soy la tristeza, aunque me sienta triste, ni la ira, aunque este irritable, no soy lo que siento ni lo que pienso, soy algo más grande que no sé nombrar.

 

Cuando me siento inmensamente vulnerable y confundida respiro hondo y como una madre intento mecer con dulzura mis temores. No suele salirme a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, pero cuando de la mano del amor los sostengo algo dentro de mi reluce, me siento más serena, más en contacto con mi esencia, más honesta conmigo misma.

He podido comprobar que cuando me visita el miedo, en realidad estoy en la antesala de un luminoso comienzo. Como si estuviera engendrando algo bonito. Algo que me acerca más a amar la vida, aunque a veces duela.

 

Aunque tengamos miedo, propongo buscar el amor en cada esquina esta Navidad. Empezando por ser buenas con nosotras mismas. ¡Cada una sabe cuántas veces se critica así misma al día!

 

No es fácil acoger el dolor de las ausencias, pero el miedo es nuestro, no de los que se han ido. Y, posiblemente, nacimos con él y durante años lo hemos guardado en lo más profundo, sin ni siquiera darnos cuenta.

¿ESTÁS CANSADA?

 

 

Es posible que si dejas de mantener en alto tus defensas y, sin máscaras, te entregas a sentir descubras en ti una fatiga infinita.

Si dejas de resistirte a ese cansancio tan antiguo no morirás de agotamiento, no, al contrario, la rendición es dulce y tiene el don de liberarnos.

 

Lo que nos tensa, lo que nos mantiene, a veces, muertas en vida es intentar eludirlo, mirar para otro lado y seguir con la piedra en el pecho y los nervios desbocados.

 

Tu cansancio es sagrado, párate y escúchalo con cariño. Posiblemente, en silencio, te cuente que es bueno que dejes que cada cuál acoja su propio desasosiego, que no tienes porqué andar con el mundo a cuestas. Nadie avanza, en realidad, si le llevan a hombros.

 

 

A veces, solo por el simple hecho de vivir nos agotamos. Son tantas las batallas que enfrentamos! Si te sientes así, exhausta, busca un lugar seguro y entrega las armas. Las victorias del alma, esas que nos transforman, sólo se consiguen con honestidad, suavidad y ternura.

 

 

 

 

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