APRENDIZAJE

QUIZÁ LA VIDA ES TAN SOLO UN JUEGO

Siento que algo sublime me sostiene, me acaricia, me abraza y me susurra palabras amorosas con dulzura.

 

Cuando la vida se pone cuesta arriba, cuando me siento perdida, confusa, triste, criticona y me doy cuenta pido a ese algo sublime, a esa Gracia divina que me guíe. No tarda nada.

 

Entonces, el ego se encoge y me doy cuenta que lo que me parecía difícil u horrible no lo es tanto, tan solo es un acto más de lo que llamamos vida.

 

La Gracia tiene el don de indultarlo todo. Y cuando le doy espacio me lleva a lugares tan hermosos… En cambio, cuando intento llevar yo las riendas me pierdo en los juicios. ¡Qué cansino es evaluarlo todo!

 

Solo importa el amor que damos y recibimos, lo demás es puro aprendizaje, aunque nos parezca que es perder el tiempo. Todo tiene sentido, aunque nos duela vivirlo.

 

Si estamos aquí vamos a sacarle el mejor partido. Nada de comparaciones, mejor agradecer lo poco o mucho que tenemos y ponerle humor a lo que nos asusta. Total, con miedo o sin él vamos a tener que llegar al final. Y quién sabe, quizá, al cruzar al otro lado nos demos cuenta que se trataba solo de un juego.

NO ES FÁCIL PERO ES POSIBLE

 

 

A veces llueve sobre mojado y sin tiempo a tomar aire nos hundimos y parece que esta vez, sí, hemos llegado al límite y nos ahogamos. Pero no, de muy hondo suele irrumpir una fuerza que nos mantiene a flote mientras a bocanadas respiramos.

 

Tan solo hay que dejar de luchar y ¡qué difícil es eso!

 

Tan solo hay que dejar de juzgar y cómo nos cuesta!

 

No nos gusta sentir miedo, nos aterroriza y, cuando al fin, después de habernos rasgado el alma, volvemos a caer de rodillas y nos abrazamos al miedo ancestral que nos atenaza, se produce el milagro.

 

Nos sentimos en paz sin saber muy bien porqué y cómo.

 

Cómo cuando, en una noche estrellada, miramos el cielo y nos preguntamos de dónde venimos, quién somos… No hay respuesta, pero siento la certeza de que hay algo más grande, de que el plan, aunque duela, es perfecto.

 

Y mientras esté aquí, seguiré amando porqué el amor es lo único que, para mi, merece la pena.

 

 

 

 

LA DIOSA QUE LLEVAS DENTRO

Cierra los ojos, respira hondo, despacio, sin esfuerzo, como si tuvieras todo el tiempo del mundo y nada más que hacer que regalarte este momento.

Siente la fuerza de la Diosa que llevas dentro, esa conexión sagrada que nos mantiene en pie cuando ya nada nos sostiene.

Has heredado las memorias de dolor de tus ancestros, sí, pero también todo el amor que fueron capaces de ofrecer a sus hijos las mujeres que te han precedido.


Corre por tus venas la fuerza de la indomable Artemisa, la la sabiduría de Atenea, el fuego que mantenía cálido el hogar de Hestia, el instinto maternal de Deméter, la capacidad de bajar al infierno y resurgir como Perséfone, la voluntad de compromiso de Hera, la pasión de amar y conectar con la belleza de Afrodita…


Permite que tu diosa se exprese, que honre con amor la tierra… Ella sabe, porqué ha enterrado a muchos de sus hijos, que la muerte es solo un nuevo comienzo.


No la encadenes aferrándote al sufrimiento, siente el dolor en tus entrañas, mientras mantienes la mano agarrada a tu capacidad de favorecer con cariño la vida.

SORTEAR TEMPORALES

 

Voy a cumplir 60 años dentro de poco y a lo largo del camino recorrido he podido comprobar que cada nuevo peldaño que la vida me pone delante, cada tormenta, por dura que sea, es, en realidad, un desafío de amor. Una oportunidad de aflojar y soltar el cabo que me mantiene atada a lo viejo, a lo que ya no me sirve para navegar en un mar embravecido.

Al principio, el peldaño lo veo tan alto que me entran todos los miedos. Me pongo rígida, irascible y me agarro a la cuerda de lo conocido como si me fuera la vida en ello. Me cierro como un cangrejo hasta que recuerdo que soy yo la que tiene que dar el primer paso ante el vacío, con la esperanza de volver a encontrar tierra firme bajo los pies.

Entonces, despacito, con suavidad empieza a amainar el cielo y el viento se vuelve brisa cálida y se hace presente el amor que siento. Despierto en el mismo mar, pero ya todo está en calma.

ZONA INCIERTA

Tal vez todo lo que te parecía sólido se ha esfumado y te levantas y te acuestas con angustia, contándote sin cesar la misma historia, reviviendo como nuevos antiguos errores, queriendo estar en otro lugar, en otro escenario familiar que ya no existe. La incertidumbre es así y forma parte de cada nuevo renacimiento.

Si huimos el impulso del miedo se acrecienta, lo sé porqué he intentado de mil maneras fugarme. ¿Qué pasa si decides vivir, como un explorador, lo que sientes en este instante? Cierra los ojos y acoge con cariño lo que aparezca, sin intentar cambiar nada, tan solo estando disponible, como una madre comprensiva, para lo que surja en tu cuerpo, en tu corazón, en tu mente, en tu alma. Tan solo eso, sin sermones ni reproches.

 

A mi me gusta luego imaginarme que la Tierra me sostiene, me acuna, sin esfuerzo. Y me dejo llevar en volandas, con dulzura, hacia el interior de mi misma. Allí, en esa cueva sagrada me siento segura, a salvo, confiada. Desde el amor cada uno tiene el poder, la fortaleza de atravesar la incertidumbre y afrontar lo que la vida le depara.

LA INTUICIÓN CONOCE EL CAMINO

 

 

Hay una parte en cada en cada uno de nosotros que es puro instinto. Nada entiende de convencionalismos, de argumentos, de reflexiones, de lo que está bien o mal a los ojos de los otros.

 

Esa parte, tan antigua como la Tierra, está conectada a nuestra supervivencia. Es directa, honesta, no duda, no piensa; ruge cuando la desesperación y la rabia la ciegan, aulla, grita, brama con un desespero infinito de tristeza cuando se siente mortalmente herida… corre por placer, goza sin pudor del aire en la cara, de la lluvia, de la comida, de esa sensación inmensa de sentirse exento, libre de prejuicios, soberano de la propia existencia.

 

Esa dulce intuición, ese impulso sagrado que llevamos siglos amordazando tiene el poder inmenso de guiarnos durante el duelo; sabe sortear los peligros, conoce lo que necesita nuestro cuerpo, nunca lo reprime, al contrario, permite que exprese con naturalidad lo que siente.

 

Nunca, me parece, el peso de la razón ha podido aliviar el desgarro, el desespero infinito de la muerte. Los razonamientos, por muy elaborados que sean, se convierten en humo a la hora de trascender lo inevitable. El bálsamo, la entrega, el paso verdadero de pantalla suelen llegar siempre de la mano de lo que llamamos corazonada.

LA VIDA VA A SU AIRE

 

 

La vida va a su aire y es tan impredecible como el mar. La calma más absoluta puede preceder a la más violenta de las tempestades, en cuestión de segundos. Es así. En su naturaleza, el cambio es una constante y qué ciegos estamos nosotros ante esta verdad, tan ciegos como ante la muerte, otra de las grandes certezas.

 

Los humanos, en su mayoría, hemos perdido esa sabiduría ancestral que veneraba la tierra y la vida, sin imposiciones, fluyendo a su ritmo, manteniendo el corazón abierto, disponible a lo que en cada momento sucede. En vez de eso, en vez de explorar, sentir y acoger, pedimos a gritos un manual de instrucciones… Queremos adelantarnos a lo que viene, a lo que es, para evitar el dolor. Cómo si no supiéramos que el dolor, la incertidumbre, las caídas libres suelen ser el preámbulo de un crecimiento interior, una amplitud de mirada.

 

Bueno, pues tal vez podemos regalarnos la oportunidad de rendirnos, de reconocer que estamos inmensamente cansados de contener lo incontenible. Qué vivir es sentir dolor, miedo, alegría, serenidad, incertidumbre, pasión, locura, amor… Qué no podemos salvar a nadie, que simplemente podemos vivir.

 

 

 

DEL CAOS A LA RECONSTRUCCIÓN

 

Sea anunciada o de repente la muerte de un ser inmensamente querido nos deja sin suelo bajo los pies. La vida misma se vacía de contenido. Nada va con nosotros, nos sentimos ajenos, a años luz de lo conocido. Así suele iniciarse el duelo de las muertes que consideramos a destiempo, esas que nos dejan con un vacío inmenso, congelados por dentro.

 

Al deshielo le siguen multitud de emociones que nos arrastran sin freno hasta el límite de la cordura. Nuestro corazón, roto y devastado, estalla en mil pedazos ante tanto sentimiento desatado.

 

No temas, entre medio de este caos suelen surgir, de muy hondo, destellos de luz que nos conectan con la esencia, con el amor en estado puro. Duran nada, milésimas de segundo, en todo caso el tiempo suficiente para respirar hondo y sobrevivir.

 

Esas chispitas de claridad, tan reconfortantes, a veces vienen en forma de una buena amiga, de la sonrisa de un niño, de una palabra bonita, de la calidez de un abrazo de la lectura de algo que nos llega al alma, de un encuentro agradable, inesperado o simplemente al mirar el cielo.

 

Lo importante, a mi entender, es ir poniendo la atención en esa conexión con algo más grande, incomprensible, que nos sostiene, mientras vamos, con suavidad, acogiendo nuestro propio desespero. Los duelos abren heridas antiguas, temores ancestrales y hay que ir acariciando con ternura las emociones aparcadas que nos aterran. Por eso a mi me parece adecuado ir acompañado, de la mano de uno o muchos terapeutas.

 

A medida que vamos haciendo limpieza en nuestro interior es más fácil entregarse, aceptar lo que es y no lo que nos gustaría que fuera, tanto en nosotros como en los demás. El consuelo de rendirse a la vida es inmenso. Nos libera de un peso tremendo. Nos damos cuenta que el control desgasta, que la queja, el juicio y la crítica nos quitan energía. En cambio, el agradecimiento y la amabilidad nos elevan el ánimo. No es teoría, lo he comprobado. Expandir amor, del que fluye de dentro, sin esfuerzo, sin condiciones es el antídoto, devuelve sentido a la vida.

 

Después de recorrer el desierto somos distintos y existe la posibilidad de ser una versión más amorosa de nosotros mismos. Aunque, seguramente, por el simple hecho de vivir, volvamos a rompernos. La marea es interminable y trae de todo. Pero no será lo mismo, seguro, porqué ya hemos aprendido a amarnos un poco más ¿no es cierto?

 

EL DESCONSUELO DE LOS HERMANOS

 

Mis hijos nacieron con tan solo 21 meses de diferencia y, a la que el pequeño empezó a gatear se convirtieron en una unidad inseparable. Se pasaban el día jugando, casi todo lo hacían juntos hasta que el mayor, Ignasi, murió, de repente, a los 15 años.

 

Qué difícil, que desgarrador tuvo que ser para mi hijo Jaume, justo cuando empezaba a despertar del sueño dulce de la infancia, encontrarse, de golpe, con el vacío inmenso que dejó la muerte de su hermano.

 

Tengan la edad que tengan, a menudo, por amor, los hijos aplazan su dolor para sostenernos. ¡Cuánta ternura en medio de tanta desolación!

 

Al principio, nuestra agonía nos ciega, no podemos estar igual de presentes y es posible que nuestros hijos vivos queden un poco desamparados. Con el corazón roto solo es posible sobrevivir.

 

Por eso, quiero hacer hincapié en la bondad de abrazarlos, de decirles una y mil veces que les queremos. Necesitan tanto nuestras miradas de cariño, de aprobación.  

 

Sé que la nostalgia de la ausencia del hijo muerto es tremenda. Lo sé. Pero en el fondo tenemos la convicción de que los que se han ido están bien, ¿verdad? Son los que están aquí los que necesitan nuestra atención, nuestros mimos, nuestras caricias, nuestras palabras de admiración.

 

Las madres y los padres queremos morir cuando se nos muere un hijo, pero por amor volvemos a la vida. Y, con el tiempo, sentimos con ternura en el corazón a todos nuestros hijos, vivos y muertos.

 

 

CON QUERERNOS BASTA

 

Mi madre, de pequeña, me decía que yo tenía vocación de abogada de causas perdidas, abogada de los pobres decía ella. “Contigo tienes suficiente, deja que la gente se apañe y no intentes remediar la vida de los otros”, cuánta razón tenía y cuánto tiempo me costó entender que cada uno tiene una verdad distinta y la capacidad para vivirla. Con querernos basta.

No sabía, entonces, que, aunque nuestra intención sea buena, la humildad brilla por su ausencia cuando pretendemos “solucionar” la vida de los que queremos. Eso tiene que ver más con el miedo, con la necesidad de control que con el amor. Y nos ocurre tan a menudo, estamos tan dispuestos a evitar el dolor de los que amamos que no nos damos cuenta que así les cortamos las alas y les impedimos aprender de sus supuestos errores.

 

Cada ser que llega al mundo tiene un mapa escondido en su interior y alma de explorador. En este largo o corto viaje puede ocurrir de todo, a veces recorremos un lugar fantástico en el que sopla una brisa agradable que invita al placer y la dulzura. Otras, entramos en un paisaje árido, solitario, azotado por grandes vientos que despiertan en nosotros las mil sensaciones que produce el miedo. El temor forma parte de nuestro particular itinerario y, si lo vemos con ojos de explorador, no asusta tanto.

 

Cuando regresamos al hogar, seguramente lo que nos pareció durante el viaje duro y difícil de pasar es lo que más nos satisface y lo que más valoran los demás, ¿quién sabe? Los grandes desafíos, con frecuencia, nos templan, encierran la posibilidad de ampliar nuestra comprensión, nuestra capacidad de amar. Son los tesoros que se trae el alma de vuelta a casa.

 

 

 

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