LOS HERMANOS

REIR Y LLORAR

 

 

La vida es surrealista y del todo impredecible y, a veces, algunas madres pasan por el horror de vivir la muerte repentina de uno de sus hijos mientras mecen en sus brazos a su bebé de pocos meses, casi un recién nacido o acarician sus barrigas embarazadas, a punto de dar a luz. ¡Qué desgarro! ¡Qué contradicción más grande!

No estoy midiendo dolores, ni dificultad, eso es imposible, la muerte de un hijo, en cualquier situación, es para los padres un tormento difícil de soportar. Sean las que sean las circunstancias, todos atravesamos un infierno. Cada uno conoce el suyo, ¿verdad?

 
Tan solo intento acompañar, hoy, con palabras, a esas madres que no tienen tiempo, ni casi permiso para expresar su agonía porqué la vida recién estrenada las empuja a seguir adelante sin un solo momento para parar. ¡Cuánto dolor aparcado, cuántas lágrimas contenidas!

 

 

Por eso les pido a las personas que las quieren que las dejen llorar, también les ruego a ellas que se permitan hacerlo y, luego, se refresquen la cara y, aunque crean que sus bebés no entienden nada, les expliquen con dulzura el porqué de tanta tristeza y cuán grande es su amor por ellos. A su manera, lo entenderán.

 

 

Los bebés están muy cerca de su esencia y, aunque no puedan hablar ni razonar, se tranquilizan cuando sus madres les hablan desde el corazón. Les pueden contar que están tristes, sí, pero, al mismo tiempo, les adoran y su desconsuelo no tiene nada que ver con ellos.
No sirve disimular entre madre e hijo, al contrario, me parece que empeora las cosas. Es mejor la verdad, aunque duela.

 

 

 

 

 

 

 

SER UNA BUENA MADRE

Gran Mare ajudem a ser una bona mare (Gran Madre ayúdame a ser una buena madre). Esta frase me la he repetido en silencio millones de veces. Para mí, ser una buena madre lo es todo. Quizá exagero porque la vida esta compuesta de muchas más cosas, pero esta, la de ser una buena madre, para mi es vital. Tengo dos hijos en condiciones muy distintas: uno está aquí y el otro digamos que en otra dimensión. A los dos los adoro. El pequeño, con 26 años, vive ya por su cuenta. Suele llamarme a diario, incluso a veces hablamos un par de veces al día. Cuando viene a casa, el corazón se me ensancha, no sé cómo explicarlo pero ver a mi hijo me produce una emoción tan intensa, tan, tan amorosa. Tampoco no hay un solo día que no piense en Ignasi, mi hijo mayor, que murió a los 15 años. No sería sincera si no dijera que, en algunas ocasiones, como ayer por la noche mientras cenábamos mi marido y yo, no me caigan las lágrimas de añoranza al rememorar lo que hubiese podido ser verlos crecer a los dos. Pero eso no impide que sea feliz porque a los cuatro no nos une otro sentimiento que el amor. ¡Y sentir amor es tan reconfortante! Yo puedo estar triste y contenta, ya sé que parece una contradicción, pero me ocurre a menudo… A mí, como a muchos lectores de este blog, se nos ha muerto un hijo y con eso vamos a vivir hasta el final de nuestros días, pero eso no me impide tener momentos de una felicidadinmensa.

Las mujeres de mi familia tenemos tendencia a sobreproteger (eso es malo) y a sufrir (eso es peor) por eso, porqué lo sé, pido a la Gran Madre que me ayude a ser una buena madre. No quiero que ni uno ni el otro se sientan asfixiados. A Jaume, el pequeño, le ha tocado, a mi entender, un papel más difícil que a su hermano. A él, de alguna manera, si Dios quiere, le toca acompañarme hasta el final de mis días. Hoy, a primeras horas de lamañana, quizá intuyendo mi tristeza de ayer, me ha llamado para decirme: “Mamá, vais a ir a comprar, voy con vosotros. ¡Qué placer inmenso compartir mi cotidianidad con él!

No es fácil para los hijos vivos hacer doblete; cubrir con su presencia el vacío que no les corresponde. Por eso, los padres a los que se nos ha muerto un hijo,tenemos que estar muy atentos. Por un lado, dejando espacio para que los hijos vivos puedan construir su propia vida lo más ligeros de presiones posible y, por otro, dando alas a nuestros hijos muertos para que prosigan su camino sin el peso insoportable de nuestra tristeza. Los hijos, estén vivos a muertos, adoran a los padres, aunque a veces no lo parezca y, estoy segura, harían cualquier cosapara vernos felices y contentos. A nosotros, como mínimo, nos corresponde ponérselo fácil. ¡Claro que caeremos en egoísmos, ¿quién no? Pero cuando se pase el subidón, y tomemos conciencia de nuestros errores, nos toca rectificar. Por ellos y por nosotros, ¿por qué quién no quiere ser una buena madre, un buen padre? ¿Una buena persona? Sí, se nos ha muerto un hijo, la vida nos lo ha puesto difícil, es verdad pero son tantas las personas, yo diría que todas, que han pasado penurias, aunque a ojos de los demás, quizá, no lo parezca. Todos llevamos cruces como el cuento aquel de la mujer a la que se le muere un hijo y va a ver a un gran maestro, un santo, para que le devuelva la vida. Lo haré, le dice el maestro, si al anochecer me traes un grano de mostaza de la casa en donde el dolor y la muerte no haya entrado. La madre va de portal en portal y en ninguna casa pueden darle el grano de mostaza. De noche, cuando regresa para ver al maestro, ya sabe que su dolor es compartido. Que va a tener que aceptar la muerte de su hijo. Que la vida es así y su pena forma parte del hecho de estar viva.

La vida está hecha de dolor y alegría y es sabio saber vivir tanto lo uno como lo otro.

PARA ANA Y SU MADRE

Hola Ana,

Es normal que tu madre esté mal, no te asustes. Yo estuve en estado vegetativo unos tres meses, cada cual necesita el tiempo que necesita. Llegué a pensar que me volvería loca, también eso es normal.

Vais a tener dos vidas: la de antes y la que empieza ahora. De momento el dolor lo impregna todo, pero hay chispitas de amor, destellos de luz que hay que ir haciendo grandes por pequeños que sean. Lo que quiero decir es que es horrible acostarse y es horrible levantarse pero, entre medio, algunos días, es posible sentir el amor en estado puro, aunque este sentimiento dure segundos. De ese día hay que quedarse solo con esos segundos, pensar constantemente en esos segundos y no ir dando vueltas a los pensamientos terroríficos que nos acechan.

Hay que vivir el dolor, sin esconderlo –tú tampoco escondas el tuyo, cielo-, con el convencimiento puesto en querer estar bien. Claro que tu madre en algunos momentos querría cerrar los ojos y desconectar para siempre, pero, a mi entender, esta no es la solución. Primero por ella, después porque ahora tiene la oportunidad de enseñarte a ti que después de un golpe durísimo es posible levantarse y luego porque tu hermano, su hijo, necesita que ella aprenda a vivir de nuevo para sentirse plenamente feliz allá dónde está. La energía no se crea ni se destruye y la muerte es solo un paso más. El cuerpo muere, sí, pero no la energía, el alma o como queramos llamarle. Él os está enviando fuerza, os sigue queriendo igual, pero no puede volver, eso no se lo pidáis. Es imposible. Os tendréis que acostumbrar a vivir sin su presencia física. Cuanto más amor consigáis sentir, más cerca de él estaréis.

Recuerdo que cuando yo lloraba desconsoladamente le decía a Ignasi, mi hijo, “cariño tú no te entristezcas, no lloro por ti, lloro por mi, porque todavía no sé vivir sin verte ni abrazarte, porque tengo miedo, porque no sé como salir adelante, pero tú no te preocupes que aprenderé. Cueste lo que cueste aprenderé”. Porque por nada del mundo quiero que mi hijo se sienta mal por mi. Él vivió aquí lo que tenía que vivir, nadie vive un minuto más o un minuto menos de lo que está pactado, nada ni nadie nos ha quitado nada. La vida es así. Eso es lo que yo creo, que tenemos un tiempo programado para aprender, lo que venimos a aprender y que cuando ya lo hemos aprendido nos vamos.

Ana, yo sé que ahora tú estás pendiente de tu madre, día y noche, incluso cuando no estás con ella. Pero también tienes que darte permiso para derrumbarte, por eso te será de gran ayuda acudir a terapia, sea la que sea. Has perdido a un hermano de forma repentina, cuando en apariencia no tocaba, y ves a tus padres derrumbados como nunca antes los habías visto. Eso es mucho. Todos en casa vais a tener que trabajar, los grupos de duelo son un gran consuelo para muchas personas, ir a terapia también puede serlo, aprender yoga para calmar la mente seguro que os hace bien… Poco a poco iréis viendo lo que más os reconforta. Sin prisas, pero sin pausas, a vuestro ritmo, iréis encontrando el camino de la calma, la alegría y la felicidad. No os voy a engañar, vosotras ya os podéis imaginar que el recorrido es largo, pero al final del túnel vais a renacer y tenéis la posibilidad de vivir de forma más auténtica y amorosa a partir de ahora.

Por favor, escribirme siempre que queráis. Ahora sé que estáis perdidas, pero no estáis solas.

Un abrazo grande y muy, muy cariñoso para las dos

ESTAR PRESENTES

 

Estos días es fácil que los padres a los que se les ha muerto un hijo estén sin estar. Es comprensible, pero demasiado triste para los hijos vivos. Para ellos, como para todos, es Navidad. Necesitan a su padre y a su madre presentes, los necesitan siempre presentes. ¿Cómo se consigue eso? Estando dispuesto a que la vida duela, pero al mismo tiempo amándola. Si le damos la espalda a la vida, también se la damos a nuestros hijos vivos, y a nosotros mismos. En las mesas de Navidad, aunque no los podamos ver, también están nuestros seres queridos muertos si abrimos nuestros corazones.Hay que sumar, en lugar de restar. El dolor es el que es y resulta mucho más llevadero si nos abrazamos al amor.

ACTIVAR LA AYUDA MUTUA

 

Cuando muere un hijo, todos los miembros de la familia entran en un torbellino de dolor. En el epicentro se encuentran los padres, los otros hijos y los abuelos. A mí, consciente como soy del dolor tremendo e impotente de los abuelos, me preocupa especialmente el dolor de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, porque ellos están empezando una vida y, por instinto, a los adultos nos toca protegerlos. Son especialmente vulnerables, no tienen las herramientas que se adquieren con la experiencia y suelen revestirse de una capa de naturalidad que puede llevar a engaño.

Durante el duelo o del inicio de la enfermedad incurable de su hermano, empieza para ellos una realidad desconocida y dificilísima; sus padres están destrozados, volcados en el hijo enfermo y/o paralizados por el dolor que supone enterrar a un hijo. Es normal que alguna vez piensen que por qué no han muerto ellos. Lo pensamos también los padres los días en que parece imposible salir adelante.

Si en algunos momentos en la familia es imprescindible la ayuda mutua es en estos. Hay que intentar ver más allá de uno mismo y volcarse en los vivos, porque son los que corren peligro.

Mi hijo Jaume tenía 13 años cuando se fue Ignacio y ahora, con el transcurso del tiempo, puede hablarme con distancia de lo que sentía. Su adolescencia ha sido especial, porque se le ha muerto un hermano. Ha estado pendiente de su padre y de mí, durante una edad en la que no corresponde. “Mamá –me dijo hace poco- se trata de ‘aguantar a muerte’ y de ir activando el interruptor de la ayuda mutua, hasta que la tormenta pase ”. Y eso es lo que ha hecho él durante años hasta que nos ha visto francamente mejor. Es lo que hacen muchos hijos a los que se les ha muerto un hermano.Y aunque algunos intenten huir, siguen emocionalmente pendientes de sus padres.

También me dijo Jaume que ha sufrido pensando que no lo estaba haciendo bien. La muerte de un hermano supone eso, la pena y el dolor unido a la responsabilidad que conlleva convivir con el dolor y la pena de los padres, intentando cubrir el vacío, levantarlos, alejarlos del precipicio. Es mucho, es un esfuerzo titánico. Por eso, porque la vida les ha exigido tanto se merecen contar con nuestro amor entero.

Jaume me ha agradecido que le lleváramos a un psicólogo que le ayudara a aguantar ese peso, que le permitiera coger la distancia necesaria para ir deshaciendo su propio nudo.

En casa, al principio, nos fue bien hacer una piña, un círculo de amor y, desde dentro, ir activando por turnos ese interruptor de ayuda mutua. El amor de ese círculo tiene que ser del verdadero, del que no asfixia. Hay que ir abriéndolo poco a poco, dejando espacio, soltando cuerda para que los hijos puedan crear su propia vida. Y, un buen día, esa cuerda hay que cortarla, ya no la necesitan. Los golpes duros nos fortalecen por dentro, nos sirven para ser independientes. A los padres nos toca potenciar que los hijos tengan una vida plena, la suya y eso es más fácil si ven cómo nosotros vivimos bien la nuestra. El primer paso lo tenemos que dar nosotros, porque si logramos recuperamos se recuperan ellos y viceversa. Y no es un contrasentido, porque la alegría de la gente que queremos es la nuestra.

EL AMOR DE LOS HERMANOS

 

Mis hijos se llevaban 21 meses, Igansi era el mayor y al morir, Jaume se quedó sólo muy solo. Perdió su referente, el guía que había tenido desde que nació. En casa éramos Lluís y yo y los niños, formaban casi una unidad, se entendían bien, cuando se peleaban lo hacían como cachorros, nunca con malicia y de repente, cuando a Jaume le faltaban 3 meses para cumplir 14 años, la vida se le partió en dos.

Hay que ir con cuidado con los niños, porque tienen la habilidad de recubrir el dolor con una capa de naturalidad que pude hacernos pensar que su sufrimiento es menor que el nuestro, cuando en realidad su herida es tan profunda, tan honda que puede acompañarles con amargura toda su vida. Las heridas del alma sólo se curan con amor, hablando del hermano muerto con ternura pero sin magnificarlo, explicándoles que la muerte como final no existe y que pueden contar con él o ella, aunque de otra manera. Las familias que hacen el vacío a sus muertos, creyendo que es mejor, que así evitan recuerdos dolorosos, corren el riesgo de convertirse en familias enfermas. Hay que dejar espacio a los que no están porque, por derecho propio, forman parte de nosotros.

Al principio es verdad que los recuerdos duelen, porque la muerte de un hijo o un hermano duele, es así, duele y todos los que pasamos por eso sabemos cuánto, pero cuando la dulzura vuelve a nuestros corazones, el amor envuelve los recuerdos y, en el día a día, no hay diferencia entre vivos y muertos, sólo cariño.

En los momentos de felicidad y en los de apuro, Jaume, como todos en casa, recurre a Ignasi. Cuenta con su hermano cuando gana el Barça y el día de Sant Jordi llega a casa con dos rosas; la que me regala él y la que traería Ignasi.

NUESTROS HIJOS NO SON NUESTROS (DIARIO)

 

30 de junio de 1999

(mediodía)

A jaime sólo le ha quedado una asignatura, castellano. Tienen mucho mérito éstas notas, se las ha ganado a pulso. Le veo bien.

Mañana se va a Menorca en bici, de campamentos, con su grupo del CAU. Toda una aventura. Este verano crecerá mucho en todos los sentidos y yo he de aprender a dejarle volar, a respetar sus secretos, su vida, a mirarle sin exigirle. Nuestros hijos no son nuestros. Ellos tienen su propio destino y han de aprender solos a construir su camino. Podemos aconsejarles, orientarles, pero siempre teniendo presente que su vida no es la nuestra, que tienen otras necesidades. No es fácil para las madres separarnos de ellos. Los hemos tenido dentro, son parte de nuestro cuerpo y sin darnos cuenta les convertimos en una prolongación de nosotras mismas. Pero ellos tienen una entidad propia, unas particularidades concretas y muchas cosas que aprender que pueden tener o no relación con nosotros pero que, en definitiva, sólo ellos pueden resolver. No tenemos derecho a usurparles su existencia. Es suya y han de hacer con ella lo que mejor sepan. Le pido a la fuerza del bien, al infinito, que me ayude a educarle para convertirle en un hombre, en el sentido más amplio de la palabra.

HABLAR DE LA MUERTE EN CASA

 

Es común en nuestra sociedad silenciar la muerte, como si por el hecho de nombrarla la atrayéramos. Pero la muerte es inevitable, forma parte de la vida. De nada sirve ignorar la evidencia, al cotrario. Dejar de hablar de la persona muerta acrecienta el dolor de los que la querían y agranda la distancia en la familia. Mis hijos se llevaban 21 meses. Ignasi era el mayor, un referente para su hermano. De la noche a la mañana Jaume se quedó con el vacío de su ausencia. Y no sólo eso, de alguna forma también perdió a los padres que tenía. Durante los primeros meses todos éramos náufragos a la deriva. Llegar a tierra firme es lento, muy lento y no suecede por arte de mágia. Es una travesía dura y laboriosa, en la que las palabras y los recuerdos compartidos ayudan.

-Mamá, ¿por qué se ha muerto Ignasi y no yo?, me dijo a los pocos días Jaume.

-¿Y por qué no yo, o papá?, teníamos las mismas posibilidades, íbamos todos en el coche… y continúe diciéndole lo que buenamente pensaba; que nadie muere por casualidad, que todos tenemos un momento para nacer y para morir, y que nos vamos cuando ya hemos hecho lo que teníamos que hacer aquí. Que hay vidas cortas y vidas largas, pero que las largas no siempre son mejores que las cortas.

Hablar de la muerte y de Ignasi, no acrecentaba ni acrecienta nuestro dolor. Era reconfortante entonces, cuando sólo nombrarle se nos llenaban de lágrimas los ojos y lo es ahora cuando recordamos anécdotas y algunos de sus monumentales enfados con una nostalgia dulce y amorosa.

No es difícil hablar de la muerte, lo difícil es encarar nuestros miedos, nuestras emociones, pero no hay otro camino que nos conduzca a tierra firme. El silencio es comprensible, parece un buen atajo, pero en realidad nos conduce a un laberinto del que cuesta muchísimo salir.

EL ESFUERZO TITÁNICO DE LOS OTROS HIJOS (DIARIO)

 

12 de junio de 1999

(Sábado tarde)

Mi hijo Jaime duerme en el sofá. Estábamos viendo la tele, una película malísima, y se ha quedado dormido. He cerrado la tele y he puesto un cuarteto para flauta y violín de Mozart, para que descanse mejor. Está agotado. Es muy duro para él lo que nos ha sucedido. Días después del accidente dijo: “nosotros tendremos dos vidas, la de antes y la de ahora”. Fue el primero de los tres en comprender la situación. Está haciendo un esfuerzo titánico. Ya no es el pequeño, en cinco meses se ha convertido en un adolescente mucho más maduro de lo que le corresponde. No ha tirado la toalla ni un sólo momento. Desde el comienzo ha aguantado la presión que supone ir cada día al colegio, estudiar, encontrarse con los amigos de Ignacio y estar en casa sin él, y con unos padres abatidos, como nunca los había visto.

Ha crecido mucho y está guapísimo. Aunque sólo fuera por él merecería la pena que en casa volviera a entrar la alegría. Deseo con todo mi corazón que tenga una vida plácida y unos padres sólidos que puedan ayudarle sin pedirle nada a cambio. Me encantaría poderle enseñar que después de un golpe, por más duro que sea, las personas, poco a poco, nos recuperamos y con el tiempo volvemos a descubrir la cara agradable de la vida.

Le miro y veo la fuerza de la juventud y pienso en mí a su edad, a los 14 años, cuando todo el mundo estaba por descubrir. Una edad preciosa llena de vitalidad y soledad. Él ya sabe lo que es la muerte. Pero le queda por descubrir lo maravilloso que es compartir la vida con alguien que te quiere, tener la libertad de elegir, la agradable sensación que produce abrazar a un hijo…

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