Mercè Castro

MUJERES QUE SOSTIENEN LA VIDA

 

Es posible que la vida te haya puesto de rodillas una y mil veces, cómo les sucedió a mis dos abuelas, a mi madre, a mi hermana, a mi querida prima-hermana, a ti y a mi misma.

 

Nuestras historias contienen muchas pérdidas -distintas, cada una las suyas, muy sentidas-, pero sobre todo hablan del impulso que nos mueve a levantarnos, a seguir con el corazón roto hasta que la dulzura vuelve a renacer, como la hierba fresca en primavera.

 

Cuánto más amor das, más tienes, crece al compartirlo, siempre suma, nunca resta. Repartir ese amor que vive en nosotras es lo que nos salva del desconsuelo de seguir vivas.

 

Amo a las mujeres que defienden la vida igual que amo a los hombres que la sostienen con cariño y vigor, de otra manera.

 

Me encanta la energía masculina, adoro a los hombres que persiguen un mundo mejor para todos, pero hoy hablo de mujeres porqué soy mujer y me siento reconocida en ellas, a veces, incluso, como si fuéramos una, inmensa, cálida, guerrera.

 

 

No hay edad, ni penuria que impida que la diosa que llevamos dentro haga sonreír a un niño, al contrario, suelen ser mujeres mayores, abuelas o no, las que con infinita paciencia nos regalan amor sin condiciones.

 

 

Benditas las mujeres que abrazan y consuelan con la voz y la mirada. Mujeres pilares que, aunque algunas hayan enterrado a sus hijos, incluso a su único hijo, abren su corazón, después de atravesar su calvario, y ofrecen en susurros dulzura, como una fuente, un manantial que acoge a los sedientos de amor.

 

Benditas seas y, aunque hoy estés vacía, ausente por las grandes tragedias, recuerda que tu también eres mujer, una de ellas. Invoca su fuerza, pide que te sostengan hasta que tu estés lista para volver a proteger con ternura la vida.

 

SIGUE TU INSTINTO

 

A mi me parece que nadie muere un minuto antes o después de lo pactado, puede ser cierto o no, ¿quién sabe? pero a mi esto me consuela.

 

Me gusta imaginar que las vidas cortas pertenecen a seres llenos de luz que han venido, por amor, a despertarnos la conciencia, a flexibilizar corazas, a romper máscaras, a enseñarnos, a través del dolor de su partida, lo esencial.

 

Porqué después de la muerte de un niño, de un joven, de alguien que está a mitad de camino nada es como antes, todo adquiere otra tonalidad.

 

Ya de poco nos sirven las apariencias sociales, la vida se reduce a encontrar la parte amable y bondadosa de todo, vivir al día, sin grandes expectativas, agradecer la calidez del sol, poder compartir sentimientos y emociones.

 

Mirar el cielo, entregarse a la serenidad del silencio, reír por nada, seguir nuestro instinto, con honestidad, como lo hacen los niños.

 

Apreciar la sencillez, hacernos la vida fácil, sin complicarnos en mirar lo que hacen bien o mal los otros. Sin pretender cambiar a nadie. Conectar con algo más grande, con la plenitud y la paz que conlleva aceptarnos como somos, no como nos gustaría ser.

 

Antes de disfrutar de esos regalos que encierra atravesar el duelo es preciso sentir, sin rehuir ni aferrarse a nada. No es fácil porque el carrusel de emociones es tremendo y nos da miedo, pero suele ser la clave que abre las puertas a nuestro renacer.

 

Al fin y al cabo, tardemos lo que tardemos, el instinto nos lleva siempre a preservar la vida.

 

TÚ PUEDES

Quizá no sepas por dónde tirar o no quieras seguir o, simplemente, te parezca imposible conseguirlo. Seguramente estás tan cansada que te cuesta horrores levantarte de la cama.

 

Sí, probablemente ahora –después de un año, dos o tres o los que sean de su partida-, te sientes tan mal como al principio. Es normal. El duelo por la muerte de un hijo es largo y tiene muchos altibajos, cuesta mucho volver a la vida, pero es posible.

 

De momento, estás perdida pero acuérdate de todos los cambios que has ido afrontado desde pequeña. Sí, es cierto, nada es comparable a esta locura, lo sé, tan solo te pido que seas paciente y amorosa contigo, que no te cierres las puertas.

 

En el fondo sabes que de nada sirve morirse en vida, que todo pasa; lo bueno y lo malo también. Solo el amor que compartes con tus seres queridos perdura.

 

No pidas que las cosas sean como antes, eso no puede ser. Estás viviendo un cambio tan profundo que lo natural es que estés asustada, te has quedado desnuda, en carne viva, te estás reinventando y todavía no sabes cómo va a ser la mujer que estás creando. Es mucha incertidumbre.

 

Tardes lo que tardes, estás en la antesala de un nuevo comienzo, nunca lo hubieses elegido, pero lo más probable es que resurjas con una mirada más amplia, más honesta, que te sientas, de alguna manera, mucho más libre. Con la ilusión de volver a bailarle a la vida.

DESPUÉS DE LA MUERTE DE UN HIJO

 

 

TALLER DE DUELO EN SANTANDER

SÁBADO 24 DE FEBRERO

La muerte no sigue un orden cronológico, no entiende de edades y algunas personas tenemos que enfrentarnos al desgarro, al dolor inmenso que produce perder un hijo. Nadie, creo, está preparado para eso.

 

Después de un golpe así es difícil volver a encontrar sentido a la vida pero, aunque parezca mentira, no es imposible. De los destellos de luz que me han ayudado a atravesar mi duelo hablaremos el sábado 24 de febrero en Santander. No hay fórmulas mágicas, cada uno tiene que recorrer su propio camino, pero si mis palabras reconfortan un poco algún corazón roto me sentiré inmensamente feliz y agradecida.

 

 

Me hace ilusión estar en Cantabria y compartir mi experiencia. Hace tiempo que venimos hablando de este taller y ahora es ya una realidad. Doy las gracias, de ante mano, a las personas que asistirán, algunas las conozco como a Maite Amigó, a otras las conoceré allí y agradezco especialmente a la psicóloga María Fernández Levín su amabilidad y la eficaz organización del encuentro.

 

Nos vemos en Santander.

Si necesitas más información:

Tels: 942 037 093 – 637 447 931

COMPARTIR EL DOLOR

 

Dicen que la muerte de un hijo acaba con muchas parejas y seguramente es así, pero, a mi entender, el motivo no es la muerte del hijo, sino los desencuentros silenciados, tal vez durante años.

 

Los reproches antiguos, la falta de amor en la mirada, pesan tanto que no es posible sostenerlos cuando la vida pierde sentido y el dolor lo inunda todo. Al contrario, la grieta se ensancha tanto que suele resultar imposible fingir.

 

En cambio, si a pesar de todos los altibajos que la convivencia conlleva, predominaba el cariño, el respeto, el deseo de ver feliz al otro, la relación probablemente adquiera durante el duelo un tono más profundo.

 

Es verdad que el duelo conlleva mucha tensión, la situación es tan nueva y desgarradora que nos mantiene en alerta máxima y es fácil que salten chispas por lo que sea.

 

Cuando la vida nos pone en apuros, la paciencia con uno mismo y con las personas que amamos es esencial.

 

Cada duelo es personal, por eso no hay que dar nada por hecho, no hay una única forma de recorrerlo. A las mujeres, en general, se nos da mejor hablar de sentimientos, a los hombres no tanto, pero no por eso su dolor es menos intenso.

 

Cada uno a su manera atraviesa su propio desierto. No es momento de pasar facturas, si no de unir fuerzas respetando el ritmo y la forma de ser del otro. Cuando no salen las palabras, alcanzan y reconfortan tanto los abrazos, las caricias, las miradas de aprobación…

 

Para compartir el dolor tan solo es necesario estar presente, respirar juntos, cogerse a ratos de la mano y dejar que las lágrimas resbalen por las mejillas del ser amado

 

EL MEJOR REFUGIO

 

Es posible que te sientas extremadamente débil. El dolor fatiga. Las subidas y bajadas del duelo agotan. ¡Hay tantas emociones! Las pérdidas reabres viejas heridas y nos conectan con nuestros miedos aparcados.

 

Tal vez necesitas un tiempo, un espacio de silencio que encienda la calidez, el abrigo que solo tu puedes darte. Respira, sin pretender nada, tan solo presta atención al aire que entra y sale de tu cuerpo.

 

La vida te ha puesto en un lugar difícil, ¿verdad? Si es posible, deja de luchar, no temas, no te pido que tires la toalla, al contrario. Regálate un merecido descanso, sin la obligación si quiera de avanzar.

 

Habla con tu guerrera interior, tranquilízala, las dos sabéis de vuestra sincera intención de volver a sentir paz, serenidad, alegría, por eso, para coger impulso, necesitas ahora una tregua.

 

Aunque cuentes con mil apoyos, el mejor refugio está dentro de ti. No te asustes si emergen fantasmas, se desvanecen, como el azúcar en el agua, si los miras con compasión.

 

Hoy, aunque solo sea por unos instantes, aléjate de la tormenta y el frío. Permítete encender con amor tu fuego. Invoca a tu diosa y, de su mano, acércate a lo bueno que has vivido, a la inmensa gratitud que sientes por tus seres queridos, vivos o muertos. Ellos están en ti y tu en ellos.

¿CÓMO TE SIENTES HOY?

 

Te propongo un juego. Cierra los ojos y pídele a tu cerebro que te muestre una imagen de cuando eras niña. ¿La tienes? ¿Está contenta, despreocupada, enfadada, asustada, triste, alegre…? Esté cómo esté no le pidas explicaciones, no busques motivos, simplemente mírala con cariño, acaricia sus cabellos y abrázala. No es necesario que le expliques nada, esté como esté tu niña hoy tan solo necesita sentirse querida, arropada.

 

Si está triste o tiene miedo agradecerá tu cálida presencia, si parece enfadada, déjala que exprese su rabia, escúchala y acaríciala con la mirada. ¿Tal vez está exultante, pletórica de energía? Si es así, deja que cada una de tus células se impregne de su alegría. En ti está todo lo que anhelas; recuerda los instantes de entusiasmo. La intensidad de algunos momentos, la pasión con la que vivías de niña, esa certeza de que todo es posible.
Ya no somos niñas, pero aunque la vida nos haya herido una y mil veces, siempre podemos elegir entre la amargura y la serena alegría.

DESTELLOS DE LUZ

 
 
Sé el miedo que da andar a ciegas, con el corazón roto y la mente, sin freno, dando vueltas a lo mismo. Es esos tiempos de desespero suele ser un bálsamo el silencio. 
 
Sin prisas, de la mano de la paciencia, es bueno buscar un lugar tranquilo y protegido para poder sentir, sin barreras, la pena, la enorme tristeza, la ira, el enfado, el inmenso desconsuelo que a veces produce vivir.
 
A mi me gusta imaginar que nunca estamos solos, que el alma nos calma en susurros cuando dejamos fluir lo que sentimos, sin culpas, sin pretender ser más ni menos de lo que somos.
 
Cuando nos entregamos a lo que hay, sin expectativas, es más fácil que surjan, de nuestro interior, destellos de alegría serena. Esos momentos de luz son mágicos y nos dan confianza.

NO TE DESAMPARES

 

 

Es posible que la vida, a menudo, te hiera, que nacieras con la sensibilidad a flor de piel y en ti resuenen, como en una catedral vacía, la infinidad de emociones que están en el aire desde que el mundo es mundo.

 

Te conmueve el dolor, el desconsuelo, la soledad, la tristeza infinita que se esconde en cada casa, en cada calle, en cada piedra. Sí, quizá, a menudo, te inquiete de tal manera tu historia, y la de los otros, que quieras huir.

 

Huir, ¿adónde? No hay un sitio REAL donde no sentir. Puedes, por un tiempo, aparcar las emociones, conectar el piloto automático y dejar que la mente elucubre a su antojo pero ¿hasta cuándo?

 

Así, cavilando, no vas a poder engañar al cuerpo, tu templo sagrado. Tarde o temprano se tensará, se encogerá, protestará de mil maneras hasta que vuelvas a sentir, hasta que entres de nuevo en la vida y te entregues al dolor y la belleza.

 

Si tienes la sensibilidad a flor de piel, puede que tengas miedo de vivir y de morir, de amar, de reír… Si te duele el cuerpo y el ama te vendrá bien hacer un alto, volver a ti y descansar en tu corazón.

 

No te desampares, abrígate con el amor con que naciste y siente. Acoge lo que surja en este momento, sea lo que sea, qué más da si todo es vida.

Poco a poco, probablemente, volverá la suavidad, la ligera dulzura que acompaña el reposo de quién regresa a casa y se permite no hacer nada, protegido y en paz.

 

 

 

QUÉ FANTÁSTICO ES LLORAR

 

 

Admiro a la gente que se entrega con facilidad al llanto, que permite que las emociones exploten sin contención en forma de lágrimas.

 

A mi siempre me ha costado llorar. A menudo, me contraigo. Contengo el aliento sin darme cuenta. Entonces aparece una piedra grande en la boca de mi estómago y la parte alta de mi espalda se llena de nudos.

 

Es la forma que tiene mi cuerpo de avisarme que preste atención a mis sentimientos, que no me distraiga y sienta.

 

Ayer, escuchando a Johnny Cash (“Me and Bobby McGee”) se desató la tormenta y lloré sin reservas, con el desconsuelo profundo de la tristeza antigua.

 

La música me llevó al momento en que besé, en la UCI, a mi hijo, sabiendo que aquella era la última vez. Pude acariciar con amor el dolor de nuestra despedida.

 

Con dulzura me envolvió la añoranza y, sin reservas, nos abrazamos la tristeza y yo como dos náufragos en medio del océano.

 

Desde ese momento de entrega, sin condiciones, mi cuerpo se ha expandido, el malestar ha desaparecido y una ternura inmensa me sostiene.

 

¡Qué fantástico es llorar!, cuánto alivian las lágrimas honestas que no pretenden cambiar nada, simplemente mecernos como las olas del amar.

 

 

 

 

 

 

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