Mercè Castro

MIRAR AL CIELO

 

 

Quién más quien menos anda con prisas, hay como una urgencia colectiva, un hábito de impaciencia que nos domina.

 

El día a día va tan rápido, sobre todo en las ciudades, que pocas veces atinamos a parar y alzar la vista al cielo.

 

Observar el paso de las nubes, el azul intenso, los rayos dorados o el gris plomizo nos serena, nos ayuda a vivir el presente y diluir el miedo al futuro o la inquietud por el pasado.

 

Contemplar el cielo, con los pies bien anclados en la madre Tierra, es una terapia gratuita y fácil que nos conecta, por un lado, con la fuerza inmensa de nuestro planeta y, por el otro, con nuestras raíces celestes.

 

¿Quién no ha sentido la calidez de formar parte de algo Grande mirando un cielo estrellado, una puesta de sol, un amanecer dorado?

 

En mis primeros tiempos de duelo me reconfortaba andar descalza por la playa o el campo. Pisar arena y tierra, con los pies desnudos me ayudaba a incrementar mi poca energía y a estar más presente.

 

 

Cuando miro al horizonte o simplemente levanto la mirada hasta posarla en el cielo percibo, con mayor facilidad, esa unión sagrada que me acerca a mis seres queridos muertos con dulzura, sin drama.

 

 

Al fin y al cabo mi parte sabia bien comprende que la muerte no es más que un nuevo comienzo, que el amor es eterno y que el plan es perfecto.

 

 

¿TE PERMITES SOSTENER LA ALEGRÍA?

 

Recuerdo que al principio de mi gran duelo, de repente, en medio del dolor que lo cubría todo como una niebla espesa, sentía destellos de luz, de alegría o de amor en estado puro que duraban nada, pero de tal intensidad que, seguramente, impedían que me muriera.

 

Esos destellos eran como agua en el desierto, como el faro que nos guía en medio de la tormenta. ¿Cómo podía hacerlos grandes y que duraran?

 

No sabía entonces que la alegría es una actitud, ni tampoco era consciente que yo, por mi forma de ser, me sentía más cómoda en la ansiedad y la tristeza.

 

La alegría se me escurre como agua entre las manos, no sé muy bien cómo sostenerla. Quizá hay en mi alguna creencia antigua que me hace sentir que traiciono al mundo y de paso a todos mis ancestros si me siento contenta. A eso he decidido darle la vuelta porqué ahora sé que la alegría sale de dentro, se convierte en un hábito y resulta muy contagiosa.

 

No traiciono a nada ni a nadie si sostengo mi alegría, al contrario planto así buenas semillas que, con suerte, florecerán en el corazón de los que quiero. Me encantaría dejar, cuando me muera, una gran cantidad de alegría para mis hijos, mi nieto y todo aquel que la quisiera.

VIAJAR EN TREN

 

A mi me encanta viajar en tren, dejarme mecer por el paisaje, sin nada más que hacer que estar conmigo misma y soñar.

 

Pasar por lugares que desconozco, contemplar, arropada tras la ventana, retazos de escenas para otros cotidianas, dejarme llevar con la seguridad de que arribaré a mi destino sin esfuerzo.

 

 

Ir en tren podría ser una metáfora de la vida, al fin y al cabo, todos sabemos que vamos a morir, ese es nuestro destino, el cierre de este viaje en la Tierra.

 

En cambio, con qué facilidad solemos olvidar que lo esencial no está en nuestras manos. La ilusión del control nos impide, a menudo, disfrutar del paisaje, de la gente que conocemos, de los días de sol, de la generosidad de la lluvia.

 

Sí, es verdad, muchas veces durante el recorrido, mueren seres inmensamente queridos, nos separamos de una pareja con la que contábamos pasar el resto de nuestra vida o nos arruinamos y, en ocasiones, incluso es posible que nos ocurra todo a la vez. Hay duelos grandes, que nos dejan profundamente heridos.

 

Podemos aferrarnos al dolor durante años, es una opción, somos humanos y estamos destrozados. Pero yo, que he vivido el desgarro de la muerte de un hijo, sé que es tan malo rehuir el dolor como anclarnos en él. Eso no favorece a nadie.

 

Como en el tren, a veces en el viaje de la vida pasamos por paisajes áridos a los que le siguen otros más verdes, más hermosos.

 

HAY UN MUNDO POR DESCUBRIR

 

Probablemente ahora el dolor te ahoga, tu realidad ha estallado en mil pedazos y tienes miedo. Así comienzan los grandes duelos, esos que nos dejan a años luz de lo conocido.

 

Han saltado por los aires tus falsos amarres y, por eso, aunque no lo creas, se vislumbra ante ti la maravillosa posibilidad de conectar con la fuente, contigo misma, con la esencia.

 

No busques fuera, el camino que te conducirá a la otra orilla se encuentra dentro de ti. Eres tú la única que puede iluminar con dulzura tu lado oscuro.

 

Abre tu corazón y deja que las buenas personas te sostengan cuando desfallezcas. Déjate envolver por lo que sientes. No te resistas al dolor, tan solo atraviésalo agradeciendo su poder transformador. No vas a volverte loca. No.

 

Vas a explorar otros lados de la vida, vas a despojarte de creencias caducas, de memorias familiares antiguas que, en su momento quizá fueron útiles pero ya no lo son, no te sirven.

 

No traicionas a nadie ni a nada si decides ampliar, con amor, tu mirada. ¡Hay tanto por hacer y es tan necesario contribuir, con cariño, a crear entre todos un mundo mejor!

 

No se trata de sumar nuevas responsabilidades, al contrario, deshazte de los “deberías”, a partir de ahora olvídate del “deber” y empieza el día con la ilusión de sentir destellos del placer. Recuerda la ilusión de los días felices de cuando eras niña.

 

Tal vez estés triste, resentida o amargada o todo a la vez, pero si sigues creyendo que la vida o quien sea te trata mal, vas a sumar un calvario a la ya de por sí difícil travesía del duelo.

 

Hay otros mundos más alegres y tus seres queridos muertos soplan las velas de tu barca para que arribes a buen puerto y los reencuentres.

En el fondo sabes que solo el amor merece la pena. No importa que lo olvides a menudo ellos, los que ya no está aquí, siguen y estarán siempre en tu corazón para recordártelo. El Universo entero conspira a tu favor, dalo por hecho.

 

Para encauzar el rumbo tienes el perdón, la gratitud, la amabilidad, la belleza del amanecer, del atardecer, del cielo nublado, del mar, de los árboles, de las miradas inocentes y traviesas de los niños, la música, la escritura, la pintura, el placer de crear hogar cocinando si te gusta, las caricias, los abrazos, las sonrisas, tu valentía aunque tengas miedo, la paciencia contigo misma… No te quedes con lo malo, simplemente acúnalo con suavidad hasta que se desvanezca. ¡Hay tanto bueno por descubrir!

 

ACOMPÁÑATE CON DULZURA

 

 

En mis días más claros, puedo estar triste y contenta, infinitamente cansada y feliz, acelerada y en paz.

 

 

En esos momentos de lucidez, doy la mano con suavidad a las dudas, los temores, las mil y una emociones que guardo muy adentro, a la fatiga de siglos de dolor y desencuentros…

 

 

En esos momentos de lucidez, con dulzura, me acompaño y sé, con certeza, que estoy, dónde tengo que estar: conmigo misma y sin censura.

 

 

En esos momentos de lucidez es como si se hubiese rasgado un velo y, detrás, surgen destellos de belleza, de compasión, de agradecimiento, de amor.

 

 

Es entonces cuando siento que no hay separación entre vivos y muertos, ni entre tu y yo. Todo está en mi. En los días claros el yo desaparece y me convierto en vida.

 

En esos momentos de lucidez sé que todo pasa, que la vida es de por sí cambiante, que viviré nuevas tempestades, que me encontraré en otros desiertos.

 

 

Sí, pero también sé que cuando deje de resistirme y pueda acompañarme con dulzura se rasgará otro velo y otro y así hasta que muera.

 

NOS VEMOS EN VALLADOLID

 

TALLER SOBRE DUELO

SÁBADO 23 DE FEBRERO-2019

 

DEL CAOS A LA RECONSTRUCCIÓN

Destellos de luz para atravesar el duelo

 

 

Sea anunciada o de repente la muerte de un ser inmensamente querido nos deja sin suelo bajo los pies. La vida misma se vacía de contenido. Nada va con nosotros, nos sentimos ajenos, a años luz de lo conocido. Así suele iniciarse el duelo de las muertes que consideramos a destiempo, esas que nos dejan con un vacío inmenso, congelados por dentro.

 

 

 

Nadie es el mismo después de la muerte de un ser inmensamente amado. Es imposible ser el de antes, pero sí tenemos la oportunidad de elegir qué queremos que florezca en nuestra vida: ¿la gratitud por lo vivido o la amargura por lo que nos parece que hemos perdido?

 

 

 

Si escogemos a pesar de todo mantener el corazón abierto al amor, si estamos dispuestos a sentir el dolor, pero también la alegría es muy posible que nuestra vida adquiera de nuevo sentido.

 

 

De las herramientas, los destellos de luz, que a mi me han ayudado a atravesar el duelo por la muerte de mi hijo Ignasi, hablaremos el próximo día 23 de este mes de Febrero, coincidiendo con la Semana Pastoral, que organiza el Instituto de Fe y Desarrollo, de la Diócesis de Valladolid. Me encantará compartir mi experiencia con todas las personas que puedan acudir al taller.

 

INSCRIPCIONES: ANA CUEVAS TEL. 697 27 33 92

 

 

 

 

¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO DOLOR?

 

No voy a ahondar en el desgarro que supone la muerte de un hijo, en la tristeza inmensa de no oírle, ni verle, ni abrazarle más. Nos toca cruzar un desierto, cada uno el suyo, ¿verdad?

 

Quiero poner la atención en cómo llegar a la orilla de los días claros, de la ternura en la mirada, del corazón abierto, de par en par, para acoger con calidez a todos nuestros seres queridos, vivos o muertos.

 

Me temo que en el duelo no hay atajos. La calma, cuando llega, no es un estado permanente, pero tampoco lo es el dolor punzante, agudo, constante si nos permitimos sentirlo, sin pretensiones, sin querer estar en otro lado, viviendo intensamente nuestro presente, aunque sea, a veces, tan desagradable.

 

A la mínima que nos despistamos la mente, la loca de la casa, nos lleva adelante o atrás, nos sube, nos baja… ¡qué difícil es mantenerla en el presente! La mía es muy ansiosa y tengo que atarla en corto y eso lo consigo, a veces, prestando atención a mi cuerpo, a la respiración, al aire que entra y sale y, sobre todo, escribiendo.

Escribir es una buena terapia, a mi me ha ayudado mucho a trascender mi dolor, también lo es pintar, cocinar con cariño, cantar, tejer, andar, pasear por el bosque, por la ciudad o el mar, hacer teatro, cuidar un huerto, no sé, coser, cada uno tiene su forma de estar consigo mismo haciendo lo que más le gusta.

 

Aceptar el dolor es el primer paso, aunque a veces es preciso, antes, aceptar que no aceptamos la realidad, luego viene dejar de criticarnos, de empeñarnos en no ser merecedores de los destellos de luz, de felicidad.

 

 

 

ACTIVA TU PODER CREADOR


Hoy es un buen día para darle la vuelta a tu mundo y crear más armonía en tu interior.

Puedes empezar con los recuerdos. Cierra los ojos y haz presente algo bonito que te haya dicho alguna vez alguien importante en tu vida.  Las palabras  amorosas pronunciadas en voz alta crean realidad (también las de desamor, claro, de esas nos ocuparemos más adelante). 

Por ejemplo, puede parecer una tontería, pero un malestar, un complejo antiguo saltó por lo aires el día que mi madre me dijo, un año antes de morir, mientras ojeábamos juntas una “revista del corazón”, que yo era más guapa que la elegantísima Carolina de Mónaco que aparecía bellísima en la portada. Me la quedé mirando sorprendida -mi madre nunca fue pródiga en halagos-, mientras una calidez fantástica me inundaba. Más allá de la subjetividad del comentario, que dijo como de pasada, quedó grabado en aquel instante, en mi corazón, el amor incondicional que por mí sentía.

Cada palabra contiene una poderosa energía capaz de elevarnos o hundirnos. Cuando comprendemos eso, es más fácil prestar atención a lo que decimos y decantarnos por hablarnos y hablar a los demás con el corazón, con dulzura. En nombre de una supuesta “verdad” todos hemos dicho muchas barbaridades, de las que seguramente nos arrepentimos, ¿no es cierto?

Tanto si hemos ofendido o nos han herido, siempre nos queda el consuelo de pedir perdón y perdonar. En cada una de nuestras células resuenan las palabras pronunciadas en voz alta y si encierran dolor crean desarmonía y pueden, incluso, llegar a enfermarnos.


Perdonar es liberarnos de la carga del rencor. Es dejar de quedar anclados en aquel momento, en aquel disgusto que probablemente sigue vigente en nuestro interior por más que hayan pasado años.

Si al cerrar los ojos te atrapa el ruido de una palabra malsonante pide a tu parte divina que, con cariño, te ayude a trascenderla. Siempre que perdonamos se hace grande la alegría en nuestra vida. No lo dudes, eres tú quien tiene el poder de crear armonía. Inténtalo, merece la pena, sobre todo si estás en duelo, es la manera de incrementar tu energía.

EL GRAN TEATRO DE LA VIDA



A mi me parece que con una vida, aunque sea larga, no da tiempo a comprender casi nada. Me explicaré: Durante mi infancia todo me resultaba tan nuevo como incomprensible y mágico. En cambio, durante la adolescencia y buena parte de mi juventud me sentí, a menudo, en posesión de la verdad absoluta. Fueron tiempos en que no había matices; o era blanco o negro. Cuando empecé a vislumbrar que no era exactamente así, fui madre y entonces intuí que me faltaba muchísimo por aprender, que era una ignorante en lo que realmente importa, que sabía muy poco de mi y de los demás. Cuando comenzaba a adaptarme al papel de la maternidad, vino la muerte de Ignasi y volví a quedarme a cero, sin recursos, en un inmenso vacío.


Ahora, que soy abuela, con más perspectiva, me doy cuenta que todo es tan cambiante, que no alcanza una sola función para aprender a vivir. ¡ Hay tantas variables! Por eso, me gusta imaginar que nada acaba con la muerte, que tengo infinidad de oportunidades para regresar y experimentar, que el Universo, generoso, nos ofrece la posibilidad de volver a los escenarios y representar a diversos personajes de esa obra magistral que llamamos humanidad.  De esa forma, quizá, con tantas representaciones nos hacemos un poco más sabios. No sé, tal vez…


Es emocionante soñar que el regreso a ese gran teatro incluye el reencuentro con mis seres queridos que partieron antes. Tal vez no hemos coincidido mucho tiempo aquí, en esta vida, pero entre bambalinas podemos volver a abrazarnos.

LOS OJOS, LAS PUERTAS DEL ALMA


Cuando era pequeña, cuando mis hermanos o yo decíamos algo que a mi madre le parecía una mentira, nos decía: “mírame a los ojos”. No éramos capaces de resistir su mirada, ni dos segundos, si habíamos pretendido engañarla.

Y, aunque en un alarde de control –que eran más bien escasos- lográbamos aguantar su mirada, ella descubría el engaño y, entre risas, acabábamos confesando.



Los ojos, sin necesidad de palabras, hablan de lo que siente el alma. Cuando estamos alegres se nos ilumina la mirada. Para que eso suceda, la alegría tiene que ser real. Es difícil, casi imposible, mostrar entusiasmo cuando asoma la tristeza en la mirada.


Por eso, con los niños y adolescentes en duelo hay que ser especialmente sinceros. Si les hablamos desde el corazón, mirándoles a los ojos, surgirá la manera de explicar, con sencillez, lo qué sentimos ante la muerte de un ser para ellos y nosotros muy querido. El dolor compartido pesa menos y une más.


Con la mirada y en silencio podemos también aliviar, con suavidad, el dolor del otro. Los ojos, a veces, pueden expresar más que las palabras el amor que sentimos. Las miradas de ternura reconfortan tanto como los abrazos largos y sentidos.


  A veces, juego a sostener mi propia mirada ante el espejo. No es fácil. He descubierto allí, agazapados, muchos de mis fantasmas. La mente, inquieta, busca rápido miedos y defectos. Con cariño intento apaciguarla para que no nuble el amor que intenta transmitirme mi alma.  


Os invito a miraros y a mirar a los demás a los ojos, con humildad y dulzura, para acariciar sus almas.

Contador

Visitas

SI QUIERES COLABORAR

Si te sirve lo que lees aquí puedes enviar un donativo. Gracias




MIS LIBROS

Volver a Vivir

Clicar en la imagen

Clicar en la imagen.

Clicar en la imagen