Mercè Castro

TÓMATE TU TIEMPO

 

 

Haz un paréntesis, deja de lado el dolor y cualquier emoción que te perturbe e imagínate que de tu corazón emana amor. Nota la calidez que recorre tu cuerpo. Tan solo por un ratito permítete sentir que estás a salvo.

 

Sí, lo sé, tu vida, seguramente, no ha sido fácil. Tal vez te ha tocado transitar por tu peor pesadilla. Cariño, decir adiós a alguien que amas más que a ti misma es desgarrador, ¿verdad?

 

Por eso, porque ante la muerte no hay marcha atrás, tómate tu tiempo. Los demás te dirán lo que te dirán, tal vez con la mejor de las intenciones, pero el ritmo es mejor que lo marques tu. Ya nada va a ser como antes y eso cuesta mucho de aceptar.

 

Recuerda que al iniciar un gran duelo, se abre la posibilidad de reinventarnos. Si nos mantenemos en el pasado eso no va a ser posible. Es normal ir y venir, cierto, pero, siempre que puedas, con la intención puesta en explorar con paciencia y dulzura lo que la marea nos depara.

 

Lo mires como lo mires, la salida, la luz al final del túnel pasa por agarrarse al amor. Pero antes es preciso sentir eso que nos da tanto miedo. Sea lo que sea para ti. Si negamos nuestro lado oscuro no vamos a poder iluminarlo.

 

Cariño no hay atajos, ni sirve culpar a nada, ni a nadie y mucho menos a nosotros mismos de lo que nos ha sucedido. Es normal hacerlo al principio, pero eso solo nos conduce a la amargura, al resentimiento.

 

Sí, en apariencia otros han tenido más suerte, pero no te olvides que hasta el último suspiro, hasta que no sale la palabra fin, la película puede dar un giro.

 

Y ahora, que todo está, a veces, tan oscuro, tienes la posibilidad de elegir centrarte en la ternura. Si es así, no lo dudes, tarde o temprano tu vida volverá a tener sentido.

 

SOLO VIVE

 

 

Cuando Lluís estaba muy enfermo, mi médico me dijo: «vive, no pienses, déjate ir».

Cuando la vida nos pone entre la espada y la pared, es un buen momento para empezar a estar solo en el presente. Un día por vez.

 

Incluso hay días grises o negros que conviene vivir momento a momento. Si hoy tienes uno de éstos, céntrate únicamente en tu respiración, no vayas más allá, quédate ahí.

 

Inspirar despacito, como si no tuviéramos nada más que hacer que llenar con suavidad el cuerpo de aire, para luego sacarlo lentamente y con ternura, nos da sosiego, nos calma.

 

En silencio acércate a tu parte sabia y acoge lo que sientas con amor, como si acunaras a un bebé.

 

Acaricia tu rostro, como lo haría con dulzura una madre y si quieres llorar, llora, si quieres reír, ríe. Estás de duelo, tesoro, es el momento de dejarte ir, de abandonarte al amor en mayúsculas.

 

A mi me ayuda crear estos paréntesis de paz, esos que me conectan con mi alma. Hay muchas maneras de hacerlo, la respiración es una de ellas, pero también lo es bañarse en el mar, pasear por el campo, sin prisas, sintiendo que formamos parte de algo sublime.

 

Así, poco a poco, con paciencia es posible ir más a allá de la pena o la nostalgia y sentir el cariño de los que se han ido antes.

 

En la belleza de lo sencillo se encuentra la fuerza que nos sostiene y da sentido a nuestras vidas

 

ABRAZAR LA TRISTEZA

 

 

Tengo en mi habitación, una foto, en blanco y negro, para mí entrañable: yo durmiendo «despierta», como duermen las madres que tienen al lado de su cama dos cunitas. Mis hijos se llevaban solo 21 meses y, durante un tiempo, dormimos todos juntos. Ignasi en una cuna de barrotes grande, que su padre pinto de un precioso azul celeste y Jaume, al lado, casi recién nacido, en un capazo.

 

 

Esta foto ha iluminado durante 36 años mis despertares y lo seguirá haciendo siempre. Lluís la hizo una noche que llegó tarde a casa. Y, aunque él no sale en la imagen, su alma, su amor está tan presente como nosotros.

 

 

Cuando me invade la tristeza por lo que, en apariencia, he perdido, como me ha sucedido al mirarla esta mañana, no intento evitar la nostalgia, la abrazo. Somos viejas amigas la tristeza y yo y en susurros, juntas, recordamos las alegrías que guardo en mi corazón. Ella, con su serena nostalgia, engrandece lo vivido, la ilusión de los días claros que vendrán, del cariño compartido.

 

 

Aunque la vida, a veces es dura, siempre podemos recurrir a la ternura, a las palabras de oro, esas que nos envuelven a todos con dulzura. Cuánta más armonía creamos, más reconfortados nos sentimos, ¿verdad? Al fin y al cabo todos vamos a morir y, tal vez, en nuestro último suspiro, solo nos quede el consuelo del afecto que hemos dado y recibido.

 

 

NO ESTAMOS SOLAS

Desde casa, ahora, oigo las campanas de una iglesia cercana. Su sonido, ancestral, es una buena compañía en este nuevo duelo silencioso que comienzo.

 

Siempre he tenido a Lluís a mi lado, me ha sostenido en mis noches más oscuras, su ausencia física es muy dolorosa, pero gracias al camino recurrido al morir nuestro hijo Ignasi sé que en mí, en ti, en todos hay la fortaleza necesaria para atravesar tormentas si nos arropamos con el manto de la amabilidad, si agradecemos las muestras de cariño, el abrigo de los primeros rayos de sol, la belleza del cielo al atardecer… las cosas, en apariencia sencillas, nos amparan, nos desvelan la dulzura de la vida.

 

«Vive, no pienses, déjate ir, solo siente», me dijo hace poco un buen médico. Sí, los desafíos de amor que nos trae el devenir son más llevaderos si nos entregamos, sin resistencias, a sentir. No siempre lo conseguimos, claro, pero para esto está nuestra chispita divina, para recordárnoslo. Me toca ahora explorar una nueva etapa, quizá a ti también, pero no estamos solas.

 

 

 

UN NUEVO COMIENZO

 

Me he mudado de casa, ahora vivo en una más pequeña, acogedora, en un barrio alegre y popular, cerca de dónde reside mi hijo. Estoy empezando una nueva vida. Sé que no comienzo de cero, la muerte de Ignasi me enseñó a valorar el amor por encima de todo y eso ya forma parte de mí. Eso no quita la añoranza inmensa que siento de Lluís, mi compañero del alma.

 

La vida, es, va a su aire y no sé detiene y ahora me propone explorar la soledad. No es que esté sola, no, hay muchas personas que con su cariño me sostienen. Me refiero a un sentimiento atávico que me envuelve. Soy viuda, inicio un duelo que no quiero, ni puedo comparar con la muerte de nuestro hijo, solo puedo decir que el dolor es dolor y no hay atajos para eludirlo.

 

Sé que la única manera de trascender la añoranza es viviéndola. Y ahí estoy, aprendiendo a entregarme con ternura a mi nueva realidad. No siempre lo consigo, a menudo me rebelo, a mi niña le cuesta aceptar lo que siente como un nuevo abandono.

 

Suerte que mi chispita divina, esa que llevamos dentro, está ahora más atenta que nuca y, cuando desfallezco, me mece con dulzura, mientras me susurra que todo es vida, que no me olvide de que el amor va más allá de la muerte, qué al fin y al cabo seguimos todos unidos.

 

CÓMO DUELE LA MUERTE

La madrugada del pasado martes, 16 de febrero, mi marido, mi compañero durante 47 años, exhaló su último suspiro. Su muerte fue dulce, en casa, en nuestra cama. Nuestro hijo, su hermana pequeña -que es médico- y yo le arrullamos con la mirada, con caricias, con palabras de amor, hasta que se fue apagando.

 

 

Empiezo otro duelo, uno que temía desde que hace más de un año cayó, de repente, Lluís enfermo. Otra vez el baile de emociones; el vacío, la rabia, la soledad, la tristeza, pero también la profunda calma que surge al rozar la esencia del amor infinito.

DATE TIEMPO

 

 

Cuando la realidad me desborda suele ser frecuente que aparezcan en mí viejas creencias que me paralizan, del tipo «no voy a poder», «no tengo fuerzas, estoy muy cansada…» Cuando esto sucede, ahora ya sé que necesito darme tiempo para aceptar lo que estoy viviendo desde un lugar interior más amoroso. ¿Cómo?

 

Primero, no negando lo que siento, que generalmente suele ser miedo. Junto al miedo a menudo está la tristeza, la falta de ilusión, la desazón… He de parar y nombrarles, mirándolos a los ojos, sin agravios. Es lo que hay, forman parte de mí y los reconozco, es la única manera que conozco de volver a mi centro. Eso suele llevarme días.

 

Mientras, invoco a mis guías hasta que, poco a poco, voy recordando que no estoy sola, que mi familia de luz me sostiene. No tengo que cargar el mundo a mis espaldas, es más sencillo, se trata de confiar. Y así, despacio, regreso a ese lugar sagrado que impulsa mi fortaleza y lo que me parecía infranqueable, ya no lo es tanto.

CON SUAVIDAD

Si en estos momentos te sientes perdida, para, respira despacio, con la intención de que el aire llegue a lo más hondo de tu ser y calme tu mente.

 

Probablemente es muy doloroso lo que estás viviendo, pero siempre puedes decidir atravesar lo que sea con suavidad. ¿Cómo?

 

Arrópate con dulzura, habla con sinceridad con tu parte sabia, pídele ayuda y procura poner amor en lo que haces, en lo que sientes, sea lo que sea. El cariño es un bálsamo.

 

 

Aunque a ti te lo parezca, no estás sola, tus guías te sostienen, te acompañan. Si tienes miedo, tranquila, es normal, pero no olvides que todo pasa.

 

Deja que las emociones te atraviesen como el sol por la ventana. Al fin y al cabo venimos aquí a sentir. Recuerda que tú misma estás de paso. Concédete momentos de ternura, en ellos encontrarás la fuerza que quizá, ahora, te falta.

 

Procura no quedarte anclada en lo que han hecho o dejado de hacer los demás, libérate con el perdón de lo que te retiene, cada cuál anda su camino como puede. Mejor centrarte en lo que amas, ¿no te parece?

 

 

 

PASO A PASO, DÍA A DÍA

 

 

Hay épocas en que la vida nos empuja, como si el alma quisiera dar un salto cuántico y, nosotros, asustados, persistiéramos en agarrarnos a algo conocido que ya no existe.

 

 

Cuanta más resistencia, más dolor, eso lo tengo comprobado. También sé que cuando vivimos un duelo, sea por enfermedad, por la muerte de un ser querido, por la pérdida del trabajo, porqué él o ella ha dejado de querernos… por lo que sea, la mente se dispara.

 

 

Como un caballo desbocado, la mente, «la loca de la casa», nos lleva a escenarios apocalípticos. Si no la atamos en corto y dejamos que campe a sus anchas, posiblemente el miedo nos paralice y nos rompamos. No pasa nada, siempre estamos a tiempo de reconstruirnos, de renacer.

 

 

Pero cuando estamos viviendo una situación límite, lo mejor, a mi entender, para evitar el miedo y el desasosiego es vivir, sin expectativas, paso a paso. Como si amasáramos o tejiéramos nosotras mismas, con todos nuestros sentidos, cada momento.

 

 

No ir más allá del día a día nos ayuda a conservar la paz. De esa manera es posible crear reconfortantes burbujitas de alegría, de buen humor, de entrañables caricias… De esta manera, suelen surgir las palabras cariñosas, y esas miradas de afecto que tanta falta nos hacen cuando la vida nos hiere y nos sentimos desamparados.

 

Esas burbujitas de las que hablo son las que nos acercan a la ternura y, entonces, es más fácil ver lo que nos está pasando con dulzura, como una experiencia más. Dolorosa, sí, por supuesto, pero también, a ratos, entrañable, amorosa. Al fin y al cabo todo es vida.

!QUÉ BUENO ES LLORAR!

 

 

Me cuesta horrores llorar, pero cuando el caudal sobrepasa los límites y las lágrimas se desbordan sin freno, siento una gran paz.

 

Muchos tenemos muy arraigada la creencia de que hemos de ser fuertes y aguantar de pie y sin flaqueza las embestidas de la tempestad.

 

La verdad, a lo largo de mi vida, lo que me ha dado fortaleza es acariciar sin reproches mi vulnerabilidad.

 

Cuánta más ternura soy capaz de regalarme, más capaz me siento se sostener la realidad.

 

Por eso, porqué sé que funciona, os invito a llorar y, cuando la presión del pecho remita, se afloje, es el momento de conectar con el amor en estado puro, con el sosiego de la gratitud, con la alegría que provoca el sentido del humor.

 

Viene Navidad y las heridas del alma palpitan al compás de las lucecitas que adornan los árboles y las calles de nuestra ciudad.

No vamos a negar la tristeza, ¿verdad? Si nos permitimos ser honestas/os con lo que sentimos es más fácil darle la vuelta y trascender nuestras íntimas tragedias y sentir, desde muy hondo, que el amor, siempre, siempre merece la pena.

 

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