UN NUEVO COMIENZO

 

Me he mudado de casa, ahora vivo en una más pequeña, acogedora, en un barrio alegre y popular, cerca de dónde reside mi hijo. Estoy empezando una nueva vida. Sé que no comienzo de cero, la muerte de Ignasi me enseñó a valorar el amor por encima de todo y eso ya forma parte de mí. Eso no quita la añoranza inmensa que siento de Lluís, mi compañero del alma.

 

La vida, es, va a su aire y no sé detiene y ahora me propone explorar la soledad. No es que esté sola, no, hay muchas personas que con su cariño me sostienen. Me refiero a un sentimiento atávico que me envuelve. Soy viuda, inicio un duelo que no quiero, ni puedo comparar con la muerte de nuestro hijo, solo puedo decir que el dolor es dolor y no hay atajos para eludirlo.

 

Sé que la única manera de trascender la añoranza es viviéndola. Y ahí estoy, aprendiendo a entregarme con ternura a mi nueva realidad. No siempre lo consigo, a menudo me rebelo, a mi niña le cuesta aceptar lo que siente como un nuevo abandono.

 

Suerte que mi chispita divina, esa que llevamos dentro, está ahora más atenta que nuca y, cuando desfallezco, me mece con dulzura, mientras me susurra que todo es vida, que no me olvide de que el amor va más allá de la muerte, qué al fin y al cabo seguimos todos unidos.

 

CÓMO DUELE LA MUERTE

La madrugada del pasado martes, 16 de febrero, mi marido, mi compañero durante 47 años, exhaló su último suspiro. Su muerte fue dulce, en casa, en nuestra cama. Nuestro hijo, su hermana pequeña -que es médico- y yo le arrullamos con la mirada, con caricias, con palabras de amor, hasta que se fue apagando.

 

 

Empiezo otro duelo, uno que temía desde que hace más de un año cayó, de repente, Lluís enfermo. Otra vez el baile de emociones; el vacío, la rabia, la soledad, la tristeza, pero también la profunda calma que surge al rozar la esencia del amor infinito.

DATE TIEMPO

 

 

Cuando la realidad me desborda suele ser frecuente que aparezcan en mí viejas creencias que me paralizan, del tipo «no voy a poder», «no tengo fuerzas, estoy muy cansada…» Cuando esto sucede, ahora ya sé que necesito darme tiempo para aceptar lo que estoy viviendo desde un lugar interior más amoroso. ¿Cómo?

 

Primero, no negando lo que siento, que generalmente suele ser miedo. Junto al miedo a menudo está la tristeza, la falta de ilusión, la desazón… He de parar y nombrarles, mirándolos a los ojos, sin agravios. Es lo que hay, forman parte de mí y los reconozco, es la única manera que conozco de volver a mi centro. Eso suele llevarme días.

 

Mientras, invoco a mis guías hasta que, poco a poco, voy recordando que no estoy sola, que mi familia de luz me sostiene. No tengo que cargar el mundo a mis espaldas, es más sencillo, se trata de confiar. Y así, despacio, regreso a ese lugar sagrado que impulsa mi fortaleza y lo que me parecía infranqueable, ya no lo es tanto.

CON SUAVIDAD

Si en estos momentos te sientes perdida, para, respira despacio, con la intención de que el aire llegue a lo más hondo de tu ser y calme tu mente.

 

Probablemente es muy doloroso lo que estás viviendo, pero siempre puedes decidir atravesar lo que sea con suavidad. ¿Cómo?

 

Arrópate con dulzura, habla con sinceridad con tu parte sabia, pídele ayuda y procura poner amor en lo que haces, en lo que sientes, sea lo que sea. El cariño es un bálsamo.

 

 

Aunque a ti te lo parezca, no estás sola, tus guías te sostienen, te acompañan. Si tienes miedo, tranquila, es normal, pero no olvides que todo pasa.

 

Deja que las emociones te atraviesen como el sol por la ventana. Al fin y al cabo venimos aquí a sentir. Recuerda que tú misma estás de paso. Concédete momentos de ternura, en ellos encontrarás la fuerza que quizá, ahora, te falta.

 

Procura no quedarte anclada en lo que han hecho o dejado de hacer los demás, libérate con el perdón de lo que te retiene, cada cuál anda su camino como puede. Mejor centrarte en lo que amas, ¿no te parece?

 

 

 

PASO A PASO, DÍA A DÍA

 

 

Hay épocas en que la vida nos empuja, como si el alma quisiera dar un salto cuántico y, nosotros, asustados, persistiéramos en agarrarnos a algo conocido que ya no existe.

 

 

Cuanta más resistencia, más dolor, eso lo tengo comprobado. También sé que cuando vivimos un duelo, sea por enfermedad, por la muerte de un ser querido, por la pérdida del trabajo, porqué él o ella ha dejado de querernos… por lo que sea, la mente se dispara.

 

 

Como un caballo desbocado, la mente, «la loca de la casa», nos lleva a escenarios apocalípticos. Si no la atamos en corto y dejamos que campe a sus anchas, posiblemente el miedo nos paralice y nos rompamos. No pasa nada, siempre estamos a tiempo de reconstruirnos, de renacer.

 

 

Pero cuando estamos viviendo una situación límite, lo mejor, a mi entender, para evitar el miedo y el desasosiego es vivir, sin expectativas, paso a paso. Como si amasáramos o tejiéramos nosotras mismas, con todos nuestros sentidos, cada momento.

 

 

No ir más allá del día a día nos ayuda a conservar la paz. De esa manera es posible crear reconfortantes burbujitas de alegría, de buen humor, de entrañables caricias… De esta manera, suelen surgir las palabras cariñosas, y esas miradas de afecto que tanta falta nos hacen cuando la vida nos hiere y nos sentimos desamparados.

 

Esas burbujitas de las que hablo son las que nos acercan a la ternura y, entonces, es más fácil ver lo que nos está pasando con dulzura, como una experiencia más. Dolorosa, sí, por supuesto, pero también, a ratos, entrañable, amorosa. Al fin y al cabo todo es vida.

!QUÉ BUENO ES LLORAR!

 

 

Me cuesta horrores llorar, pero cuando el caudal sobrepasa los límites y las lágrimas se desbordan sin freno, siento una gran paz.

 

Muchos tenemos muy arraigada la creencia de que hemos de ser fuertes y aguantar de pie y sin flaqueza las embestidas de la tempestad.

 

La verdad, a lo largo de mi vida, lo que me ha dado fortaleza es acariciar sin reproches mi vulnerabilidad.

 

Cuánta más ternura soy capaz de regalarme, más capaz me siento se sostener la realidad.

 

Por eso, porqué sé que funciona, os invito a llorar y, cuando la presión del pecho remita, se afloje, es el momento de conectar con el amor en estado puro, con el sosiego de la gratitud, con la alegría que provoca el sentido del humor.

 

Viene Navidad y las heridas del alma palpitan al compás de las lucecitas que adornan los árboles y las calles de nuestra ciudad.

No vamos a negar la tristeza, ¿verdad? Si nos permitimos ser honestas/os con lo que sentimos es más fácil darle la vuelta y trascender nuestras íntimas tragedias y sentir, desde muy hondo, que el amor, siempre, siempre merece la pena.

 

ESCUCHA A TU CORAZÓN

 

Estamos tan acostumbrados al ruido de la mente, a esa voz recurrente y familiar que identificamos como nuestra, que, sin darnos cuenta, le entregamos el mando y dejamos de lado infinidad de nuevas y mejores posibilidades.

No somos lo que pensamos, nuestra esencia va más allá de la mente, todos somos capaces de reprogramarnos, de hacer limpieza de creencias obsoletas, de sentencias que parecen inamovibles.

 

No es fácil, los cambios nos suelen asustar, en nuestra cultura impera el «más vale malo conocido que bueno por conocer». Salir de lo que nos es cotidiano nos produce desasosiego, pero es la única manera de avanzar.

 

Y, precisamente, en época de incertidumbres y pandemias, la vida nos pide saltar al vacío y dejar atrás lo que teníamos. Son muchos los duelos que atravesamos ahora y, cuando estamos en el epicentro del miedo, cuesta ver la luz del sol que hay por encima de la nubes. Lo sé.

Sí, suele reinar el caos y el dolor antes de que surjan nuevas realidades que, probablemente serán más luminosas. Recuerdo que cuando era pequeña y me dolían las piernas, mi madre me decía, «eso es que estás creciendo».

No tengas en cuenta el «run-run» de tu mente, escucha a tu corazón, deja que te inunde la tristeza, la añoranza o el miedo, con la intención puesta en no rehuir ni aferrarte a ninguna emoción.

Ese duelo privado y colectivo que estamos viviendo, más que nunca, nos invita a vivir día a día, incluso minuto a minuto. No quieras ir más allá, simplemente recuerda que, después de la tormenta el cielo se despeja y vuelve la claridad.

 

Ni tú ni yo, ni ninguno de tus seres queridos estamos solos. De alguna manera todos nos acompañamos en este gran salto cuántico que vive ahora la humanidad.

 

En el fondo, tú sabes que todo es para bien, que el plan es perfecto, aunque a veces duela y cueste entenderlo. El alma, esa chispita divina eterna que nos da la vida, a veces, tira por el camino del medio, aunque no sea el más agradable de transitar, aunque siempre resulta el más efectivo.

 

 

 

NO ESTÁS SOLA

 

Tal vez estés viviendo un gran duelo; puede ser que él o ella haya muerto, que tú o alguien muy querido haya perdido la salud, el trabajo, que tu pareja se haya roto o que te sucedan varias de estas cosas a la vez.

 

O, quizá, no haya un motivo aparente para que te sientas tan desolada como te sientes hoy. En ocasiones, la tristeza surge sin más, no precisa explicaciones. ¡Hay tantas memorias de dolor en nuestro interior de las que no somos conscientes!

 

Sea como sea, si te envuelve el dolor y te sientes perdida recuerda que siempre puedes recurrir al amor. Para, respira y deja que surja lo que sientas. Aparezca, lo que aparezca, por más aterrador que sea, dale la bienvenida. Esas emociones, que te desgarran, tan solo quieren que las acojas.

 

Te puede parecer mentira pero entregarnos a lo que sentimos suele desvanecer el miedo y poco a poco recuperamos la calma. No podemos controlar lo que la vida nos depara, pero sí decidir cómo nos enfrentamos a ello. Y sé, por experiencia, que el amor que surge de dentro es el mejor bálsamo. No temas, abre tu corazón y deja que fluya el amor que encierra.

 

 

También sé que cuando la vida nos pone a prueba, el Universo entero conspira para ayudarnos. No estamos solos. Todos los que nos han precedido, los maestros ascendidos, los ángeles y arcángeles nos están apoyando. Déjate arrullar por tu familia celeste, tu familia de luz. Aparca a ratitos tus dudas para que puedas oír sus susurros de aliento. Déjate querer por las almas de uno y otro lado.

VOLVER A VIVIR

Congreso en México
9,10 y 11 de Octubre
Después de un golpe tremendo como es la muerte de un ser inmensamente querido, nuestra alma necesita el consuelo de otras almas. A veces, en forma de abrazos, de miradas dulces, de silencios cálidos. Otras, de palabras que resuenan en nuestros corazones. Por eso, porque sé que las personas en duelo buscamos a tientas la luz, me hace una inmensa ilusión participar en el V Congreso Veracruzano de Tanatología, que organiza la Fundación Karime Ángel de Coatzacoalcos de México, los próximos 9-10 y 11 de octubre.
Gracias a la fortaleza de Nora Reyes Baruch podremos arroparnos durante estos tres días, desde distintos lugares del planeta, vía zoom. Es un honor para mi colaborar este año con esta reconfortante iniciativa, rodeada de tantas personas amorosas, de las que, seguro, regalan paz y alegría.
Para más información: Tel: +52 921 2395347
katitareyesb@gmail.com

ME GUSTA IMAGINAR

 

Me gusta cerrar los ojos e imaginar que todas las personas que quiero están bien, estén cerca, lejos o en otra dimensión.

 

Me gusta mirar el cielo e imaginar que la vida tiene sentido, aunque, a veces, yo no entienda sus motivos.

 

Me gusta recordar la sensación del agua del mar acariciando mi piel.

 

Me gusta el calorcito suave que se enciende en mi pecho cuando expando amor, cuando miro con ternura.

 

Me gusta envolver en un manto de dulzura mis miedos.

 

Me gusta andar descalza, sentir la tierra bajo mis pies.

 

Me gusta imaginar que me siento protegida, querida, serena y en paz. Que la Gran Madre me sostiene, que mi parte sabia me guía, que la niña que llevo dentro está tranquila y feliz.

 

Me gusta imaginar que todas las madres sienten la calidez del amor de sus hijos.

 

 

 

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