TAL VEZ NADA SE PIERDE

 

Estos días ando en casa poniendo orden a mis fotos antiguas y, aunque algunas de las imágines que he estado mirando tienen más 30 años, me he sorprendido a mi misma recordando como si fuera hoy lo que sentía en aquel momento inmortalizado. Los gestos, la complicidad en las miradas me han evocado retazos de conversaciones que creía olvidadas. Qué extraño es el tiempo; en una fracción de segundo es posible recorrer décadas y vivir lo vivido con la misma frescura que la primera vez.
Tal vez nada se pierde, ni una palabra, ni una caricia, todo está dentro de nosotros aguardando despertar con calidez.

Y, seguramente, es cierto porqué, a menudo, siento que todas las personas que han formado parte de mi vida están en mi. Nuestras relaciones, sean largas o cortas, no se acaban nunca, ni con la muerte. Esas personas están conectadas a nuestra alma y, si las amamos, suelen hacerse presentes, con facilidad, en los lugares dónde surge espontánea la belleza. Por eso, cuando voy por la calle y, de repente, me alcanza la hermosura de un rojo atardecer, siento, con cada una de mis células, la presencia sublime de mis seres queridos, vivos o muertos. Cómo si fuéramos uno y estuviéramos embelesados mirando el cielo. Son momentos de alegría serena, sagrados, en los que es posible ver con claridad que existe algo más grande, que va más allá del tiempo, algo imposible de comprender.

 

REIR Y LLORAR

 

 

La vida es surrealista y del todo impredecible y, a veces, algunas madres pasan por el horror de vivir la muerte repentina de uno de sus hijos mientras mecen en sus brazos a su bebé de pocos meses, casi un recién nacido o acarician sus barrigas embarazadas, a punto de dar a luz. ¡Qué desgarro! ¡Qué contradicción más grande!

No estoy midiendo dolores, ni dificultad, eso es imposible, la muerte de un hijo, en cualquier situación, es para los padres un tormento difícil de soportar. Sean las que sean las circunstancias, todos atravesamos un infierno. Cada uno conoce el suyo, ¿verdad?

 
Tan solo intento acompañar, hoy, con palabras, a esas madres que no tienen tiempo, ni casi permiso para expresar su agonía porqué la vida recién estrenada las empuja a seguir adelante sin un solo momento para parar. ¡Cuánto dolor aparcado, cuántas lágrimas contenidas!

 

 

Por eso les pido a las personas que las quieren que las dejen llorar, también les ruego a ellas que se permitan hacerlo y, luego, se refresquen la cara y, aunque crean que sus bebés no entienden nada, les expliquen con dulzura el porqué de tanta tristeza y cuán grande es su amor por ellos. A su manera, lo entenderán.

 

 

Los bebés están muy cerca de su esencia y, aunque no puedan hablar ni razonar, se tranquilizan cuando sus madres les hablan desde el corazón. Les pueden contar que están tristes, sí, pero, al mismo tiempo, les adoran y su desconsuelo no tiene nada que ver con ellos.
No sirve disimular entre madre e hijo, al contrario, me parece que empeora las cosas. Es mejor la verdad, aunque duela.

 

 

 

 

 

 

 

GRACIAS A ELLOS ESTOY YO AQUÍ

 

A mi me fascina pensar en las generaciones de hombres y mujeres que me han precedido y han hecho posible que yo esté aquí. Siento un profundo agradecimiento por mis ancestros y no excluyo a ninguno aunque no tengo memoria de ellos. No sé nada de sus vidas, apenas me ha llegado algo de información de mis bisabuelos, aunque muy difusa y seguro sesgada…

 

 

Mis abuelos vivieron una guerra, no quiero ni imaginar lo que tuvieron que encarar los de más atrás. En todas las familias ha habido de todo y cada uno ha cumplido su papel, de bueno o malo, para que los demás pudiéramos tomar conciencia y evolucionar. Por eso, porqué sé que con su vida cada uno hace lo que puede, en mis momentos claros, doy un espacio amoroso en mi corazón a los excluidos, a los que, en un arrebato, cruzaron el océano, para huir de sus miedos, dejando a los de aquí huérfanos; a los que bebían de más para intentar apagar el fuego de sus entrañas; a los que se jugaron a las cartas más de lo que tenían, a los que quedaron en vida ausentes de tanto dolor como sentían, a los que murieron fuera de tiempo dejando un inmenso vacío, una gran sensación de desamparo, algunos fueron ricos y otros pobres, hubo canallas y vividores…

 

 

A todos les doy un lugar de honor en mi corazón, ¿quién soy yo para juzgar lo que hicieron o dejaron de hacer? Sólo sé que su historia, sea la que sea, mereció la pena, que cada uno, como pudo, pasó un valioso testigo y gracias a la suma de sus esfuerzos, de sus tristezas y anhelos, he podido ser madre y abuela y emocionarme contemplando las estrellas en las noches cálidas de varano y pasear sin prisas por la orilla del mar infinito que tanto quiero. He conocido el dolor y la alegría inmensa del amor. Sé lo que es la tristeza y el placer de ser amada. Gracias a ellos puedo sentir. No traiciono a ninguno, estoy convencida, queriéndolos a todos. No hubo una sola vida que no mereciera la pena. El amor une, nos da fortaleza. Por eso, en mis noches oscuras, sé que su cariño, con dulzura, me sostiene y me ayuda a afrontar la muerte. Qué más da que haga siglos que estén muertos. Son parte de mi y con respeto y ternura los reconozco.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

 

 

De pronto, nuestra vida da un giro y aquello que nos parecía sólido se desvanece. En su lugar aparece el dolor. Un dolor insoportable que lo envuelve todo como la niebla espesa: la calle, los árboles, el cielo, su habitación, la nuestra, la cocina, los cuadros, los libros, las plantas, las fotos, su ropa, los zapatos… todo duele.

Buscamos una salida rápida, de emergencia, nos ahogamos y huir parece lo más apropiado, pero no, de nada sirve irnos al otro extremo del mundo. Solo quedándonos, sintiendo nuestro dolor, es posible salir del desamparo, respirar y, a ratos, volver a ver la luz.

 

Durante los primeros tiempos de mi duelo a mi me parecía que vivía en una especie de mundo paralelo, como Alicia en el País de las Maravillas. La muerte de mi hijo me llevó al otro lado del espejo y allí, lo normal era que ocurriera lo más inesperado en cualquier momento.

 

Al oír en el supermercado una canción o al doblar una esquina podía encontrarme de cara con la tristeza, el miedo o la rabia. Nunca antes me había sentido tan frágil, tan poca cosa, tan atemorizada. A menudo pensé que me volvería loca. Pero no, al contrario, la vida me estaba forjando. El dolor puede ser un gran maestro.

 

Cuantas lágrimas cuesta y qué alivio supone aceptar que las cosas son como son y no cómo nos las habíamos imaginado. Qué extremadamente difícil y, al mismo tiempo, liberador resulta rendirse sin condiciones. Qué reconfortante es querer y quererse porqué sí, aunque estemos rotos. Qué peso de encima nos sacamos al reconocer que no sabemos nada…tan solo que una mirada amorosa, una palabra amable, una caricia nos rescatan del infierno y nos devuelven a la vida.

 

 

 

NO TE ACABES NUNCA

 

Ayer se presentó en Barcelona, “No Te Acabes Nunca” un precioso libro de poemas de María Leach con ilustraciones de Paula Bonet.
María empezó este libro, sin saberlo, al poco tiempo de morir su marido joven, muy joven, cuando llevaban algo más de un año de casados y acababa de nacer su hijo.

 

Las palabras de María son de una honestidad y una belleza inmensas, destilan amor y llegan al alma. Sus poemas curan. Con su dolor ha creado algo bonito, que nos ilumina a todos. Gracias María.

 

En la presentación dijiste ayer que te parecía extraño no haberte dado cuenta, al casarte, que os quedaba poco tiempo para estar, aquí, juntos. Y me he levantado hoy pensando en eso, en que no sabemos cuándo va a ser la última vez que vamos a un lugar que amamos, que nos compramos el último abrigo, que abrazamos a alguien muy querido, que vemos el mar o hablamos por teléfono con aquel amigo que vive lejos.

 

He abierto los ojos con el eco de tus palabras revoloteando y me he hecho el propósito de vivir intensamente cada momento, de celebrar cada encuentro, de ir despacio, de saborear lo que estoy haciendo, de ponerme guapa porqué sí, de poner la mesa con cariño, de hablar con dulzura con todos los que me encuentro por si es de las últimas veces que puedo hacerlo. Gracias María por recordármelo.

DISFRUTA DEL SILENCIO

 

 

Deja que el silencio crezca, permítete desconectar del mundo un ratito, ponte cómoda y hazte compañía.

No te exijas nada, simplemente respira y disfruta de estar contigo. ¡Nos olvidamos tan a menudo de ser amables con nosotras mismas!

 

Si la voz interior criticona aparece, la meces con cariño y a lo tuyo que es sentir el momento que te regalas.

 

Acaricia el impulso silencioso de amarte, de descubrir tu belleza, tu conexión con ese algo más grande que nos une.

 

Disfruta de la alegría de saber que en ti existe la fuerza entera del Universo.

 

BELLAS CICATRICES

A veces, durante el duelo, el dolor es tan intenso que nos ciega. No hay luz, todo está oscuro y no tenemos más remedio que ir a tientas hasta dar en nuestro interior con algo de paciencia.

 

De la mano de la paciencia respiramos hondo y empezamos a aceptar lo que es imposible cambiar. Al desaparecer la lucha todo es más ligero y seguramente nos recorre un cosquilleo, un escalofrío de alegría.

 

Probablemente el dolor, más adelante, volverá a ser denso, pesado, insoportable, pero mientras dure la suavidad hay tiempo de agradecer lo mucho que en realidad tenemos.

 

Y un día, después de muchos altibajos, nos damos cuenta que lo único real que poseemos es el amor que no depende de nada, ni de nadie, ni de la muerte. Todo lo de más va y viene. Y aprendemos a vivir de otra manera, agradecidos de lucir nuestras cicatrices.

CÓMO ME GUSTAN LOS HOMBRES

 
 
Cómo me gustan los hombres que levantan casas, ladrillo a ladrillo, que construyen puentes o enormes barcos que cruzan océanos. Cómo me gustan los hombres que trabajan con pasión la tierra, que arreglan motores o lo que sea. Cómo me gustan los hombres que pasan meses lejos, faenando en mares embravecidos o la noche despiertos intentando encontrar la manera de llevar más dinero a casa.… Cómo me gustan los hombres que miran con amor a las mujeres, que forman un buen equipo con ellas, que crean una seductora complicidad con sus parejas.
 
Esos hombres, preparados durante siglos para luchar en mil batallas, apenas saben llorar y se rompen en silencio por dentro cuando la muerte les impide proteger lo que aman. Por eso su duelo es distinto al nuestro. Ellos no suelen contar con el consuelo de otros hombres. A muchos los han educado para no mostrar lo que sienten, para desgarrarse en pie y solos. Por eso, para evitar que el dolor propio y el que arrastran de sus ancestros les lleve a las salidas conocidas, como la bebida o la huida, que viene a ser lo mismo, es bueno que encuentren un lugar seguro y se desmonten.
 
Ese lugar sagrado puede ser un grupo de duelo y/o la consulta de un buen terapeuta que les acompañe y acoja para poder drenar, sin remordimientos, siglos de tormento. A los hombres les duele lo mismo que a nosotras pero les cuesta más expresarlo y pedir ayuda. ¡Y la necesitan tanto!
 
No es posible generalizar, eso lo sabemos todos, y la realidad es que siempre ha habido hombres que han estado más en contacto con sus sentimientos que otros, ¿verdad? Pero también es cierto que a esos hombres “sensibles”, hasta hace poco se los ha penalizado.
Nuestra sociedad, que por suerte está cambiando, ha apostado por los hombres implacables, de hierro, triunfadores, como si todos tuvieran que ser Zeus o Apolo. Dioses que no sienten. Y qué calvario si uno se da cuenta que no encaja, que no tiene más remedio que fingir una seguridad, un control que se les escapa.
 
Podemos darle la vuelta a tanto sufrimiento y dar a luz y apoyar a los nuevos guerreros, a esos hombres que hablan sin vergüenza de sus heridas, que ven el fracaso como una victoria, como una oportunidad de cambio, que no esconden su miedo, su desespero, su cansancio… Guerreros que, aunque a menudo se sienten perdidos, saben que el único triunfo consiste en que todos vivamos en paz y armonía.
 
Esos nuevos guerreros van de la mano de las mujeres que no ven a los hombres como a sus enemigos, mujeres que no buscan salvadores, que saben mirar más allá de las apariencias y no temen los desafíos. Sé que un mundo mejor es posible. Aunque también soy consciente que hoy muchas mujeres, demasiadas, llevan en el corazón heridas abiertas causadas por hombres alejados de su esencia. Esas heridas permanecerán abiertas hasta que el perdón y el amor hacia nosotros mismos vayan sanándolas.
 
Cada historia de dolor encierra la extraordinaria posibilidad de ampliar la conciencia. O lo conseguimos juntos o nos quedamos todos fuera en el desierto gélido de la desesperanza. De todas formas, tenemos toda la eternidad para lograrlo. La buena noticia es que, aunque pasen milenios el amor, al final, gana.

 

 
 

UN LUGAR DE PAZ

 

 

Si nos guiamos por los pensamientos, si creemos que somos lo que pensamos muy probablemente en nuestra vida predomine el miedo. La mente es muy loca y a menudo nos pone en lo peor, le encanta, al menos a la mía, fabricar tragedias, revolcarse en el drama. Como si su lema fuera: mejor el terror en mano que la incertidumbre volando. De incertidumbre no quiere saber nada, ella tiene opinión y certezas sobre casi todo.

 

Ay, pobre mente mía, si la vida es incierta por naturaleza, si solo acogiendo la incertidumbre es posible estar en paz con uno mismo. Si no hay un solo sitio fuera al que poder huir cuando nos invade el miedo, la tristeza o el desasosiego. Solo tenemos el momento presente y es aquí y ahora donde transcurre la vida. Esa vida que a veces nos acaricia y otras nos hiere.

 

Cuando nos permitimos sentir la locura de la mente sin intentar cambiar nada, tan solo estando presentes, a veces, como si se corriera un telón o simplemente se rasgara un velo, aparece dentro muy adentro de nosotros un espacio, grande, muy grande, en el que es posible respirar tranquilos, sin esfuerzo. En ese lugar luminoso no hay lucha, ni reproches, ni culpas, ni nada y, en cambio, parece como si lo contuviera todo.

En ese lugar maravilloso que existe en cada uno de nosotros no hay separación entre los vivos y los muertos.

 

 

 

TALLER SÁBADO 28 DE ENERO

TRASCENDER EL DOLOR

Cómo afrontar la pérdida de un ser querido

 

TALLER SÁBADO 28 DE ENERO
De 16h a 19h.
BARCELONA

 

Desde hace años imparto talleres a grupos reducidos de personas que pasan por el dolor, el desconcierto y la incertidumbre que supone la muerte de un ser inmensamente querido.
En estos talleres, que considero de crecimiento personal, comparto las herramientas que a mi me han ayudado a afrontar mi duelo.
Cuando la vida nos pone entre la espada y la pared, siempre nos deja la puerta abierta a la oportunidad de renacer expandiendo nuestra conciencia. Al final de la travesía somos distintos y, tal vez, más honestos, bondadosos y amorosos con nosotros mismos. Estaré encantada de acompañarte hasta donde yo he llegado.
Más información:
Tel. 650 98 38 80
mercecastro@mercecastro.com

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