APRENDER A VIVIR TRAS LA MUERTE DE UN HIJO

 

Os dejo el link del artículo que ha escrito Cristina Castro del diario digital el independiente sobre el duelo por la muerte de un hijo https://www.elindependiente.com/vida-sana/salud/2019/09/28/la-travesia-mas-dura-aprender-a-vivir-tras-la-muerte-de-un-hijo/  . Ninguno de los que participamos, Carlos Fresneda, Dulce Camacho, Asociación de Duelo Alaia, Carlos Soto y Olga Ramos Memento Mori, y Luís Enrique hubiésemos querido hablar sobre la muerte de nuestro hijo/a. Seguro que no, pero cómo nos ha sucedido y no hay vuelta atrás, imagino que todos tenemos la necesidad de hacer algo bonito con tanto dolor.
Gracias Cristina Castro por darnos la oportunidad de hablar de lo que sentimos.

SÉ TU MISMA

 

Qué difícil es eso, me refiero a ser honesto con uno mismo, a ir más allá de lo que de pequeñitas nos han dicho que está bien o mal, de la personalidad que nos hemos forjado, de lo que nos gustaría ser, aunque no encajamos.

 

En general, vivimos encorsetadas. Hablo en femenino, simplemente porqué soy mujer, pero a los hombres, con alguna variante, les pasa lo mismo. Todos tenemos ego y estamos repletos de contradicciones.

 

Decimos una cosa y hacemos otra y, si por casualidad nos damos cuenta, aunque eso ocurre en raras ocasiones, nos sentimos culpables y hacemos más grande el surco de nuestros desencuentros.

 

Yo, por ejemplo, he pasado buena parte de mi vida escondiendo la ira. La rabia se la dejaba a otros miembros de mi familia, como si la agresividad no fuera conmigo, ¡como si yo no tuviera!

 

La rabia es una emoción, básica, normal, como el miedo, la tristeza o la alegría, pero socialmente se considera poco femenina, nada espiritual o evolucionada. Por eso mi mente se ha dejado la piel intentando asfixiarla.

 

Hasta que el cuerpo me avisa -a través de cualquier malestar físico- de que los depósitos de rabia están rebosando y no tengo más remedio que enfrentarme a lo que hay y liberarla. No me siento a gusto gritando, pataleando y dando golpes con cara de mala, pero es la única forma sana que conozco de sacarla.

La muerte de un ser inmensamente querido produce mucha rabia, sí, pero el simple hecho de vivir, también. El duelo es una oportunidad de despojarnos de las máscaras, de mirar hacia dentro y, con cariño, hacer inventario de las heridas, de las miserias acumuladas.

Correr, cantar, pintar, caminar, hacer yoga, tai-chi, bailar, escribir, tejer, meditar, coser… hay muchas maneras de conectar y expresar lo que sentimos, que nos ayudan a salir del encierro a cal y canto con la mente disparada. 

LAS MUJERES DE LA FAMILIA

 

Hoy es mi santo y como me llamo como mi madre y mi abuela materna, los 24 de setiembre de buena parte de mi vida han sido días de fiesta grande. Por eso hoy tengo una vela encendida que me une a ellas.

 

Pero no solo compartimos el nombre, en general, las mujeres de una misma familia nos pasamos unas a otras la manera de mirar a nuestros hijos, de estar en la vida, de sentir el paso del tiempo, de envejecer bien o mal.

 

Gracias a ellas y a todas las que nos han precedido, estoy yo aquí y todo lo bonito que pueda surgir de mi se lo dedico, se lo debo por sus desvelos, mis buenos momentos las honoran. Aunque llevan años muertas, sé que se sienten contentas si consigo, con su permiso, ir un poco más allá de dónde llegaron ellas.

Si dónde hubo sufrimiento yo, aunque sea con miedo, consigo dispersar la niebla, aunque sea un poco, nos alegra y lo disfrutamos todas..

TRATARNOS CON DULZURA

Cuando atravesamos una noche oscura del alma, por la muerte de un ser inmensamente querido o por cualquier otra razón o incluso sin motivo aparente, suele ser un bálsamo la ternura. Tratarnos con dulzura, aunque se nos olvida a menudo, resulta imprescindible para remontar el vuelo.

 

Sin embargo, cuando estamos mal en vez de reconfortarnos con un abrazo imaginario y palabras amorosas a menudo aflora en nuestro interior la voz severa de un fiscal implacable, capaz de hundir a cualquiera.

 

Cuando la mente se desboca y juega en contra en vez de a favor nuestro, casi siempre hay detrás un empacho de emociones, de creencias caducas, de heridas profundas, de fidelidades mal entendidas.

 

No es momento de culparnos, ni a nosotros ni a nadie, creo que la salida está en comprender que se trata de un nuevo desafío de amor, porqué solo amando lo que no nos gusta, lo que nos irrita, lo que nos da miedo, lo que nos duele de nosotros mismos empieza nuestro renacer.

 

La vida nos propone cambios que nunca hubiésemos elegido, NUNCA, pero creo, de corazón, que no es por maldad, al contrario, la finalidad es ampliar nuestra mirada, despojarnos de lo inútil y quedarnos con lo esencial, que es expandir ese amor que todos llevamos dentro.

 

 

NO ES NECESARIO SOSTENER EL MUNDO

 

Hay años en que el alma decide hacer limpieza general, como cuando se voltea la casa para dejarla como una patena antes de los días de fiesta grande.

 

Nosotros nos resistimos, claro, a casi nadie le gustan los cambios y no es lo mismo arreglar un armario que ponernos a revisar nuestras creencias caducas, nuestros fantasmas más íntimos, nuestro miedo ancestral…

 

En los periodos de crisis vital (la muerte de un ser inmensamente querido, la separación de la pareja, la pérdida de salud, etc.) el alma empieza a movilizar con la fuerza de un terremoto todo lo que nos sobra. Pero no solo ocurre cuando algo externo y extremo nos sucede, no.

 

A las personas miedosas, como yo, esas que nos acomodamos con tanta facilidad a lo conocido y nos cuesta horrores salir de nuestra “zona de corfort”, el alma nos sacude periódicamente para “echar una mano” y ayudar a que se cumpla la evolución prevista.

 

En general, -afirman algunos expertos como la terapeuta Marie Lise Labonté-, a cada uno su alma le da un empujoncito de los 5 a los 7 años, de los 10 a los 13, de los 18 a los 22, de los 27 a los 31, de los 38 a los 42, de los 59 a los 62, de los 68 a los 72, de los 78 a los 81 y de los 99 a los 103 años.

 

Cuanto más nos resistamos a esa evolución, a esa limpieza, más grande el miedo, la ansiedad, la angustia, la tristeza y la rabia, igual que cuando estamos en duelo. En realidad, a nuestras heridas anteriores (algunas tan profundas como la muerte de un hijo) se suma el desasosiego que produce intentar evitar (inconscientemente) que muera una parte nuestra. Pero el alma y nuestra parte sabia son amorosamente firmes. Es necesario liberar para que entre aire nuevo, igual que caen las hojas en otoño y se siegan los campos a principios del verano.

 

¿Y cómo se limpia uno por dentro? Con mucha paciencia, eso primero y luego lo que hago yo es aporrear cojines o lo que sea para sacar la rabia que acumulo desde pequeña, pero que cogió proporciones gigantescas cuando murió mi hijo Ignasi.

 

También hablo con mi ego, con ese juez implacable que me pone en lo peor a la mínima que me descuido (que si no vas a poder, que si no te lo mereces, te vas a enfermar, que si a mis seres queridos les va a pasar algo y mil negaciones más). Le digo que muchísimas gracias, que le quiero, pero que deje de dar la lata y se ponga a mi favor, que no pasa nada por cambiar que voy a seguir queriéndolo hasta mi último suspiro.

 

Cuando abrimos las manos y damos el primer paso estamos ya acunando la energía del cambio, aunque la casa parezca más “patas para arriba” que nunca. La clave, he podido comprobar, es el amor hacia nosotras mismas, insistir en la ternura, en la compasión, en la confianza en que no estamos solas, una fuerza más grande nos sostiene y el Universo conspira siempre, siempre a nuestro favor.

 

No es necesario que sostengamos el mundo, tan solo que aprendamos a nutrirnos a nosotras mismas. Eso mejorará sensiblemente nuestra existencia y la de nuestros seres queridos.

 

 

 

 

 

ACEPTO QUE NO ACEPTO

A mi me parece que la clave de la serenidad, del sentirse en paz con uno mismo es aceptar lo que la vida nos depara, sin ponerle resistencia. Sí, ¡pero cómo cuesta rendirse, dar nuestro brazo a torcer y entregarse a lo que hay!

 

Formo parte de una generación de mujeres controladoras que, con toda la buena voluntad del mundo, se han especializado en adelantarse a lo que pueda ocurrir para intentar que los suyos no sufran y, así, liberarse ellas del dolor. Misión a todas luces imposible.

 

El control, el perfeccionismo, la inflexibilidad y la rigidez con uno mismo limita y, a menudo imposibilita acercarse a los placeres de la vida. No es fácil disfrutar o ver el lado bueno cuando creemos que, lo que sea que tengamos entre manos, lo hubiésemos podido hacer mejor.

 

Si a esa forma de encarar la existencia le sumas el desgarro de la muerte de un ser inmensamente querido remontar se pone muy cuesta arriba.

 

A mi entender, empezamos a darle la vuelta para bien cuando aceptamos que no aceptamos lo que, de momento, nos cuesta aceptar. Y no solo me refiero a la muerte. A veces, se trata de aceptar que no aceptamos a alguien de nuestra familia o un defecto que vemos en nosotros o en alguien muy próximo o algún problema de salud o una situación determinada en el trabajo, con la pareja… Lo que sea.

 

Os propongo que dediquéis unos minutos a pensar en una lista de lo que no aceptáis y luego deciros “acepto que no acepto lo que sea que hayáis escrito. Al aceptar que no aceptamos el alma descansa y, a menudo notamos un cierto alivio.

 

 

 

TODO PASA

Uno de los regalos que atesoro de mi gran duelo es la certeza de que “todo pasa”, aunque parezca absolutamente imposible cuando estamos inmersos en plena tormenta. Cuando estamos mal, estamos mal y cuesta imaginarnos bien, ¿verdad?

 

No se trata de que el tiempo lo cura todo, no, no es eso. El tiempo por sí solo no arregla nada, incluso diría que ahonda el sufrimiento, lo esconde, lo enquista.

El “Todo pasa” al que me refiero requiere, de nuestra parte, la voluntad de sentir lo que sea que en nuestro presente estemos sintiendo, sin rehuir, aferrarnos o criticarnos, ni por supuesto, culpar a los otros de nuestro desasosiego.

 

 

La intención es dejar que el impulso de la vida tome las riendas y nosotros limitarnos a escuchar qué nos quiere decir el alma a través del cuerpo. ¿Hay tensión? Buscamos entonces un terapeuta que nos ayude a liberarla o salimos a andar, o nos vamos a nadar o le pedimos con dulzura a esa parte que se afloje y si conviene la ayudamos arrancando a llorar hasta adormecernos, como los niños. O damos golpes con algo duro para que la rabia encuentre una buena manera de desaparecer.

 

 

 

Si hay miedo podemos recordarnos todas las veces que hemos hecho algo muertas de miedo y le hemos podido dar la vuelta al marcador y salir fortalecidas. El miedo da miedo, no es agradable, lo sé pero forma parte de nosotros, es tan natural como la vida misma sentirlo.

 

 

¿Nos quedamos sin fuerzas? Si es así, nos entregamos al cansancio. Nuestro cansancio es humano. Poco a poco, sin apresurarnos podemos permitirnos ir soltando esas maneras de hacer que nos pesan tanto!! Cada uno arrastra las suyas. En mi caso suelen tener que ver con el control, la rigidez, la exigencia…

 

 

Y así, después de momentos, días o meses de desespero, llegan momentos de conexión sagrada. Volvemos al amor, que es lo contrario del miedo. Y aparece ante nosotros la belleza de la vida y desaparecen los horrores o, al menos, no nos hieren tanto.

 

 

Sintonizamos, entonces, con la ilusión de estar presentes, de iniciar un nuevo día, de disfrutar de la riqueza del nuevo oasis. Sabiendo que todo pasa, lo bueno y lo malo y, mientras estamos en calma podemos echar una mano a los que se encuentran en pleno desierto.

 

EL PODER DE LOS ABRAZOS

 

A mi me parece que cuando nos abrazamos con el alma caen las máscaras, se desvanecen los miedos y una dulce calidez nos envuelve.

 

Los abrazos sinceros, largos, sentidos nos arropan desde el corazón cuando estamos en duelo. El contacto físico, la proximidad del otro nos calma, y, a menudo, ofrece más sosiego que las palabras.

 

Esos abrazos que dan paz, que nos transmiten memorias ancestrales de ternura, son un bálsamo al que siempre podemos recurrir, si dejamos de lado el velado temor de sentirnos plenamente humanos y en comunión.

 

Al fin y al cabo todos, en algún momento de nuestras vidas, nos sentimos huérfanos de ternura y necesitamos, más que el aire, ese abrazo amoroso que tiene el poder de aliviar la desazón que, a veces, nos produce estar vivos.

 

 

 

 

CON DELICADEZA

 

Cuando pasamos periodos convulsos, de esos que requieren un gran cambio interno, las emociones campan a sus anchas, sobre todo el miedo.

La inquietud, la sensación de estar siempre “en modo” alerta es agotadora, nos quedamos sin apenas fuerzas y es fácil que la negatividad, el “no voy a poder” afloren.

 

 

Cuando la mente nos remite a pensamientos terroríficos, como caballo desbocado, es el momento de tomar las riendas con firmeza y sin críticas, con delicadeza.

 

 

Cada uno de nosotros vale su peso en oro, esté bien o esté mal, por el simple hecho de ser. ¡Cuánto cuesta darse cuenta que no hay condiciones para amarse!

 

 

De pequeños, percibimos o nos parece que nos van a querer más si… (soy buena, obediente, complazco a los demás, siempre digo que sí, estudio o trabajo en tal o cual cosa, si estoy pendiente o sufro por los demás, si tengo éxito o dinero… no sé, las posibilidades son infinitas). Ante tanta exigencia, ¿dónde queda nuestra verdadera esencia?

 

 

Es bueno liberar el grano de la paja y ser sinceros con nosotros mismos, pero sobre todo conviene echar mano de la suavidad, de la ternura, de la delicadeza.

 

 

Nunca va bien, pero cuando se está mal el alma agradece infinitamente dejar la rudeza y la descortesía y ser benevolentes con nosotros mismos. Esa es la manera de atar en corto a la mente, de conseguir darle la vuelta y que juegue a nuestro favor, en vez de en contra.

 

 

Así poco a poco, resurgen los pensamientos de gratitud y en lugar de presión en el pecho o dolor en la espalda sentimos ese calorcito en el corazón, ese hilo invisible de amor que nos une a todo.

 

 

Rebrota la confianza, reaparece ante nosotros la belleza. La tempestad ha terminado. Y entonces, aunque no nos guste, comprendemos que, a menudo, el miedo nos sitúa en el camino de la luz.

 

CUIDA LA NIÑA QUE HAY EN TI

 

Tengamos la edad que tengamos, a mi me parece que en cada uno de nosotros vive aún, en un eterno presente, el niño o la niña que fuimos.

 

Tal vez conservemos pocos recuerdos de nuestros primeros años, pero lo que sentíamos entonces, lo que creíamos que estaba bien o mal, según lo que nos decían o veíamos en casa, sigue, de alguna manera, dentro de nosotros.

 

Por eso, cuando me siento triste o asustada es la niña que hay en mí la que necesita con desespero mi consuelo. Con la mente puedo inventarme mil historias para intentar calmarla, pero si la niña está enfadada, triste o tiene miedo, de nada sirven los razonamientos. Tan solo las palabras dulces y los imaginarios abrazos le dan sosiego.

 

Habla con ella, permítele tener miedo, al fin y al cabo el temor es bien humano. Puedes explicarle que, si entre las dos, en vez de esconderlo lo cogéis con suavidad de la mano posiblemente se acabe desvaneciendo.

 

No te olvides de tu niña, ahora solo te tiene a ti para cuidar de ella.

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