CREAR ARMONÍA

NO ES FÁCIL PERO ES POSIBLE

 

 

A veces llueve sobre mojado y sin tiempo a tomar aire nos hundimos y parece que esta vez, sí, hemos llegado al límite y nos ahogamos. Pero no, de muy hondo suele irrumpir una fuerza que nos mantiene a flote mientras a bocanadas respiramos.

 

Tan solo hay que dejar de luchar y ¡qué difícil es eso!

 

Tan solo hay que dejar de juzgar y cómo nos cuesta!

 

No nos gusta sentir miedo, nos aterroriza y, cuando al fin, después de habernos rasgado el alma, volvemos a caer de rodillas y nos abrazamos al miedo ancestral que nos atenaza, se produce el milagro.

 

Nos sentimos en paz sin saber muy bien porqué y cómo.

 

Cómo cuando, en una noche estrellada, miramos el cielo y nos preguntamos de dónde venimos, quién somos… No hay respuesta, pero siento la certeza de que hay algo más grande, de que el plan, aunque duela, es perfecto.

 

Y mientras esté aquí, seguiré amando porqué el amor es lo único que, para mi, merece la pena.

 

 

 

 

UN ENCUENTRO INOLVIDABLE

Siento una inmensa gratitud por haber podido compartir experiencias de vida con el grupo de duelo de la Asociación Amanecer de Murcia. Volví a casa llena de mar, de palabras amorosas, de esa preciosa energía de cada uno de los que estáis haciendo algo bonito con vuestro dolor. Gracias a todos

DELICIOSAMENTE CÓMPLICES

 
 
A veces, sin motivo, todo encaja. Como una cometa, en manos de un experto, los hilos decaídos se tensan, con brío, y sobrevuela la armonía por el cielo de mi ciudad hasta el mar.
 
Cuanto eso sucede me siento cómplice de la vida. Esa complicidad deliciosa que nos hace sentir inseparables, únicos, llenos de amor y esperanza.
 
Entonces, la bondad se hace presente y lloro de gratitud por todos los que arropan con dulzura sus heridas y son capaces de sonreír con la mirada a los demás.
 
Miro los árboles de mi calle, desde la ventana, y me parece escuchar su aliento. Ese impulso de vida que nos une a todos.
 
Nada ni nadie está solo, ni separado en este Universo infinito. El Plan Es Perfecto. En momentos así ríen conmigo mis muertos. Ellos saben que todo es vida, siempre, eternamente.

¿QUÉ HARÁS CON TANTO AMOR?

 

Creo que todos nacemos con los latidos contados y un depósito de amor, en el corazón, repleto, a rebosar, para que no pasemos apuros y lo tengamos siempre a mano. Los bebés suelen emanar ese amor, lo irradian, no lo pueden contener, se les escapa. Por eso es tan agradable tenerlos en brazos, acariciarlos, acunarlos… Cuando llega un bebé a la familia decimos “que da vida”, claro, el amor en estado puro es vida, luz, energía.

 

También algunas personas mayores expanden con generosidad ese amor en mayúsculas. Suelen hacerlo a través de palabras cariñosas, gestos de ternura, miradas sabias, dulces, sin reproches, silencios que acompañan, que transmiten calidez. Sí, algunos ancianos han descubierto a tiempo el tesoro que guarda su corazón.

 

Pocos, muy pocos son los que lo disfrutan y lo comparten desde siempre, lo cierto es que la inmensa mayoría nos pasamos más de media vida intentando que los demás nos den ese amor que ya tenemos. Hacemos cualquier cosa para que nos quieran; ignorarnos, traicionarnos, maltratarnos, humillarnos…, culpando a los otros de nuestra ceguera.

 

Cuando comprendemos que somos la fuente de lo que mendigamos ya es muy difícil que nos sintamos solos o poco valorados. Los golpes de la vida nos tumbarán, casi seguro, pero ya sabemos de dónde tirar para levantarnos.

 

Podemos estar un tiempo, el que sea, tristes, apagados, pero algo vamos a tener que hacer con ese amor tan grande que guardamos.

DEL CAOS A LA RECONSTRUCCIÓN

 

Sea anunciada o de repente la muerte de un ser inmensamente querido nos deja sin suelo bajo los pies. La vida misma se vacía de contenido. Nada va con nosotros, nos sentimos ajenos, a años luz de lo conocido. Así suele iniciarse el duelo de las muertes que consideramos a destiempo, esas que nos dejan con un vacío inmenso, congelados por dentro.

 

Al deshielo le siguen multitud de emociones que nos arrastran sin freno hasta el límite de la cordura. Nuestro corazón, roto y devastado, estalla en mil pedazos ante tanto sentimiento desatado.

 

No temas, entre medio de este caos suelen surgir, de muy hondo, destellos de luz que nos conectan con la esencia, con el amor en estado puro. Duran nada, milésimas de segundo, en todo caso el tiempo suficiente para respirar hondo y sobrevivir.

 

Esas chispitas de claridad, tan reconfortantes, a veces vienen en forma de una buena amiga, de la sonrisa de un niño, de una palabra bonita, de la calidez de un abrazo de la lectura de algo que nos llega al alma, de un encuentro agradable, inesperado o simplemente al mirar el cielo.

 

Lo importante, a mi entender, es ir poniendo la atención en esa conexión con algo más grande, incomprensible, que nos sostiene, mientras vamos, con suavidad, acogiendo nuestro propio desespero. Los duelos abren heridas antiguas, temores ancestrales y hay que ir acariciando con ternura las emociones aparcadas que nos aterran. Por eso a mi me parece adecuado ir acompañado, de la mano de uno o muchos terapeutas.

 

A medida que vamos haciendo limpieza en nuestro interior es más fácil entregarse, aceptar lo que es y no lo que nos gustaría que fuera, tanto en nosotros como en los demás. El consuelo de rendirse a la vida es inmenso. Nos libera de un peso tremendo. Nos damos cuenta que el control desgasta, que la queja, el juicio y la crítica nos quitan energía. En cambio, el agradecimiento y la amabilidad nos elevan el ánimo. No es teoría, lo he comprobado. Expandir amor, del que fluye de dentro, sin esfuerzo, sin condiciones es el antídoto, devuelve sentido a la vida.

 

Después de recorrer el desierto somos distintos y existe la posibilidad de ser una versión más amorosa de nosotros mismos. Aunque, seguramente, por el simple hecho de vivir, volvamos a rompernos. La marea es interminable y trae de todo. Pero no será lo mismo, seguro, porqué ya hemos aprendido a amarnos un poco más ¿no es cierto?

 

GRACIAS A ELLOS ESTOY YO AQUÍ

 

A mi me fascina pensar en las generaciones de hombres y mujeres que me han precedido y han hecho posible que yo esté aquí. Siento un profundo agradecimiento por mis ancestros y no excluyo a ninguno aunque no tengo memoria de ellos. No sé nada de sus vidas, apenas me ha llegado algo de información de mis bisabuelos, aunque muy difusa y seguro sesgada…

 

 

Mis abuelos vivieron una guerra, no quiero ni imaginar lo que tuvieron que encarar los de más atrás. En todas las familias ha habido de todo y cada uno ha cumplido su papel, de bueno o malo, para que los demás pudiéramos tomar conciencia y evolucionar. Por eso, porqué sé que con su vida cada uno hace lo que puede, en mis momentos claros, doy un espacio amoroso en mi corazón a los excluidos, a los que, en un arrebato, cruzaron el océano, para huir de sus miedos, dejando a los de aquí huérfanos; a los que bebían de más para intentar apagar el fuego de sus entrañas; a los que se jugaron a las cartas más de lo que tenían, a los que quedaron en vida ausentes de tanto dolor como sentían, a los que murieron fuera de tiempo dejando un inmenso vacío, una gran sensación de desamparo, algunos fueron ricos y otros pobres, hubo canallas y vividores…

 

 

A todos les doy un lugar de honor en mi corazón, ¿quién soy yo para juzgar lo que hicieron o dejaron de hacer? Sólo sé que su historia, sea la que sea, mereció la pena, que cada uno, como pudo, pasó un valioso testigo y gracias a la suma de sus esfuerzos, de sus tristezas y anhelos, he podido ser madre y abuela y emocionarme contemplando las estrellas en las noches cálidas de varano y pasear sin prisas por la orilla del mar infinito que tanto quiero. He conocido el dolor y la alegría inmensa del amor. Sé lo que es la tristeza y el placer de ser amada. Gracias a ellos puedo sentir. No traiciono a ninguno, estoy convencida, queriéndolos a todos. No hubo una sola vida que no mereciera la pena. El amor une, nos da fortaleza. Por eso, en mis noches oscuras, sé que su cariño, con dulzura, me sostiene y me ayuda a afrontar la muerte. Qué más da que haga siglos que estén muertos. Son parte de mi y con respeto y ternura los reconozco.

DISFRUTA DEL SILENCIO

 

 

Deja que el silencio crezca, permítete desconectar del mundo un ratito, ponte cómoda y hazte compañía.

No te exijas nada, simplemente respira y disfruta de estar contigo. ¡Nos olvidamos tan a menudo de ser amables con nosotras mismas!

 

Si la voz interior criticona aparece, la meces con cariño y a lo tuyo que es sentir el momento que te regalas.

 

Acaricia el impulso silencioso de amarte, de descubrir tu belleza, tu conexión con ese algo más grande que nos une.

 

Disfruta de la alegría de saber que en ti existe la fuerza entera del Universo.

 

UN LUGAR DE PAZ

 

 

Si nos guiamos por los pensamientos, si creemos que somos lo que pensamos muy probablemente en nuestra vida predomine el miedo. La mente es muy loca y a menudo nos pone en lo peor, le encanta, al menos a la mía, fabricar tragedias, revolcarse en el drama. Como si su lema fuera: mejor el terror en mano que la incertidumbre volando. De incertidumbre no quiere saber nada, ella tiene opinión y certezas sobre casi todo.

 

Ay, pobre mente mía, si la vida es incierta por naturaleza, si solo acogiendo la incertidumbre es posible estar en paz con uno mismo. Si no hay un solo sitio fuera al que poder huir cuando nos invade el miedo, la tristeza o el desasosiego. Solo tenemos el momento presente y es aquí y ahora donde transcurre la vida. Esa vida que a veces nos acaricia y otras nos hiere.

 

Cuando nos permitimos sentir la locura de la mente sin intentar cambiar nada, tan solo estando presentes, a veces, como si se corriera un telón o simplemente se rasgara un velo, aparece dentro muy adentro de nosotros un espacio, grande, muy grande, en el que es posible respirar tranquilos, sin esfuerzo. En ese lugar luminoso no hay lucha, ni reproches, ni culpas, ni nada y, en cambio, parece como si lo contuviera todo.

En ese lugar maravilloso que existe en cada uno de nosotros no hay separación entre los vivos y los muertos.

 

 

 

JUGAR COMO NIÑOS

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             Casi sin darnos cuenta, dejamos de verlo todo como un juego, como cuando éramos niños, y nos recubrimos enteros con esa capa densa de preocupaciones que suele envolver a los adultos.

Entonces, un buen día llega un golpe secó, duro, de esos que te paran, que no puedes eludir y nos damos cuenta que lo que nos robó la ilusión, la parte divertida, eran puras tonterías.

Nos hemos pasado años angustiados por tan poco, persiguiendo un mañana que imaginábamos mejor, a costa de olvidarnos, de no ver, de pasar por alto el tesoro, lo único que tenemos, que es hoy.

 

Estamos tan acostumbrados a ir con prisas, a planificar o a mantenernos anclados en tiempos pasados que se nos escapa como el agua entre las manos el gusto por saborear la parte minúscula, esa que, en realidad, es la que endulza el alma; el placer de acostarnos en sábanas limpias, de lavarnos las manos con agua caliente cuando hace frío, de mirar por la ventana en primavera y ver como crecen en los árboles las hojas nuevas o como, ya enrojecidas, en invierno se encienden todavía más al atardecer.

 

La vida son momentos y nosotros podemos elegir vivir cada uno como si fuera el único, como si no hubiera nada más importante ni divertido que lo que estamos haciendo ahora.

Sea corto o largo el camino que nos toque recorrer, seguro que es más agradable si nos reímos de nosotros mismos, nos reímos con los demás y, así, suavizamos con cariño las tragedias. Sea lo que sea lo que nos toque vivir, sin dramas, con amor es más divertido.

ACOGERSE A LA DULZURA

 

 

Hoy puede ser un buen día para dejar de exigirte, de reñirte, de culparte, de quejarte, de odiar a la vida o a quién sea… en fin, de seguir, como en una noria, dándole vueltas al miedo, al malestar en tu cabeza. No digo que enmascaremos lo que sentimos, no. Simplemente propongo una tregua, un espacio claro, luminoso, sin juicio, algo parecido al arrullo en los cálidos brazos de una madre. A veces, es tan necesario parar y, en silencio, acogerse a la dulzura.

Sea cual sea el sentimiento desgarrador que predomine hoy en ti es posible con cariño sosegarlo hasta que se desvanezca.

En cada uno de nosotros reside una fuerza inmensa capaz de darle la vuelta al dolor de nuestra historia, de sumar amor, en vez de quedar atrapados y separarnos. Hay tantos mundos como formas de mirar la vida. ¿Cómo piensas tú vivir hasta tu muerte, con ternura o con el corazón cerrado?

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