miedos

EL DUELO SUPONE UN CAMBIO PROFUNDO

Cuando se atraviesa una crisis existencial inmensa como la que supone la muerte de un hijo, un hermano o cualquier otro ser al que amamos con locura nos enfrentamos a un cambio personal profundo. Cada uno de nuestros hábitos, de nuestros pensamientos, de nuestras creencias, incluso de nuestras células están ligados a este ser que ya no vemos, no oímos, no podemos abrazar…Eso provoca un dolor agudo, insoportable. Nuestros proyectos de futuro se desvanecen y debajo de nuestros pies asoma el vacío. De repente no hay camino, solo dolor. Los primeros meses yo necesité parar, llorar, sentir… Y lo he ido necesitando, en mayor o menor intensidad, muchas veces más durante estos 13 años.

El duelo supone un cambio íntimo y exige una transformación grande. El proceso es lento, casi imperceptible, como todos los movimientos del alma, y nada tiene que ver con lo externo. Por sí solo de poco sirve mudarse de casa o de país, por decir algo. La clave, lo que nos permitirá ver la luz después del túnel, reside en nuestro interior. Hay que ir atravesando capas de rencores antiguos, de angustias heredadas, de abandonos y desesperos hasta dejar al descubierto el amor y la confianza. La travesía hacia uno mismo es una aventura que produce temor, pero no hay alternativa. Lo demás nos deja atrapados en la vida de antes, en un laberinto imposible de sufrimiento. Si decidimos seguir adelante, tendremos que pasar muchos ratos con nosotros mismos en silencio, sin distracciones, curando nuestras heridas. El camino del duelo es solitario pero, si estamos atentos, aparecerán personas y situaciones que nos pueden echar una mano, como sucede en los cuentos de los príncipes que recorren bosques encantados. Si matamos al dragón, si enfrentamos nuestros miedos, podremos volver a la vida sintiendo el amor que nos une para siempre a nuestro ser querido muerto. No importa el tiempo que tardemos en conseguirlo ni las veces que caigamos en el intento. Tenemos una vida y encontrarle sentido es una buena manera de vivirla.

DE LA MANO DEL AMOR, AHORA MÁS QUE NUNCA

Mañana empieza la primavera. Las hojas de los árboles de mi calle han empezado a brotar y el aire viene cargado de aromas distintos. A los corazones en duelo, heridos, los cambios de estación les despiertan tristezas, miedos y añoranzas recientes y antiguas. La nueva vida lo inunda todo, es imparable y cuesta horrores seguirle el ritmo. Esta primavera del 2011, además, anuncia con fuerza cambios distintos y profundos. No es una primavera suave, no, la que comienza mañana. El mundo no es el mismo desde que nuestros hijos se fueron, pero lo cierto es que ahora el mundo no es el mismo para nadie. Dicen los entendidos que la crisis que estamos viviendo es necesaria para acabar con una forma de relacionarnos con el planeta y entre nosotros mismos que ya no sirve, está caduca. La Tierra misma parece estar en duelo, intentando dejar atrás lo que le produce dolor y sufrimiento con la esperanza puesta en abrazar un futuro más prometedor, menos agresivo, más respetuoso. A eso le llaman cambio de Conciencia. Mientras no lo consigamos reina la incertidumbre. Cuesta dejar lo conocido cuando todavía no sabemos como será lo que está por venir. Pero es el único camino, no hay opción. La vida no se para, hay que atravesar el duelo personal y colectivo. La resistencia duele más. Ahora más que nunca hemos de cogernos de la mano del amor, para ahuyentar los miedos y ser buenos ‘surfistas’. Vamos a caer muchas veces, pero todos contamos con la fuerza interior que nos permite levantarnos cada vez que tropecemos. Cuando a mi me falta la energía, nada me funciona mejor que pedir ayuda “a los de arriba”, a mis guías, a la fuerza del amor, da lo mismo el nombre que utilicemos para conectar con la esencia. Sola no puedo hacer nada. Cada uno de nosotros es una hormiguita, pero si nos unimos, si sabemos que contamos los unos con los otros, si confiamos en la fuerza del bien, la incertidumbre es más llevadera, es más fácil reencontrar la paz.

EL DOLOR ES PERSONAL

 

Me escriben algunas personas que quieren ayudar a los seres queridos que han sufrido una pérdida. Hay muchas maneras de hacerlo: escucharles, hacerles la compra o la comida si se encuentran al inicio del duelo, -en el tramo en que uno se encuentra imposibilitado para hacer frente a sus propios necesidades-, regalarles libros o flores si les gustan… Recuerdo que durante los primeros tres meses en que yo estuve en estado de shock, mi suegra nos traía tulipanes, mi cuñada Magda cocinaba para nosotros, mi hermana ponía y tendía lavadoras y muchos amigos acudían o llamaban para interesarse por nosotros. Todas las acciones amorosas sirven.

Con el tiempo me he dado cuenta que para acercarse al dolor de los demás y reconfortarles, es preciso hacer un trabajo interior que permita conectar con los propios miedos. Quien teme horrorosamente a la muerte y, por tanto a la vida, poco podrá hacer para consolar a los que sufren por la muerte de un hijo, un esposo, un hermano, una madre… Las personas capaces de estar junto a un alma dolorida son las que pueden estar con su propio dolor y vivirlo como una parte más de la existencia. Esas personas acompañan bien, incluso en silencio. Saben que no hay que coger el dolor de los demás y hacerlo suyo, porque eso impide crecer al que sufre. El dolor es un maestro personal e intransferible, del que recibimos clases particulares. Cada uno tiene lecciones que aprender de su dolor. ¿Qué sentido tiene presentarse a los exámenes que evalúan el conocimiento de otro? Eso no es amor.

LAS PALABRAS CURAN

 

Es tan fácil hablar que no nos damos cuenta del milagro que representa. Cuando nos expresamos con nuestra lengua materna, los sonidos brotan sin pensar, como por arte de magia y cada palabra encierra nuestra forma de ver la vida, de acercarnos al dolor, al amor, habla de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de lo que creemos, de lo que soñamos … El lenguaje nos define y nos ayuda a compartir sentimientos. Por eso, hablar de las personas que ya no están aquí y de nuestras emociones cura, siempre y cuando hablemos desde el corazón, desde el centro de nuestro ser, desde nuestro yo más sagrado. Si no es así, las palabras no sirven para curar, están vacías. Cuando decimos una cosa y sentimos otra, desperdiciamos el poder sanador de las palabras. De ahí que sea tan importante deshacernos de los prejuicios, de los dogmas, de las verdades absolutas que actúan de filtros e impiden que los sonidos surjan directamente del alma.

Cuando alguien nos dice algo desde el corazón es más probable que llegue al nuestro y eso siempre da paz. Como también la da decirnos a nosotros mismos, en voz alta, lo que sentimos. No nos deberíamos acostar sin habernos dicho, con dulzura, palabras cariñosas, de aprobación, de consuelo. Al verbalizar una emoción ponemos en marcha en nuestro interior el interruptor que nos une ala Creación, al Universo entero.

CÓMO CONOCER NUESTROS PROPIOS MIEDOS

 

Cada uno guarda en lo más hondo sus propios miedos, a veces están tan escondidos que ni sabemos que los tenemos. Algunos nos acompañan desde pequeños, tal vez incluso desde antes de nacer. Otros los hemos ido adquiriendo y heredando durante el transcurso de los años. Sea como sea, lo cierto es que suponen una carga incompatible con la travesía que hemos de recorrer durante el duelo. Hay que aligerar peso, para mantenernos a flote. ¿Pero cómo trascender nuestros miedos? A mi me ha ayudado, en primer lugar, nombrarlos, conocerlos. Generalmente mis miedos guardan relación con lo que más me molesta de los demás. Los defectos insufribles que vemos tan claro en los otros, sobre todo en las personas cercanas, señalan algún temor nuestro escondido.

Una tarde de mis primeros años de duelo, tumbada en el sofá, tuve uno de esos momentos de lucidez que acompañan a la oscuridad de los pesares: me imaginé que la tolerancia era el fruto de la intolerancia, la flexibilidad el de la inflexibilidad, la generosidad el del egoísmo, la paciencia el de la impaciencia… A ser flexible se llega empezando por las raíces del árbol de la inflexibilidad, lo vi claro. La idea me gustó y me ha servido de mucho. Ya no me disgusta tanto, por ejemplo, reconocerme a veces intolerante, porque sé que he de pasar por ahí, que justo ese es el camino que va a parar a la tolerancia. Porque sé eso, soy más tolerante con mi intolerancia y con la de los demás.

Luego he ido descubriendo otro tipo de miedos: el temor a no ser valorada, a no ser aceptada ni querida, a sufrir, a no dar la talla… La lista es larga, hay algunos muy genéricos y otros muy, muy personales. Poco a poco los he ido reuniendo y de algunos incluso he podido despedirme, después de darles las gracias. ¿Por qué como hubiese aprendido a quererme y a valorarme, sin la fuerza del miedo a no ser querida ni valorada? ¿Qué haría sin el miedo a sufrir que me impulsa a aceptar la vida? El miedo es un motor de cambio. Cuando ya ha cumplido su función, hay que dejarlo ir, al menos durante largas temporadas. No hay que tener miedo al miedo, siempre es más grande y fiero el león cuando nos lo imaginamos. Si vemos la vida como un aprendizaje, es lógico que nos asuste enfrentarnos a una materia desconocida, pero simplemente es eso, el inicio de un nuevo curso que nos permitirá adquirir más conocimiento.

SENTIR A NUESTROS SERES QUERIDOS MUERTOS

 

Al principio, el desconsuelo de no verles es grande y su ausencia provoca una tristeza enorme. Es normal, pero con el tiempo, si mantenemos nuestros corazones abiertos al amor, es posible establecer una nueva relación con ellos y aunque parezca mentira, no es peor, solo es distinta y absolutamente reconfortante. Eso lo sabemos todos los que hemos perdido a alguien muy querido. Porque el velo que separa a los de aquí y a los del otro lado es ténue, muy ténue. En una entrevista a Vicente Ferrer le oí decir que la muerte como final del ser no existe, siempre somos, simplemente estamos a un lado o a otro de lo que denominamos realidad. Y eso, los que lo sentimos así, está bien que lo digamos porque ayuda a desvanecer muchos miedos a los que están pasando por el principio del duelo y, en definitiva, nos va bien a todos para encarar la vida y la muerte de otro modo más natural, menos dramático.

¿Cómo es esta comunicación? Puede ser de mil maneras. En mi caso algunas veces se produce en sueños. En algunos de estos “sueños” he podido abrazar a mi hijo y sentir una intensidad de amor tan fuerte, que en nada se diferencia a los abrazos “reales”. Pero no siempre que sueño con él es lo mismo. Algunas veces el inconsciente utiliza su imagen para mostrarme algunos miedos, algunas emociones no resueltas, algo que me preocupa…. Esos sueños son distintos, aunque salga Ignasi.

Sean del tipo que sean, los sueños siempre son de gran ayuda; nos acercan a nuestros anhelos más auténticos, nos hablan de nuestras alegrías y temores más profundos, de nuestras emociones menos conscientes… Siempre son portadores de mensajes, bien de nuestros guías o maestros, bien de nuestro inconsciente. De noche, durmiendo, es posible sanar muchas cosas.

Pero no sólo en sueños hablo con mi hijo, también lo noto a veces, de forma imprevista en cualquier momento del día. Recuerdo estar cocinando y notar de repente ese amor profundo e indescriptible que te envuelve, esa certeza de que él está allí conmigo. En esos momentos no existe nada que se parezca al temor, al contrario, son momentos de una paz, de una alegría serena inmensa. Cuando se desvanece esa sensación, en mi corazón queda una gratitud infinita. Pero no siempre estos encuentros son tan trascendentes. En la mayoría de ocasiones soy yo la que inicia una conversación como cualquiera de las que teníamos antes. Nunca le reprocho que se haya ido, para qué sí se que todos tenemos un tiempo limitado aquí y él no puede volver aunque se lo pidiese. Al menos no puede volver como antes. Además no tiene sentido cambiar lo que és; él está en sus cosas y yo en las mías, pero nuestros lazos de amor se mantienen firmes. Mi hijo me reconforta ahora como me reconfortaba antes y así eternamente porque el amor y la energía nunca mueren, solo se transforman.

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