CONFIANZA

DÉJATE ARROPAR POR LA TERNURA

Ahora te parece imposible salir a flote, lo sé, al principio el dolor es tan intenso que parece interminable. La vida sin él o ella no tiene sentido. Así suelen empezar los grande duelos.

 

Aprender a vivir sin la presencia física del ser inmensamente amado es desgarrador y, en ocasiones, tirar la toalla parece la única salida.

 

Puedes quedarte en la cuneta, tanto tiempo como necesites, pero si apuestas por volver a la vida, el universo entero conspira para ayudarte a renacer.

 

Es verdad que nadie puede vivir por ti tu dolor, pero muchas manos pueden sostenerte en tus días más oscuros si abres tu corazón, si te permites sentir.

 

Ten paciencia, las emociones se desbocan; el miedo suele envolverlo todo, la tristeza impregna hasta las pareces, la culpa o la rabia se hacen fuertes y tal vez pienses que vas a volverte loca. No te asustes, lo que te ocurre es normal, te estás transformando. Tan solo siente y déjate arropar por la ternura que emana tu alma.

 

 

El proceso dura lo que dura y a medida que vayas despojándote de viejas heridas, de miedos antiguos de maneras de hacer que ya no te sirven, se abrirán claros y empezarás a vislumbrar que el amor que sientes por los que se han ido es, si cave, más fuerte.

 

Aunque nada es como antes, ellos, de otra forma, te acompañan y siguen formando parte de tu proyecto de vida. Si eliges llenar el vacío con amabilidad y cariño hacia ti misma nunca estarás sola.

Cuando nos miramos con ojos bondadosos es más fácil conectar con la alegría y la calma.

 

NO LE DES MÁS VUELTAS

A menudo, sin darnos cuenta, nos vamos al pasado y surge, en nuestro interior, esa voz empeñada en remarcar todo lo que le parece que hubiésemos podido hacer mejor.

 

Esa voz está hecha de juicios y perjuicios, de creencias limitantes, de carencias, de desasosiegos, en su mayor parte heredados, y nada tiene que ver con nuestra esencia.

 

No somos los que pensamos, la mente va a su aire y, a menudo, nos pone en lo peor. Mejor no hacerle caso, no le des más vueltas a lo que hubieses podido hacer y no hiciste.

 

En aquel entonces, cuando ocurrió lo que te atormenta, no pudiste hacer otra cosa más o mejor de la que hiciste. Créeme, el hombre o la mujer que eras entonces actuó como buenamente pudo.  

 

Y si ahora lo ves distinto es porqué has cambiado. Tal vez es el momento de pedir perdón y perdonarte por tu ignorancia pasada, pero no te culpes de lo que, en aquel momento, no estaba en tus manos hacer de otra manera.

 

Tu alma, tu corazón, tu esencia lo saben, en ningún momento te reclaman nada. Estas aquí para experimentar y solo a través de la experiencia y el error se aprende. La perfección no es humana, tan solo una ilusión de la mente.

 

Si ahora, en el presente, hay algo que no te gusta de ti puedes cambiarlo, pon la intención en ello, pide a tu ego, a tu personalidad que se relaje, y aparecerán las personas que pueden ayudarte.

 

¿Qué te parece empezar por tratarte con cariño, por felicitarte por todo lo que has conseguido, por ese trozo del camino recorrido?

 

En el fondo todos sabemos que somos una chispita de amor en estado puro, aunque lo olvidamos a menudo porque, a medida que nos hacemos mayores, nos suele cubrir un manto de inseguridades.

 

Cuando mi voz interior me aterroriza, con mucha mano izquierda, le recuerdo que en mi habita la fortaleza del universo.

 

Cuando me siento sola y asustada, me reconforta imaginarme en los brazos de la gran madre, esa que todos llevamos dentro, la que nos sostiene cuando desfallecemos.

 

ACARICIAR DESDE EL CORAZÓN

 

Sea por la razón que sea, tal vez tengas que aprender ahora a vivir sin poder acariciar o simplemente ver a los seres que más quieres.

 

 

La Covid está cambiando nuestras vidas; separa abuelos y nietos, impide en muchos casos estar cerca de nuestros mayores, nos mantiene ocultos tras una máscara que, si bien nos protege, de alguna manera nos aleja de los demás.

 

 

Quizá ahora nos sentimos un poco más solos. Se acabaron por las calles los abrazos espontáneos al encontrarnos con alguien cercano. La alegría de cogernos de las manos, de tocarnos para transmitir afecto.

 

 

Sí, la pandemia nos lo está poniendo difícil. El contacto físico es tan agradable cuando uno tiene el alma herida, ¿verdad?

 

 

Pero nadie puede impedirnos acariciar desde el corazón. Eso lo sabemos los que hemos pasado por un gran duelo. Siempre hay un espacio en mí que acuna a mi hijo muerto.

 

 

Él y yo nos hemos hecho expertos en darnos abrazos virtuales. Con el amor incondicional que hay en mi corazón lo acaricio, lo protejo. Y ahora que no puedo ver tanto como quisiera a mi otro hijo y a mi nieto, me reconforta sentirlos en mi corazón, envueltos en un manto de cariño.

 

 

Me los imagino bien, sanos, alegres, fuertes, rodeados del amor de los seres que les aman y tienen al lado y eso me produce una inmensa sensación de bienestar.

 

 

Aprendí a comunicarme así con Ignasi. No es preciso estar presente físicamente para querer, para sentirse inmensamente agradecida por la existencia de los seres que amamos, estén lejos, vivos o muertos.

 

“Hay dos formas de vivir -decía Albert Einstein-, la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda, que todo lo es”.

 

 

 

 

AMPLIAR LA MIRADA

 

Cuando era pequeña y la oscuridad de la noche me asustaba, no llamaba a mi madre, sabía que ella estaba cansada, me refugiaba en la oración: “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan”. Me repetía la frase hasta que notaba su presencia, su custodia y, ya a salvo, me entregaba, con suavidad, al sueño.

 

De mayor, la oscuridad ha sido el más inofensivo de mis miedos. Cuando me siento aterrorizada, cuando el miedo a sentir dolor me paraliza se que tengo que cambiar la mirada. Pase lo que pase fuera, puedo verlo con cariño o con temor, soy yo mi ángel de la guarda, mi parte sabia forma parte de mi, solo tengo que invocarla.

 

Cuando estoy entre dos aguas sé que la salida, para darle la vuelta a lo que sea que me mantiene angustiada, es parar y escuchar, con ternura, el ruido que hay en mi interior. Mientras, pido ayuda a mis guías y me limito a hacer grande lo bonito que hay a mi alrededor. La amabilidad, el agradecimiento, el perdón y la bondad hacia mi misma, la belleza de un árbol, de una nube, de la luz que cubre de dorado, al atardecer, la pared de la estancia, obran milagros. Eso es lo que me ayuda a mi a ver el lado más alegre de lo que antes me tenía tan preocupaba.

 

Cada vez que se me olvida y la mente insiste en mostrarme el drama, vuelvo a tomar consciencia de que la elección está en mis manos. Siempre puedo elegir ampliar la mirada.

VAMOS A CONFIAR

 

Se nos haya muerto un ser querido o no, en estros momentos de confusión generalizada, todos estamos inmersos en un íntimo duelo. El trabajo, los proyectos, las relaciones tal como las conocíamos se tambalean. Lo que antes dábamos por hecho, ahora ya no lo es tanto.

 

Emerge la soledad, la sensación de abandono, el miedo a la carencia, a la enfermedad… a si seremos capaces de afrontar lo qué vendrá. La mayoría de nosotros llevamos meses o quizá años conviviendo, a ratos, con eso.

 

Si lo miramos con perspectiva, como sociedad, en realidad llevamos siglos ahondando en el sufrimiento y qué pesado y frustrante, ¿verdad?, tanto como andar persiguiendo la zanahoria de una supuesta felicidad.

 

A la que nos descuidamos se nos olvida que podemos escoger vivir con una sencillez que encierra paz y alegría. Que no pasa nada por sentir lo que sea que sintamos, que, dentro de nosotros hay un espacio seguro, sagrado, que alimenta el fuego que nos da vida.

Tenemos recursos, islitas de plenitud a las que anclarnos. Yo, por ejemplo, recuerdo la sensación pletórica que me producía de pequeña el mes de mayo; el mes de las flores y de María. Que sentimiento más inmenso de gozo cuando miraba al cielo al escuchar el griterío de las primeras golondrinas. Ellas me anunciaban la cercanía del verano, de la verbena de Sant Juan, de la llegada de mi cumpleaños…

 

Durante el invierno la Tierra inerte, gesta en silencio el verde brillante que lucen, con su máximo esplendor, los árboles a mediados de mayo. La Madre Tierra está viva y, desde siempre, nos nutre y nos sostiene. En mi y en ti está la posibilidad de elegir la confianza, la gratitud de sentirse próspero y amado.

 

Me gusta imaginar que, de alguna manera, somos creadores de nuestra propia realidad, por eso es tan vital ahora, en tiempos de turbulencias y tormentas personales y colectivas, evocar el poder de la solidaridad, de bendecirnos a nosotros mismos y a los demás, de crear destellos de cariño y armonía. Al final lo que damos es lo que nos queda. Y eso empieza con ser buenos y honestos con nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

RITUALES PARA EL ALMA

 

 

Antes de que desconectasen a nuestro hijo Ignasi, buena parte de la familia pudo despedirse de él. Luego, cuando pude verle ya muerto, me di cuenta que su esencia vital ya no estaba allí. Agradezco infinitamente haber podido vivir estos pasos, porqué cada uno de ellos me sirvió.

 

Ahora, que debido a la pandemia, esto ha cambiado tanto, siento la necesidad de acompañar con la intención a las almas que se van sin el consuelo de la cercanía de sus seres queridos.

 

La energía no se crea ni se destruye y a mi me gusta hablar con la esencia de mis seres queridos que han partido, acariciarles, abrazarles y animarles a que sigan su camino, Me ayuda imaginar que estánn bien, allá dónde estén y les pido que sean felices.

 

Eso no quita el dolor desgarrador que produce la separación física del ser que amas. Es largo el camino de la aceptación de no volver a verle. A eso se suma ahora la desazón de que el ser querido haya partido solo, aunque las enfermeras, las mujeres de la limpieza y los médicos suelen actuar como ángeles durante estos días.

 

Las cosas son como son, ¿verdad? pero siempre podemos acercarnos a los que ya no están con los rituales que a cada uno le salgan del corazón. Nos reconfortarán a nosotros y a los que se han ido.

LA VIDA VA A SU AIRE

 

 

 

 

En estos tiempos de incertidumbre es fácil que asome el miedo, nunca antes habíamos vivido nada parecido y el horror que acompaña a esta pandemia, posiblemente se sume a nuestros propios temores y reabra viejas heridas.

 

Por eso, porqué vivimos una situación extrema, es bueno recordar que la vida va a su aire, es incontrolable y, cuánto más nos resistamos a ella, cuánto más insistamos en volver a lo de antes, más grande será nuestro desconsuelo.

 

No estoy hablando de resignarnos, no, eso solo trae amargura, me refiero a remar a favor de la corriente, a aceptar que estamos en proceso de cambio y echar mano de la paciencia con uno mismo y con la situación que tengamos.

 

 

La paciencia contiene ternura, crea armonía, es como dejarse llevar con dulzura, sin esfuerzo, con la intención puesta en mirar con cariño lo inevitable, como una experiencia de vida más.

 

Cuando consigo ver la existencia así, casi siempre disminuye mi ansiedad, se afloja esa desagradable sensación de alarma que contamina el aire y percibo en su lugar algo de paz. La situación es la misma, pero yo me siento mejor, no sé, distinta, más ligera y puedo acercarme con una mirada más amorosa a los demás.

 

Ese bienestar dura lo que dura, pero aunque sea poquito, se convierte en el trampolín que nos ayuda a levantarnos.

 

DE ORUGA A MARIPOSA

 
 
Duele mucho la pérdida de un ser al que adoramos. Tanto, que a menudo nos parece más fácil y liberador morir que seguir viviendo. Seguir adelante es una decisión personal que, por el simple hecho de abrazarla con convicción y el corazón abierto, activa en nuestro interior un proceso de transformación que abre en nuestra vida infinitas posibilidades.
 
Durante esta metamorfosis, ese paso de oruga a mariposa, no estamos solos, aunque a veces nos lo parezca. Hay tantas cosas que no vemos, pero sin embargo existen. En los momentos de crisis vitales nuestros guías, los maestros ascendidos, nuestra parte divina y todos los seres que nos aman hacen horas extras. “Dios no juega a dados con el universo”, decía Einstein, el plan es perfecto, aunque, a veces, aquí en la tierra no veamos claro el guión.
 
Por eso es bueno buscar un lugar tranquilo, aparcar por unos minutos el desespero y, con la mano en el pecho limitarse a sentir ese calorcito de amor que nos mantiene unidos y confiar. Sé que llevamos siglos poniéndonos en lo peor, esa suele ser la dinámica predominante en nuestras sociedades, pero, desde luego, no resulta la más eficaz. Nadie se cura poniendo sal en la herida. El bálsamo para los corazones rotos es el cariño, la suavidad, la gratitud, el perdón, la ternura…
 
Recuerda todas las veces que has sacado fuerzas de la nada para levantarte, que has preparado la comida, que has ido al trabajo, que has sonreído a un niño, que has cuidado de tus hijos, de tu padre, de tu madre, de algún amigo. Que incluso sintiéndote triste, enfadada, confusa, perdida has seguido adelante. Eres una heroína, no te quepa la menor duda y te mereces un gran homenaje. Siente como te aplaude el universo entero.

NADIE SE VA Y NADA SE PIERDE

 

“He perdido a un hijo”, le dije a un hombre sabio la primera vez que lo visité al empezar mi duelo. Y me contestó que eso era imposible, que nadie ni nada se pierde. “En realidad, tu hijo nunca ha estado lejos de ti, porqué todos somos uno y él forma parte de tu corazón».

La seguridad con que hablaba el señor Josep de que la muerte no existe, de que lo que llamamos morir solo afecta al cuerpo, que es solo un paso a un nuevo renacer, me ayudó mucho. Esa certeza ha florecido poco a poco en mi corazón. A diario constato que el amor que siento perdura, va más allá de la muerte. Aunque en dimensiones distintas, estamos unidos por lazos de amor con nuestros seres queridos.

Nuestro cariño está con ellos siempre, así como el suyo está dentro de nosotros. Eso es fantástico, tan solo tenemos que hacer grande nuestro amor para sentirlos cerca. Eso no quita el dolor y la tristeza por no verles ni abrazarles, pero da mucho consuelo, verdad? Seguir el rastro del amor, cuando todo está oscuro, es una buena opción, es sanadora.

Los seres que han partido antes que nosotros, se llevan todo el amor que les hemos dado y nosotros nos quedamos con todo el que de ellos hemos recibido. Eso seguro. Y a mi me parece que a medida que vamos aprendiendo a querernos –que es uno de los aprendizajes del duelo- ellos también se van enriqueciendo. Nadie se va, y nada se pierde.

RECUERDA QUE ERES LUZ

 

 

Cuando empecé a “espiar” mis pensamientos me di cuenta de que yo era mi principal enemiga. ¡Con cuánta dureza nos criticarnos¡ No solemos tener una buena opinión de nosotros mismos.

 

Es una verdadera pena porqué estoy convencida de que somos seres preciosos, llenos de amor y luz. En parte es lógica nuestra ignorancia porqué al nacer nos cubre el velo del olvido.

 

Nuestra misión aquí es recordar que somos chispitas de amor en estado puro, pero son tantas las capas de miedo que nos cubren que cuesta llegar a la esencia de lo que somos.

 

Por eso propongo que actuemos “como si”, hasta irnos acostumbrando a lo que realmente somos; seres bondadosos, amorosos, generosos, solidarios, llenos de ternura y belleza.

 

Somos capaces de sentirnos mejor cuando actuamos “como si” nos sintiéramos reconocidos, valiosos, poderosos, “como si” el amor fuera seguro y la vida gozosa.

 

Todo eso tan bonito que vemos en algunas personas, lo llevamos todos dentro. Resulta gracioso que busquemos fuera lo que guardamos en nuestro interior, sin saberlo.

 

Por eso el silencio resulta tan reconfortante. Cuando estamos, sin prisas, con nosotros mismos, sin distracciones, quizá entre medio de mil pensamientos terroríficos, aparecen destellos de luz, que nos dan alas para seguir adelante.

 

Por eso también los desafíos de la vida, como los grandes duelos, se convierten en magníficas oportunidades. Nos permiten despertar, sacar el piloto automático y responsabilizarnos de nuestra propia existencia. Eso nos devuelve el poder, nos hace libres.

 

Empieza por agradecerte todo lo que has conseguido desde que naciste. Date las gracias por cada día de que te has levantado desde que murió tu ser querido. Felicítate por todo lo que has conseguido hasta ahora.

 

Sí que puedes, eres muy capaz y te lo mereces.

 

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