CONFIANZA

DE ORUGA A MARIPOSA

 
 
Duele mucho la pérdida de un ser al que adoramos. Tanto, que a menudo nos parece más fácil y liberador morir que seguir viviendo. Seguir adelante es una decisión personal que, por el simple hecho de abrazarla con convicción y el corazón abierto, activa en nuestro interior un proceso de transformación que abre en nuestra vida infinitas posibilidades.
 
Durante esta metamorfosis, ese paso de oruga a mariposa, no estamos solos, aunque a veces nos lo parezca. Hay tantas cosas que no vemos, pero sin embargo existen. En los momentos de crisis vitales nuestros guías, los maestros ascendidos, nuestra parte divina y todos los seres que nos aman hacen horas extras. “Dios no juega a dados con el universo”, decía Einstein, el plan es perfecto, aunque, a veces, aquí en la tierra no veamos claro el guión.
 
Por eso es bueno buscar un lugar tranquilo, aparcar por unos minutos el desespero y, con la mano en el pecho limitarse a sentir ese calorcito de amor que nos mantiene unidos y confiar. Sé que llevamos siglos poniéndonos en lo peor, esa suele ser la dinámica predominante en nuestras sociedades, pero, desde luego, no resulta la más eficaz. Nadie se cura poniendo sal en la herida. El bálsamo para los corazones rotos es el cariño, la suavidad, la gratitud, el perdón, la ternura…
 
Recuerda todas las veces que has sacado fuerzas de la nada para levantarte, que has preparado la comida, que has ido al trabajo, que has sonreído a un niño, que has cuidado de tus hijos, de tu padre, de tu madre, de algún amigo. Que incluso sintiéndote triste, enfadada, confusa, perdida has seguido adelante. Eres una heroína, no te quepa la menor duda y te mereces un gran homenaje. Siente como te aplaude el universo entero.

NADIE SE VA Y NADA SE PIERDE

 

“He perdido a un hijo”, le dije a un hombre sabio la primera vez que lo visité al empezar mi duelo. Y me contestó que eso era imposible, que nadie ni nada se pierde. “En realidad, tu hijo nunca ha estado lejos de ti, porqué todos somos uno y él forma parte de tu corazón».

La seguridad con que hablaba el señor Josep de que la muerte no existe, de que lo que llamamos morir solo afecta al cuerpo, que es solo un paso a un nuevo renacer, me ayudó mucho. Esa certeza ha florecido poco a poco en mi corazón. A diario constato que el amor que siento perdura, va más allá de la muerte. Aunque en dimensiones distintas, estamos unidos por lazos de amor con nuestros seres queridos.

Nuestro cariño está con ellos siempre, así como el suyo está dentro de nosotros. Eso es fantástico, tan solo tenemos que hacer grande nuestro amor para sentirlos cerca. Eso no quita el dolor y la tristeza por no verles ni abrazarles, pero da mucho consuelo, verdad? Seguir el rastro del amor, cuando todo está oscuro, es una buena opción, es sanadora.

Los seres que han partido antes que nosotros, se llevan todo el amor que les hemos dado y nosotros nos quedamos con todo el que de ellos hemos recibido. Eso seguro. Y a mi me parece que a medida que vamos aprendiendo a querernos –que es uno de los aprendizajes del duelo- ellos también se van enriqueciendo. Nadie se va, y nada se pierde.

RECUERDA QUE ERES LUZ

 

 

Cuando empecé a “espiar” mis pensamientos me di cuenta de que yo era mi principal enemiga. ¡Con cuánta dureza nos criticarnos¡ No solemos tener una buena opinión de nosotros mismos.

 

Es una verdadera pena porqué estoy convencida de que somos seres preciosos, llenos de amor y luz. En parte es lógica nuestra ignorancia porqué al nacer nos cubre el velo del olvido.

 

Nuestra misión aquí es recordar que somos chispitas de amor en estado puro, pero son tantas las capas de miedo que nos cubren que cuesta llegar a la esencia de lo que somos.

 

Por eso propongo que actuemos “como si”, hasta irnos acostumbrando a lo que realmente somos; seres bondadosos, amorosos, generosos, solidarios, llenos de ternura y belleza.

 

Somos capaces de sentirnos mejor cuando actuamos “como si” nos sintiéramos reconocidos, valiosos, poderosos, “como si” el amor fuera seguro y la vida gozosa.

 

Todo eso tan bonito que vemos en algunas personas, lo llevamos todos dentro. Resulta gracioso que busquemos fuera lo que guardamos en nuestro interior, sin saberlo.

 

Por eso el silencio resulta tan reconfortante. Cuando estamos, sin prisas, con nosotros mismos, sin distracciones, quizá entre medio de mil pensamientos terroríficos, aparecen destellos de luz, que nos dan alas para seguir adelante.

 

Por eso también los desafíos de la vida, como los grandes duelos, se convierten en magníficas oportunidades. Nos permiten despertar, sacar el piloto automático y responsabilizarnos de nuestra propia existencia. Eso nos devuelve el poder, nos hace libres.

 

Empieza por agradecerte todo lo que has conseguido desde que naciste. Date las gracias por cada día de que te has levantado desde que murió tu ser querido. Felicítate por todo lo que has conseguido hasta ahora.

 

Sí que puedes, eres muy capaz y te lo mereces.

 

NADA ES LO QUE PARECE

 

 

Cada vez estoy más convencida de que todo tiene múltiples lecturas y que la sabiduría consiste en no pasar por alto la que más nos enriquece el alma.

Por ejemplo, hace casi tres semanas me torcí el tobillo, caí y me rompí un hueso, el quinto metatarso del pie izquierdo. Arrastraba una fatiga de meses (quizá de años) y el Universo ha decidido pararme.

Primero, me enfadé; tenía muchas cosas que hacer, no podía estar tumbada en el sofá todo el día. Pero luego he ido comprobado el regalo inmenso que supone estar conmigo misma, aparentemente sin hacer nada.

Agradezco infinitamente este “accidente” que me permite practicar, sin distracciones, el propósito de mi alma que no es otro, en última instancia, que quererme, tratarme con dulzura y mirarme con compasión, que nada tiene que ver con la pena. No soy víctima de nada, más bien me siento afortunada.

El parón obligatorio me está permitiendo, sobre todo, indagar a mis anchas en mis antiguos recelos con una mirada más amorosa, sin presión ni culpa. Me encantaría saberlo hacer de otra manera, pero de momento acepto que es como es y no como me gustaría y está bien que así sea.

“El plan es perfecto”, aunque a veces nos cuesta lágrimas de sangre entenderlo y no me refiero ahora al pie roto, sino a la muerte de mi hijo Ignasi. Antes de nacer, probablemente pactamos lo mejor para nuestra evolución y la de las almas que amamos.

Luego, aquí, en la tierra, no entendemos nada, pero ahora que he dejado atrás el desgarro lacerante de mi duelo solo puedo que agradecer a Ignasi su inmensa generosidad por lo que nos ha enseñado a todos en casa. Su muerte nos ha permitido desplegar nuestras alas. Nadie, sin duda, quiere pagar un precio tan alto, lo sé, pero como no hay vuelta atrás, sí podemos honrarlos creando amor, en vez de resentimiento.

Si optamos por crear un mundo mejor, a pesar de los pesares, todos saldremos ganando, porqué la muerte no existe, el alma es eterna, somos chispitas divinas, aquí y en otro lado, y el amor nunca cae en saco roto. La energía no se crea ni se destruye, resuena hasta en el último confín del Universo. De eso habla el libro que estoy leyendo “El plan de tu alma”, de Robert Schwartz (https://yolyor.files.wordpress.com/2015/09/el-plan-de-tu-alma-robert-schwartz.pdf). Os lo recomiendo.

 

LAS MUJERES DE LA FAMILIA

 

Hoy es mi santo y como me llamo como mi madre y mi abuela materna, los 24 de setiembre de buena parte de mi vida han sido días de fiesta grande. Por eso hoy tengo una vela encendida que me une a ellas.

 

Pero no solo compartimos el nombre, en general, las mujeres de una misma familia nos pasamos unas a otras la manera de mirar a nuestros hijos, de estar en la vida, de sentir el paso del tiempo, de envejecer bien o mal.

 

Gracias a ellas y a todas las que nos han precedido, estoy yo aquí y todo lo bonito que pueda surgir de mi se lo dedico, se lo debo por sus desvelos, mis buenos momentos las honoran. Aunque llevan años muertas, sé que se sienten contentas si consigo, con su permiso, ir un poco más allá de dónde llegaron ellas.

Si dónde hubo sufrimiento yo, aunque sea con miedo, consigo dispersar la niebla, aunque sea un poco, nos alegra y lo disfrutamos todas..

TRATARNOS CON DULZURA

Cuando atravesamos una noche oscura del alma, por la muerte de un ser inmensamente querido o por cualquier otra razón o incluso sin motivo aparente, suele ser un bálsamo la ternura. Tratarnos con dulzura, aunque se nos olvida a menudo, resulta imprescindible para remontar el vuelo.

 

Sin embargo, cuando estamos mal en vez de reconfortarnos con un abrazo imaginario y palabras amorosas a menudo aflora en nuestro interior la voz severa de un fiscal implacable, capaz de hundir a cualquiera.

 

Cuando la mente se desboca y juega en contra en vez de a favor nuestro, casi siempre hay detrás un empacho de emociones, de creencias caducas, de heridas profundas, de fidelidades mal entendidas.

 

No es momento de culparnos, ni a nosotros ni a nadie, creo que la salida está en comprender que se trata de un nuevo desafío de amor, porqué solo amando lo que no nos gusta, lo que nos irrita, lo que nos da miedo, lo que nos duele de nosotros mismos empieza nuestro renacer.

 

La vida nos propone cambios que nunca hubiésemos elegido, NUNCA, pero creo, de corazón, que no es por maldad, al contrario, la finalidad es ampliar nuestra mirada, despojarnos de lo inútil y quedarnos con lo esencial, que es expandir ese amor que todos llevamos dentro.

 

 

NO ES NECESARIO SOSTENER EL MUNDO

 

Hay años en que el alma decide hacer limpieza general, como cuando se voltea la casa para dejarla como una patena antes de los días de fiesta grande.

 

Nosotros nos resistimos, claro, a casi nadie le gustan los cambios y no es lo mismo arreglar un armario que ponernos a revisar nuestras creencias caducas, nuestros fantasmas más íntimos, nuestro miedo ancestral…

 

En los periodos de crisis vital (la muerte de un ser inmensamente querido, la separación de la pareja, la pérdida de salud, etc.) el alma empieza a movilizar con la fuerza de un terremoto todo lo que nos sobra. Pero no solo ocurre cuando algo externo y extremo nos sucede, no.

 

A las personas miedosas, como yo, esas que nos acomodamos con tanta facilidad a lo conocido y nos cuesta horrores salir de nuestra “zona de corfort”, el alma nos sacude periódicamente para “echar una mano” y ayudar a que se cumpla la evolución prevista.

 

En general, -afirman algunos expertos como la terapeuta Marie Lise Labonté-, a cada uno su alma le da un empujoncito de los 5 a los 7 años, de los 10 a los 13, de los 18 a los 22, de los 27 a los 31, de los 38 a los 42, de los 59 a los 62, de los 68 a los 72, de los 78 a los 81 y de los 99 a los 103 años.

 

Cuanto más nos resistamos a esa evolución, a esa limpieza, más grande el miedo, la ansiedad, la angustia, la tristeza y la rabia, igual que cuando estamos en duelo. En realidad, a nuestras heridas anteriores (algunas tan profundas como la muerte de un hijo) se suma el desasosiego que produce intentar evitar (inconscientemente) que muera una parte nuestra. Pero el alma y nuestra parte sabia son amorosamente firmes. Es necesario liberar para que entre aire nuevo, igual que caen las hojas en otoño y se siegan los campos a principios del verano.

 

¿Y cómo se limpia uno por dentro? Con mucha paciencia, eso primero y luego lo que hago yo es aporrear cojines o lo que sea para sacar la rabia que acumulo desde pequeña, pero que cogió proporciones gigantescas cuando murió mi hijo Ignasi.

 

También hablo con mi ego, con ese juez implacable que me pone en lo peor a la mínima que me descuido (que si no vas a poder, que si no te lo mereces, te vas a enfermar, que si a mis seres queridos les va a pasar algo y mil negaciones más). Le digo que muchísimas gracias, que le quiero, pero que deje de dar la lata y se ponga a mi favor, que no pasa nada por cambiar que voy a seguir queriéndolo hasta mi último suspiro.

 

Cuando abrimos las manos y damos el primer paso estamos ya acunando la energía del cambio, aunque la casa parezca más “patas para arriba” que nunca. La clave, he podido comprobar, es el amor hacia nosotras mismas, insistir en la ternura, en la compasión, en la confianza en que no estamos solas, una fuerza más grande nos sostiene y el Universo conspira siempre, siempre a nuestro favor.

 

No es necesario que sostengamos el mundo, tan solo que aprendamos a nutrirnos a nosotras mismas. Eso mejorará sensiblemente nuestra existencia y la de nuestros seres queridos.

 

 

 

 

 

TODO PASA

Uno de los regalos que atesoro de mi gran duelo es la certeza de que “todo pasa”, aunque parezca absolutamente imposible cuando estamos inmersos en plena tormenta. Cuando estamos mal, estamos mal y cuesta imaginarnos bien, ¿verdad?

 

No se trata de que el tiempo lo cura todo, no, no es eso. El tiempo por sí solo no arregla nada, incluso diría que ahonda el sufrimiento, lo esconde, lo enquista.

El “Todo pasa” al que me refiero requiere, de nuestra parte, la voluntad de sentir lo que sea que en nuestro presente estemos sintiendo, sin rehuir, aferrarnos o criticarnos, ni por supuesto, culpar a los otros de nuestro desasosiego.

 

 

La intención es dejar que el impulso de la vida tome las riendas y nosotros limitarnos a escuchar qué nos quiere decir el alma a través del cuerpo. ¿Hay tensión? Buscamos entonces un terapeuta que nos ayude a liberarla o salimos a andar, o nos vamos a nadar o le pedimos con dulzura a esa parte que se afloje y si conviene la ayudamos arrancando a llorar hasta adormecernos, como los niños. O damos golpes con algo duro para que la rabia encuentre una buena manera de desaparecer.

 

 

 

Si hay miedo podemos recordarnos todas las veces que hemos hecho algo muertas de miedo y le hemos podido dar la vuelta al marcador y salir fortalecidas. El miedo da miedo, no es agradable, lo sé pero forma parte de nosotros, es tan natural como la vida misma sentirlo.

 

 

¿Nos quedamos sin fuerzas? Si es así, nos entregamos al cansancio. Nuestro cansancio es humano. Poco a poco, sin apresurarnos podemos permitirnos ir soltando esas maneras de hacer que nos pesan tanto!! Cada uno arrastra las suyas. En mi caso suelen tener que ver con el control, la rigidez, la exigencia…

 

 

Y así, después de momentos, días o meses de desespero, llegan momentos de conexión sagrada. Volvemos al amor, que es lo contrario del miedo. Y aparece ante nosotros la belleza de la vida y desaparecen los horrores o, al menos, no nos hieren tanto.

 

 

Sintonizamos, entonces, con la ilusión de estar presentes, de iniciar un nuevo día, de disfrutar de la riqueza del nuevo oasis. Sabiendo que todo pasa, lo bueno y lo malo y, mientras estamos en calma podemos echar una mano a los que se encuentran en pleno desierto.

 

EL PODER DE LOS ABRAZOS

 

A mi me parece que cuando nos abrazamos con el alma caen las máscaras, se desvanecen los miedos y una dulce calidez nos envuelve.

 

Los abrazos sinceros, largos, sentidos nos arropan desde el corazón cuando estamos en duelo. El contacto físico, la proximidad del otro nos calma, y, a menudo, ofrece más sosiego que las palabras.

 

Esos abrazos que dan paz, que nos transmiten memorias ancestrales de ternura, son un bálsamo al que siempre podemos recurrir, si dejamos de lado el velado temor de sentirnos plenamente humanos y en comunión.

 

Al fin y al cabo todos, en algún momento de nuestras vidas, nos sentimos huérfanos de ternura y necesitamos, más que el aire, ese abrazo amoroso que tiene el poder de aliviar la desazón que, a veces, nos produce estar vivos.

 

 

 

 

CON DELICADEZA

 

Cuando pasamos periodos convulsos, de esos que requieren un gran cambio interno, las emociones campan a sus anchas, sobre todo el miedo.

La inquietud, la sensación de estar siempre “en modo” alerta es agotadora, nos quedamos sin apenas fuerzas y es fácil que la negatividad, el “no voy a poder” afloren.

 

 

Cuando la mente nos remite a pensamientos terroríficos, como caballo desbocado, es el momento de tomar las riendas con firmeza y sin críticas, con delicadeza.

 

 

Cada uno de nosotros vale su peso en oro, esté bien o esté mal, por el simple hecho de ser. ¡Cuánto cuesta darse cuenta que no hay condiciones para amarse!

 

 

De pequeños, percibimos o nos parece que nos van a querer más si… (soy buena, obediente, complazco a los demás, siempre digo que sí, estudio o trabajo en tal o cual cosa, si estoy pendiente o sufro por los demás, si tengo éxito o dinero… no sé, las posibilidades son infinitas). Ante tanta exigencia, ¿dónde queda nuestra verdadera esencia?

 

 

Es bueno liberar el grano de la paja y ser sinceros con nosotros mismos, pero sobre todo conviene echar mano de la suavidad, de la ternura, de la delicadeza.

 

 

Nunca va bien, pero cuando se está mal el alma agradece infinitamente dejar la rudeza y la descortesía y ser benevolentes con nosotros mismos. Esa es la manera de atar en corto a la mente, de conseguir darle la vuelta y que juegue a nuestro favor, en vez de en contra.

 

 

Así poco a poco, resurgen los pensamientos de gratitud y en lugar de presión en el pecho o dolor en la espalda sentimos ese calorcito en el corazón, ese hilo invisible de amor que nos une a todo.

 

 

Rebrota la confianza, reaparece ante nosotros la belleza. La tempestad ha terminado. Y entonces, aunque no nos guste, comprendemos que, a menudo, el miedo nos sitúa en el camino de la luz.

 

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