CONFIANZA

MIRAR AL CIELO

 

 

Quién más quien menos anda con prisas, hay como una urgencia colectiva, un hábito de impaciencia que nos domina.

 

El día a día va tan rápido, sobre todo en las ciudades, que pocas veces atinamos a parar y alzar la vista al cielo.

 

Observar el paso de las nubes, el azul intenso, los rayos dorados o el gris plomizo nos serena, nos ayuda a vivir el presente y diluir el miedo al futuro o la inquietud por el pasado.

 

Contemplar el cielo, con los pies bien anclados en la madre Tierra, es una terapia gratuita y fácil que nos conecta, por un lado, con la fuerza inmensa de nuestro planeta y, por el otro, con nuestras raíces celestes.

 

¿Quién no ha sentido la calidez de formar parte de algo Grande mirando un cielo estrellado, una puesta de sol, un amanecer dorado?

 

En mis primeros tiempos de duelo me reconfortaba andar descalza por la playa o el campo. Pisar arena y tierra, con los pies desnudos me ayudaba a incrementar mi poca energía y a estar más presente.

 

 

Cuando miro al horizonte o simplemente levanto la mirada hasta posarla en el cielo percibo, con mayor facilidad, esa unión sagrada que me acerca a mis seres queridos muertos con dulzura, sin drama.

 

 

Al fin y al cabo mi parte sabia bien comprende que la muerte no es más que un nuevo comienzo, que el amor es eterno y que el plan es perfecto.

 

 

¿TE PERMITES SOSTENER LA ALEGRÍA?

 

Recuerdo que al principio de mi gran duelo, de repente, en medio del dolor que lo cubría todo como una niebla espesa, sentía destellos de luz, de alegría o de amor en estado puro que duraban nada, pero de tal intensidad que, seguramente, impedían que me muriera.

 

Esos destellos eran como agua en el desierto, como el faro que nos guía en medio de la tormenta. ¿Cómo podía hacerlos grandes y que duraran?

 

No sabía entonces que la alegría es una actitud, ni tampoco era consciente que yo, por mi forma de ser, me sentía más cómoda en la ansiedad y la tristeza.

 

La alegría se me escurre como agua entre las manos, no sé muy bien cómo sostenerla. Quizá hay en mi alguna creencia antigua que me hace sentir que traiciono al mundo y de paso a todos mis ancestros si me siento contenta. A eso he decidido darle la vuelta porqué ahora sé que la alegría sale de dentro, se convierte en un hábito y resulta muy contagiosa.

 

No traiciono a nada ni a nadie si sostengo mi alegría, al contrario planto así buenas semillas que, con suerte, florecerán en el corazón de los que quiero. Me encantaría dejar, cuando me muera, una gran cantidad de alegría para mis hijos, mi nieto y todo aquel que la quisiera.

VIAJAR EN TREN

 

A mi me encanta viajar en tren, dejarme mecer por el paisaje, sin nada más que hacer que estar conmigo misma y soñar.

 

Pasar por lugares que desconozco, contemplar, arropada tras la ventana, retazos de escenas para otros cotidianas, dejarme llevar con la seguridad de que arribaré a mi destino sin esfuerzo.

 

 

Ir en tren podría ser una metáfora de la vida, al fin y al cabo, todos sabemos que vamos a morir, ese es nuestro destino, el cierre de este viaje en la Tierra.

 

En cambio, con qué facilidad solemos olvidar que lo esencial no está en nuestras manos. La ilusión del control nos impide, a menudo, disfrutar del paisaje, de la gente que conocemos, de los días de sol, de la generosidad de la lluvia.

 

Sí, es verdad, muchas veces durante el recorrido, mueren seres inmensamente queridos, nos separamos de una pareja con la que contábamos pasar el resto de nuestra vida o nos arruinamos y, en ocasiones, incluso es posible que nos ocurra todo a la vez. Hay duelos grandes, que nos dejan profundamente heridos.

 

Podemos aferrarnos al dolor durante años, es una opción, somos humanos y estamos destrozados. Pero yo, que he vivido el desgarro de la muerte de un hijo, sé que es tan malo rehuir el dolor como anclarnos en él. Eso no favorece a nadie.

 

Como en el tren, a veces en el viaje de la vida pasamos por paisajes áridos a los que le siguen otros más verdes, más hermosos.

 

HAY UN MUNDO POR DESCUBRIR

 

Probablemente ahora el dolor te ahoga, tu realidad ha estallado en mil pedazos y tienes miedo. Así comienzan los grandes duelos, esos que nos dejan a años luz de lo conocido.

 

Han saltado por los aires tus falsos amarres y, por eso, aunque no lo creas, se vislumbra ante ti la maravillosa posibilidad de conectar con la fuente, contigo misma, con la esencia.

 

No busques fuera, el camino que te conducirá a la otra orilla se encuentra dentro de ti. Eres tú la única que puede iluminar con dulzura tu lado oscuro.

 

Abre tu corazón y deja que las buenas personas te sostengan cuando desfallezcas. Déjate envolver por lo que sientes. No te resistas al dolor, tan solo atraviésalo agradeciendo su poder transformador. No vas a volverte loca. No.

 

Vas a explorar otros lados de la vida, vas a despojarte de creencias caducas, de memorias familiares antiguas que, en su momento quizá fueron útiles pero ya no lo son, no te sirven.

 

No traicionas a nadie ni a nada si decides ampliar, con amor, tu mirada. ¡Hay tanto por hacer y es tan necesario contribuir, con cariño, a crear entre todos un mundo mejor!

 

No se trata de sumar nuevas responsabilidades, al contrario, deshazte de los “deberías”, a partir de ahora olvídate del “deber” y empieza el día con la ilusión de sentir destellos del placer. Recuerda la ilusión de los días felices de cuando eras niña.

 

Tal vez estés triste, resentida o amargada o todo a la vez, pero si sigues creyendo que la vida o quien sea te trata mal, vas a sumar un calvario a la ya de por sí difícil travesía del duelo.

 

Hay otros mundos más alegres y tus seres queridos muertos soplan las velas de tu barca para que arribes a buen puerto y los reencuentres.

En el fondo sabes que solo el amor merece la pena. No importa que lo olvides a menudo ellos, los que ya no está aquí, siguen y estarán siempre en tu corazón para recordártelo. El Universo entero conspira a tu favor, dalo por hecho.

 

Para encauzar el rumbo tienes el perdón, la gratitud, la amabilidad, la belleza del amanecer, del atardecer, del cielo nublado, del mar, de los árboles, de las miradas inocentes y traviesas de los niños, la música, la escritura, la pintura, el placer de crear hogar cocinando si te gusta, las caricias, los abrazos, las sonrisas, tu valentía aunque tengas miedo, la paciencia contigo misma… No te quedes con lo malo, simplemente acúnalo con suavidad hasta que se desvanezca. ¡Hay tanto bueno por descubrir!

 

ACOMPÁÑATE CON DULZURA

 

 

En mis días más claros, puedo estar triste y contenta, infinitamente cansada y feliz, acelerada y en paz.

 

 

En esos momentos de lucidez, doy la mano con suavidad a las dudas, los temores, las mil y una emociones que guardo muy adentro, a la fatiga de siglos de dolor y desencuentros…

 

 

En esos momentos de lucidez, con dulzura, me acompaño y sé, con certeza, que estoy, dónde tengo que estar: conmigo misma y sin censura.

 

 

En esos momentos de lucidez es como si se hubiese rasgado un velo y, detrás, surgen destellos de belleza, de compasión, de agradecimiento, de amor.

 

 

Es entonces cuando siento que no hay separación entre vivos y muertos, ni entre tu y yo. Todo está en mi. En los días claros el yo desaparece y me convierto en vida.

 

En esos momentos de lucidez sé que todo pasa, que la vida es de por sí cambiante, que viviré nuevas tempestades, que me encontraré en otros desiertos.

 

 

Sí, pero también sé que cuando deje de resistirme y pueda acompañarme con dulzura se rasgará otro velo y otro y así hasta que muera.

 

EL GRAN TEATRO DE LA VIDA



A mi me parece que con una vida, aunque sea larga, no da tiempo a comprender casi nada. Me explicaré: Durante mi infancia todo me resultaba tan nuevo como incomprensible y mágico. En cambio, durante la adolescencia y buena parte de mi juventud me sentí, a menudo, en posesión de la verdad absoluta. Fueron tiempos en que no había matices; o era blanco o negro. Cuando empecé a vislumbrar que no era exactamente así, fui madre y entonces intuí que me faltaba muchísimo por aprender, que era una ignorante en lo que realmente importa, que sabía muy poco de mi y de los demás. Cuando comenzaba a adaptarme al papel de la maternidad, vino la muerte de Ignasi y volví a quedarme a cero, sin recursos, en un inmenso vacío.


Ahora, que soy abuela, con más perspectiva, me doy cuenta que todo es tan cambiante, que no alcanza una sola función para aprender a vivir. ¡ Hay tantas variables! Por eso, me gusta imaginar que nada acaba con la muerte, que tengo infinidad de oportunidades para regresar y experimentar, que el Universo, generoso, nos ofrece la posibilidad de volver a los escenarios y representar a diversos personajes de esa obra magistral que llamamos humanidad.  De esa forma, quizá, con tantas representaciones nos hacemos un poco más sabios. No sé, tal vez…


Es emocionante soñar que el regreso a ese gran teatro incluye el reencuentro con mis seres queridos que partieron antes. Tal vez no hemos coincidido mucho tiempo aquí, en esta vida, pero entre bambalinas podemos volver a abrazarnos.

LA ALEGRIA DE DAR

 

 

Solemos ir a menudo con el piloto automático hasta que la vida nos para de golpe. De repente, muere alguien muy querido, nos diagnostican una enfermedad grave, nos quedamos sin trabajo, nos separamos de nuestra pareja o entramos en una crisis vital profunda sin motivo aparente y nuestra “seguridad” se esfuma. Nos sentimos perdidos, no sabemos quién somos, qué nos gusta, cómo continuar amando la vida.

 

Si queremos seguir adelante, con honestidad, sin trampas, vamos a necesitar parar y mirar en nuestro interior. Probablemente nos asustará enfrentarnos a nuestros miedos, a todo lo que hasta entonces habíamos ignorado. Suele ser así, es necesario, aunque no es nada agradable.

 

Nos encontramos ante una oportunidad de reinventarnos y eso conlleva prestar atención a lo que pensamos, a lo que sentimos, a lo qué decimos, de qué manera nos tratamos. Es fácil descubrir que, con frecuencia, somos nuestros peores enemigos. Aprender a quererse sin condiciones es una posibilidad que nos brindan los duelos.

 

A mi me ayudó y me ayuda mucho crear “momentos sagrados”. Me refiero a quedarme quieta, delante de lo que antes exigía de mí una respuesta inmediata de la que, generalmente, me arrepentía más tarde. Pero, sobre todo, lo que me produce un inmenso bienestar es fijarme en la parte amable de las personas y ser afable conmigo misma.

 

Me encanta la magia que conlleva sentirse útil. La generosidad tiene un doble sentido; hace feliz al que da y al que recibe. Tengo la impresión de que el Universo tiende al equilibrio y lo que ofreces por un lado, aparece, posiblemente multiplicado, tarde o temprano en otro.

 

Dar, sin esperar nada a cambio, produce mucha alegría, por eso es bueno aceptar lo que los demás nos regalan, para no privarles de la satisfacción de ofrecer. Eso no tiene nada que ver en buscar la aprobación o el cariño de los demás, dejándonos a nosotras de lado. No, si pretendemos dar amor, primero tenemos que sentirnos absolutamente merecedoras de recibirlo. Al final todo lo que damos es lo que nos queda.

PALABRAS DE AMOR

 

 

Abraza tu mente y, cuando se entregue con dulzura a tus caricias, acúnala en tu corazón. Allí, en el refugio de tu pecho es fácil hablarte a ti misma con amor.

 

En ese espacio sagrado puedes ser sincera y dejar que brille tu inmensa fragilidad, tu infinita valentía, tu miedo a vivir o a morir, la ilusión de desperar en calma, con sosiego cada día.

 

Aunque ruja la tormenta y la fuerza del viento sea inmensa, ten paciencia, enciende una velita al amparo de la calidez de tu esencia y descansa.

 

No estás sola, el amor te acompaña, permítele que te ampare, escúchale en silencio. Déjate abrigar por el impulso de la vida, no te compares con nadie, siente la fuerza de tus ancestros y recuerda las veces que te has levantado, agradece las manos que te han sostenido…

 

No temas, el Universo entero te protege, tan solo concédete una tregua para sentir la vida. Da igual lo que digan o piensen los demás, sácate ese peso de encima.

 

Mírate al espejo y sonríele con complicidad a tu alma. Tu luz es preciosa y lo sabes, no te sonrojes. No pretendas tampoco ignorar los celos, la rabia, la envidia, la desazón, la falta de sentido, el cansancio, lo que sea que muestre también tu reflejo. Simplemente observa, no hay nada a corregir en este momento. Eres infinitamente valiosa, sientas lo que sientas. Quédate en tu corazón y disfruta de la calidez de sentirte querida.

 

 

 

LUCES Y SOMBRAS

 

 

Ando estos días haciendo balance de lo vivido, ordenando con cariño mis miedos conocidos, intentando dejar espacio a los desconocidos, reviviendo recuerdos olvidados o escondidos, percibiendo ilusiones aparcadas… Y ese inventario de emociones que, al principio, me daba pereza realizar, ahora empieza a tener sentido. La vida tiene sus ciclos.

 

Renovar los votos con la vida es como hacer obras en casa. Cuando empiezan es desesperante; todo patas arriba, se reabren las heridas, el caos se hace presente y parece que nunca nada volverá a estar en calma. Rehabilitar la casa, abrir el corazón, implica, casi siempre, un tiempo de descontrol, de incomodidad, de inquietud, pero resulta tan necesario para el alma!

 

A mi me parece que sin acoger las sombras no hay luz, puede haber, tal vez, un inconsciente autoengaño. Por eso, no me gusta, me confunde, la palabra superar relacionada con las pérdidas, con las crisis vitales, con las noches oscuras. No hay, a mi entender, que superar nada, creo que se trata más bien de vivirlo todo, a fondo, con muchas ayudas, que siempre vienen bien las manos que nos acompañan.

 

Cuanto más sinceros, cuanto más nos acercamos a vivir desde el corazón más nos damos cuenta que la existencia implica atravesar turbulencias, que no hay nada ganado, el cambio es permanente hasta el último suspiro.

 

Que descanso dejarse mecer por la vida en vez de intentar superarla. Al fin y al cabo ella es la que sabe, con vivirla con amor basta. Y entre consuelo y desconsuelo vamos ensanchando el alma y nos sentimos con ternura arropados.

 

 

 

LA ANTESALA DE ALGO BONITO

 

El miedo y yo compartimos muchos ratos juntos. Suele visitarme a menudo cuando se acerca diciembre. Es como si, antes de cerrar el año, tuviéramos que hacer inventario de todas las heridas nuevas y antiguas que ni sé que tengo.

 

Cuánto más quiero eludirlo, más presente se hace; me agarrota la espalda, me instala una piedra grande en la boca del estómago, me siento ansiosa, irascible, triste y enojada. Es su forma de decirme que le mire con cariño, que lo mejor que puedo hacer es sentir lo que viene a contarme.

 

El temor me ha acompañado y, probablemente, me acompañará durante algunos tramos durante toda mi vida . Por eso, porqué nos conocemos, sé que no soy el miedo aunque esté asustada, no soy la tristeza, aunque me sienta triste, ni la ira, aunque este irritable, no soy lo que siento ni lo que pienso, soy algo más grande que no sé nombrar.

 

Cuando me siento inmensamente vulnerable y confundida respiro hondo y como una madre intento mecer con dulzura mis temores. No suele salirme a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, pero cuando de la mano del amor los sostengo algo dentro de mi reluce, me siento más serena, más en contacto con mi esencia, más honesta conmigo misma.

He podido comprobar que cuando me visita el miedo, en realidad estoy en la antesala de un luminoso comienzo. Como si estuviera engendrando algo bonito. Algo que me acerca más a amar la vida, aunque a veces duela.

 

Aunque tengamos miedo, propongo buscar el amor en cada esquina esta Navidad. Empezando por ser buenas con nosotras mismas. ¡Cada una sabe cuántas veces se critica así misma al día!

 

No es fácil acoger el dolor de las ausencias, pero el miedo es nuestro, no de los que se han ido. Y, posiblemente, nacimos con él y durante años lo hemos guardado en lo más profundo, sin ni siquiera darnos cuenta.

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