CONFIANZA

VIVIR CON ALEGRÍA Y SERENIDAD

He pasado muchos años de mi vida poniendo la atención, sin ni siquiera saberlo, en lo malo que veía a mi alrededor, en los horrores que podían suceder, en lo que no funcionaba bien… Incluso cuando me sentía feliz me mantenía alerta. Vivía sin vivir en mi, persiguiendo un ideal, haciendo equilibrios para que nada se torciera. ¡Qué fatiga, cuánto estrés!

 

En el mundo hay mucho sufrimiento, mucho dolor, es verdad, pero también mucha belleza y bondad. Tuve que tocar fondo para comprobar que el amor el agradecimiento, el perdón es lo único que nos sostiene, que nos da paz.


No estoy hablando de negar lo que sentimos, no, al contrario, sentir lo que sea sin resistirnos suele ser la salida. Eso nos lleva a ser tolerantes con nosotros mismos y por extensión con los demás.


Sé que los grande duelos nublan y sobrevivimos a tientas, confusos y desgarrados en medio de la oscuridad. Pero también sé que encierran el potencial de encender la luz que todos llevamos dentro. La que nos permite ampliar la mirada, aceptar la realidad tal como viene, sin más. Vivir con amabilidad y hacernos la vida fácil, sencilla.


Al final a todos nos espera la muerte y, entre medio, me parece que es un acto de amor hacia los que ya partieron intentar vivir con alegría y serenidad.

QUIZÁ LA VIDA ES TAN SOLO UN JUEGO

Siento que algo sublime me sostiene, me acaricia, me abraza y me susurra palabras amorosas con dulzura.

 

Cuando la vida se pone cuesta arriba, cuando me siento perdida, confusa, triste, criticona y me doy cuenta pido a ese algo sublime, a esa Gracia divina que me guíe. No tarda nada.

 

Entonces, el ego se encoge y me doy cuenta que lo que me parecía difícil u horrible no lo es tanto, tan solo es un acto más de lo que llamamos vida.

 

La Gracia tiene el don de indultarlo todo. Y cuando le doy espacio me lleva a lugares tan hermosos… En cambio, cuando intento llevar yo las riendas me pierdo en los juicios. ¡Qué cansino es evaluarlo todo!

 

Solo importa el amor que damos y recibimos, lo demás es puro aprendizaje, aunque nos parezca que es perder el tiempo. Todo tiene sentido, aunque nos duela vivirlo.

 

Si estamos aquí vamos a sacarle el mejor partido. Nada de comparaciones, mejor agradecer lo poco o mucho que tenemos y ponerle humor a lo que nos asusta. Total, con miedo o sin él vamos a tener que llegar al final. Y quién sabe, quizá, al cruzar al otro lado nos demos cuenta que se trataba solo de un juego.

EL LENGUAJE DEL AMOR

 

Para un momento. Siéntate en un lugar tranquilo, íntimo y escucha.

 

Calma el ruido de tu mente sin reproches; deja que el enfado grite, que la tristeza llore, que el cansancio se expanda hasta el infinito.

 

No hay nada a entender, a controlar o a evitar, aunque a menudo has pensado que sí, que se trataba de eso, que con tesón y mucho esfuerzo es posible dominar la vida.

 

Deja de sujetar lo que sea que quieres amarrar. Si no lo sueltas acabarás rendida, agarrada a algo que, aunque parezca real y sólido es pura ficción, una quimera.

 

Abre las manos y entrégate al momento: qué dice tu cuerpo, ¿sientes su queja? Acaricia tu dolor. Él es real y pide amor. ¿Vas a ignorarlo perdiendo el tiempo en culpar a otros o a ti misma, en vez de hablarle con ternura y abrazarle?

 

Sí, es cierto, preferirías no estar herida, claro que sí. Pero, si lo estás, ¿no es mejor ser amable, cariñosa, afable con tu dolor en vez de envolverlo en amargura?

 

Nada es para siempre, recuerda, puedes abrir la ventana y dejarte mecer por la brisa y, por la calle, en el trabajo, en casa, en el mercado, en todas partes ver destellos de luz en cada mirada.  

 

El lenguaje del amor en realidad es simple. Habla sin palabras. Tan solo hay que poner la atención en la bondad, en la belleza que aparecen, de pronto, sin ni siquiera buscarlas.

 

 

 

 

NO ES FÁCIL PERO ES POSIBLE

 

 

A veces llueve sobre mojado y sin tiempo a tomar aire nos hundimos y parece que esta vez, sí, hemos llegado al límite y nos ahogamos. Pero no, de muy hondo suele irrumpir una fuerza que nos mantiene a flote mientras a bocanadas respiramos.

 

Tan solo hay que dejar de luchar y ¡qué difícil es eso!

 

Tan solo hay que dejar de juzgar y cómo nos cuesta!

 

No nos gusta sentir miedo, nos aterroriza y, cuando al fin, después de habernos rasgado el alma, volvemos a caer de rodillas y nos abrazamos al miedo ancestral que nos atenaza, se produce el milagro.

 

Nos sentimos en paz sin saber muy bien porqué y cómo.

 

Cómo cuando, en una noche estrellada, miramos el cielo y nos preguntamos de dónde venimos, quién somos… No hay respuesta, pero siento la certeza de que hay algo más grande, de que el plan, aunque duela, es perfecto.

 

Y mientras esté aquí, seguiré amando porqué el amor es lo único que, para mi, merece la pena.

 

 

 

 

LA DIOSA QUE LLEVAS DENTRO

Cierra los ojos, respira hondo, despacio, sin esfuerzo, como si tuvieras todo el tiempo del mundo y nada más que hacer que regalarte este momento.

Siente la fuerza de la Diosa que llevas dentro, esa conexión sagrada que nos mantiene en pie cuando ya nada nos sostiene.

Has heredado las memorias de dolor de tus ancestros, sí, pero también todo el amor que fueron capaces de ofrecer a sus hijos las mujeres que te han precedido.


Corre por tus venas la fuerza de la indomable Artemisa, la la sabiduría de Atenea, el fuego que mantenía cálido el hogar de Hestia, el instinto maternal de Deméter, la capacidad de bajar al infierno y resurgir como Perséfone, la voluntad de compromiso de Hera, la pasión de amar y conectar con la belleza de Afrodita…


Permite que tu diosa se exprese, que honre con amor la tierra… Ella sabe, porqué ha enterrado a muchos de sus hijos, que la muerte es solo un nuevo comienzo.


No la encadenes aferrándote al sufrimiento, siente el dolor en tus entrañas, mientras mantienes la mano agarrada a tu capacidad de favorecer con cariño la vida.

DELICIOSAMENTE CÓMPLICES

 
 
A veces, sin motivo, todo encaja. Como una cometa, en manos de un experto, los hilos decaídos se tensan, con brío, y sobrevuela la armonía por el cielo de mi ciudad hasta el mar.
 
Cuanto eso sucede me siento cómplice de la vida. Esa complicidad deliciosa que nos hace sentir inseparables, únicos, llenos de amor y esperanza.
 
Entonces, la bondad se hace presente y lloro de gratitud por todos los que arropan con dulzura sus heridas y son capaces de sonreír con la mirada a los demás.
 
Miro los árboles de mi calle, desde la ventana, y me parece escuchar su aliento. Ese impulso de vida que nos une a todos.
 
Nada ni nadie está solo, ni separado en este Universo infinito. El Plan Es Perfecto. En momentos así ríen conmigo mis muertos. Ellos saben que todo es vida, siempre, eternamente.

¿QUÉ HARÁS CON TANTO AMOR?

 

Creo que todos nacemos con los latidos contados y un depósito de amor, en el corazón, repleto, a rebosar, para que no pasemos apuros y lo tengamos siempre a mano. Los bebés suelen emanar ese amor, lo irradian, no lo pueden contener, se les escapa. Por eso es tan agradable tenerlos en brazos, acariciarlos, acunarlos… Cuando llega un bebé a la familia decimos “que da vida”, claro, el amor en estado puro es vida, luz, energía.

 

También algunas personas mayores expanden con generosidad ese amor en mayúsculas. Suelen hacerlo a través de palabras cariñosas, gestos de ternura, miradas sabias, dulces, sin reproches, silencios que acompañan, que transmiten calidez. Sí, algunos ancianos han descubierto a tiempo el tesoro que guarda su corazón.

 

Pocos, muy pocos son los que lo disfrutan y lo comparten desde siempre, lo cierto es que la inmensa mayoría nos pasamos más de media vida intentando que los demás nos den ese amor que ya tenemos. Hacemos cualquier cosa para que nos quieran; ignorarnos, traicionarnos, maltratarnos, humillarnos…, culpando a los otros de nuestra ceguera.

 

Cuando comprendemos que somos la fuente de lo que mendigamos ya es muy difícil que nos sintamos solos o poco valorados. Los golpes de la vida nos tumbarán, casi seguro, pero ya sabemos de dónde tirar para levantarnos.

 

Podemos estar un tiempo, el que sea, tristes, apagados, pero algo vamos a tener que hacer con ese amor tan grande que guardamos.

SORTEAR TEMPORALES

 

Voy a cumplir 60 años dentro de poco y a lo largo del camino recorrido he podido comprobar que cada nuevo peldaño que la vida me pone delante, cada tormenta, por dura que sea, es, en realidad, un desafío de amor. Una oportunidad de aflojar y soltar el cabo que me mantiene atada a lo viejo, a lo que ya no me sirve para navegar en un mar embravecido.

Al principio, el peldaño lo veo tan alto que me entran todos los miedos. Me pongo rígida, irascible y me agarro a la cuerda de lo conocido como si me fuera la vida en ello. Me cierro como un cangrejo hasta que recuerdo que soy yo la que tiene que dar el primer paso ante el vacío, con la esperanza de volver a encontrar tierra firme bajo los pies.

Entonces, despacito, con suavidad empieza a amainar el cielo y el viento se vuelve brisa cálida y se hace presente el amor que siento. Despierto en el mismo mar, pero ya todo está en calma.

ZONA INCIERTA

Tal vez todo lo que te parecía sólido se ha esfumado y te levantas y te acuestas con angustia, contándote sin cesar la misma historia, reviviendo como nuevos antiguos errores, queriendo estar en otro lugar, en otro escenario familiar que ya no existe. La incertidumbre es así y forma parte de cada nuevo renacimiento.

Si huimos el impulso del miedo se acrecienta, lo sé porqué he intentado de mil maneras fugarme. ¿Qué pasa si decides vivir, como un explorador, lo que sientes en este instante? Cierra los ojos y acoge con cariño lo que aparezca, sin intentar cambiar nada, tan solo estando disponible, como una madre comprensiva, para lo que surja en tu cuerpo, en tu corazón, en tu mente, en tu alma. Tan solo eso, sin sermones ni reproches.

 

A mi me gusta luego imaginarme que la Tierra me sostiene, me acuna, sin esfuerzo. Y me dejo llevar en volandas, con dulzura, hacia el interior de mi misma. Allí, en esa cueva sagrada me siento segura, a salvo, confiada. Desde el amor cada uno tiene el poder, la fortaleza de atravesar la incertidumbre y afrontar lo que la vida le depara.

LA INTUICIÓN CONOCE EL CAMINO

 

 

Hay una parte en cada en cada uno de nosotros que es puro instinto. Nada entiende de convencionalismos, de argumentos, de reflexiones, de lo que está bien o mal a los ojos de los otros.

 

Esa parte, tan antigua como la Tierra, está conectada a nuestra supervivencia. Es directa, honesta, no duda, no piensa; ruge cuando la desesperación y la rabia la ciegan, aulla, grita, brama con un desespero infinito de tristeza cuando se siente mortalmente herida… corre por placer, goza sin pudor del aire en la cara, de la lluvia, de la comida, de esa sensación inmensa de sentirse exento, libre de prejuicios, soberano de la propia existencia.

 

Esa dulce intuición, ese impulso sagrado que llevamos siglos amordazando tiene el poder inmenso de guiarnos durante el duelo; sabe sortear los peligros, conoce lo que necesita nuestro cuerpo, nunca lo reprime, al contrario, permite que exprese con naturalidad lo que siente.

 

Nunca, me parece, el peso de la razón ha podido aliviar el desgarro, el desespero infinito de la muerte. Los razonamientos, por muy elaborados que sean, se convierten en humo a la hora de trascender lo inevitable. El bálsamo, la entrega, el paso verdadero de pantalla suelen llegar siempre de la mano de lo que llamamos corazonada.

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