LOS HERMANOS

HABLAR DE LA MUERTE EN CASA

 

Es común en nuestra sociedad silenciar la muerte, como si por el hecho de nombrarla la atrayéramos. Pero la muerte es inevitable, forma parte de la vida. De nada sirve ignorar la evidencia, al cotrario. Dejar de hablar de la persona muerta acrecienta el dolor de los que la querían y agranda la distancia en la familia. Mis hijos se llevaban 21 meses. Ignasi era el mayor, un referente para su hermano. De la noche a la mañana Jaume se quedó con el vacío de su ausencia. Y no sólo eso, de alguna forma también perdió a los padres que tenía. Durante los primeros meses todos éramos náufragos a la deriva. Llegar a tierra firme es lento, muy lento y no suecede por arte de mágia. Es una travesía dura y laboriosa, en la que las palabras y los recuerdos compartidos ayudan.

-Mamá, ¿por qué se ha muerto Ignasi y no yo?, me dijo a los pocos días Jaume.

-¿Y por qué no yo, o papá?, teníamos las mismas posibilidades, íbamos todos en el coche… y continúe diciéndole lo que buenamente pensaba; que nadie muere por casualidad, que todos tenemos un momento para nacer y para morir, y que nos vamos cuando ya hemos hecho lo que teníamos que hacer aquí. Que hay vidas cortas y vidas largas, pero que las largas no siempre son mejores que las cortas.

Hablar de la muerte y de Ignasi, no acrecentaba ni acrecienta nuestro dolor. Era reconfortante entonces, cuando sólo nombrarle se nos llenaban de lágrimas los ojos y lo es ahora cuando recordamos anécdotas y algunos de sus monumentales enfados con una nostalgia dulce y amorosa.

No es difícil hablar de la muerte, lo difícil es encarar nuestros miedos, nuestras emociones, pero no hay otro camino que nos conduzca a tierra firme. El silencio es comprensible, parece un buen atajo, pero en realidad nos conduce a un laberinto del que cuesta muchísimo salir.

EL ESFUERZO TITÁNICO DE LOS OTROS HIJOS (DIARIO)

 

12 de junio de 1999

(Sábado tarde)

Mi hijo Jaime duerme en el sofá. Estábamos viendo la tele, una película malísima, y se ha quedado dormido. He cerrado la tele y he puesto un cuarteto para flauta y violín de Mozart, para que descanse mejor. Está agotado. Es muy duro para él lo que nos ha sucedido. Días después del accidente dijo: “nosotros tendremos dos vidas, la de antes y la de ahora”. Fue el primero de los tres en comprender la situación. Está haciendo un esfuerzo titánico. Ya no es el pequeño, en cinco meses se ha convertido en un adolescente mucho más maduro de lo que le corresponde. No ha tirado la toalla ni un sólo momento. Desde el comienzo ha aguantado la presión que supone ir cada día al colegio, estudiar, encontrarse con los amigos de Ignacio y estar en casa sin él, y con unos padres abatidos, como nunca los había visto.

Ha crecido mucho y está guapísimo. Aunque sólo fuera por él merecería la pena que en casa volviera a entrar la alegría. Deseo con todo mi corazón que tenga una vida plácida y unos padres sólidos que puedan ayudarle sin pedirle nada a cambio. Me encantaría poderle enseñar que después de un golpe, por más duro que sea, las personas, poco a poco, nos recuperamos y con el tiempo volvemos a descubrir la cara agradable de la vida.

Le miro y veo la fuerza de la juventud y pienso en mí a su edad, a los 14 años, cuando todo el mundo estaba por descubrir. Una edad preciosa llena de vitalidad y soledad. Él ya sabe lo que es la muerte. Pero le queda por descubrir lo maravilloso que es compartir la vida con alguien que te quiere, tener la libertad de elegir, la agradable sensación que produce abrazar a un hijo…

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