comprender

PERSEGUIR NUESTROS SUEÑOS

 

De pequeña, a mi me gustaba imaginarme historias fantásticas. Con tres o cuatro años me desperté un día anunciando que yo era la reina de las monas, que mi lugar estaba en la selva, encima de los árboles… Mi madre, a raíz de esa y muchas otras de mis ocurrencias mágicas, se pasó parte de mi infancia diciendo: “esa niña tiene mucho cuento” y lo decía en un tono preocupado, ¿qué iba a hacer con esa hija que no quería ver la vida tal y cómo es? ¿Y cómo es la vida? Algunos dirán que es un valle de lágrimas, como a menudo pensaba ella, pero a mi me gusta imaginármela como una buena escuela que ofrece infinitas posibilidades de aprender, de experimentar, de sentir. Eso implica equivocarse mucho y pasarlo mal a veces, sí, pero forma parte de la gracia de avanzar, de saber, de comprender, de intuir. Cuando la vida me ha puesto en apuros, nunca me han ayudado las estadísticas, ni las sentencias o los refranes que lo ven todo negro. Sólo persiguiendo la botella medio llena, la bondad en los corazones, el milagro que hay detrás de las esquinas, he conseguido volver a sentir paz. Por eso sueño con un mundo amoroso y creo que ese mundo se esconde en el fondo de cada uno de nosotros.

EL ESFUERZO TITÁNICO DE LOS OTROS HIJOS (DIARIO)

 

12 de junio de 1999

(Sábado tarde)

Mi hijo Jaime duerme en el sofá. Estábamos viendo la tele, una película malísima, y se ha quedado dormido. He cerrado la tele y he puesto un cuarteto para flauta y violín de Mozart, para que descanse mejor. Está agotado. Es muy duro para él lo que nos ha sucedido. Días después del accidente dijo: “nosotros tendremos dos vidas, la de antes y la de ahora”. Fue el primero de los tres en comprender la situación. Está haciendo un esfuerzo titánico. Ya no es el pequeño, en cinco meses se ha convertido en un adolescente mucho más maduro de lo que le corresponde. No ha tirado la toalla ni un sólo momento. Desde el comienzo ha aguantado la presión que supone ir cada día al colegio, estudiar, encontrarse con los amigos de Ignacio y estar en casa sin él, y con unos padres abatidos, como nunca los había visto.

Ha crecido mucho y está guapísimo. Aunque sólo fuera por él merecería la pena que en casa volviera a entrar la alegría. Deseo con todo mi corazón que tenga una vida plácida y unos padres sólidos que puedan ayudarle sin pedirle nada a cambio. Me encantaría poderle enseñar que después de un golpe, por más duro que sea, las personas, poco a poco, nos recuperamos y con el tiempo volvemos a descubrir la cara agradable de la vida.

Le miro y veo la fuerza de la juventud y pienso en mí a su edad, a los 14 años, cuando todo el mundo estaba por descubrir. Una edad preciosa llena de vitalidad y soledad. Él ya sabe lo que es la muerte. Pero le queda por descubrir lo maravilloso que es compartir la vida con alguien que te quiere, tener la libertad de elegir, la agradable sensación que produce abrazar a un hijo…

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