Barcelona

PONER ORDEN

 

Estos días ando atareada poniendo orden a mis emociones revueltas. Con la llegada de las golondrinas, que revolotean alocadas en el cielo azul de Barcelona desde hace ya unos días, se despierta en mí un desasosiego que no cesa hasta que encuentro un lugar para cada uno de mis sentimientos. Este año, además, me he dado cuenta que me toca hacer limpieza a fondo y deshacerme de un montón de maneras de hacer viejas que ya no me sientan bien. Por ejemplo, a mi me cuesta dejarme cuidar, me es más fácil dar que recibir y eso, cuando toma las riendas, me rompe la armonía, me desequilibra, me bloquea. Es un mal que arrastramos muchas mujeres –de mi familia pocas se salvan–, que yo ya no quiero, y he colocado en la pila de las cosas para tirar. Me he puesto manos a la obra y estoy intentando hacer mía la frase: ‘cuanto más amor acepto, más amor tengo para dar’. De momento tengo el alma patas arriba y, sentada en el suelo del desván donde acumulo todo lo que arrastro, estoy desgranando a ciegas mis angustias, esas que forman la piedra grande que me oprime el pecho cuando el corazón se siente incómodo porque le falta espacio para respirar la vida.

LA NATURALEZA ES TERAPÉUTICA

 

Vivo en Barcelona, me gusta mi ciudad y me encanta estar en casa, pero desde hace unos días siento una gran añoranza por estar en contacto con la naturaleza. Andar descalza por la tierra me ha ayudado siempre cuando necesito reconfortar el alma. El mar, la montaña o el campo son fuentes de energía y dulcifican el espíritu.

Dicen los entendidos que en las plantas de los pies tenemos terminaciones nerviosas que estan en conexión con todo nuestro organismo. Debe ser por eso que ir descalza por la arena de la playa o por el bosque me revitaliza. La madre Tierra me nutre y acaricia con su inmensa fuerza y me recuerda que mi lugar está aquí, con los pies en el suelo pase lo que pase, hasta que llegue mi último suspiro.

EN EL ANIVERSARIO DE SU MUERTE: COSAS QUE ME VAN BIEN

 

Cuando se acerca la fecha en la que se fue nuestro hijo la nostalgia es más punzante. Para todos en casa el primer diciembre sin Ignasi fue devastador y todavía ahora, cuando empiezan a poner las lucecitas de Navidad en Barcelona, sé que mi única posibilidad de no volver al horror de aquel 26 de diciembre es permanecer pegada al amor como un náufrago a su bote salvavidas. Por eso, trato de convertir diciembre en un mes especialmente amoroso y el día 26 en un día sagrado. Es mi forma de vivir el presente, de acallar las voces del pasado. ¿Qué hago? Intento mimarme a mí y a los míos todo lo que puedo. No hago nada que no quiera hacer, ni veo a nadie que no quiera ver. Intento estar conectada solo a lo que me da energía; procuro que mi casa esté bonita –a mi me gusta tener flores y en estos días todos los jarrones están llenos-. Pongo la música que sé que me reconforta el alma y enciendo unas velitas. Las lucecitas de las velas me hacen mucha compañía, me mantienen conectada al amor, como si encendiera el interruptor que me une a Ignasi, a mi madre, a todas las personas que quiero y que están en el otro lado.

Durante años, los días de diciembre espesos los he pasado en casa. No he ido a trabajar. En casa me siento protegida, los ratitos de soledad me reconfortan. Algunos diciembres he organizado cenas con las personas con las que me siento a gusto, que me acompañan con amor, sin protocolos ni exigencias. También procuro hacer cosas que me ayudan a expandir cariño, como llenar un carro con alimentos que compro en el super y que luego llevo a la parroquia de mi barrio. Cualquier cosa que desprenda amor se la dedico a Ignasi. Eso me hace sentir bien. Huyo como del fuego de los pensamientos negativos, no me los puedo permitir. No juzgo nada, intento no pensar mal de nadie, de ver más que nunca el lado bueno de todos y de todo. Necesito estar en sintonía con la vibración del amor, para poder sentir mejor la energía de Ignasi y reconfortar a Jaume y a Lluís. Practico la meditación, que no es más que permanecer en silencio sin prestar atención a los pensamientos. Me imagino que el planeta está recubierto de una atmósfera de amor que se expande por todas partes y yo la recibo y reenvio a cada una de las personas que estamos en el mundo ahora, especialmente a los que sufren, a los que en esos momentos están en las UCIS o en situaciones difíciles. Eso es lo que yo intento hacer cuando se acerca el aniversario de la muerte de mi hijo.

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