DEL CAOS A LA RECONSTRUCCIÓN
Sea anunciada o de repente la muerte de un ser inmensamente querido nos deja sin suelo bajo los pies. La vida misma se vacía de contenido. Nada va con nosotros, nos sentimos ajenos, a años luz de lo conocido. Así suele iniciarse el duelo de las muertes que consideramos a destiempo, esas que nos dejan con un vacío inmenso, congelados por dentro.
Al deshielo le siguen multitud de emociones que nos arrastran sin freno hasta el límite de la cordura. Nuestro corazón, roto y devastado, estalla en mil pedazos ante tanto sentimiento desatado.
No temas, entre medio de este caos suelen surgir, de muy hondo, destellos de luz que nos conectan con la esencia, con el amor en estado puro. Duran nada, milésimas de segundo, en todo caso el tiempo suficiente para respirar hondo y sobrevivir.
Esas chispitas de claridad, tan reconfortantes, a veces vienen en forma de una buena amiga, de la sonrisa de un niño, de una palabra bonita, de la calidez de un ab
razo de la lectura de algo que nos llega al alma, de un encuentro agradable, inesperado o simplemente al mirar el cielo.
Lo importante, a mi entender, es ir poniendo la atención en esa conexión con algo más grande, incomprensible, que nos sostiene, mientras vamos, con suavidad, acogiendo nuestro propio desespero. Los duelos abren heridas antiguas, temores ancestrales y hay que ir acariciando con ternura las emociones aparcadas que nos aterran. Por eso a mi me parece adecuado ir acompañado, de la mano de uno o muchos terapeutas.
A medida que vamos haciendo limpieza en nuestro interior es más fácil entregarse, aceptar lo que es y no lo que nos gustaría que fuera, tanto en nosotros como en los demás. El consuelo de rendirse a la vida es inmenso. Nos libera de un peso tremendo. Nos damos cuenta que el control desgasta, que la queja, el juicio y la crítica nos quitan energía. En cambio, el agradecimiento y la amabilidad nos elevan el ánimo. No es teoría, lo he comprobado. Expandir amor, del que fluye de dentro, sin esfuerzo, sin condiciones es el antídoto, devuelve sentido a la vida.
Después de recorrer el desierto somos distintos y existe la posibilidad de ser una versión más amorosa de nosotros mismos. Aunque, seguramente, por el simple hecho de vivir, volvamos a rompernos. La marea es interminable y trae de todo. Pero no será lo mismo, seguro, porqué ya hemos aprendido a amarnos un poco más ¿no es cierto?
EL DESCONSUELO DE LOS HERMANOS
Mis hijos nacieron con tan solo 21 meses de diferencia y, a la que el pequeño empezó a gatear se convirtieron en una unidad inseparable. Se pasaban el día jugando, casi todo lo hacían juntos hasta que el mayor, Ignasi, murió, de repente, a los 15 años.
Qué difícil, que desgarrador tuvo que ser para mi hijo Jaume, justo cuando empezaba a despertar del sueño dulce de la infancia, encontrarse, de golpe, con el vacío inmenso que dejó la muerte de su hermano.
Tengan la edad que tengan, a menudo, por amor, los hijos aplazan su dolor para sostenernos. ¡Cuánta ternura en medio de tanta desolación!
Al principio, nuestra agonía nos ciega, no podemos estar igual de presentes y es posible que nuestros hijos vivos queden un poco desamparados. Con el corazón roto solo es posible sobrevivir.
Por eso, quiero hacer hincapié en la bondad de abrazarlos, de decirles una y mil veces que les queremos. Necesitan tanto nuestras miradas de cariño, de aprobación.
Sé que la nostalgia de la ausencia del hijo muerto es tremenda. Lo sé. Pero en el fondo tenemos la convicción de que los que se han ido están bien, ¿verdad? Son los que están aquí los que necesitan nuestra atención, nuestros mimos, nuestras caricias, nuestras palabras de admiración.
Las madres y los padres queremos morir cuando se nos muere un hijo, pero por amor volvemos a la vida. Y, con el tiempo, sentimos con ternura en el corazón a todos nuestros hijos, vivos y muertos.
CON QUERERNOS BASTA
Mi madre, de pequeña, me decía que yo tenía vocación de abogada de causas perdidas, abogada de los pobres decía ella. “Contigo tienes suficiente, deja que la gente se apañe y no intentes remediar la vida de los otros”, cuánta razón tenía y cuánto tiempo me costó entender que cada uno tiene una verdad distinta y la capacidad para vivirla. Con querernos basta.
No sabía, entonces, que, aunque nuestra intención sea buena, la humildad brilla por su ausencia cuando pretendemos “solucionar” la vida de los que queremos. Eso tiene que ver más con el miedo, con la necesidad de control que con el amor. Y nos ocurre tan a menudo, estamos tan dispuestos a evitar el dolor de los que amamos que no nos damos cuenta que así les cortamos las alas y les impedimos aprender de sus supuestos errores.
Cada ser que llega al mundo tiene un mapa escondido en su interior y alma de explorador. En este largo o corto viaje puede ocurrir de todo, a veces recorremos un lugar fantástico en el que sopla una brisa agradable que invita al placer y la dulzura. Otras, entramos en un paisaje árido, solitario, azotado por grandes vientos que despiertan en nosotros las mil sensaciones que produce el miedo. El temor forma parte de nuestro particular itinerario y, si lo vemos con ojos de explorador, no asusta tanto.
Cuando regresamos al hogar, seguramente lo que nos pareció durante el viaje duro y difícil de pasar es lo que más nos satisface y lo que más valoran los demás, ¿quién sabe? Los grandes desafíos, con frecuencia, nos templan, encierran la posibilidad de ampliar nuestra comprensión, nuestra capacidad de amar. Son los tesoros que se trae el alma de vuelta a casa.
ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
De pronto, nuestra vida da un giro y aquello que nos parecía sólido se desvanece. En su lugar aparece el dolor. Un dolor insoportable que lo envuelve todo como la niebla espesa: la calle, los árboles, el cielo, su habitación, la nuestra, la cocina, los cuadros, los libros, las plantas, las fotos, su ropa, los zapatos… todo duele.
Buscamos una salida rápida, de emergencia, nos ahogamos y huir parece lo más apropiado, pero no, de nada sirve irnos al otro extremo del mundo. Solo quedándonos, sintiendo nuestro dolor, es posible salir del desamparo, respirar y, a ratos, volver a ver la luz.
Durante los primeros tiempos de mi duelo a mi me parecía que vivía en una especie de mundo paralelo, como Alicia en el País de las Maravillas. La muerte de mi hijo me llevó al otro lado del espejo y allí, lo normal era que ocurriera lo más inesperado en cualquier momento.
Al oír en el supermercado una canción o al doblar una esquina podía encontrarme de cara con la tristeza, el miedo o la rabia. Nunca antes me había sentido tan frágil, tan poca cosa, tan atemorizada. A menudo pensé que me volvería loca. Pero no, al contrario, la vida me estaba forjando. El dolor puede ser un gran maestro.
Cuantas lágrimas cuesta y qué alivio supone aceptar que las cosas son como son y no cómo nos las habíamos imaginado. Qué extremadamente difícil y, al mismo tiempo, liberador resulta rendirse sin condiciones. Qué reconfortante es querer y quererse porqué sí, aunque estemos rotos. Qué peso de encima nos sacamos al reconocer que no sabemos nada…tan solo que una mirada amorosa, una palabra amable, una caricia nos rescatan del infierno y nos devuelven a la vida.
DISFRUTA DEL SILENCIO
Deja que el silencio crezca, permítete desconectar del mundo un ratito, ponte cómoda y hazte compañía.
No te exijas nada, simplemente respira y disfruta de estar contigo. ¡Nos olvidamos tan a menudo de ser amables con nosotras mismas!
Si la voz interior criticona aparece, la meces con cariño y a lo tuyo que es sentir el momento que te regalas.
Acaricia el impulso silencioso de amarte, de descubrir tu belleza, tu conexión con ese algo más grande que nos une.
Disfruta de la alegría de saber que en ti existe la fuerza entera del Universo.
BELLAS CICATRICES
A veces, durante el duelo, el dolor es tan intenso que nos ciega. No hay luz, todo está oscuro y no tenemos más remedio que ir a tientas hasta dar en nuestro interior con algo de paciencia.
De la mano de la paciencia respiramos hondo y empezamos a aceptar lo que es imposible cambiar. Al desaparecer la lucha todo es más ligero y seguramente nos recorre un cosquilleo, un escalofrío de alegría.
Probablemente el dolor, más adelante, volverá a ser denso, pesado, insoportable, pero mientras dure la suavidad hay tiempo de agradecer lo mucho que en realidad tenemos.
Y un día, después de muchos altibajos, nos damos cuenta que lo único real que poseemos es el amor que no depende de nada, ni de nadie, ni de la muerte. Todo lo de más va y viene. Y aprendemos a vivir de otra manera, agradecidos de lucir nuestras cicatrices.
CÓMO ME GUSTAN LOS HOMBRES
Cómo me gustan los hombres que levantan casas, ladrillo a ladrillo, que construyen puentes o enormes barcos que cruzan océanos. Cómo me gustan los hombres que trabajan con pasión la tierra, que arreglan motores o lo que sea. Cómo me gustan los hombres que pasan meses lejos, faenando en mares embravecidos o la noche despiertos intentando encontrar la manera de llevar más dinero a casa.… Cómo me gustan los hombres que miran con amor a las mujeres, que forman un buen equipo con ellas, que crean una seductora complicidad con sus parejas.
UN LUGAR DE PAZ
Si nos guiamos por los pensamientos, si creemos que somos lo que pensamos muy probablemente en nuestra vida predomine el miedo. La mente es muy loca y a menudo nos pone en lo peor, le encanta, al menos a la mía, fabricar tragedias, revolcarse en el drama. Como si su lema fuera: mejor el terror en mano que la incertidumbre volando. De incertidumbre no quiere saber nada, ella tiene opinión y certezas sobre casi todo.
Ay, pobre mente mía, si la vida es incierta por naturaleza, si solo acogiendo la incertidumbre es posible estar en paz con uno mismo. Si no hay un solo sitio fuera al que poder huir cuando nos invade el miedo, la tristeza o el desasosiego. Solo tenemos el momento presente y es aquí y ahora donde transcurre la vida. Esa vida que a veces nos acaricia y otras nos hiere.
Cuando nos permitimos sentir la locura de la mente sin intentar cambiar nada, tan solo estando presentes, a veces, como si se corriera un telón o simplemente se rasgara un velo, aparece dentro muy adentro de nosotros un espacio, grande, muy grande, en el que es posible respirar tranquilos, sin esfuerzo. En ese lugar luminoso no hay lucha, ni reproches, ni culpas, ni nada y, en cambio, parece como si lo contuviera todo.
En ese lugar maravilloso que existe en cada uno de nosotros no hay separación entre los vivos y los muertos.
MORIR SANOS
Los primeros días de duelo me inundó un vacío infinito por dentro. Me quedé literalmente hueca y, aunque siempre estuve acompañada, recuerdo una soledad inmensa. Que sensación tan extraña es la de salir de la vida y, al mismo tiempo, seguir aparentemente en ella.
El dolor me trajo de vuelta y fue colonizando mi cuerpo, llenando el vacío hasta impregnar cada una de mis células. El llanto profundo, desgarrado me devolvió al mundo, un mundo que me daba vértigo con tan solo asomarme a la ventana.
La muerte de mi hijo dio en la diana. Nada hasta entonces me había herido hasta dejarme de rodillas, desfallecida, absolutamente perdida. Y allí me quedé, en la oscuridad desconsolada, hasta que me rendí, sin condiciones, a lo inevitable y pedí luz, con dulzura a una fuerza más grande.
He tardado años en aceptar que la vida es como es y que el dolor que nos parece insoportable, a menudo, se convierte en la antesala de un nuevo renacer, de una manera de ser más honesta con nosotros mismos, amable y bondadosa. Que solo con amor y perdón nos curamos, que cada uno tiene su tiempo aquí y hasta el último suspiro podemos darle la vuelta al marcador y morir sanos, con la misión cumplida.
JUGAR COMO NIÑOS
Casi sin darnos cuenta, dejamos de verlo todo como un juego, como cuando éramos niños, y nos recubrimos enteros con esa capa densa de preocupaciones que suele envolver a los adultos.
Entonces, un buen
día llega un golpe secó, duro, de esos que te paran, que no puedes eludir y nos damos cuenta que lo que nos robó la ilusión, la parte divertida, eran puras tonterías.
Nos hemos pasado años angustiados por tan poco, persiguiendo un mañana que imaginábamos mejor, a costa de olvidarnos, de no ver, de pasar por alto el tesoro, lo único que tenemos, que es hoy.
Estamos tan acostumbrados a ir con prisas, a planificar o a mantenernos anclados en tiempos pasados que se nos escapa como el agua entre las manos el gusto por saborear la parte minúscula, esa que, en realidad, es la que endulza el alma; el placer de acostarnos en sábanas limpias, de lavarnos las manos con agua caliente cuando hace frío, de mirar por la ventana en primavera y ver como crecen en los árboles las hojas nuevas o como, ya enrojecidas, en invierno se encienden todavía más al atardecer.
La vida son momentos y nosotros podemos elegir vivir cada uno como si fuera el único, como si no hubiera nada más importante ni divertido que lo que estamos haciendo ahora.
Sea corto o largo el camino que nos toque recorrer, seguro que es más agradable si nos reímos de nosotros mismos, nos reímos con los demás y, así, suavizamos con cariño las tragedias. Sea lo que sea lo que nos toque vivir, sin dramas, con amor es más divertido.





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