NADA ES PERMANENTE, EXCEPTO EL AMOR
Un día yo no estaré y la brisa seguirá meciendo las hojas de la morena de mi huerto menorquín. La buganvilia se cubrirá de flores y nuevas generaciones de desconfiadas lagartijas cruzarán a la carrera el patio.
Me gusta, de vez en cuando, recordarme que mi paso por la vida es limitado, que tengo fecha de caducidad, como todos. Me gusta porque me impulsa a disfrutar con serenidad de mi día a día, sin tener la vista puesta en grandes logros, simplemente en vivir. A menudo, cierro los ojos para sentir como el aire entra y sale de mi cuerpo, sin esfuerzo. Eso, cuando me pierdo, me devuelve siempre al presente.
Nada es permanente y tener conciencia de eso enriquece mi existencia y acentúa la importancia de cada instante y de cada una de las personas que quiero. Hoy están y tal vez mañana no. Más allá de las posibles diferencias, cada persona que nos acompaña es un tesoro. Nuestras almas se han elegido para compartir un tramo largo o corto, merece la pena aprovecharlo, sin quedar atrapadas en tonterías.
Mi vecina y amiga querida durante más de cuarenta años con la que compartí un viaje a la India, muchos baños en el mar, infinidad de anécdotas y r
isas, murió la víspera de este San Juan, justo el día de la verbena. Su huerto y el mío los separan solo una pared baja de piedra seca. Montse en su lado y yo en el mío hemos vivido charlas entrañables, mientras ella regaba y yo la miraba.
Sí, es verdad, nada es permanente excepto el amor, ese hilo invisible que nos une a nuestros muertos, que me dibuja una sonrisa cuando pienso en ellos, con la certeza de que siguen tan reales como antes en mi corazón.
Maria Mercè Castro Puig
LIBROS:
«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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