CON QUERERNOS BASTA

 

Mi madre, de pequeña, me decía que yo tenía vocación de abogada de causas perdidas, abogada de los pobres decía ella. “Contigo tienes suficiente, deja que la gente se apañe y no intentes remediar la vida de los otros”, cuánta razón tenía y cuánto tiempo me costó entender que cada uno tiene una verdad distinta y la capacidad para vivirla. Con querernos basta.

No sabía, entonces, que, aunque nuestra intención sea buena, la humildad brilla por su ausencia cuando pretendemos “solucionar” la vida de los que queremos. Eso tiene que ver más con el miedo, con la necesidad de control que con el amor. Y nos ocurre tan a menudo, estamos tan dispuestos a evitar el dolor de los que amamos que no nos damos cuenta que así les cortamos las alas y les impedimos aprender de sus supuestos errores.

 

Cada ser que llega al mundo tiene un mapa escondido en su interior y alma de explorador. En este largo o corto viaje puede ocurrir de todo, a veces recorremos un lugar fantástico en el que sopla una brisa agradable que invita al placer y la dulzura. Otras, entramos en un paisaje árido, solitario, azotado por grandes vientos que despiertan en nosotros las mil sensaciones que produce el miedo. El temor forma parte de nuestro particular itinerario y, si lo vemos con ojos de explorador, no asusta tanto.

 

Cuando regresamos al hogar, seguramente lo que nos pareció durante el viaje duro y difícil de pasar es lo que más nos satisface y lo que más valoran los demás, ¿quién sabe? Los grandes desafíos, con frecuencia, nos templan, encierran la posibilidad de ampliar nuestra comprensión, nuestra capacidad de amar. Son los tesoros que se trae el alma de vuelta a casa.

 

 

 

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