HORAS BAJAS

TODO ENCAJA

CAVALLERIA PLUS

 

Hace 16 años que se fue Ignasi y, para mí, las fechas señaladas y los aniversarios siguen teniendo una fuerza tremenda. Da igual que intente sin éxito despistar a la nostalgia y pasar de puntillas, como hice el pasado 8 de junio, día de su cumpleaños. Amparada por el amor inmenso que siento por mi nieto -que aquel día lo pasó en en casa-, intenté engañarme y disimular tanto como puede para alejar la tristeza de no poder ver a Ignasi convertido en un hombre de 31 años. No me sirvió de nada, me levanté con la espalda contracturada, el cuello rígido y una piedra enorme en medio del pecho. No estoy hablando del dolor desgarrador de los primeros años, no, simplemente el cuerpo me recordó que el alma necesita mimos y silencio, que parir y ver morir a un hijo requiere un grado de consciencia extremo. Por eso hoy, que es su santo, al abrir los ojos lo primero que he hecho es felicitarle, lo segundo encender una velita y prometerme que todo el amor que soy capaz de dar se lo regalo. Es curioso porque como me he dispuesto a sentir, la nostalgia se ha desvanecido y en su lugar ha ido creciendo, con suavidad, la dulzura. Cuando acepto lo que soy, lo que hay, sin pretender ser ni más ni menos todo encaja.

RESACA EMOCIONAL

Estas navidades hizo 13 años que se fue Ignasi y la resaca emocional que me produce el dolor que siento el día del aniversario de su partida, en cada una de mis células, me dura hasta prácticamente finales de enero o incluso más. No es un tsunami terrible y devastador como lo fue los primeros años, pero todavía noto una sacudida fuerte y normalmente acabo poniéndome enferma; este año empecé con un resfriado tonto que acabó en una bronquitis aguda de la que me he recuperado hace escasamente una semana, aunque todavía me siento un poco débil y dispersa. El cuerpo tiene memoria, de eso estoy segura y nuestras defensas bajan cuando los recuerdos dolorosos entran en escena. Lo hacen de forma tan apabullante que, como el caballo de Atila, mi mente desbocada arrasa con todos mis pensamientos positivos y vuelven a campar a sus anchas los malos augurios. Yo sola no puedo con todo ese ejército de negatividad y pido a mi alma, a mi esencia divina que me ayude a recuperar la fuerza y el optimismo perdidos. La verdad es que cuando estoy en horas bajas es cuando más noto el impulso de mis guías y maestros, pero mi tristeza es tan profunda que necesito paciencia y tiempo para ir sintiendo de nuevo la alegría de estar viva.  ¡Es tan agradable volver a sentir confianza!

EL SILENCIO HABLA

En el libro de Eckhart Tolle, “El silencio habla”, de Gaia Ediciones, he leído esto que quiero compartir con vosotros:

 

“¿Es imprescindiblde sufrir? Sí y no. Si no hubieras sufrido como has sufrido, no tendrías profundidad como ser humano, ni humildad, ni compasión. El sufrimiento abre el caparazón del ego, pero llega un momento en que ya ha cumplido su propósito. El sufrimiento es necesario hasta que te das cuenta de que es innecesario”.

 

 

MIS FANTASMAS Y YO

Estoy en casa desde hace un montón de días convaleciente de una neumonía que me ha dejado sin fuerzas. Y así, del sofá a la cama, sin energía para leer ni un libro, no he tenido más remedio que conversar con mis fantasmas. Ayer, sin ir más lejos, estuvimos todo el día de visita la tristeza, el miedo y yo. Los dos me echaron en cara que desde hace tiempo los esquivo y no tuve más remedio que darles la razón. Es cierto, desde hace un par de meses una nube oscura me ha estado rondando y yo me ido haciendo la loca, intentando evitar la tormenta con excusas, hasta que el Universo, que es sabio, se ha sacado de la manga una parada obligatoria para reunirnos a los tres, sin prisas, en la intimidad de mi casa. Para romper el hielo, hemos estado jugando a las cartas. Cuando reparte la mano mi viejo conocido el miedo, un velo espeso y gris lo cubre todo y me pierdo en las penumbras de mi vida. Con el pecho oprimido me lleva a un bucle que parece no tener salida. Allí me quedo hasta que voy levantando una a una las cartas que me atemorizan. Solo cuando me tiene entre las cuerdas recuerdo que todo pasa, que el amor lo puede todo, que volveré a tener fuerza, que resistirme no sirve de nada, que poco antes de que llegue la luz del amanecer la oscuridad es intensa. La tristeza, que me quiere, intenta limpiar mi angustia con el llanto. ¡Me cuesta tanto llorar cuando tengo miedo! De estas tormentas salgo agotada pero contenta; he limpiado un poco más a fondo, creo, mis heridas. El miedo, satisfecho, ya se ha ido. Hoy solo me ha hecho compañía, a ratitos, la tristeza. Es más dulce, menos intensa.

EL PASO DE LA VIDA A LA MUERTE

 

Mi suegra tiene 90 años y se está apagando, el suyo es un final largo, tamizado por la niebla del alzheimer, con esporádicos destellos de conciencia. La suya está siendo una muerte anunciada; su cuerpo envejecido pide a gritos descanso y todos los que la queremos deseamos que llegue pronto la hora de su último suspiro. Pero la muerte tiene su propio ritmo; a veces se hace de rogar y, otras, aparece sin previo aviso y arrasa con todo nuestro mundo conocido, da una vuelta completa a nuestras vidas y nos deja desnudos en medio de la nada. Así es como se sienten los padres a los que se les ha muerto un hijo: vacíos. Este suele ser el punto de partida, el inicio de una transformación lenta y profunda. Ya nada será como antes, nuestros ojos con el tiempo adquirirán otra mirada, quizá más serena, si hemos sido capaces de pasar por el tormento de las emociones alocadas, si hemos dejado salir la rabia contenida y escondida detrás de la tristeza. Hay que estar dispuestos a sentir, sin retener, sin impacientarnos, sin juzgarnos. ¡Qué difícil es sentirse morir de pena y aceptarlo con la vista puesta en volver a alcanzar la alegría! ¡Qué difícil y necesario!

LATINOAMERICA EN MI CORAZÓN

 

Me siento unida a Latinoamérica, quizá porque hablamos el mismo idioma, porque es un continente hermoso, porque algunos de sus escritores reflejan un mundo mágico y próximo, porque una de mis mejores amigas es Argentina y vive ahora en Buenos Aires, porque tengo allí otras compañeras del alma más recientes pero igual de buenas, porque he conocido Chile a través de la mirada de Isabel Allende, porque Ángeles Mastretta, me habla de México, porque uno de los doctores que me acercó a la medicina cuántica es mexicano, porque a través de este blog conozco a personas hermosas de Perú, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Colombia, Costa Rica, Venezuela, Brasil, Republica Dominicana… Sí, quizá por todo eso quiero mandar un abrazo grande a todos los que apuestanpor la vida allí, y otro especialmente amoroso a las familias ecuatorianas que viven en España. Esas familias que se han quedado sin los abrazos de sus hijos, porque un tren se llevó de golpe la vida de 12 jóvenes ecuatorianos la noche San Juan, cuando se dirigían felices a festejar la verbena en la playa más latinoamericana de mi ciudad: Castelldefels.

A esas familias, ahora sin consuelo, y a todas las que inician en el mundo el duelo inmenso que es ver desaparecer a un hijo, me gustaría acurrucarlas en los brazos del amor más puro y contarles despacito que sus hijos siguen vivos en sus corazones, que su energía y su amor son eternos, que nadie pierde a los seres queridos, que ellos se encuentran protegidos y bien en los brazos de sus ángeles, que lloren su pena, sin renunciar a la vida ni a la alegría de haberlos parido.

EN LAS NOCHES OSCURAS

 

Cuando todo parece imposible y la ilusión de vivir se apaga, ¿qué nos sostiene? El amor, que es la esencia del alma. El amor es una opción de vida, no depende de nada. Cuando ando a ciegas la esperanza del amor me salva. Posiblemente el cielo esté nublado, oscuro y gris, pero ¿quién duda de que el sol sigue ahí? Si el amor sostiene al mundo, ¿cómo no me va a sostener a mí y a ti?

DÍAS DE PRIMAVERA

 

Durante la primavera, las emociones despiertan alocadas, con ímpetu, como lo hace la propia vida. No es una estación fácil para las personas en duelo, ¿pero cuál lo es? Todas encierran recuerdos, días especiales, aniversarios… Quizá en primavera, cuando todo vuelve a nacer, la nostalgia de las ausencias se hace más presente. Mis primeras primaveras fueron duras, muy duras, como imagino lo son las de las madres y padres que empiezan ahora su camino de duelo. Por eso, me gustaría tomarles de la mano y susurrarles que todo pasa, que a los días negros les siguen otros mejores, que tengan esperanza, que no desfallezcan. Que la vida duele, sí, pero también es hermosa. A mi me encantaría dejar a todos los hijos de herencia la belleza. Que Jaume pudiera gozarla porque la ha visto en mis ojos. Porque sé que la dulzura que atesoramos alegra el alma de nuestros seres queridos muertos, acorta la distancia entre los dos mundos y es más fácil sentirlos en nuestros corazones.

DESTELLOS DE LUZ

 

Hay muchos destellos de luz que iluminan el camino del duelo. Pero hay uno al que le tengo un cariño especial por su gran eficacia en devolvernos a la vida. Consiste en ayudar, en ser útiles a los demás. No estoy proponiendo hacer grandes cosas, me refiero sobre todo a los pequeños gestos. Por ejemplo: preparar algo de comer para una vecina o un amigo que no se encuentra bien o que simplemente no sabe cocinar, nos permite salir un poquito de nuestro dolor, transformarlo en un acto amoroso. Cuando yo hago lentejas en casa, preparo unas cuantas más para dos o tres compañeros de la redacción. Es una tontería, pero a mi me reconforta y a ellos les gusta. Todos tenemos pequeños o grandes dones, hay quien sabe coser y puede hacer una preciosa capa de mago o de superman para un niño… Su alegría al recibir el obsequio inundará de calorcito nuestro corazón, seguro. Ir a visitar a alguien que está solo, llamar a quién está pasando apuros, ofrecer una sonrisa o un abrazo nos ayuda a disolver, aunque sea por unos instantes, la tristeza. Ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros. Es una frase hecha, ¡pero es tan cierta!

EL DOLOR ES PERSONAL

 

Me escriben algunas personas que quieren ayudar a los seres queridos que han sufrido una pérdida. Hay muchas maneras de hacerlo: escucharles, hacerles la compra o la comida si se encuentran al inicio del duelo, -en el tramo en que uno se encuentra imposibilitado para hacer frente a sus propios necesidades-, regalarles libros o flores si les gustan… Recuerdo que durante los primeros tres meses en que yo estuve en estado de shock, mi suegra nos traía tulipanes, mi cuñada Magda cocinaba para nosotros, mi hermana ponía y tendía lavadoras y muchos amigos acudían o llamaban para interesarse por nosotros. Todas las acciones amorosas sirven.

Con el tiempo me he dado cuenta que para acercarse al dolor de los demás y reconfortarles, es preciso hacer un trabajo interior que permita conectar con los propios miedos. Quien teme horrorosamente a la muerte y, por tanto a la vida, poco podrá hacer para consolar a los que sufren por la muerte de un hijo, un esposo, un hermano, una madre… Las personas capaces de estar junto a un alma dolorida son las que pueden estar con su propio dolor y vivirlo como una parte más de la existencia. Esas personas acompañan bien, incluso en silencio. Saben que no hay que coger el dolor de los demás y hacerlo suyo, porque eso impide crecer al que sufre. El dolor es un maestro personal e intransferible, del que recibimos clases particulares. Cada uno tiene lecciones que aprender de su dolor. ¿Qué sentido tiene presentarse a los exámenes que evalúan el conocimiento de otro? Eso no es amor.

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