HORAS BAJAS

MIS FANTASMAS Y YO

Estoy en casa desde hace un montón de días convaleciente de una neumonía que me ha dejado sin fuerzas. Y así, del sofá a la cama, sin energía para leer ni un libro, no he tenido más remedio que conversar con mis fantasmas. Ayer, sin ir más lejos, estuvimos todo el día de visita la tristeza, el miedo y yo. Los dos me echaron en cara que desde hace tiempo los esquivo y no tuve más remedio que darles la razón. Es cierto, desde hace un par de meses una nube oscura me ha estado rondando y yo me ido haciendo la loca, intentando evitar la tormenta con excusas, hasta que el Universo, que es sabio, se ha sacado de la manga una parada obligatoria para reunirnos a los tres, sin prisas, en la intimidad de mi casa. Para romper el hielo, hemos estado jugando a las cartas. Cuando reparte la mano mi viejo conocido el miedo, un velo espeso y gris lo cubre todo y me pierdo en las penumbras de mi vida. Con el pecho oprimido me lleva a un bucle que parece no tener salida. Allí me quedo hasta que voy levantando una a una las cartas que me atemorizan. Solo cuando me tiene entre las cuerdas recuerdo que todo pasa, que el amor lo puede todo, que volveré a tener fuerza, que resistirme no sirve de nada, que poco antes de que llegue la luz del amanecer la oscuridad es intensa. La tristeza, que me quiere, intenta limpiar mi angustia con el llanto. ¡Me cuesta tanto llorar cuando tengo miedo! De estas tormentas salgo agotada pero contenta; he limpiado un poco más a fondo, creo, mis heridas. El miedo, satisfecho, ya se ha ido. Hoy solo me ha hecho compañía, a ratitos, la tristeza. Es más dulce, menos intensa.

EL PASO DE LA VIDA A LA MUERTE

 

Mi suegra tiene 90 años y se está apagando, el suyo es un final largo, tamizado por la niebla del alzheimer, con esporádicos destellos de conciencia. La suya está siendo una muerte anunciada; su cuerpo envejecido pide a gritos descanso y todos los que la queremos deseamos que llegue pronto la hora de su último suspiro. Pero la muerte tiene su propio ritmo; a veces se hace de rogar y, otras, aparece sin previo aviso y arrasa con todo nuestro mundo conocido, da una vuelta completa a nuestras vidas y nos deja desnudos en medio de la nada. Así es como se sienten los padres a los que se les ha muerto un hijo: vacíos. Este suele ser el punto de partida, el inicio de una transformación lenta y profunda. Ya nada será como antes, nuestros ojos con el tiempo adquirirán otra mirada, quizá más serena, si hemos sido capaces de pasar por el tormento de las emociones alocadas, si hemos dejado salir la rabia contenida y escondida detrás de la tristeza. Hay que estar dispuestos a sentir, sin retener, sin impacientarnos, sin juzgarnos. ¡Qué difícil es sentirse morir de pena y aceptarlo con la vista puesta en volver a alcanzar la alegría! ¡Qué difícil y necesario!

LATINOAMERICA EN MI CORAZÓN

 

Me siento unida a Latinoamérica, quizá porque hablamos el mismo idioma, porque es un continente hermoso, porque algunos de sus escritores reflejan un mundo mágico y próximo, porque una de mis mejores amigas es Argentina y vive ahora en Buenos Aires, porque tengo allí otras compañeras del alma más recientes pero igual de buenas, porque he conocido Chile a través de la mirada de Isabel Allende, porque Ángeles Mastretta, me habla de México, porque uno de los doctores que me acercó a la medicina cuántica es mexicano, porque a través de este blog conozco a personas hermosas de Perú, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Colombia, Costa Rica, Venezuela, Brasil, Republica Dominicana… Sí, quizá por todo eso quiero mandar un abrazo grande a todos los que apuestanpor la vida allí, y otro especialmente amoroso a las familias ecuatorianas que viven en España. Esas familias que se han quedado sin los abrazos de sus hijos, porque un tren se llevó de golpe la vida de 12 jóvenes ecuatorianos la noche San Juan, cuando se dirigían felices a festejar la verbena en la playa más latinoamericana de mi ciudad: Castelldefels.

A esas familias, ahora sin consuelo, y a todas las que inician en el mundo el duelo inmenso que es ver desaparecer a un hijo, me gustaría acurrucarlas en los brazos del amor más puro y contarles despacito que sus hijos siguen vivos en sus corazones, que su energía y su amor son eternos, que nadie pierde a los seres queridos, que ellos se encuentran protegidos y bien en los brazos de sus ángeles, que lloren su pena, sin renunciar a la vida ni a la alegría de haberlos parido.

EN LAS NOCHES OSCURAS

 

Cuando todo parece imposible y la ilusión de vivir se apaga, ¿qué nos sostiene? El amor, que es la esencia del alma. El amor es una opción de vida, no depende de nada. Cuando ando a ciegas la esperanza del amor me salva. Posiblemente el cielo esté nublado, oscuro y gris, pero ¿quién duda de que el sol sigue ahí? Si el amor sostiene al mundo, ¿cómo no me va a sostener a mí y a ti?

DÍAS DE PRIMAVERA

 

Durante la primavera, las emociones despiertan alocadas, con ímpetu, como lo hace la propia vida. No es una estación fácil para las personas en duelo, ¿pero cuál lo es? Todas encierran recuerdos, días especiales, aniversarios… Quizá en primavera, cuando todo vuelve a nacer, la nostalgia de las ausencias se hace más presente. Mis primeras primaveras fueron duras, muy duras, como imagino lo son las de las madres y padres que empiezan ahora su camino de duelo. Por eso, me gustaría tomarles de la mano y susurrarles que todo pasa, que a los días negros les siguen otros mejores, que tengan esperanza, que no desfallezcan. Que la vida duele, sí, pero también es hermosa. A mi me encantaría dejar a todos los hijos de herencia la belleza. Que Jaume pudiera gozarla porque la ha visto en mis ojos. Porque sé que la dulzura que atesoramos alegra el alma de nuestros seres queridos muertos, acorta la distancia entre los dos mundos y es más fácil sentirlos en nuestros corazones.

DESTELLOS DE LUZ

 

Hay muchos destellos de luz que iluminan el camino del duelo. Pero hay uno al que le tengo un cariño especial por su gran eficacia en devolvernos a la vida. Consiste en ayudar, en ser útiles a los demás. No estoy proponiendo hacer grandes cosas, me refiero sobre todo a los pequeños gestos. Por ejemplo: preparar algo de comer para una vecina o un amigo que no se encuentra bien o que simplemente no sabe cocinar, nos permite salir un poquito de nuestro dolor, transformarlo en un acto amoroso. Cuando yo hago lentejas en casa, preparo unas cuantas más para dos o tres compañeros de la redacción. Es una tontería, pero a mi me reconforta y a ellos les gusta. Todos tenemos pequeños o grandes dones, hay quien sabe coser y puede hacer una preciosa capa de mago o de superman para un niño… Su alegría al recibir el obsequio inundará de calorcito nuestro corazón, seguro. Ir a visitar a alguien que está solo, llamar a quién está pasando apuros, ofrecer una sonrisa o un abrazo nos ayuda a disolver, aunque sea por unos instantes, la tristeza. Ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros. Es una frase hecha, ¡pero es tan cierta!

EL DOLOR ES PERSONAL

 

Me escriben algunas personas que quieren ayudar a los seres queridos que han sufrido una pérdida. Hay muchas maneras de hacerlo: escucharles, hacerles la compra o la comida si se encuentran al inicio del duelo, -en el tramo en que uno se encuentra imposibilitado para hacer frente a sus propios necesidades-, regalarles libros o flores si les gustan… Recuerdo que durante los primeros tres meses en que yo estuve en estado de shock, mi suegra nos traía tulipanes, mi cuñada Magda cocinaba para nosotros, mi hermana ponía y tendía lavadoras y muchos amigos acudían o llamaban para interesarse por nosotros. Todas las acciones amorosas sirven.

Con el tiempo me he dado cuenta que para acercarse al dolor de los demás y reconfortarles, es preciso hacer un trabajo interior que permita conectar con los propios miedos. Quien teme horrorosamente a la muerte y, por tanto a la vida, poco podrá hacer para consolar a los que sufren por la muerte de un hijo, un esposo, un hermano, una madre… Las personas capaces de estar junto a un alma dolorida son las que pueden estar con su propio dolor y vivirlo como una parte más de la existencia. Esas personas acompañan bien, incluso en silencio. Saben que no hay que coger el dolor de los demás y hacerlo suyo, porque eso impide crecer al que sufre. El dolor es un maestro personal e intransferible, del que recibimos clases particulares. Cada uno tiene lecciones que aprender de su dolor. ¿Qué sentido tiene presentarse a los exámenes que evalúan el conocimiento de otro? Eso no es amor.

EXPANDIR AMOR

 

Hace un ratito he llamado a mi tía Nieves, la hermana de mi madre. Es muy mayor, pero conserva bien la cabeza y habla con el corazón. Mi llamada, estoy segura, es para ella un motivo de alegría, como lo es para mí. ¡Es tan reconfortante expandir cariño! No se trata de hacer grandes cosas; la felicidad se esconde en los pequeños detalles, en los gestos sencillos… Los miembros de una familia están unidos por lazos antiguos y tenemos toda una vida para convertir estos lazos en lazos de amor. Eso crea una armonía que va más allá del bienestar familiar. Da paz.

Cuando me siento inquieta, cuando el miedo ronda mi alma, recurro al “truco” de expandir amor. Eso me permite ir más allá de la niebla espesa y reencontrarme con la luz. Por eso en los principios del duelo intenso, hemos de aprovechar y potenciar esos momentos de claridad para sumar cariño.

Cada uno sabe cómo puede alegrar el día a las personas que tiene cerca, sean familia o no. A veces no lo hacemos por timidez o por temor a ser mal interpretados. ¿Permitiremos que el miedo cierre las puertas al corazón? Si nos quedamos en la oscuridad perderemos magníficas oportunidades de sentirnos mejor. En el fondo, todos deseamos que nos quieran. Solo hay que dar el primer paso, el Universo se encarga de lo demás.

El amor es a la vida, lo que el agua es a las plantas. Si dejamos de regarlas, se secan hasta que se mueren. El duelo es una tierra árida que precisa de mucho riego.

SUPERAR MOMENTOS DIFÍCILES

 

En aquellos momentos en que la vida nos pone a prueba y pensamos que no podemos continuar, es cuando el Universo conspira más a nuestro favor. En esos momentos de desesperación, nos hemos de limitar a respirar. A notar como el aire entre y sale de nuestro cuerpo, mientras pedimos ayuda a “los de arriba” y nos decimos a nosotros mismos que todo pasa. Eso es lo que hacía yo, cuando no podía más y lo que hacen otras personas con las que he compartido experiencias vitales difíciles, como el duelo o la enfermedad severa. La ayuda no tarda en llegar y aparecen para darnos la mano terapeutas y maestros que nos guían para recorrer un tramo más. Eso es importante que se sepa, porque funciona.En los días, los meses o los años de dolor y oscuridad no estamos solos si mantenemos el corazón abierto al amor, con la intención de reinventarnos, dejando los prejuicios y las máscaras a un lado. Desnudos podemos percibir mejor los destellos de luz que conducen a buen puerto.

ACEPTAR LO QUE SENTIMOS

 

Hoy ha venido mi padre a comer a casa. Ha llegado pronto y mientras yo preparaba la comida y guardaba lo que había traído del mercado, se ha sentado a leer el periódico en la mesa de la cocina. Cada uno andaba en lo suyo hasta que me ha dicho: tienes la cara triste, ¿estás triste? Tiempo atrás le hubiese dicho que no, que tal vez un poco cansada o cualquier otra excusa. Pero hoy le he contestado que sí, que de vez en cuando me invade la tristeza igual que de repente se nubla el cielo. “Me he puesto triste en el mercado y no sé porqué”. “A mi a veces me ocurre lo mismo; estoy bien pero triste” , me ha respondido él. Y, entonces, los dos hemos notado un calorcito en el pecho, y si hubiésemos podido medir el cariño hubiésemos comprobado como subía unos grados. ¡Que agradable es aceptar lo que sentimos! ¡Cómo se alegra el corazón cuando compartimos emociones! ¡Qué reconfortante es mostrarnos tal y como somos! A partir de ese momento la tristeza, despacito, se ha ido desvaneciendo.

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