CONFIANZA

SENTIRSE QUERIDO

 

Yo no sé vosotras, pero cuando mis pensamientos campan a sus anchas suelen llevarme a lugares terroríficos. Tengo una tendencia natural a esperar lo peor de lo que está por venir.

 

Para evitar sufrir en balde y darle la vuelta a esa tendencia, empecé a observar mi mente y, en vez de reñirla por su adicción al drama, decidí quererla, ampararla como cuando abrazas a un niño que se despierta asustado en medio de una pesadilla. Eso me ha ayudado mucho a deshacer bucles de agonía.

 

La mayoría de las “tormentas”, que me imagino, no descargan nunca, suelen ser producto de miedos antiguos que buscan la manera de llamar mi atención. Si me paro a escuchar con cariño el desasosiego, como una madre o un padre compasivos, el temor suele desvanecerse como las nubes en el cielo.

 

No estoy hablando de esquivar el dolor, no. Las pérdidas duelen y cuando se trata de seres muy queridos el dolor es desgarrador, a veces insoportable, pero forma parte de la vida. Me refiero, en concreto, al sufrir por sufrir que yo ya arrastraba antes de morir mi hijo Ignasi.

 

Ese ¡ay! perpetuo que planeaba en el aire, que mantenía mi mente tiritando por cualquier tontería que yo magnificaba, como si necesitara estar conectada al temor de que mi felicidad se truncara.

 

Ahora, cuando asoma esa inquietud, independientemente de lo que ocurra, sé que, en realidad, hay algo en mí que necesita sentirse querido y que la felicidad es algo íntimo, que sale de dentro, algo así como la decisión de entregarse sin recelos a lo que venga.

 

La plenitud, a mi entender, consiste en amar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros sentimientos, sin condiciones, aunque a veces duela.

¿Y SI DEJAS DE ESCONDER TU LUZ?

 

En las épocas más oscuros de mi vida, cuando más pérdida y atemorizada he vivido, he sentido, al mismo tiempo, momentos de amor en estado puro, reconfortantes destellos de luz, que inundaban mi ser de comprensión, de agradable certeza. Duraban un instante, dos o tres, pero eran como agua de mayo, me servían para coger aire, para no sucumbir, sin límites, a la desesperación.

 

Yo no sabía entonces que esos destellos, esa conexión sagrada con mi propia Diosa requiere intimidad y silencio y, sobre todo, mucho cariño para no perturbar la zona herida, esa parte nuestra, tan humana, que guarda infinidad de memorias terroríficas, dignas de hacer temblar a un santo.

 

Esa parte que compartimos, a través del inconsciente colectivo, se siente cómoda con el sufrimiento, lleva siglos experimentándolo y, cuando se suma a nuestra propia historia de dolor, puede arrasar con todo si no recurrimos al cariño, a los baños de dulzura, a las caricias, a avivar la luz de nuestra propia belleza, de nuestra divinidad.

 

La belleza de la que hablo no se encuentra, por definición, en los cuerpos de modelos, en los artículos de lujo o en las alfombras rojas de los grandes estrenos. No, la belleza terapéutica guarda relación con la delicadeza de nuestra mirada. En la sabiduría de encontrar lo bonito en los lugares más cotidianos, incluso en los inesperados.

A mi entender, el arte de ser feliz reside en poner la atención en la dicha en vez de en la crítica. Requiere su práctica. La tendencia es negarnos nuestra propia luz, como si no nos mereciéramos ser felices, pero sí perpetuamente desgraciados. Ese impulso destructivo, muy extendido, nada tiene que ver con el amor, ni tampoco con el olvido.

 

Estar en paz con uno mismo guarda relación con la honestidad, con el sentido del humor, con mirar con ternura lo que no nos gusta de nosotros mismos. Se trata de llevar la luz allí dónde hay oscuridad, de sernos útiles a nosotros mismos.

 

 

 

 

A TU AIRE, CON CARIÑO Y SIN COMPLEJOS

 

Probablemente has atravesado ya algunas grandes tormentas o quizá te encuentras sumergida en tu primer tsunami, sea como sea conoces el lado doloroso de la vida.

 

 

Sabes lo que es andar a ciegas, sin aliento, levantarte y acostarte con miedo, con la esperanza de que sea solo una pesadilla, en vez de una desgarradora realidad.

 

 

¿Qué vas a hacer con tantas emociones? Puedes intentar ignorarlas, pero no sirve. Lo he intentado y nunca lo he conseguido.

 

Te propongo que hables con tu parte sabia, con tus guías, con los ángeles, con esa parte sagrada que sostiene al universo entero… da igual el nombre. Cuando me veo en apuros, sin salida, yo les pido que me ayuden a ampliar la mirada. Y funciona.

 

Sé que cuesta ver el lado menos malo de la muerte, de la enfermedad, del miedo, pero en el más desolador desierto existe un manantial con agua.

 

Busca el lado que menos queme de la sartén y agárrate allí, tira de ese hilo. Puedes vivir aunque tengas pánico y, con paciencia, poco a poco liberarte de las cadenas de siglos de sufrimiento.

 

En ti existe un ser extraordinario, único, que decidió en su momento experimentar la vida. ¿Vas a impedirle que vaya a su aire?

 

Olvídate de la culpa que arrastramos, sujétate bien fuerte al cariño y recuerda que en un corazón amoroso y abierto hay espacio para todos nuestros muertos.

 

Aunque estés triste, no dejes solo al niño o la niña que vino a explorar la existencia. Canta, baila y ría con él o ella. No pienses mal de ti, no te critiques por intentar vivir en plenitud. Es lo que están esperando tus seres queridos de éste y del otro lado de la vida.

 

CONÉCTATE CONTIGO MISMA

 

Recógete, recupera el contacto contigo misma y descansa. Llevas acumulada mucha tensión, el duelo nos mantiene en estado de alerta y esto agota.

 

Respira hondo, siente el momento, crea un paréntesis de confianza a tu alrededor y acoge lo que surja, da igual lo que sea.

 

Estás agotada, déjate meces por tu parte sabia, por tu divina presencia, como una niña se entrega al sueño en brazos de su madre.

 

No tienes que hacer nada, simplemente vivir.

 

Es posible que te sientas inquieta, triste, perdida, asustada… es natural. No te aflijas por eso, forma parte de lo que llamamos vida.

 

Cuanto más pretendas sentirte en paz, más se elejará la serenidad de ti. Deja de perseguir tus anhelos. Simplemente pasea por la playa, acércate a la naturaleza, mira el cielo, abrázate a los árboles, disfruta de un café, de una taza de te…

 

Mira con cariño a los demás, acaricia a las personas que quieres, observa a los niños con ternura y poco a poco tu alma respirará tranquila.

NO ES TAN FIERO EL LEÓN…

 

A mi me parece que siempre da más miedo lo que nos imaginamos que podría ocurrir que lo que ocurre. Al menos eso es lo que me sucede a mi.

 

No sé de dónde viene ese miedo que a veces me invade, ese que mantiene me mente en bucle, haciéndome temer lo peor sin que en realidad ocurra nada.

 

Lo que sí sé es que lo que tiene que suceder, sucede. Mientras, lo mejor es ponerle cariño a lo que hay. No vamos a llevar siempre paraguas por si llueve, ¿verdad?

 

Además, me he dado cuenta que cuándo la cosa realmente pinta mal, cuándo nos encontramos cara a cara con el león, se suele activar en nosotros una fortaleza que nos da alas para encarar lo que sea.

 

No se trata de no tener miedo, no, si no de hacernos amigos de nuestros temores, sabiendo que todo pasa y que, cada temor encierra la posibilidad de una gran liberación, si nos damos permiso para mirarlo con amor.

¿VAS A VIVIR AMORDAZADA?

 

Si tu historia te oprime hasta impedirte respirar, no te dejes vencer por lo que parece inamovible. No te estoy diciendo que olvides nada, al contrario. Lo que te sugiero es que envuelvas con amor tu dolor hasta derretirlo.

 

Has vivido experiencias duras, seguro, pero puedes narrarlas de mil formas distintas, no te quedes con una única versión. Sal del papel de perpetúa ofendida, no te quedes en el de enojada, ni en el de salvadora de nadie.

 

Eres un ser precioso, una Diosa, que experimenta la vida. Deshaz con cariño tus culpas, no te dejes enredar por lo que piensas de ti, seguramente tus creencias contienen mucho espanto.

 

 

Deja de darle vueltas a lo que hubiese podido ser y céntrate en agradecer lo que tienes, lo que eres, el cariño que te dan los demás. La gratitud deshace el temor.

 

Y si hoy te sientes aterrorizada, escucha a tu cuerpo, abraza los nudos y recuerda que el miedo es el camino hacia la luz.

 

Sácate la venda y observa la vida, no la juzgues, no tiene sentido. Está en su naturaleza ir a su aire, es imposible domesticarla.

 

 

 

 

UN DÍA COMO HOY FUI MADRE

 

 

Alrededor de los 25 años, de repente, me di cuenta que me quedaba prendada en la mirada de los bebés que me cruzaba por la calle. ¿De dónde salían de golpe tantos niños preciosos?

 

Tuve un embarazo maravilloso y días antes de cumplir los 26 abracé por primera vez a Ignasi. Nos sentimos cómplices desde que el test dio positivo.
Y cuando nos miramos aquel 8 de junio del 83 desapareció el mundo entero. Fue el inicio de un Big-Bang de amor.

 

No sabía yo entonces que esa explosión de amor iría más allá de la muerte. Que, incluso rota, guiaría mis pasos, secaría con dulzura mis lágrimas, me llevaría en volandas cuando yo apenas podía levantarme de la cama.

 

Sinceramente creo que, aunque la muerte nos desgarra, el AMOR es para siempre. Ese amor esta en cada uno de nosotros, es nuestra esencia y los hijos vienen a recordarnos lo que somos. Son uno de los interruptores que nos conectan a nuestro yo más sagrado.

 

Con la ausencia física de Ignasi he rozado a instantes la locura, pero siempre he encontrado destellos de luz que me han sostenido. No estoy hablando de grandes cosas, a veces lo sublime es tan pequeño…

 

Al girar una esquina nos puede sorprender la fragancia de una flor, la sombra verde de un árbol centenario, unas palabras cariñosas, un beso, una melodía… y esos minúsculos destello pueden encender la hoguera, el fuego de amor que llevamos dentro.

 

Cuando hay tormenta y el cielo oscurece, cuando la humedad nos empapa el corazón y los huesos es bueno prestarle atención al cuerpo. Sentir con ternura sus lamentos y, poco a poco, con suavidad, mecernos. Cuando estamos mal, hay que pensar menos y sentir más. Un día por vez, como un escalador que mide el paso con paciencia, sin estar pendiente del siguiente.

Parar. Entrar en nosotros mismos, sin esperar nada en particular, por el simple hecho de estar, de hacernos compañía… Así, poco a poco hasta que amaine.

 

Así, a ratos mirando hacia dentro, tiritando con mis miedos, encontrando a veces sosiego en la frase de un buen libro, en la belleza de un lienzo, en la risa o en el silencio ha llegado otro 8 de junio.

 

Y me siento feliz y agradecida de los muchos regalos que recibo, de sentir tan hondo a mis seres queridos vivos o muertos. ¡Es tan reconfortante sumar amor, sembrar semillas de cariño!

 

 

 

 

TU YA LO SABES, SOLO TIENES QUE RECORDAR

 

 

 

Cada vez que pienses que has llegado al límite, que la situación te supera, que no puedes más, recuerda que hay una parte en ti que permanece siempre serena, que no esta herida y que puede guiarte, incluso llevarte en volandas hasta la otra orilla y quedarse contigo hasta que, con suavidad, te duermas.

 

Tu ya lo sabes, solo tienes que recordar que cuando estás al borde del abismo lo que realmente funciona es dejar de sostener el peso que te ahoga y entregarte sin condiciones a esa parte sabia, que algunos llaman alma.

 

Respira, siente como entra y sale el aire que da vida. No tienes que hacer nada, ni tan siquiera esforzarte por ser o estar mejor. Olvídate de la lucha y ríndete con dulzura a ese “algo” más grande que te sostiene.

 

 

Tu ya lo sabes, solo tienes que recordar que la muerte como final no existe, que el cariño va más allá del tenue velo que nos separa. Tal vez, a lo largo de tu largo viaje, has atravesado ya ese umbral miles de veces…
No importa si estamos aquí o en el otro lado, nada cae en el olvido, los lazos del amor del que hablo son eternos y no pide nada a cambio.

 

 

Permítete imaginar que estás a salvo, que no te da miedo explorar, ni querer, ni que te quieran, aunque, en ocasiones, la existencia duela.

Dame la mano y, ahora, permítete imaginar que, incluso, con miedo, estás segura y a salvo. Al fin y al cabo el miedo es un viejo compañero, algo nuestro que, como todos, necesita abrazos y mimos ¿verdad?

SIN PRISAS

Te sorprenderá con qué rapidez algunas personas quieren que pases página y vuelvas a ser la de antes. No sé dan cuenta que con su desasosiego te están haciendo todavía más daño. No estoy diciendo que no tienes otra opción que quedarte para siempre muerta en vida, no es eso.

 

Seguramente los que te apremian no son conscientes de qué la partida de tu ser adorado ha abierto un hueco en tu corazón tan grande como el Universo.

 

Seas hombre o mujer necesitas como el aire calma y mucho silencio para sanar, sin urgencias, tu herida. No hagas caso de los que quieren empujarte. Tienen miedo de perderte, no entienden que vas a tener que reinventarte y, en ese largo proceso, probablemente tendrás que desprenderte de lo que ya no te sirve.

 

Nunca serás él o la de antes y vivirás, quizá durante años, sin saber quién eres realmente. Durante ese gran duelo, la tormenta amainará, a veces, para volver a ser violenta. No te asustes, es así como el alma se libera del dolor que produce la muerte.

 

Y un día, tal vez muchos años después, sentirás un amor tan grande como el dolor que has vivido y tu corazón latirá con la alegría de cuando eras niña.
 

 

¿RECUERDAS LA ALEGRÍA DE VIVIR?

 

 

Se ha muerto tu hijo, tu hija, tu compañero del alma, tu madre, tu padre y/o tu mejor amigo y, seguramente, estás tan perdida que no tienes ni idea de quién eres ahora.

 

Desde luego, la de antes ya no. Te miras al espejo y ves a una extraña. Caminas por la calle y, al doblar una esquina, un recuerdo activa un profundo desespero. Las lágrimas se desbordan y te sientes tan frágil como un cervatillo.

 

Te sugiero, si me lo permites, que no huyas de esa fragilidad, en ella reside la fortaleza de la mujer o el hombre que serás. Da miedo, lo sé, lo fácil sería cerrar los ojos y despertar en otra realidad.

 

Si te lo preguntan, sin dudar contestas que la muerte ya no te da miedo, pero, en cambio, probablemente te aterrorice vivir. El miedo a la vida es la otra cara del miedo a la muerte.

 

Yo, que soy miedosa de nacimiento y por herencia, recuerdo, sin embargo, el gozo de vivir que sentía, a veces, de pequeña. Sentir el placer de subir a un árbol, de girar, dando vueltas como una peonza hasta caer al suelo… de explorar, sin prejuicios, cada momento de un día.

 

Mira, tú que ahora conoces el desgarro del dolor que produce la muerte de un ser inmensamente amado, que sabes que el tiempo aquí es limitado, puedes, aunque te de miedo, decidir volver a vivir. Para eso, lo más importante, a mi entender, es querer morir -cuando llegue el momento- con el corazón abierto. Mientras, permítete volar, notar el viento en la cara, imaginar que todo es posible, en vez de anclarte en la amargura y limitarte a sobrevivir. Qué te parece, ¿lo intentamos juntas?

 

 

 

 

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