Victoria Branca

LA CULPA NO SIRVE PARA NADA

Cuando murió Ignasi me costó mucho aceptar no haber podido hacer nada para protegerle. Yo, que le adoro, que hubiese dado la vida por él, sin dudarlo, no puede evitar su muerte. Eso me desgarraba, era mi gran fracaso, hasta que entendí con el corazón que nada importante, realmente importante está en nuestras manos. De nada me servía volver una y otra vez hasta el día trágico, a la última escena, e imaginar mil y una maneras de salvarlo. La culpa, la que sea, es siempre un callejón sin salida, oscuro, en el que, irremediablemente, nos estrellamos. Como un parásito, se adueña de nuestra mente hasta que enfermamos. Con la culpa como compañera de viaje es imposible avanzar porque nos remite siempre al pasado. Somos humanos y eso no es un tópico es una realidad. Y los humanos ni tenemos superpoderes ni podemos evitar lo inevitable. Y son muchas las veces que nos equivocamos, dudamos, divagamos, incluso somos capaces de atrincheramos en la culpa sin ser responsables de nada… Los errores, sean ciertos o imaginarios, forman parte de nuestra condición, son inevitables, lo bueno, lo que nos acerca a la luz es reflexionar y perdonarnos tantas veces como sea necesario.

En su libro “Tal vez mañana” Victoria Branca dice que perdonar es el don más perfecto. Podemos darnos y ofrecer ese don de forma infinita. Es un don liberador, es un regalo que nos merecemos todos por el simple hecho de haber nacido.

Yo, que creo que la muerte no existe, que simplemente es un paso a otra realidad, un paso parecido al que damos cuando nacemos, apuesto por ofrecer a mis hijos mi vida, una vida que intento que sea amorosa, alegre, sentida.

ME HUBIESE GUSTADO DECIRTE ADIÓS

Victoria Branca
Extractado de su libro,
Me hubiera gustado decirte adiós

Una de las penas más grandes que cubren con su sombra la muerte súbita de un ser querido, es no haberle podido decirle adiós.
Esta privación a la que nos sometió la vida nos desespera y mantiene abierta la herida por largo tiempo. Sentimos que el corazón nos quedó estaqueado y amordazado en tierra de nadie. Hay tantas cosas que hubiésemos querido decir y no pudimos…
Todo aquello que la muerte silenció queda arrumbado en algún rincón de nuestra alma, y en algún momento tendremos que ir en su búsqueda y darle voz nuevamente aunque el destinatario ya no esté.
Decir todo lo que balbucea entre sollozos nuestro corazón hará que la angustia vaya cediendo y nos permitirá ir limpiando la herida, quitándole todo aquello que pueda infectarla para que sane poco a poco.
Una manera de despedirnos es a través de una carta.
En un lugar tranquilo, a solas, dejando que el corazón se exprese, podemos escribir las palabras que silenció el dolor.
Aunque empecemos a hacerlo y las lágrimas no nos permitan ver la hoja con claridad, aunque la tristeza nos invada y pareciera dejarnos sin aire en los pulmones, es liberador sacar hacia afuera todo lo que hubiésemos querido decir y no pudimos.
Aún si lo que sale no es lo que esperábamos, abrir el arcón de las emociones es una manera de transitar el duelo de manera sana.

Victoria Branca /conlospiesdesnudos.blogspot.com

 

LAS HISTORIAS DE NUESTRA VIDA

 

Dice la psicoterapeuta Victoria Branca, en su libro “Tal vez mañana”, que cada herida del alma tiene una historia que contarnos. Pueden ser historias de encuentros y desencuentros, de adioses repentinos, de abandonos, de ausencias muy sentidas, de añoranzas…Otra cosa es que nosotros queramos escucharlas. Normalmente luchamos contra viento y marea para mantenerlas alejadas, para eludir los duelos que estas historias, recientes y antiguas, reclaman. Pero la necesidad del alma es más grande que nuestra voluntad de hacer como si nada y el Universo, con la cadencia de las olas, nos inunda de recuerdos, una y otra vez, hasta que estallamos en un mar de lágrimas.

El alma no se cura hasta que no revivimos uno a uno los dolores postergados desde la niñez, incluso desde antes de nacer. No es posible esconder esas historias debajo de la alfombra. No sirve. Cada golpe de tristeza o de nostalgia nos habla de una pérdida. Y cada pérdida pide a gritos afianzar nuestro amor, nuestra confianza. Es así como se curan las heridas del alma. Es así como renacemos. En eso andamos todos, aunque no nos demos cuenta. Gracias Victoria por recordárnoslo.

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