CREAR ARMONÍA

SÉ TU MISMA

 

Qué difícil es eso, me refiero a ser honesto con uno mismo, a ir más allá de lo que de pequeñitas nos han dicho que está bien o mal, de la personalidad que nos hemos forjado, de lo que nos gustaría ser, aunque no encajamos.

 

En general, vivimos encorsetadas. Hablo en femenino, simplemente porqué soy mujer, pero a los hombres, con alguna variante, les pasa lo mismo. Todos tenemos ego y estamos repletos de contradicciones.

 

Decimos una cosa y hacemos otra y, si por casualidad nos damos cuenta, aunque eso ocurre en raras ocasiones, nos sentimos culpables y hacemos más grande el surco de nuestros desencuentros.

 

Yo, por ejemplo, he pasado buena parte de mi vida escondiendo la ira. La rabia se la dejaba a otros miembros de mi familia, como si la agresividad no fuera conmigo, ¡como si yo no tuviera!

 

La rabia es una emoción, básica, normal, como el miedo, la tristeza o la alegría, pero socialmente se considera poco femenina, nada espiritual o evolucionada. Por eso mi mente se ha dejado la piel intentando asfixiarla.

 

Hasta que el cuerpo me avisa -a través de cualquier malestar físico- de que los depósitos de rabia están rebosando y no tengo más remedio que enfrentarme a lo que hay y liberarla. No me siento a gusto gritando, pataleando y dando golpes con cara de mala, pero es la única forma sana que conozco de sacarla.

La muerte de un ser inmensamente querido produce mucha rabia, sí, pero el simple hecho de vivir, también. El duelo es una oportunidad de despojarnos de las máscaras, de mirar hacia dentro y, con cariño, hacer inventario de las heridas, de las miserias acumuladas.

Correr, cantar, pintar, caminar, hacer yoga, tai-chi, bailar, escribir, tejer, meditar, coser… hay muchas maneras de conectar y expresar lo que sentimos, que nos ayudan a salir del encierro a cal y canto con la mente disparada. 

LAS MUJERES DE LA FAMILIA

 

Hoy es mi santo y como me llamo como mi madre y mi abuela materna, los 24 de setiembre de buena parte de mi vida han sido días de fiesta grande. Por eso hoy tengo una vela encendida que me une a ellas.

 

Pero no solo compartimos el nombre, en general, las mujeres de una misma familia nos pasamos unas a otras la manera de mirar a nuestros hijos, de estar en la vida, de sentir el paso del tiempo, de envejecer bien o mal.

 

Gracias a ellas y a todas las que nos han precedido, estoy yo aquí y todo lo bonito que pueda surgir de mi se lo dedico, se lo debo por sus desvelos, mis buenos momentos las honoran. Aunque llevan años muertas, sé que se sienten contentas si consigo, con su permiso, ir un poco más allá de dónde llegaron ellas.

Si dónde hubo sufrimiento yo, aunque sea con miedo, consigo dispersar la niebla, aunque sea un poco, nos alegra y lo disfrutamos todas..

ACEPTO QUE NO ACEPTO

A mi me parece que la clave de la serenidad, del sentirse en paz con uno mismo es aceptar lo que la vida nos depara, sin ponerle resistencia. Sí, ¡pero cómo cuesta rendirse, dar nuestro brazo a torcer y entregarse a lo que hay!

 

Formo parte de una generación de mujeres controladoras que, con toda la buena voluntad del mundo, se han especializado en adelantarse a lo que pueda ocurrir para intentar que los suyos no sufran y, así, liberarse ellas del dolor. Misión a todas luces imposible.

 

El control, el perfeccionismo, la inflexibilidad y la rigidez con uno mismo limita y, a menudo imposibilita acercarse a los placeres de la vida. No es fácil disfrutar o ver el lado bueno cuando creemos que, lo que sea que tengamos entre manos, lo hubiésemos podido hacer mejor.

 

Si a esa forma de encarar la existencia le sumas el desgarro de la muerte de un ser inmensamente querido remontar se pone muy cuesta arriba.

 

A mi entender, empezamos a darle la vuelta para bien cuando aceptamos que no aceptamos lo que, de momento, nos cuesta aceptar. Y no solo me refiero a la muerte. A veces, se trata de aceptar que no aceptamos a alguien de nuestra familia o un defecto que vemos en nosotros o en alguien muy próximo o algún problema de salud o una situación determinada en el trabajo, con la pareja… Lo que sea.

 

Os propongo que dediquéis unos minutos a pensar en una lista de lo que no aceptáis y luego deciros “acepto que no acepto lo que sea que hayáis escrito. Al aceptar que no aceptamos el alma descansa y, a menudo notamos un cierto alivio.

 

 

 

TODO PASA

Uno de los regalos que atesoro de mi gran duelo es la certeza de que “todo pasa”, aunque parezca absolutamente imposible cuando estamos inmersos en plena tormenta. Cuando estamos mal, estamos mal y cuesta imaginarnos bien, ¿verdad?

 

No se trata de que el tiempo lo cura todo, no, no es eso. El tiempo por sí solo no arregla nada, incluso diría que ahonda el sufrimiento, lo esconde, lo enquista.

El “Todo pasa” al que me refiero requiere, de nuestra parte, la voluntad de sentir lo que sea que en nuestro presente estemos sintiendo, sin rehuir, aferrarnos o criticarnos, ni por supuesto, culpar a los otros de nuestro desasosiego.

 

 

La intención es dejar que el impulso de la vida tome las riendas y nosotros limitarnos a escuchar qué nos quiere decir el alma a través del cuerpo. ¿Hay tensión? Buscamos entonces un terapeuta que nos ayude a liberarla o salimos a andar, o nos vamos a nadar o le pedimos con dulzura a esa parte que se afloje y si conviene la ayudamos arrancando a llorar hasta adormecernos, como los niños. O damos golpes con algo duro para que la rabia encuentre una buena manera de desaparecer.

 

 

 

Si hay miedo podemos recordarnos todas las veces que hemos hecho algo muertas de miedo y le hemos podido dar la vuelta al marcador y salir fortalecidas. El miedo da miedo, no es agradable, lo sé pero forma parte de nosotros, es tan natural como la vida misma sentirlo.

 

 

¿Nos quedamos sin fuerzas? Si es así, nos entregamos al cansancio. Nuestro cansancio es humano. Poco a poco, sin apresurarnos podemos permitirnos ir soltando esas maneras de hacer que nos pesan tanto!! Cada uno arrastra las suyas. En mi caso suelen tener que ver con el control, la rigidez, la exigencia…

 

 

Y así, después de momentos, días o meses de desespero, llegan momentos de conexión sagrada. Volvemos al amor, que es lo contrario del miedo. Y aparece ante nosotros la belleza de la vida y desaparecen los horrores o, al menos, no nos hieren tanto.

 

 

Sintonizamos, entonces, con la ilusión de estar presentes, de iniciar un nuevo día, de disfrutar de la riqueza del nuevo oasis. Sabiendo que todo pasa, lo bueno y lo malo y, mientras estamos en calma podemos echar una mano a los que se encuentran en pleno desierto.

 

CON DELICADEZA

 

Cuando pasamos periodos convulsos, de esos que requieren un gran cambio interno, las emociones campan a sus anchas, sobre todo el miedo.

La inquietud, la sensación de estar siempre “en modo” alerta es agotadora, nos quedamos sin apenas fuerzas y es fácil que la negatividad, el “no voy a poder” afloren.

 

 

Cuando la mente nos remite a pensamientos terroríficos, como caballo desbocado, es el momento de tomar las riendas con firmeza y sin críticas, con delicadeza.

 

 

Cada uno de nosotros vale su peso en oro, esté bien o esté mal, por el simple hecho de ser. ¡Cuánto cuesta darse cuenta que no hay condiciones para amarse!

 

 

De pequeños, percibimos o nos parece que nos van a querer más si… (soy buena, obediente, complazco a los demás, siempre digo que sí, estudio o trabajo en tal o cual cosa, si estoy pendiente o sufro por los demás, si tengo éxito o dinero… no sé, las posibilidades son infinitas). Ante tanta exigencia, ¿dónde queda nuestra verdadera esencia?

 

 

Es bueno liberar el grano de la paja y ser sinceros con nosotros mismos, pero sobre todo conviene echar mano de la suavidad, de la ternura, de la delicadeza.

 

 

Nunca va bien, pero cuando se está mal el alma agradece infinitamente dejar la rudeza y la descortesía y ser benevolentes con nosotros mismos. Esa es la manera de atar en corto a la mente, de conseguir darle la vuelta y que juegue a nuestro favor, en vez de en contra.

 

 

Así poco a poco, resurgen los pensamientos de gratitud y en lugar de presión en el pecho o dolor en la espalda sentimos ese calorcito en el corazón, ese hilo invisible de amor que nos une a todo.

 

 

Rebrota la confianza, reaparece ante nosotros la belleza. La tempestad ha terminado. Y entonces, aunque no nos guste, comprendemos que, a menudo, el miedo nos sitúa en el camino de la luz.

 

CUIDA LA NIÑA QUE HAY EN TI

 

Tengamos la edad que tengamos, a mi me parece que en cada uno de nosotros vive aún, en un eterno presente, el niño o la niña que fuimos.

 

Tal vez conservemos pocos recuerdos de nuestros primeros años, pero lo que sentíamos entonces, lo que creíamos que estaba bien o mal, según lo que nos decían o veíamos en casa, sigue, de alguna manera, dentro de nosotros.

 

Por eso, cuando me siento triste o asustada es la niña que hay en mí la que necesita con desespero mi consuelo. Con la mente puedo inventarme mil historias para intentar calmarla, pero si la niña está enfadada, triste o tiene miedo, de nada sirven los razonamientos. Tan solo las palabras dulces y los imaginarios abrazos le dan sosiego.

 

Habla con ella, permítele tener miedo, al fin y al cabo el temor es bien humano. Puedes explicarle que, si entre las dos, en vez de esconderlo lo cogéis con suavidad de la mano posiblemente se acabe desvaneciendo.

 

No te olvides de tu niña, ahora solo te tiene a ti para cuidar de ella.

LIBERAR LA CULPA

 

Cierra los ojos, fíjate en tu respiración e imagínate que al sacar el aire dejas salir también tus creencias; la idea de lo que está bien y mal, tu miedo a equivocarte, lo que consideras defectos, el peso de la culpa por lo que hiciste o no, por lo que consideras posibles errores, el temor a no poder estar a la altura de lo que te exiges o a que no te quieran… Permite que salga sin tapujos lo que sea. Libera con cariño esos secretos inconfesables, cada uno tiene los suyos. Hazte ese regalo.

 

Luego abre los brazos, mira al cielo y evoca las ganas de vivir, de disfrutar de cuando eras niña/o. No hay fracaso, todo lo vivido simplemente es vida y este momento es sagrado. Imagínate que eres tan valiosa/o que el Universo entero te protege y te mima. Eres un verdadero tesoro, un ser precioso, de luz, siempre lo has sido. Explora tranquila/o, tan solo tienes que amarte, esa es tu misión en la tierra.

MIRAR AL CIELO

 

 

Quién más quien menos anda con prisas, hay como una urgencia colectiva, un hábito de impaciencia que nos domina.

 

El día a día va tan rápido, sobre todo en las ciudades, que pocas veces atinamos a parar y alzar la vista al cielo.

 

Observar el paso de las nubes, el azul intenso, los rayos dorados o el gris plomizo nos serena, nos ayuda a vivir el presente y diluir el miedo al futuro o la inquietud por el pasado.

 

Contemplar el cielo, con los pies bien anclados en la madre Tierra, es una terapia gratuita y fácil que nos conecta, por un lado, con la fuerza inmensa de nuestro planeta y, por el otro, con nuestras raíces celestes.

 

¿Quién no ha sentido la calidez de formar parte de algo Grande mirando un cielo estrellado, una puesta de sol, un amanecer dorado?

 

En mis primeros tiempos de duelo me reconfortaba andar descalza por la playa o el campo. Pisar arena y tierra, con los pies desnudos me ayudaba a incrementar mi poca energía y a estar más presente.

 

 

Cuando miro al horizonte o simplemente levanto la mirada hasta posarla en el cielo percibo, con mayor facilidad, esa unión sagrada que me acerca a mis seres queridos muertos con dulzura, sin drama.

 

 

Al fin y al cabo mi parte sabia bien comprende que la muerte no es más que un nuevo comienzo, que el amor es eterno y que el plan es perfecto.

 

 

¿TE PERMITES SOSTENER LA ALEGRÍA?

 

Recuerdo que al principio de mi gran duelo, de repente, en medio del dolor que lo cubría todo como una niebla espesa, sentía destellos de luz, de alegría o de amor en estado puro que duraban nada, pero de tal intensidad que, seguramente, impedían que me muriera.

 

Esos destellos eran como agua en el desierto, como el faro que nos guía en medio de la tormenta. ¿Cómo podía hacerlos grandes y que duraran?

 

No sabía entonces que la alegría es una actitud, ni tampoco era consciente que yo, por mi forma de ser, me sentía más cómoda en la ansiedad y la tristeza.

 

La alegría se me escurre como agua entre las manos, no sé muy bien cómo sostenerla. Quizá hay en mi alguna creencia antigua que me hace sentir que traiciono al mundo y de paso a todos mis ancestros si me siento contenta. A eso he decidido darle la vuelta porqué ahora sé que la alegría sale de dentro, se convierte en un hábito y resulta muy contagiosa.

 

No traiciono a nada ni a nadie si sostengo mi alegría, al contrario planto así buenas semillas que, con suerte, florecerán en el corazón de los que quiero. Me encantaría dejar, cuando me muera, una gran cantidad de alegría para mis hijos, mi nieto y todo aquel que la quisiera.

VIAJAR EN TREN

 

A mi me encanta viajar en tren, dejarme mecer por el paisaje, sin nada más que hacer que estar conmigo misma y soñar.

 

Pasar por lugares que desconozco, contemplar, arropada tras la ventana, retazos de escenas para otros cotidianas, dejarme llevar con la seguridad de que arribaré a mi destino sin esfuerzo.

 

 

Ir en tren podría ser una metáfora de la vida, al fin y al cabo, todos sabemos que vamos a morir, ese es nuestro destino, el cierre de este viaje en la Tierra.

 

En cambio, con qué facilidad solemos olvidar que lo esencial no está en nuestras manos. La ilusión del control nos impide, a menudo, disfrutar del paisaje, de la gente que conocemos, de los días de sol, de la generosidad de la lluvia.

 

Sí, es verdad, muchas veces durante el recorrido, mueren seres inmensamente queridos, nos separamos de una pareja con la que contábamos pasar el resto de nuestra vida o nos arruinamos y, en ocasiones, incluso es posible que nos ocurra todo a la vez. Hay duelos grandes, que nos dejan profundamente heridos.

 

Podemos aferrarnos al dolor durante años, es una opción, somos humanos y estamos destrozados. Pero yo, que he vivido el desgarro de la muerte de un hijo, sé que es tan malo rehuir el dolor como anclarnos en él. Eso no favorece a nadie.

 

Como en el tren, a veces en el viaje de la vida pasamos por paisajes áridos a los que le siguen otros más verdes, más hermosos.

 

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