ALEGRÍA EN ESTADO PURO

 

 

Nacemos en un lado u otro de este mundo y al llegar nos encontramos con una familia que es la nuestra y corre por nuestra sangre, junto a la herencia genética, su manera de ver la vida, de estar en ella, de encarar las sombras, de atravesar las tempestades.

 

Lo que vivieron nuestros antepasados está presente en cada uno de nosotros. Sus memorias de dolor impregnan nuestro inconsciente y por eso, a veces, nos sorprendemos repitiendo dramas viejos que nos parecen nuevos.

 

Sí, heredamos sufrimiento y miedo, pero también nuestras células atesoran el valor, la bondad y la alegría en estado puro que ha mantenido a flote a cada uno de los nuestros el tiempo suficiente para que hoy estemos aquí.

 

Conectar con esa alegría serena no solo nos mantiene vivos, sino que, además, hace que la vida merezca la pena. Esa alegría de la que hablo no guarda relación con lo que nos suceda. No. Es una decisión, una toma de conciencia, una elección sagrada.

Sé que, en ocasiones, la realidad es tan dura que nos rompe. Cuando eso ocurre es, precisamente, cuando más necesitamos poner la atención en la bondad, en la alegría en el valor que hay en cada uno de nuestros corazones.

 

El “ojo por ojo, diente por diente” no ha dado a nadie sosiego ni paz. En cambio, ponerse en los zapatos del otro y tratarse a uno mismo con amabilidad nos suele llevar a pasar página, a trascender, de verdad y desde dentro, el dolor y los desencuentros. Y eso siempre expande amor y alegría.

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