ACEPTO QUE NO ACEPTO

A mi me parece que la clave de la serenidad, del sentirse en paz con uno mismo es aceptar lo que la vida nos depara, sin ponerle resistencia. Sí, ¡pero cómo cuesta rendirse, dar nuestro brazo a torcer y entregarse a lo que hay!

 

Formo parte de una generación de mujeres controladoras que, con toda la buena voluntad del mundo, se han especializado en adelantarse a lo que pueda ocurrir para intentar que los suyos no sufran y, así, liberarse ellas del dolor. Misión a todas luces imposible.

 

El control, el perfeccionismo, la inflexibilidad y la rigidez con uno mismo limita y, a menudo imposibilita acercarse a los placeres de la vida. No es fácil disfrutar o ver el lado bueno cuando creemos que, lo que sea que tengamos entre manos, lo hubiésemos podido hacer mejor.

 

Si a esa forma de encarar la existencia le sumas el desgarro de la muerte de un ser inmensamente querido remontar se pone muy cuesta arriba.

 

A mi entender, empezamos a darle la vuelta para bien cuando aceptamos que no aceptamos lo que, de momento, nos cuesta aceptar. Y no solo me refiero a la muerte. A veces, se trata de aceptar que no aceptamos a alguien de nuestra familia o un defecto que vemos en nosotros o en alguien muy próximo o algún problema de salud o una situación determinada en el trabajo, con la pareja… Lo que sea.

 

Os propongo que dediquéis unos minutos a pensar en una lista de lo que no aceptáis y luego deciros “acepto que no acepto lo que sea que hayáis escrito. Al aceptar que no aceptamos el alma descansa y, a menudo notamos un cierto alivio.

 

 

 

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