SENTIRSE QUERIDO

 

Yo no sé vosotras, pero cuando mis pensamientos campan a sus anchas suelen llevarme a lugares terroríficos. Tengo una tendencia natural a esperar lo peor de lo que está por venir.

 

Para evitar sufrir en balde y darle la vuelta a esa tendencia, empecé a observar mi mente y, en vez de reñirla por su adicción al drama, decidí quererla, ampararla como cuando abrazas a un niño que se despierta asustado en medio de una pesadilla. Eso me ha ayudado mucho a deshacer bucles de agonía.

 

La mayoría de las “tormentas”, que me imagino, no descargan nunca, suelen ser producto de miedos antiguos que buscan la manera de llamar mi atención. Si me paro a escuchar con cariño el desasosiego, como una madre o un padre compasivos, el temor suele desvanecerse como las nubes en el cielo.

 

No estoy hablando de esquivar el dolor, no. Las pérdidas duelen y cuando se trata de seres muy queridos el dolor es desgarrador, a veces insoportable, pero forma parte de la vida. Me refiero, en concreto, al sufrir por sufrir que yo ya arrastraba antes de morir mi hijo Ignasi.

 

Ese ¡ay! perpetuo que planeaba en el aire, que mantenía mi mente tiritando por cualquier tontería que yo magnificaba, como si necesitara estar conectada al temor de que mi felicidad se truncara.

 

Ahora, cuando asoma esa inquietud, independientemente de lo que ocurra, sé que, en realidad, hay algo en mí que necesita sentirse querido y que la felicidad es algo íntimo, que sale de dentro, algo así como la decisión de entregarse sin recelos a lo que venga.

 

La plenitud, a mi entender, consiste en amar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros sentimientos, sin condiciones, aunque a veces duela.

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