QUÉ FANTÁSTICO ES LLORAR

 

 

Admiro a la gente que se entrega con facilidad al llanto, que permite que las emociones exploten sin contención en forma de lágrimas.

 

A mi siempre me ha costado llorar. A menudo, me contraigo. Contengo el aliento sin darme cuenta. Entonces aparece una piedra grande en la boca de mi estómago y la parte alta de mi espalda se llena de nudos.

 

Es la forma que tiene mi cuerpo de avisarme que preste atención a mis sentimientos, que no me distraiga y sienta.

 

Ayer, escuchando a Johnny Cash (“Me and Bobby McGee”) se desató la tormenta y lloré sin reservas, con el desconsuelo profundo de la tristeza antigua.

 

La música me llevó al momento en que besé, en la UCI, a mi hijo, sabiendo que aquella era la última vez. Pude acariciar con amor el dolor de nuestra despedida.

 

Con dulzura me envolvió la añoranza y, sin reservas, nos abrazamos la tristeza y yo como dos náufragos en medio del océano.

 

Desde ese momento de entrega, sin condiciones, mi cuerpo se ha expandido, el malestar ha desaparecido y una ternura inmensa me sostiene.

 

¡Qué fantástico es llorar!, cuánto alivian las lágrimas honestas que no pretenden cambiar nada, simplemente mecernos como las olas del amar.

 

 

 

 

 

 

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