EL PODER DE LOS ABRAZOS

 

A mi me parece que cuando nos abrazamos con el alma caen las máscaras, se desvanecen los miedos y una dulce calidez nos envuelve.

 

Los abrazos sinceros, largos, sentidos nos arropan desde el corazón cuando estamos en duelo. El contacto físico, la proximidad del otro nos calma, y, a menudo, ofrece más sosiego que las palabras.

 

Esos abrazos que dan paz, que nos transmiten memorias ancestrales de ternura, son un bálsamo al que siempre podemos recurrir, si dejamos de lado el velado temor de sentirnos plenamente humanos y en comunión.

 

Al fin y al cabo todos, en algún momento de nuestras vidas, nos sentimos huérfanos de ternura y necesitamos, más que el aire, ese abrazo amoroso que tiene el poder de aliviar la desazón que, a veces, nos produce estar vivos.

 

 

 

 

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