Mercè Castro

LAS PALABRAS CREAN REALIDAD

 

 

“No puedo”, “no sé”, “no sirvo”,“no me lo merezco”, “No tengo suficiente …”, “La culpa la tiene…”, “lo odio”, “me aborrezco”… Las palabras pronunciadas en voz alta adquieren un poder inmenso y acaban forjando nuestra realidad.

 

Para darle la vuelta a lo que nos hiere, nos causa dolor o crea malestar en nuestra vida podemos, de forma consciente, prestar atención a lo que decimos y al tono que empleamos al decirlo.

Probablemente, habremos dado un paso inmenso hacia delante si nos permitimos dejar la puerta abierta al cambio, utilizando palabras conciliadoras. Por ejemplo, un simple “DE MOMENTO no puedo”, “DE MOMENTO no sé cómo hacerlo”, “DE MOMENTO no tengo suficiente energía, dinero, paciencia…”, “DE MOMENTO me cuesta perdonar y perdonarme” abre en nuestro corazón nuevos y esperanzadores horizontes.

 

Las palabras no son inocuas, por eso ante los grandes desafíos de la vida conviene estar muy atentos y escoger palabras amorosas en vez de sentencias que juegan en contra de nuestro bienestar. Las palabras pueden ser un bálsamo o echar más leña al fuego.

 

Si al poder sanador de las palabras justas unimos la capacidad de escucharnos y escuchar con compasión, sin juicios, lo que nos es difícil de oír habremos dado otro paso esencial para vivir en paz con nosotros mismos.

 

En tiempos de gran tensión, de crisis vitales profundas, las emociones están a flor de piel y va bien sentirlas, darles un espacio, en vez de esconderlas, aunque sea sin darnos cuenta.  Mientras, con palabras y silencios amorosos podemos ir creando armonía en nuestro interior, en casa, fuera, con nuestros amigos, y con los que no lo son tanto. Esparcir amor siempre sale a cuenta, al fin y al cabo, comparado con la eternidad, es bien poco el tiempo que estamos aquí, tarde o temprano todos vamos a morir y a mi me gustaría llevarme mucho cariño y, a ser posible, dejar un mundo mejor.

 

”TRAS LA MUERTE DE MI HIJO LOGRÉ RENACER”

 

He escrito este testimonio, que quiero compartir con vosotros, para la revista  “LECTURAS” que ha salido hoy a la calle. Hablar de la muerte y de nuestros sentimientos me parece vital para afrontar el duelo.

 

“Volvíamos de la fiesta familiar de Navidad. De repente, aparecieron ante nosotros unas luces potentes que venían del otro lado de la autopista. Mientras nuestro coche daba tumbos, y yo todavía no era consciente de lo que sucedía, tuve la certeza de que mi vida estaba cambiando”.

 

Cuando muere una persona inmensamente querida nuestra realidad se rompe. Nos sentimos solos, desgarrados, vacíos, sin tierra bajo los pies… Así me sentí yo durante mucho tiempo al morir mi hijo mayor, Ignasi, a los 15 años, aquella terrible noche de 1998.

 

Esta sensación de estar permanentemente perdida en mi ciudad, en mi casa, en mi propia vida duró meses. Los objetos cotidianos me parecían muertos, irreconocibles, todo me era ajeno. Entre yo y la vida había una distancia enorme, un precipicio insalvable. Me sentía vacía, hueca por dentro. La soledad que encierra el dolor desgarrador es inmensa.

 

Me costó muchas lágrimas dejar ir, con cariño y sin juzgarme, el pesado lastre de emociones aparcadas que arrastraba. No tenía alternativa, si miraba para otro lado me ahogaba; cualquier sentimiento que intentaba rehuir se hacía grande hasta que acababa dominándome y el miedo me paralizaba. En cambio, si lo dejaba estar en mi, si lo aceptaba perdía fuerza y al final se desvanecía.

 

Durante los primeros años de duelo, en mis peores momentos, cuando la añoranza era insoportable, me reconfortaba la certeza de que todo pasa, de que el amor va más allá de la muerte y que, aunque no podía abrazar a mi hijo, si podía sentirlo cerca, en mi corazón. Durante la travesía de mi largo duelo pude constatar que el amor es lo único que me permitió volver a la vida.

 

 

Empecé a ver la luz al final del túnel cuando tuve la certeza de que la elección de ser feliz, de sintonizar con la alegría, de vivir con serenidad y en paz solo depende de mi, de mi actitud. Me di cuenta, aunque tropiezo y caigo muchas veces, que, en última instancia siempre tengo la oportunidad de elegir qué quiero que florezca en mi corazón: ¿la gratitud por lo vivido o la amargura por lo que he perdido? ”.

 

NO LO PASES
SOLA Y BUSCA
CONSUELO

 

.Pedir ayuda. Es bueno contar con el soporte de un terapeuta y/o algún grupo de duelo.

 

.Acercarse a la naturaleza. Mirar el mar, pasear por el bosque, tomar el sol… La naturaleza nos da energía.

 

Llorar, gritar. Las lágrimas proporcionan consuelo y gritar nos ayuda a liberar la rabia que produce la situación.

 

.Evitar reproches. Perdonarnos a nosotros mismos y a los demás es clave para nuestra recuperación.

 

.Centrarnos en los “para qué” en vez de los “por qué”. El por qué nos ha sucedido a nosotros suele llevarnos a la ira, el victimismo o la culpa. En cambio el “para qué” abre horizontes esperanzadores.

 

 

Mercè Castro, periodista, tiene 60 años y, a raíz de la muerte de su hijo a escrito tres libros:“Volver a vivir”, “Palabras que consuelan” y “Dulces destellos de luz”. Es autora también del blog: comoafrontarlamuertedeunhijo.com

 

28 DE SEPTIEMBRE EN BARCELONA

 

 

PRESENTACIÓN DE “DULCES DESTELLOS DE LUZ”

 

JUEVES 28 DE SEPTIEMBRE A LAS 18:00h.

EN LA SALA DE PRENSA DE ABACUS

BALMES, 163

 

Me sentiré muy acompañada si podéis venir

LA VIDA ES UN SOPLO

 

 

Hay vidas largas y otras cortas, lo sé, la vida de mi hijo Ignasi duro 15 años, otras mucho menos, incluso algunas almas parten antes de nacer.

Yo he cumplido los 60, pero al ver las fotos de cuando él y su hermano eran pequeños me parece que fue ayer que los sostenía a los dos en brazos.

 

Comparada con la eternidad, la vida, por más larga que sea, es un instante fugaz. “Cuanto mayor me hago –dice mi padre que tiene 88 años- más rápido va el tiempo. Se me junta el verano con la navidad, niña” . A mi ya casi me pasa lo mismo.

 

Por eso intento vivir cada día, despacio, saboreándolo, como si fuera el último. Y la única manera que conozco es siendo consciente de mi cuerpo, en vez de quedar atrapada en la mente.

 

Los pensamientos, si les doy mucha importancia me aturden, me distraen, me llevan para delante, para atrás… me agotan, En cambio, cuando me paro a sentir la brisa en la piel, el calorcito del sol, el ritmo de mi respiración desaparecen las prisas y el ahora, el presente, se ensancha y me acoge. Son momentos en los que siento que yo soy vida.

 

A veces, como la vida es cambio, ocurre algo nuevo que me da miedo y, sin darme cuenta, vuelvo al torbellino de la mente. Entonces, el cuerpo que es muy sabio, me agarrota la espalda y me instala una piedra enorme en el pecho. Eso me indica que estoy en cualquier parte menos aquí y ahora, que no estoy “viviendo” lo que siento.

 

Me paro, escucho, le doy un espacio al temor y, por el simple hecho de aceptarlo, pierde fuerza y dejo de temerlo.

 

Hace nada era una niña, después fui madre y ahora soy abuela. No quiero que lo que me queda de vida pase sin darme cuenta, mientras yo estoy pendiente de lo que pienso. Prefiero sentir, aunque a veces duela.

 

 

 

 

EL CALOR DE LOS ABRAZOS

 

 

Hubo un tiempo, duro, en que yo no sabía si podría volver a la vida. Quería de corazón estar presente para acompañar a los que amo, sí, pero a menudo, sobre todo cuando estaba sola y podía aflojar mi máscara de guerrera, me perdía en la incertidumbre y rozaba por instantes la locura.

 

Nunca me había sentido antes tan perdida, tan vulnerable, con tanto miedo… No sabía entonces que los desafíos de la vida son siempre desafíos de amor. Eso empecé a vislumbrarlo al tocar fondo. O dejaba de torturarme con pensamientos terroríficos o me ahogaba.

 

Así empecé a experimentar lo sanadora que es la gratitud, el poner la atención en lo bueno que hay en mi y los demás, en la belleza de los árboles, de algunos balcones con flores, en las luces doradas que encienden los rincones cotidianos de mi ciudad.

 

Eso me llevo a seguir el hilo de la ternura, la calidez de algunas miradas, la dulzura de las palabras bonitas que salen del alma. ¡Cuánto reconfortan las caricias sinceras, los abrazos largos, sentidos, profundamente humanos!

 

A veces el ruido de la propia vida me arrastra, se dispara el piloto automático y pierdo la sintonía del amor. Aparecen juicios, críticas y temor. Bueno, qué le vamos hacer, son parte de mi y ya sé que esquivarlos es peor. Los escucho, los arropo y poco a poco vuelvo a la gratitud.

VIVIR CON ALEGRÍA Y SERENIDAD

He pasado muchos años de mi vida poniendo la atención, sin ni siquiera saberlo, en lo malo que veía a mi alrededor, en los horrores que podían suceder, en lo que no funcionaba bien… Incluso cuando me sentía feliz me mantenía alerta. Vivía sin vivir en mi, persiguiendo un ideal, haciendo equilibrios para que nada se torciera. ¡Qué fatiga, cuánto estrés!

 

En el mundo hay mucho sufrimiento, mucho dolor, es verdad, pero también mucha belleza y bondad. Tuve que tocar fondo para comprobar que el amor el agradecimiento, el perdón es lo único que nos sostiene, que nos da paz.


No estoy hablando de negar lo que sentimos, no, al contrario, sentir lo que sea sin resistirnos suele ser la salida. Eso nos lleva a ser tolerantes con nosotros mismos y por extensión con los demás.


Sé que los grande duelos nublan y sobrevivimos a tientas, confusos y desgarrados en medio de la oscuridad. Pero también sé que encierran el potencial de encender la luz que todos llevamos dentro. La que nos permite ampliar la mirada, aceptar la realidad tal como viene, sin más. Vivir con amabilidad y hacernos la vida fácil, sencilla.


Al final a todos nos espera la muerte y, entre medio, me parece que es un acto de amor hacia los que ya partieron intentar vivir con alegría y serenidad.

QUIZÁ LA VIDA ES TAN SOLO UN JUEGO

Siento que algo sublime me sostiene, me acaricia, me abraza y me susurra palabras amorosas con dulzura.

 

Cuando la vida se pone cuesta arriba, cuando me siento perdida, confusa, triste, criticona y me doy cuenta pido a ese algo sublime, a esa Gracia divina que me guíe. No tarda nada.

 

Entonces, el ego se encoge y me doy cuenta que lo que me parecía difícil u horrible no lo es tanto, tan solo es un acto más de lo que llamamos vida.

 

La Gracia tiene el don de indultarlo todo. Y cuando le doy espacio me lleva a lugares tan hermosos… En cambio, cuando intento llevar yo las riendas me pierdo en los juicios. ¡Qué cansino es evaluarlo todo!

 

Solo importa el amor que damos y recibimos, lo demás es puro aprendizaje, aunque nos parezca que es perder el tiempo. Todo tiene sentido, aunque nos duela vivirlo.

 

Si estamos aquí vamos a sacarle el mejor partido. Nada de comparaciones, mejor agradecer lo poco o mucho que tenemos y ponerle humor a lo que nos asusta. Total, con miedo o sin él vamos a tener que llegar al final. Y quién sabe, quizá, al cruzar al otro lado nos demos cuenta que se trataba solo de un juego.

EL LENGUAJE DEL AMOR

 

Para un momento. Siéntate en un lugar tranquilo, íntimo y escucha.

 

Calma el ruido de tu mente sin reproches; deja que el enfado grite, que la tristeza llore, que el cansancio se expanda hasta el infinito.

 

No hay nada a entender, a controlar o a evitar, aunque a menudo has pensado que sí, que se trataba de eso, que con tesón y mucho esfuerzo es posible dominar la vida.

 

Deja de sujetar lo que sea que quieres amarrar. Si no lo sueltas acabarás rendida, agarrada a algo que, aunque parezca real y sólido es pura ficción, una quimera.

 

Abre las manos y entrégate al momento: qué dice tu cuerpo, ¿sientes su queja? Acaricia tu dolor. Él es real y pide amor. ¿Vas a ignorarlo perdiendo el tiempo en culpar a otros o a ti misma, en vez de hablarle con ternura y abrazarle?

 

Sí, es cierto, preferirías no estar herida, claro que sí. Pero, si lo estás, ¿no es mejor ser amable, cariñosa, afable con tu dolor en vez de envolverlo en amargura?

 

Nada es para siempre, recuerda, puedes abrir la ventana y dejarte mecer por la brisa y, por la calle, en el trabajo, en casa, en el mercado, en todas partes ver destellos de luz en cada mirada.  

 

El lenguaje del amor en realidad es simple. Habla sin palabras. Tan solo hay que poner la atención en la bondad, en la belleza que aparecen, de pronto, sin ni siquiera buscarlas.

 

 

 

 

NO ES FÁCIL PERO ES POSIBLE

 

 

A veces llueve sobre mojado y sin tiempo a tomar aire nos hundimos y parece que esta vez, sí, hemos llegado al límite y nos ahogamos. Pero no, de muy hondo suele irrumpir una fuerza que nos mantiene a flote mientras a bocanadas respiramos.

 

Tan solo hay que dejar de luchar y ¡qué difícil es eso!

 

Tan solo hay que dejar de juzgar y cómo nos cuesta!

 

No nos gusta sentir miedo, nos aterroriza y, cuando al fin, después de habernos rasgado el alma, volvemos a caer de rodillas y nos abrazamos al miedo ancestral que nos atenaza, se produce el milagro.

 

Nos sentimos en paz sin saber muy bien porqué y cómo.

 

Cómo cuando, en una noche estrellada, miramos el cielo y nos preguntamos de dónde venimos, quién somos… No hay respuesta, pero siento la certeza de que hay algo más grande, de que el plan, aunque duela, es perfecto.

 

Y mientras esté aquí, seguiré amando porqué el amor es lo único que, para mi, merece la pena.

 

 

 

 

LA DIOSA QUE LLEVAS DENTRO

Cierra los ojos, respira hondo, despacio, sin esfuerzo, como si tuvieras todo el tiempo del mundo y nada más que hacer que regalarte este momento.

Siente la fuerza de la Diosa que llevas dentro, esa conexión sagrada que nos mantiene en pie cuando ya nada nos sostiene.

Has heredado las memorias de dolor de tus ancestros, sí, pero también todo el amor que fueron capaces de ofrecer a sus hijos las mujeres que te han precedido.


Corre por tus venas la fuerza de la indomable Artemisa, la la sabiduría de Atenea, el fuego que mantenía cálido el hogar de Hestia, el instinto maternal de Deméter, la capacidad de bajar al infierno y resurgir como Perséfone, la voluntad de compromiso de Hera, la pasión de amar y conectar con la belleza de Afrodita…


Permite que tu diosa se exprese, que honre con amor la tierra… Ella sabe, porqué ha enterrado a muchos de sus hijos, que la muerte es solo un nuevo comienzo.


No la encadenes aferrándote al sufrimiento, siente el dolor en tus entrañas, mientras mantienes la mano agarrada a tu capacidad de favorecer con cariño la vida.

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