ABRAZA TU CUERPO

 

 

Párate un momento, cierra los ojos y escucha a tu cuerpo. ¿Hay algún dolor?, ¿notas cansancio?, ¿la respiración es agitada, profunda, superficial, lenta? ¿Sientes alguna tensión?

Cuando me permito hacer eso y me limito a pasar un ratito atenta al cuerpo, sin intentar modificar nada de lo que observo, a menudo me invade una agradable sensación, como si se estuvieran aflojando hasta romperse unas amarras invisibles que mantenían tensos los músculos y en alerta cada una de mis células.

 

Nuestro cuerpo nos acompaña desde siempre en ese viaje que llamamos vida y, con frecuencia, damos por hecho que es su obligación hacerlo sin, ni siquiera, dedicarle una palabra amable, una sonrisa de reconocimiento por cada latido, por cada inspiración, cada sutil movimiento…

Él ha estado presente en cada una de nuestras batallas, de nuestros desencuentros y guarda, en su memoria, todo el dolor que no hemos expresado en llanto.

 

Cuando dejamos hablar al cuerpo en vez de amordazarlo, de obligarlo, de someterlo, de acallarlo o criticarlo recuperamos nuestro centro, nos sentimos con más fuerza, más enraizados en la tierra y, eso, paradójicamente nos da alas, nos une a algo más grande, nos enlaza, despierta esa parte, profunda y antigua, que sabe que todos somos uno, que nada existe fuera y por separado.

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