Archivo diario: 13 mayo, 2012

UNA HISTORIA CON FINAL FELIZ

He pasado muchas horas de mi vida mirando por los ventanales del comedor de mi casa, un tercer piso de un edificio situado en una esquina del Ensanche barcelonés, tocando al barrio de Gracia.  Por esas generosas ventanas entra un trozo grande de cielo y calle. Para mí es una bonita perspectiva urbana enmarcada por enormes árboles, que veo florecer desde hace treinta primaveras.

Cuando mis hijos eran pequeños, para distraerles, nos poníamos agazapados junto a una de las ventanas y jugábamos a ver quién veía primero circular un coche amarillo, rojo, o verde. El juego tenía múltiples variantes: contar taxis, perros, gente con o sin mochila…

Hoy, que es domingo y me he levantado tarde, he hecho lo que suelo hacer cuando no voy con prisas: desayunar mirando por la ventana y no sé cómo resumir en palabras la emoción que me ha producido la escena que he presenciado en una de las terracitas del edificio de enfrente.

 

En el piso de esa terraza, un tercero como el mío, vive una mujer sola ya muy mayor a la que hace mucho tiempo se le murió un hijo de unos 35 años y poco después el marido. Es una señora pequeñita, delgada, elegante, con mucha energía, a la que veo sacar desde siempre y cada día el polvo de las persianas, a primerísima hora de la mañana.

En mi vida he hablado solo unas 4 o 5 veces con ella, sin embargo, sin saber casi nada la una de la otra –como suele ocurrir en las grande ciudades-, es como si nos conociéramos mucho y durante estos breves encuentros siempre nos hemos mirado con cariño.

 

Pues bien, mientras yo desayunaba me he quedado ensimismada viéndola bajar con una manivela un toldo verde que tiene para proteger su casa del sol. Con sigilo, ha aparecido en la escena lo que yo interpreto como uno de sus nietos, un chico de unos trece o catorce años, alto -dos o tres palmos más que ella-, delgado, con cara de sueño y despeinado y la ha rodeado con sus brazos por detrás en un abrazo tan amoroso, natural, íntimo, familiar… y la sonrisa que se le ha dibujado en la cara a ella ha sido tan enternecedora, cómplice, dulce y bonita que a mi se me han cubierto los ojos de lágrimas. Ha durado un instante, los dos han entrado enseguida en casa. Pero si hubiera estado en el cine y hubiese aparecido después de esto la palabra FIN ningún espectador hubiese dudado de que la película tenía un final feliz. Hoy tengo la plena certeza de que la vida de esta mujer, con todos sus pesares, ha merecido la pena.

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