Samekh

EMOCIONES REVUELTAS

El día de la Mercè, que es mi santo, conlleva para mí muchas emociones. En mi alma tengo guardados todos los 24 de septiembre que pasé hasta que vivió mi madre. Ella, como mi abuela materna, también se llamabaMercè y en casa ese día siempre fue fiesta grande. En la cocina de mi infancia, dos días antes, empezaban los preparativos que culminaban en un festín que reunía a toda la familia. Mi madre y mi abuela, que vivió toda la vida con nosotros, tenían un gran poder de convocatoria. Siempre me he sentido agradecida de compartir nombre con ellas. Y ayer, claro, las eché de menos. Comimos en casa Lluís, mi padre, nuestro hijo Jaume y Alba, su novia, y me arroparon con sus llamadas mis hermanos, mis tías vivas, mis primos y muchos amigos. A todos les agradezco su cariño que hizo más llevadera la nostalgia. Pero ayer cociné de memoria, estuve sin estar. Al caer la tarde me recluí en la lectura hasta la madrugada, como suelo hacer cuando el presente me hiere: me atrinchero en las páginas de un libro para estar ausente. En estos casos no leo por placer, sino para evadirme. Es una de mis excusas preferidas para dar esquinazo a la nostalgia. Misión imposible, debería saberlo de sobra, porque cuando intenté, agotada, cerrar los ojos, se agolparon pidiendo audiencia todas las emocionas aplazadas. Con cada una de ellas he tenido que ir negociando hasta que, ¡por fin! El sueño ha vencido. Sigue leyendo

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