NOSTALGIA

TRISTEZAS DE OTOÑO

Más que tristeza es nostalgia lo que provocan en mí los colores de noviembre. Desde la ventana, veo como la tierra se va adormeciendo y las hojas doradas y marchitas alfombran las calles. A partir de hoy, a las 5 de las tarde ya será casi de noche y pronto, demasiado pronto, brillarán por toda la ciudad las luces de Navidad. ¿Qué voy a hacer? No quiero que la nostalgia se instale en casa, como ha hecho otros años, y lo llene todo de tiempos pasados. Estoy dispuesta a compartir con ella algunos ratos, tal vez alguna tarde entera, pero también quiero vivir este otoño, el mío, el único que tengo ahora, con el corazón alegre. Es cierto que a Ignasi dejé de abrazarle un mes de diciembre, que la Navidad está ya a la vuelta de la esquina. Pues bien, precisamente por eso, voy a empezar a coser una manta de patchwork, hecha con pedacitos de cariño. Me propongo crear cada día algo bonito y cuando tenga muchas cosas hermosas, las iré cosiendo. Esa manta, hecha de retales de pensamientos alegres, de sonrisas, de ilusiones, de nuevos abrazos, de guiños cariñosos a mis hijos, a mi marido, a mis amigos, a todas las personas que amo y están lejos, me dará calorcito. Y cuando llame a mi puerta la tristeza la abriré, claro, pero llevaré conmigo la manta puesta.

AMBIVALENCIA

 

Hoy empieza el curso escolar y recuerdo el sentimiento ambivalente que sentía cuando mis hijos eran pequeños y volvían a la escuela: por un lado, me alegraba el regreso a la rutina invernal y, por otro, me entristecía romper la magia de los días sin prisa, sin horarios, sin obligaciones.

La ambivalencia forma parte de mi vida; me enorgullece que mi hijo Jaume se haya independizado, me produce una honda alegría verle coger las riendas de su existencia y, al mismo tiempo, me invade la nostalgia cuando entro en su habitación vacía ya de sus cosas. Lo mismo me ocurre cuando pienso en Ignasi. Le agradezco infinitamente todo lo que me ha ensañado antes y después de su muerte. He aprendido a valorar lo esencial desde que el no está en este mundo. Soy más consciente de la felicidad, de la alegría, vivo más ligera, me agobio menos. Sí, he crecido espiritualmente, pero no tanto como para que no eche de menos su sonrisa, su mirada, su voz… ¿Será siempre así?

A veces, en momentos especiales, únicos, relacionados siempre con el amor en mayúsculas, intuyo lo que hay más allá de la ambivalencia: la aceptación total de la VIDA. Esa pequeña percepción consigue apaciguar el desasosiego y me gusta.

PRIMER DOMINGO DE MAYO

 

Hoy hace primavera: sale un rato el sol, luego se nubla, vuelve a brillar, sopla el viento, amaina, reaparecen las nubes… y así, variable como el tiempo, estoy yo. Es el día de la madre y, aunque siempre me ha parecido que es una celebración un tanto impuesta, que no va conmigo, lo cierto es que desde que me he despertado echo profundamente de menos a mi madre muerta. Como si mi alma tuviera un móvil y hubiese sonado la alarma programada, desde el inicio de los tiempos, para recordarme todos los primeros domingos de mayo que hemos celebrado juntas, todos los ramos de flores que le he regalado, aunque en apariencia el día de la madre tampoco iba con ella. ¿Nos pasará a todas eso? No sé, pero por si acaso mando un abrazo cálido a las madres que leen este blog, el abrazo que me gustaría recibir de mi madre hoy, el que me haría inmensamente feliz si me lo diera Ignasi. Tal vez esta noche, en sueños, tengamos la suerte de sentir esos abrazos deseados que tanto añoramos.

DÍAS DE PRIMAVERA

 

Durante la primavera, las emociones despiertan alocadas, con ímpetu, como lo hace la propia vida. No es una estación fácil para las personas en duelo, ¿pero cuál lo es? Todas encierran recuerdos, días especiales, aniversarios… Quizá en primavera, cuando todo vuelve a nacer, la nostalgia de las ausencias se hace más presente. Mis primeras primaveras fueron duras, muy duras, como imagino lo son las de las madres y padres que empiezan ahora su camino de duelo. Por eso, me gustaría tomarles de la mano y susurrarles que todo pasa, que a los días negros les siguen otros mejores, que tengan esperanza, que no desfallezcan. Que la vida duele, sí, pero también es hermosa. A mi me encantaría dejar a todos los hijos de herencia la belleza. Que Jaume pudiera gozarla porque la ha visto en mis ojos. Porque sé que la dulzura que atesoramos alegra el alma de nuestros seres queridos muertos, acorta la distancia entre los dos mundos y es más fácil sentirlos en nuestros corazones.

EN BUSCA DE LA BELLEZA

 

Cuando atravesamos tiempos difíciles hay que buscar la belleza. La belleza despierta una emoción sublime que ayuda a aligerar el espíritu.

Yo ando estos días dolorida, el 26 de diciembre por la noche -de hace once años- tuvimos el accidente, el 31 por la mañana enterramos a Ignasiy el mismo 31 por la tarde operaban a Lluís. Cada una de mis células guarda el recuerdo de esos cinco días desgarradores que viví. Creo que, si de vieja pierdo la cabeza, el cuerpo, cuando lleguen estas fechas, seguirá recordando solo. Bueno, pues así, con el alma revuelta, como los tiempos que corren, estaba hoy yo hasta que ha llamado mi tía, la hermana pequeña de mi madre, aunque ya tiene 80 años.

-Hola cariño, que tengas un feliz año, pero no te llamo solo para eso. ¿Estás viendo la tele?… No puedes perderte el concierto de Año Nuevo. ¡Es tan precioso!

Y de esa manera, de la mano de mi tía y dela Orquesta Filarmónica de Viena, he contactado con la belleza. Al compás del Danubio Azul he atravesado la niebla y han cogido forma los días de Año Nuevo felices que he vivido y los que viviré. La belleza de la danza, de las flores, de la música ha despertado en mí la emoción sublime que nos empuja a amar la vida. Hoy ha ocurrido así, pero sé que la belleza tiene mil formas, se esconde en los lugares más insospechados y cuenta siempre con el don de levantar el ánimo y, si la perseguimos, puede curar el alma.

TODAS LAS MADRES SOMOS UNA

 

Estoy en casa, llueve y en la cocina hierve ya el caldo de Navidad. Mañana vienen a comermi hermano y mi padre y yo siento ahora en el alma toda la dulzura y el calor de las mujeres que me han precedido y ya no están. Ellas inundaron de amor mis navidades y lo siguen haciendo ahora porque viven dentro de mí. Son ellas, con mis manos, las que están preparando lo que mañana compartiremos. No seré en casa la única mujer, aunque en la mesa solo haya hombres. Encenderé una velita que las representará a ellas, otra para mi hijo y otra para todos los hijos que se han ido y siguen viviendo en nuestros corazones. Desde este momento, para mi, todas las madres somos UNA y eso me da una fuerza inmensa. Da igual que en el pecho sienta esa sensación conocida, esa piedra que recuerda el dolor de las ausencias. No voy a luchar para deshacerla, también forma parte de mí y estará ahí hasta que el amor la derrita.

ESTAR PRESENTES

 

Estos días es fácil que los padres a los que se les ha muerto un hijo estén sin estar. Es comprensible, pero demasiado triste para los hijos vivos. Para ellos, como para todos, es Navidad. Necesitan a su padre y a su madre presentes, los necesitan siempre presentes. ¿Cómo se consigue eso? Estando dispuesto a que la vida duela, pero al mismo tiempo amándola. Si le damos la espalda a la vida, también se la damos a nuestros hijos vivos, y a nosotros mismos. En las mesas de Navidad, aunque no los podamos ver, también están nuestros seres queridos muertos si abrimos nuestros corazones.Hay que sumar, en lugar de restar. El dolor es el que es y resulta mucho más llevadero si nos abrazamos al amor.

NOSTALGIA

 

Las Navidades coinciden con el aniversario de la muerte de Ignasi y, durante los primeros años, desde mediados de noviembre, volvían los días oscuros. Estar de duelo es vivir en un vendaval. A veces el viento nos eleva hasta el cielo y en cuestión de nada nos baja al infierno. Duele mucho la muerte de un hijo y la añoranza es punzante en Navidad. Pero no nos queda más remedio que abrirle la puerta y respetar su ritmo. Hay que llorar para poder luego sonreír. Una mujer sabia a la que yo visitaba cuando necesitaba consuelo, me dijo un día: “en la mesa de Navidad, Ignasi estará en el corazón de los que puedan abrirse al amor” y eso es lo que intento cuando se acercan las fiestas, agrandar el cariño para sentirlo cerca, para reconfortarme a mi y a todos los que están a mi alrededor.

La nostalgia es una buena compañera, de su mano es más fácil sentir compasión. Y un corazón compasivo es solidario, por eso nunca está solo. Con la compasión podemos acercarnos al dolor de los demás, sin necesidad de juzgar nada.

No hay que hacer grandes cosas, la oscuridad disminuye con la luz de una simple cerilla. Con estar receptiva al cariño, basta. Durante estos días, no hay que forzar nada, para nosotrasla Navidadqueda lejos de las prisas y las compras. Nuestra única moneda de cambio es ahora el amor. Nuestros mejores regalos, los abrazos.

SENTIR EL AMOR (DIARIO)

 

18 de diciembre de 2002

Ayer empecé a llorar, he estado bien hasta hace unos días. Hoy estoy en casa, recuperándome de todas las emociones que acumulo cuando se acerca la Navidad y el aniversario de la Muerte de Ignasi.

Sé que la muerte no existe, sé que el ser vive eternamente, sé que mi hijo está bien, muy bien. ¿Entonces, qué me ocurre? Añoranza, egoísmo…

Pido a Dios que me de luz y me ayude a incrementar mi capacidad de amor. Sólo desde el amor es posible aceptar la muerte y vivir con plenitud

¿Qué puedo hacer para aumentar mi vibración de amor? Sentir el amor; pensar, hablar, actuar sólo desde el amor.

DEJAR FLUIR LA TRISTEZA (DIARIO)

 

22 de julio de 1999

(Jueves-mañana)

Algunos días son más nostálgicos que otros. El cuerpo queda reducido a la mínima actividad y la mente se distancia. Me pierdo en los recuerdos. Me invade una somnolencia suave y me alejo.

Buenos días tristeza. Hoy eres tú mi compañera. Me dejaré guiar por tu mano a dónde quieras. No voy a luchar contra ti. Tienes tanto derecho como otras emociones a invadirme. Pasaremos el día juntas. Con movimientos lentos, las dos permanecemos sentadas, como ausentes. Pero es posible que, como ha ocurrido ahora, llame a la puerta alguien. Delante de la fuerza de Adelina, madre reciente, te desvaneces… aunque no tardas mucho en reaparecer. Es tu día, lo sé. La visita de Adelina ha sido corta y volvemos a estar solas. Sin pasión, hablamos de antes, del bullicio que había en casa, de la alegría que desprendían mis dos hijos juntos. De la música a todo volumen, de los partidos de fútbol en el recibidor, de las risas, las peleas, los proyectos… De la energía de Ignacio inundándolo todo. Y de repente el golpe seco, la despedida, el silencio. El contacto con una realidad nueva, desconocida, complicada. El dolor hondo de la ausencia y por encima de todo la voluntad de seguir adelante, de comprender, de aceptar.

Acurrucadas las dos en el sofá esperamos que pase el tiempo. Es lo único que podemos hacer hoy para deshacer el nudo, la congoja, el miedo.

Cuando tú, tristeza, te hayas ido será distinto. La mente y el cuerpo despertarán, y la luz encenderá la vida. Entonces volverá a reinar la claridad, la esperanza, el amor y la existencia fluirá con facilidad y dulzura.

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