SER MUJER
Cuando empezaron a diluirse las brumas de la infancia y comencé a vislumbrar retazos de otras realidades, más allá de lo estrictamente familiar, me sentí, por primera vez, incómoda por mi condición de niña. No entendía, por ejemplo, porqué mi madre me miraba con desaprobación cuando me pillaba jugando a «churro, mediamanga, mangotero» con los niños, en vez de peinar a las muñecas.
En la adolescencia, mis deseos tropezaron de lleno con las creencias que había en casa sobre qué era conveniente para una mujer. A mi no me gustaba lo que suponía que se esperaba de mí. Anhelaba la libertad, el abanico de posibilidades de los chicos.
Me sentía atada, me asfixiaba y no tuve más remedio que ponerme una coraza de guerrera para perseguir mis sueños y salir del camino que, de alguna manera, estaba culturalmente destinada a seguir. El precio fue esconder mi feminidad, aparcar mis emociones, sentirme, a menudo, sola, y dar más de un disgusto a mis padres.
Me reconcilié con mi parte femenina cuando descubrí a la diosa ingobernable que todas llevamos dentro, esa que aflojó mi coraza con dulzura cuando me quedé embarazada.
Esa diosa de la que os hablo es la que me sostuvo cuando murió mi hijo. La que me ha acompañado a recordar que sentir, en vez de debilitarme, me fortalece. Que las armas más poderosas son la ternura, la amabilidad, que con amor puedo poner límites, que no pasa nada si desfallezco. Es la que me susurra que llore, que me enfade, que ría, que disfrute, que sienta todo el placer que no han podido sentir las mujeres que me han precedido.
De la mano de la diosa que habita en mi, en ti, en todas, es una delicia ser mujer.
Mercè Castro Puig
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«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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