MIRAR LA LUNA
Siento una fascinación especial por la luna. Ya en la adolescencia me di cuenta que en los días de luna llena me desvelaba, sentía en mi interior una agitación agradable, como si cargara las pilas de mi alma.
Muchas veces me sorprendió mi hermana, dormíamos en la misma habitación, asomada a la ventana embobada mirando la luna a las tantas de la madrugada. Esa conexión no ha disminuido con la edad.
Al mirar el cielo de noche, sobre todo en plena naturaleza, me suele sobrevenir una sensación de trascendencia. Como una intuición certera de que formamos parte de algo más grande, ancestral, un sentimiento que si lo quiero definir se me escapa como agua entre las manos.
Mirando la luna me es fácil imaginar que nada es porqué sí, que el azar es un orden que desconozco pero existente, que formo parte de todo y de todos, que la separación es solo una ilusión, que compartimos el mismo oxígeno, que continuamente nuestros campos energéticos se entrecruzan, que las personas que amo están en mi y yo en ellas.
Mirar la luna me reconforta, es un interruptor que enciende en mi una conexión sagrada. Por eso, cuando se acerca la luna llena, aunque sé que me costará dormir, me pongo contenta como una niña chica.
Mercè Castro Puig
Fotos: Antoni Cladera. Punta Nati. Menorca y Nati, Montserrat. Catalunya
LIBROS:
«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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