HAY QUE SACARLO TODO

Durante los primeros meses de duelo el «shoc» emocional es tremendo. El impacto que nos produce la muerte de nuestro hijo abre las puertas del inconsciente y conectamos con las emociones, buenas y malas, que hemos ido acumulando desde que nacimos. Las pequeñas y grandes pérdidas, los sinsabores, los desengaños… Con la sacudida se remueve todo. Nos encontramos dentro de la tormenta a merced de los vientos. No hay freno.Y precisamente en eso consiste nuestro renacer. En no resistirnos y dejar salir en forma de llanto, de agresividad, de melancolía, en definitiva, todo nuestro dolor, sin juzgar nada. Sin valorar. Sin pensar. Como actores que viven intensamente su papel, siendo conscientes, sin embargo, de que tarde o temprano acabará la función. Hay que experimentar sin retener. ¿Cómo? Pués sintiendo que nosotros no somos la tristeza, sencillamente estamos tristes. No somos la rabia, nos rebelamos. No somos la confusión, estamos temporalmente perdidos.. No somos el miedo, estamos asustados. Así, poco a poco, dejando fluir, nos vamos liberando de la desesperación. Mientras tanto hemos de recurrir, hasta que se convierta en un hábito como respirar, al amor. Seguir siempre la lucecita, por leve que sea.

SÓLO SIRVE EL AMOR

El amor se encuentra en todas partes si estamos dispuestos a detectarlo. A veces nos cuesta conectar con este sentimiento porque, igual que una cebolla, estamos recubiertos de capas que nos vuelven insensibles. El orgullo, la vanidad, los prejuicios y la racionalidad excesiva no son más que corazas que nos impiden disfrutar de la brisa de la vida. Ahora que sabemos que el futuro simplemente es una probabilidad, que nada es permanente, que todo pasa, ¿para qué llevar máscaras? Nadie es mejor o peor que nosotros. Todos estamos en el mismo barco y hacemos lo que podemos. La única diferencia es que algunas personas son más conscientes que otras de esa realidad. Es cierto que existen infinidad de hechos y situaciones injustas, espeluznantes, que podrían acabar con la esperanza de todos los santos juntos. Pero eso no implica que no pretendamos ser felices. Sobre todo en una situación límite, de duelo, como la nuestra. Por eso, si recibimos una llamada cariñosa, debemos esforzarnos en mantener esa conexión de solidaridad. Dar las gracias porque esa persona que nos ha telefoneado nos quiere. Aunque parezca irrelevante, esa llamada se convierte en un agarradero importantísimo. Esta pauta la hemos de seguir siempre que tengamos la ocasión; una visita sincera que comparte nuestro dolor es una bendición. Un amigo que nos ofrece lo que tiene, un día de sol espléndido, una sonrisa de nuestros hijos. Cualquier cosa agradable ha de adquirir para nosotros un valor extremo. Nuestro trabajo consiste en aceptar lo bueno. En buscarlo desesperadamente, en magnificarlo. He podido comprobar que cuando no juzgas y valoras el lado positivo de cualquier situación todo es mucho más agradable. Eso no significa que nos volvamos estúpidos o insolidarios. Al contrario, sabemos que cualquier cosa excepto el amor es perder el tiempo.

ELUDIR LAS TRAMPAS

El duelo está lleno de trampas. ¿Para qué comer, levantarnos de la cama, y, en definitiva, seguir si hemos perdido toda ilusión? Las negaciones que nos asaltan son infinitas y se resumen en: “si él no está, no nos merecemos nada”. Esta es la pauta que predomina. Pero cuidado con eso. Es como un espejismo y hay que desvanecerlo. Una buena manera de conseguirlo es imaginarnos que hablamos con nuestro hijo muerto. Lo tenemos delante y le decimos en voz alta todo lo que se nos ocurre. Sin limitaciones. Le podemos pedir perdón, manifestarle nuestro amor, explicarle nuestra desolación… Luego ponernos en su piel y contestar. Seguro que quiere lo mejor para nosotros, que se entristece si nos ve mal. Él desea que seamos felices. Nos quiere. Nuestro hijo no volverá. No le pidamos eso. No puede. Hay que afrontar lo inevitable. Nuestra vida aquí sigue y nos toca aprender a vivir de forma distinta. Por nosotros y por él. ¿Para qué sirve si no todo el cariño que nos dio y que todavía nos puede dar? ¿Permitiremos que caiga en saco roto? Seguro que no.

COMPARTIR EL DOLOR NOS CURA

 

19 de Mayo de 1999

Miércoles (mañana)

Hoy a Jaime le sacan el yeso del brazo. Se lo rompió en Menorca (cúbito y radio) al caer de la bici. Ha estado más de 40 días con la escayola. Pero no sólo me siento contenta por eso. Durante éste último mes noto que Jaime y yo estamos más unidos. Cada uno tiene su dolor, pero a veces se produce el momento mágico de la comunicación. Y hablamos, sin prisas, de nuestros sentimientos. Conectamos. Nos comprendemosy eso es maravilloso. Compartir el dolor nos cura. Cuando él me cuenta que sueña que llaman a la puerta y su alegría es inmensa al comprobar que es Ignacio, yo me veo en la ventana cuando sueño despierta que Ignacio dobla la esquina y me saluda con la mano. A mi se me encoge el corazón igual que antes se me ensanchaba al verle. Ignacio no volverá a saludarnos desde la calle, pero siempre tendremos en nuestro interior el inmenso amor que nos producía vivir con él. Doy gracias por tener una familia como la que tengo. Unos hijos que adoro y un marido bueno que me quiere. Ahora en la tierra ya no somos cuatro, somos tres. Pero el proyecto sigue siendo el mismo.

APRENDER A VIVIR DE NUEVO (DIARIO)

 

14 de Abril de 1999

Miro por la ventana y veo los árboles llenos de hojas nuevas. Es primavera y llueve. El invierno ha pasado sin que me diera cuenta, porque parte de mí todavía se encuentra suspendida en mi vida de antes. La que acabó bruscamente el 26 de diciembre cuando, de regreso de la fiesta navideña de San Esteban, en la autopista, se nos echó encima un coche, un choque frontal a unos 150 Km. por hora. Mi hijo Ignacio recibió un golpe mortal en la cabeza. Desde entonces tan sólo puedo mantenerme a flote. Me ocupo de aprender a vivir de nuevo. Tengo la sensación de andar por un terreno pantanoso, una especie de jardín encantado lleno de trampas y obstáculos.

¿POR QUÉ HA MUERTO MI HIJO? ¿POR QUÉ NOS HA TOCADO A NOSOTROS?

 

Estas preguntas, aunque nos las hacemos todos los padres que pasamos por eso, no tienen respuesta y nos conducen inevitablemente a un callejón sin salida. La muerte de un hijo no puede entenderse desde la razón. De nada sirve darle vueltas a lo sucedido, intentando evitar lo que ya es irreversible. Recuerdo que cuando yo me preguntaba por qué, caía en lo más profundo de la desesperación. Los “por qués” no me ayudaban, ni la resignación tampoco. Lo que me ha permitido ver la luz al final del túnel es ir aceptando poco a poco la vida tal como es. Entender con el corazón que la muerte forma parte de la vida y que el amor que siento por mi hijo Ignasi es eterno, forma parte de mí, aunque no pueda verle ni abrazarle.

NADA ES PARA SIEMPRE (DIARIO)

 

15 de junio de l999

(Mañana)

¡Todos en casa tenemos tanto que aprender! Estamos construyendo una nueva vida, una nueva relación. Ahora somos tres y todo es distinto. La muerte de Ignacio nos ha enseñado que nada es para siempre. Que hay que estar constantemente dispuesto a reinventar la vida. A volver a empezar. Nunca se parte de cero. Todo lo que has andado, lo bueno y lo malo, forma parte de ti. Cuando nace un hijo, incluso cuando todavía se está gestando, ya percibe todo lo que le rodea y las emociones que experimente hasta los 3 años forjarán la base de su carácter y le predispondrán de una forma u otra ante la vida. Con el tiempo las personas tenemos la posibilidad de mejorar o empeorar, según juguemos las cartas de la baraja. Es decir, si aprendemos de nuestros errores, cada vez cometeremos menos, en cambio, si nos dejamos llevar por el miedo y lo que aparentemente nos parece más cómodo, seguramente perdamos buenas oportunidades para desarrollar nuestras capacidades y nuestra fortaleza interior.

HABLAR DE LA MUERTE EN CASA

 

Es común en nuestra sociedad silenciar la muerte, como si por el hecho de nombrarla la atrayéramos. Pero la muerte es inevitable, forma parte de la vida. De nada sirve ignorar la evidencia, al cotrario. Dejar de hablar de la persona muerta acrecienta el dolor de los que la querían y agranda la distancia en la familia. Mis hijos se llevaban 21 meses. Ignasi era el mayor, un referente para su hermano. De la noche a la mañana Jaume se quedó con el vacío de su ausencia. Y no sólo eso, de alguna forma también perdió a los padres que tenía. Durante los primeros meses todos éramos náufragos a la deriva. Llegar a tierra firme es lento, muy lento y no suecede por arte de mágia. Es una travesía dura y laboriosa, en la que las palabras y los recuerdos compartidos ayudan.

-Mamá, ¿por qué se ha muerto Ignasi y no yo?, me dijo a los pocos días Jaume.

-¿Y por qué no yo, o papá?, teníamos las mismas posibilidades, íbamos todos en el coche… y continúe diciéndole lo que buenamente pensaba; que nadie muere por casualidad, que todos tenemos un momento para nacer y para morir, y que nos vamos cuando ya hemos hecho lo que teníamos que hacer aquí. Que hay vidas cortas y vidas largas, pero que las largas no siempre son mejores que las cortas.

Hablar de la muerte y de Ignasi, no acrecentaba ni acrecienta nuestro dolor. Era reconfortante entonces, cuando sólo nombrarle se nos llenaban de lágrimas los ojos y lo es ahora cuando recordamos anécdotas y algunos de sus monumentales enfados con una nostalgia dulce y amorosa.

No es difícil hablar de la muerte, lo difícil es encarar nuestros miedos, nuestras emociones, pero no hay otro camino que nos conduzca a tierra firme. El silencio es comprensible, parece un buen atajo, pero en realidad nos conduce a un laberinto del que cuesta muchísimo salir.

EL ESFUERZO TITÁNICO DE LOS OTROS HIJOS (DIARIO)

 

12 de junio de 1999

(Sábado tarde)

Mi hijo Jaime duerme en el sofá. Estábamos viendo la tele, una película malísima, y se ha quedado dormido. He cerrado la tele y he puesto un cuarteto para flauta y violín de Mozart, para que descanse mejor. Está agotado. Es muy duro para él lo que nos ha sucedido. Días después del accidente dijo: “nosotros tendremos dos vidas, la de antes y la de ahora”. Fue el primero de los tres en comprender la situación. Está haciendo un esfuerzo titánico. Ya no es el pequeño, en cinco meses se ha convertido en un adolescente mucho más maduro de lo que le corresponde. No ha tirado la toalla ni un sólo momento. Desde el comienzo ha aguantado la presión que supone ir cada día al colegio, estudiar, encontrarse con los amigos de Ignacio y estar en casa sin él, y con unos padres abatidos, como nunca los había visto.

Ha crecido mucho y está guapísimo. Aunque sólo fuera por él merecería la pena que en casa volviera a entrar la alegría. Deseo con todo mi corazón que tenga una vida plácida y unos padres sólidos que puedan ayudarle sin pedirle nada a cambio. Me encantaría poderle enseñar que después de un golpe, por más duro que sea, las personas, poco a poco, nos recuperamos y con el tiempo volvemos a descubrir la cara agradable de la vida.

Le miro y veo la fuerza de la juventud y pienso en mí a su edad, a los 14 años, cuando todo el mundo estaba por descubrir. Una edad preciosa llena de vitalidad y soledad. Él ya sabe lo que es la muerte. Pero le queda por descubrir lo maravilloso que es compartir la vida con alguien que te quiere, tener la libertad de elegir, la agradable sensación que produce abrazar a un hijo…

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