REGALOS

ÁNGELES DISFRAZADOS

 

 

Creo que es imposible pasar por la vida sin tropiezos y, si vivimos lo suficiente, sin ninguna gran perdida.
La realidad es dual, por eso también es seguro que a lo largo del viaje aparecen personas-ángel, esas que con un abrazo o con su sola presencia nos recomponen.

 

Son como las mariposas, nos regalan su sólida liviandad, no aceptan el cautiverio y revolotean a nuestro alrededor periodos cortos de suma belleza. Aparecen y desaparecen al son de nuestra alma. A menudo cambian de apariencia, aunque en el fondo son lo mismo, ángeles disfrazados de personas, que nos dan ese empujoncito que tanto necesitamos.

 

Es más fácil atraerlos cuando es el corazón el que nos guía mientras la mente, siempre disconforme, descansa. Apagarla es inviable, no se deja, pero es posible atravesarla con sigilo, como se traspasa la niebla.

 

Entonces, sin trabas ya ni suspicacias, la energía amorosa de esos seres nos inunda y se produce el milagro. Nos sentimos bien, acompañados, con fuerzas para subir un nuevo peldaño.

 

Estos seres, como las mariposas, no son tan frágiles e inocentes como parecen. Han pasado muchos calvarios, transitado multitud de transformaciones. Son capaces de jugar, sin miedo, con leones, porque nada es tan fiero como la mente lo pinta.

Maria Merce Castro Puig

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EL HOGAR SOMOS NOSOTRAS

 

 

 

En noches de luna llena se despierta en mí un anhelo de libertad, de autenticidad, de hablar sin rodeos, de sentir la parte salvaje de la vida, sin filtros. Uno de esos momentos que atesoro es la alegría de bañarme un verano en el mar a la luz de la luna.

 

Al amparo de esa conexión íntima que se establece con mi alma en días como hoy, he sentido la certeza que lo que llamamos hogar se encuentra en cada una de nosotras.

 

Ese calorcito que sonroja las mejillas de puro bienestar surge de dentro, lo llevamos a cuestas, cada una el suyo, es personal e intransferible. Ese fuego sagrado es un regalo que nos concede la diosa Hestia cuando encontramos nuestro centro, cuando nos amamos.

 

Crear hogar no depende de lo que nos sucede, de lo que tengamos o con quién estemos, ni de un lugar en concreto. Es, me parece, un reconocimiento interno de nuestro valor.

 

De eso y cosas parecidas, hablamos mi alma y yo en las noches de luna llena.

Maria Merce Castro Puig

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LA NATURALEZA ES SANADORA

 

No hay una barita mágica que cure ahora tu dolor. Sea lo que sea lo que te mantiene en las tinieblas, es preciso sentirlo, sin atajos. Puedes intentar esquivarlo, esconderlo, ignorarlo, sí, pero tarde o temprano vas a tener que mirar de cara las emociones que te invaden, esas que se presentan, de sopetón, sin previo aviso.

 

La buena noticia es que, atravieses el duelo que atravieses, hay destellos de paz, pequeños tesoros que pueden dar calma, aunque sea solo un ratito. La naturaleza es uno de ellos. A mi me encanta mi ciudad, Barcelona, pero necesito tanto como respirar apartarme, a menudo, del asfalto y andar entre árboles, pisando tierra. Me da sosiego alzar la vista hacia horizontes abiertos, tenga delante el amar o una preciosa laguna.

 

Sé que a las personas en duelo nos cuesta, a veces, salir de casa, de lo conocido. Solemos negarnos, sin darnos cuenta, la parte dulce de la vida. Pero eso suele ser una trampa que nos lleva a lugares oscuros que nos hunden más. Es precisamente cuando estamos mal, cuando más necesitamos conectar con la esencia de la vida, con lo que nos da energía, con todo lo que nos fortalece, nos mantiene firmes, con los pies en el suelo y la vista puesta en el cielo.

Mercè Castro Puig

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NUESTRA MEJOR VERSIÓN

 

 

Es natural que después de un tsunami como el de la muerte de un hijo o de alguien inmensamente amado, nos escondamos, encerradas a cal y canto, heridas.

 

Durante tiempo, el que sea, andamos a tientas, perdidas a oscuras, no podemos sostenernos ni a nosotras mismas, aunque a menudo nos acorazamos, como guerreras, disimulando el miedo, el dolor y la pena.

 

Eso sirve al principio, o al menos a mi me lo pareció, hasta que me dí cuenta que me ahogaba. No me quedó otra que ir acunando lo que sentía, mientras con timidez abría a ratos las puertas a la vida. Un tira y afloja para ir dejando entrar algo de luz y, al mismo tiempo, dejar fluir la mía propia. Esa con la que nacemos.

 

El camino es largo, tanto que permite ir reconociendo nuestras miserias, darles la vuelta y quedarnos con nuestra mejor versión. Esa que nos mira con amabilidad y nos hace sentir merecedoras de lo que sea que deseemos.

Maria Merce Castro Puig

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BUENOS AMANTES

 

 

Poco a poco, al crecer, vamos cubriéndonos de expectativas, vamos construyendo una manera de ver la vida y esperamos que todo encaje, con nuestra visión, como las piezas de un puzzle, incluida nuestra familia.

 

Por ejemplo, tenemos una idea de lo que sería la madre o el padre ideal y, a veces, intentamos, a golpe de martillo, que encajen en esa ilusión nuestros padres reales. Es como el burro que corre eternamente detrás de una zanahoria inalcanzable.

 

Se siente una gran paz cuando amamos a los demás tal como son, sin intentar cambiarles. Cuando dejamos de luchar para que sean o hagan lo que a nosotros nos gustaría, cuando abrimos las manos y soltamos las expectativas.

 

Cuando más cerca estamos del amor incondicional, más libre y alegre se siente el alma, la nuestra y la del ser amado y es más fácil que se diluyan los malentendidos, que crezca el respeto y el placer de compartir, de acompañarnos, de estar juntos.

 

Los demás son como son y tiene mucha gracia que así sea. Lo mismo ocurre con la vida. Va a su aire, es imposible controlarla, enmarcarla, enjaularla. La vida es libre por definición. Aceptarla tal como es crea armonía, nos serena, nos convierte en buenos amantes.

Maria Merce Castro Puig

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¿NO PUEDES MÁS?

No tienes que luchar para salir del duelo, al contrario, tienes que aceptarlo para sentirte en paz, para volver a disfrutar del amor de tus seres queridos.
Si ves la vida como una lucha estarás siempre agotada. Llegará un momento que no podrás más. Ríndete preciosa, entrégate a la vida, a lo que hay y confía.
Concédete el regalo de confiar en ti y si eso te cuesta confía en tu parte sabia, en tu alma. Concédete la misma dulzura que sientes por los seres que amas.
Recuerda que eres un ser de luz, que viniste a sentir, a experimentar. No te quedes con el miedo que a veces produce vivir, escogiste estar aquí, para aprender, no te sientas culpable por los posibles errores, forman parte del aprendizaje.
Desde el otro lado te apoyan, te sostienen , están siempre a tu lado. No estás sola. Cuesta sostener el dolor, lo sé, pero es el camino que, de alguna manera, has elegido para evolucionar, aunque ahora reniegues, te rebeles y no entiendas nada.
¿Qué pasa si te permites mirarte con dulzura, ampararte, mimarte, quererte? Esta noche de San Juan, es una noche mágica, deja ir todo lo que impide envolverte de amor. Ese es el primer paso para sentirte mejor.

 

EL MES DE LAS MADRES

El mes de Mayo para mi es especialmente bonito. Es el mes de las flores y del día de las madres en muchos países y, aunque yo no me identifique mucho con las celebraciones de los días mundiales, sí siento que este mes es muy nuestro, muy femenino.

 

Es el mes de María y en muchos lugares la madre Tierra inunda con nueva vida la naturaleza. Nosotras también creamos vida, somos diosas y durante nueve meses estamos íntimamente conectadas al nuevo ser que acunamos en nuestro interior. Todo un privilegio.

 

A veces, a este ser que adoramos le toca partir antes y andamos un tiempo largo sumidas en la oscuridad y nos parece que estamos perdidas, pero no. El hilo de amor que nos une a nuestros hijos es eterno, no se rompe porque estén al otro lado, al contrario. Aunque al principio nos parezca inalcanzable, incluso fuera de lugar, deshonesto, ese cariño inmenso nos ancla, nos ayuda a percibir la esencia, a dejarnos de tonterías y a ser felices con casi nada. A menudo nos basta con un abrazo, una mirada de ternura, la luz incendiada de un amanecer para sentir una inmensa gratitud.

QUE BRILLEN LAS ESTRELLAS

Creo que somos muchas las mujeres que, de alguna manera, casi siempre inconsciente, nos sentimos más cómodas cuando no estamos del todo bien, como si nos diera miedo sentir plenitud, alegría, sobre todo a las madres que se nos ha muerto un hijo. Como si arrastráramos a cuestas el pecado original, por el simple hecho de existir.

 

Si a ti te ocurre lo mismo que a mí, ¿no te parece que nos merecemos darle la vuelta a esa creencia?

 

Hemos pasado por lo que muchos consideran lo peor de la vida, que es ver morir a un hijo, hemos recorrido un camino largo, tortuoso, inmensamente doloroso, ¿no crees que, al salir a la luz, después de tanta oscuridad la alegría serena es la recompensa?

 

Nuestros muertos nos han enseñado el amor incondicional y ahora nos toca a nosotras ser valientes y honrarles con la alegría serena. Si estás empezando un gran duelo esto te sonará a herejía. Tal vez tengas miedo a olvidar a esos seres que han partido y quieres con locura. Eso no va a suceder, preciosa, al contrario. Ellos son tus maestros y van a estar presentes siempre.

 

Al principio el dolor lo inunda todo, es normal, necesitamos tiempo y recorrer despacio el camino de introspección que requiere el duelo, pero más adelante tú eliges si los quieres recordar con alegría por todo lo que te han regalado o con amargura por que han partido. A mi me parece que ellos están bien, somos nosotras las que hemos de aprender a estarlo. Y contactar con la alegría es una buena manera de devolverles tanto como ellos nos han dado. Nuestra sonrisa también ilumina, como un cielo estrellado, su camino. Eso sin contar con lo que necesitan los que están aquí vernos de pie y contentas.

¿YA TE FELICITAS?

Vamos a imaginarnos que a esa voz que está en nuestra mente, esa que suele reñirnos, que nos censura, que nos muestra lo que no hacemos bien, lo mal que pueden ir las cosas, lo imposible de darle la vuelta a lo que sea que nos suceda le otorgamos, con cariño, un merecido descanso.

 

En su lugar vamos a poner la atención en felicitarnos cada vez que reímos, que nos miramos con dulzura las arrugas, que recordamos lo valientes que hemos sido en mil y una ocasiones, por acogernos con cariño en las noches de insomnio, por confiar en nuestra intuición, por cada instante que nos sentimos en calma, por apreciar la luz, la belleza.

 

Vamos a imaginarnos que hacemos sitio a otra vocecita, mucho más afable, que nos elogia cuando tendemos la mano a alguien, cuando nos damos un capricho, cuando sentimos placer, cuando nos sorprendemos sonriendo por algo que hemos dicho, cuando al mirarnos a los ojos, en un espejo, sentimos ternura, cuando tenemos ganas de bailar, de pasear por la orilla del mar, cuando nos perdemos en el sofá viendo nuestra serie favorita o sin hacer nada.

No olvidemos felicitarnos por honrarnos a nosotras y a la vida. Ese, creo, es el mejor regalo que podemos hacer a nuestros seres queridos estén en este o en el otro lado.

EL CAMINO DEL DUELO

 

El 26 de un diciembre tuvimos el accidente. El 28 los médicos confirmaron su muerte cerebral y el 31 tuvo lugar el funeral de nuestro hijo. Una semana trágica la de aquellas navidades de 1998, que ha marcado, sin duda, el resto de nuestras vidas.

 

En esos 25 años transcurridos caben muchas cosas y hoy me alegra decir que la inmensa mayoría han sido buenas, han dado un sentido más amoroso y sereno a mi existencia. Un duelo largo y sentido, de esos que te voltean entera, da para quitar muchas capas de arrogancia, de falsos amarres, de miedos heredados, de creencias que nos mantienen atados.

 

Pero nadie amanece fortalecido de un día para otro. Ese camino, de ineludible transformación, que empieza con una muerte anunciada o repentina hay que recorrerlo paso a paso, sin saltarnos tramos. El dolor del alma, dura lo que dura y hay que vivirlo entero, sin drama, sin caer en la tentación de tirar la toalla y quedarnos enganchados al sufrimiento.

 

Poco a poco, con todas las ayudas que tengamos a mano, vamos cayendo y levantándonos. Aprendemos a respetarnos, a no mentirnos tanto, a preguntarnos qué nos gusta y que no, a hablarnos con dulzura, a arroparnos, a ampararnos, a hacer las pequeñas cosas del día a día con agrado, con cariño, a llorar sin reparos y después lavarnos la cara para ofrecernos una sonrisa sincera.

 

Eso, llorar con ganas es lo primero que hice al despertar este 26 de diciembre, 25 años después, para luego dejarme envolver, con ternura, con el corazón abierto, por el amor infinito de las personas que quiero, estén aquí o allá, incluso por las que hace mil años que no veo.

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