ORGULLO Y PREJUICIO
No sé si a vosotras os pasa, pero a mi, a menudo, no me resulta fácil distinguir si las decisiones que tomo, cuando estoy inquieta o enfadada, provienen del ego o del corazón. ¿De dónde sale el impulso?
Si provienen del inconsciente, como ocurre la mayoría de las veces, seguramente estén impregnada de temores. Son tantas la heridas emocionales que acumulamos. Pueden surgir como respuesta al miedo al abandono, a ser rechazada, a las traiciones, a la humillación, a la injusticia…
Si el ego, la personalidad, no trabaja en equipo con el alma, ante un conflicto o desencuentro nos aferramos a la razón, a nuestra verdad, escudadas en el orgullo. La altivez nos cierra y, en vez de ayudarnos, nos boicotea, así es imposible avanzar, aprender, explorar la vida.
De serie, pasada la infancia, la inmensa mayoría funcionamos con el piloto automático. Yo no fui consciente de eso hasta que la muerte de mi hijo Ignasi hizo saltar todas las alarmas. O aflojaba mis corazas o me asfixiaba. Tuve que iniciar un camino se introspección que todavía recorro y sé que no acabará nunca, siempre aparecen nuevas capas, nuevos desafíos. Parece que el inconsciente no tiene fondo.
Cuando algo me tambalea, primero me instalo en el enojo y la indignación: «¿cómo es posible que me esté pasando esto a mi?», luego, probablemente, llega la tristeza, nos conocemos bien ella y yo. De su mano me es más fácil recogerme, buscar un rincón tranquilo y preguntarme a mi misma, con la mano en el corazón: ¿»A qué quieres prestar atención, al miedo o al cariño? Y me quedo allí, respirando despacito, hasta que el alma me mece con ternura y lo que me parecía un contratiempo insalvable se convierte en un bonito e impredicible desafío de amor.
Maria Mercè Castro Puig
Cuadro: Pim Casals Coll
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«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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ESTÁ EN TUS MANOS
Que el duelo, como la vida, tiene altibajos lo sabemos.
Que haber trascendido un gran duelo no nos exime de nada, también. No es un pase Vip.
Lo qué sí ayuda a vivir en calma es ser consciente de que lo que nos ha sucedido, muy probablemente, nos ha fortalecido.
Cuando somos capaces de abrazar el vacío, surge lo nuevo, nos convertimos en co-creadores de la propia realidad.
Al rendirnos a la vida, surgen nuevos caminos. Y no hablo de tirar la toalla, no. Me refiero a entregarnos a lo que hay, sin resistencias.
La vida siempre juega a nuestro favor, aunque, a menudo, no nos lo parezca. Ella se encarga de ordenar lo que no está en su sitio si vamos más allá del orgullo, del miedo, de nuestras miserias.
A mi me encanta imaginar que cada vida es una novela. A veces, un drama, otras un thriller o una comedia romántica. Con cada decisión, iniciamos un nuevo capítulo. No es posible suprimir páginas ya escritas, de nada sirve arrancarlas.
Lo qué sí está en nuestras manos es ir escribiendo, cada día, en las páginas en blanco, ¿Qué quieres escribir hoy, tú mandas?
Quieres ser la protagonista o temes lo que digan de ti los demás. Te mueves por creencias heredadas o decides abrir nuevos horizontes.
Si quieres dirigir tu camino tendrás que responsabilizarte de lo que eres, en vez de escudarte en lo que los demás hicieron mal, según tu parecer.
Todas las circunstancias y, por supuesto, las relaciones, a mi entender, son bilaterales y tienen como propósito ayudarnos a evolucionar. No eres una víctima de nadie, ni de nada, a menos que tú lo creas.
Cariño, es el momento de, como humanidad, coger las riendas y dirigirnos a ese mundo que, muchos, imaginamos más amoroso, más compasivo, más alegre.
Lo que no nos gusta de los otros, es lo que no aceptamos en nosotros. Lo que nos duele, pide a gritos que lo abracemos.
No estoy diciendo que encontremos bién lo que está mal, lo que intento expresar es que el ojo por ojo no nos ha conducido a nada bueno. La luz, sin violencia, disuelve la oscuridad.
Hasta que salga la palabra FIN tenemos tiempo de inventar una vida mejor, sin censura, escuchando a nuestro corazón, de la mano de nuestra alma.
Maria Merce Castro Puig
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DI SÍ A LA NUEVA VERSIÓN DE TI MISMA
Creo que las que hemos visto morir a seres esenciales para nosotras, en algún momento hemos deseado fervientemente ir hacia atrás, congelar la vida justo en aquella época en la que estábamos todos. Un anhelo tan legítimo como imposible.
Cuanto más nos resistimos a los cambios, más dolor, más cuesta arriba se hace la existencia. Intentar huir del presente nos lleva a un lugar inexistente, nos convierte en fantasmas y todo a nuestro alrededor adquiere una tonalidad gris, anodina, en la que es difícil que entre la luz, el amor, la alegría.
Sé que no es fácil abrir puertas y ventanas a la nueva versión de nosotras mismas porque, al principio, una buena parte de lo que somos se va con nuestros muertos. Quedamos huecas, mutiladas y es preciso sanar las heridas con todas las ayudas posibles y eso lleva su tiempo. Las heridas del alma requieren silencio, introspección, humildad y mucha paciencia.
Mientras, la vida nos empuja y no encontramos paz hasta que no vemos claro que es preciso renovar los votos, introducir en nuestra mente una versión actualizada más cercana a los dictados del corazón.
El sosiego llega cuando nos priorizamos desde un lugar donde es posible amarnos sin miedo lo qué dirán. No solo los demás, quizá también nuestra vieja versión intentará pararnos, criticarnos, juzgarnos.
Pero una vez elegido el camino del cariño somos invencibles, podemos hacer lo que nunca hubiésemos imaginado.
Contamos con la aprobación y la fuerza de los seres queridos que ya están en otro plano.
Allí solo cuenta el amor.
Tenemos un sin fin de ancestros que nos apoyan, seres de luz que nos guían, nos sostienen. Solo tenemos que dar el primer paso y atrevernos a mirarnos con dulzura.
Cada amanecer trae cosas nuevas que precisan distintas maneras de hacer, de sentir. El clima está cambiando, pero no es lo único. Creo que como humanidad estamos entrando en una nueva fase y de cada uno depende cuidar las semillas que queremos ver florecer. Todos tenemos la capacidad de dejar una huella amorosa si vamos liberando rencores antiguos, desencuentros, la tentación de vernos como víctimas, cuando en realidad somos cocreadores de nuestra realidad.
Mercè Castro Puig
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Cuadro: JacquesTruphémus
AMAR Y REÍR PORQUÉ SÍ
Qué bien que sienta, amar sin condiciones. Amar sin más, porqué sí, nos enriquece, nos da paz. Cuando liberamos al otro de nuestras expectativas aflora desde muy hondo una sensación de ligereza, de libertad, incluso de esa alegría inocente, limpia de cuando éramos niños.
Amar en mayúsculas no depende de nada, es algo innato en nosotros cuando acallamos las turbulencias heredadas, los condicionamientos, los miedos, los reproches, las creencias de lo que está bien y mal. Sí, estamos revestidos de todo eso, pero al fin y al cabo, en el fondo, somos chispitas de amor en estado puro.
Amar es un acto de bondad que nos hacemos a nosotros mismos y que, sin querer, repercute para bien en los demás. No importa que los seres amados ya no estén aquí o vivan lejos o no nos hayamos visto desde hace mil años.
Ese amor incondicional del que hablo, ese que fluye desde muy adentro de cada una de nosotras, no solo va dirigido a las personas, no. En esa energía cabe todo; los animales, los árboles, las plantas, la vida misma. Es un estado de gracia que, muy de vez en cuando, he tenido la suerte de experimentar.
No es una vibración lineal, al menos en mi caso, porque siempre afloran nuevos sinsabores, desencuentros, miedos soterrados que la empañan. Pero cuando elegimos vivir amando, sin amarguras, sabemos que el sol permanece aunque el día esté nublado, solo tenemos que coger un poquito más de altura para encontrarlo. Como cuando viajamos en avión.
Y lo que nos impulsa, nos eleva, lo tenemos a mano, se encuentra en la gratitud, la amabilidad, el reconocimiento y la valoración de nuestros propios logros y los de los demás. En poner atención en lo que nos gusta, en respetar a nuestro cuerpo, en agasajar a nuestra alma.
A mi, por ejemplo, me va bien cerrar los ojos y preguntarme:«¿Cómo te sientes hoy, preciosa?
Y, surja lo que surja, me recuerdo que estoy aquí disponible, acompañándome y que, aunque exista algún contratiempo, algún dolor, nostalgia, lo que sea, al final todas las Mercès que hay en mí nos reiremos juntas.
Como dice mi tía, Neus, que tiene 97 años, «Tranquila, niña, que yo no me iré de vacío». Confío en que yo tampoco.
Maria Merce Castro Puig
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AGUA CRISTALINA
Últimamente estoy teniendo sueños perturbadores, algunos verdaderas pesadillas, en los que destacan emociones densas, de las que no nos gustan. Mucha agua turbia que resurge de lo más profundo de mi inconsciente.
Más allá de que existen sueños premonitorios y que los tiempos que vivimos no son especialmente calmos, me inclino a pensar que mi alma, de noche, cuando estoy con la guardia baja, pone luz a miedos, traumas y nostalgias para que me ponga a limpiar a fondo, sin titubeos.
Mi madre, de vez en cuando, nos ponía a «hacer sábado» y allí no valía pasar el trapo por encima, haciendo ver que sacábamos el polvo. No, el trozo asignado tenía que acabar reluciendo. Pues bien, de vez en cuando el alma, a cada una a su tiempo, nos invita a eso.
Y está bien que ocurra porqué, si por mi fuera, nunca encontraría el momento de abrir mi corazón a lo que me disgusta, a las capas incrustadas de creencias dañinas, de temores tan antiguos que, quizá, arrastro de mil vidas.
Es bueno soltar, dejar ir con dulzura lo que nos incomoda de nosotros, de los demás o del pasado para conectar con la magia de la vida, del presente. Sé que la palabra disfrutar y presente topa con algunas resistencias cuando se atraviesa un gran duelo.
Al fin y al cabo, algunas incrustaciones de las que hablaba tienen que ver con creencias del tipo «la vida es sufrimiento, sufrir es nuestro destino, solo nos merecemos algo bueno (lo que sea) si nos sacrificamos mucho, sin esfuerzo no se consigue nada». ¿Te resuena alguna?
Propongo que le demos la vuelta a eso y nos centremos en crear armonía, con facilidad y belleza, poniendo la atención en las cosas y las personas buenas, en las pequeñas acciones, por insignificantes que sean, que alegran el día.
No somos perfectos, nadie lo es, la perfección no es humana. A mi me parece que venimos aquí a iluminar nuestra oscuridad, a abrazar con cariño nuestra vulnerabilidad, nuestras dudas, nuestras inseguridades, nuestros temores. No es posible ser valiente, creo, sin conocer el miedo. Por eso es esencial no escondernos detrás de máscaras, de armaduras que nos impiden irnos puliendo.
Como los trapos muy sucios, hay que enjabonar y aclarar con paciencia y amor nuestra alma hasta que el agua salga limpia, cristalina.
Mercè Castro Puig
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PON LA MANO EN TU CORAZÓN
Busca un sitio tranquilo, en el que puedas estar un ratito contigo. Un lugar, el que sea, dónde te sientas cómoda y puedas dejarte ir. Pon la mano en tu corazón, nota la caricia, el calorcito en el pecho y respira. No hay nada que hacer, ni que planificar, nada que arreglar, tan solo estar y sentir que la tierra te sostiene, que la luz de tu alma te protege.
Si aparecen viejas o nuevas angustias, miedos conocidos o desconocidos, tristezas de abandonos, recuerdos de traiciones, ráfagas de rabia, o un profundo cansancio… sonríeles, simplemente eso, sonríe con dulzura aparezca lo que aparezca. Estas en tu lugar sagrado y aquí puedes liberar, sin juzgar, lo que te pesa, hasta quedar desnuda de ataduras.
Respira, cielo, acompaña al aire hasta lo más hondo y deja que salga sin prisas, con suavidad. Siente el ritmo de la vida; cada inhalación es un regalo, cada exhalación una dulce entrega.
Permite que la calidez de la mano en tu corazón te conecte ahora con el amor que guardas, que eres. Si aparece la imagen de un ser muy querido, abrázalo y quédate allí, disfrutando del cariño que os une. En ese lugar sagrado que has creado no existe el espacio ni el tiempo, ni, por supuesto, la separación o la muerte. El amor que os envuelve es eterno.
Date las gracias, cariño, por estar contigo, por no huir, por mirar hacia dentro y prender esa luz que sostiene, con ternura, los momentos oscuros.
Mercè Castro Puig
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BAILAR CON LA VIDA
Pelearnos, resistirnos, escondernos, quejarnos… Eso sé que no ayuda, pero me llevará la vida entera sentir, en la piel, que simplemente se trata de bailar con la vida. Que no hay nada mejor ni peor cuando te entregas a vivir lo que hay. Que es posible ponerle amor a todo.
A mi me gusta imaginar que estar aquí, en realidad, es un privilegio, que la Tierra es un lugar muy valorada en el Universo. Que la densidad de la materia es exigente, sí, no es fácil de sobrellevar, pero es todo un privilegio la oportunidad de intentarlo. Esto es Broadway.
No penséis que estoy frivolizando porque como a muchas de vosotras me ha tocado representar papeles dolorosos, nada glamorosos, tristes hasta decir basta, poco lucidos... pero, precisamente, la intensidad de lo vivido me permite, a ratos, sintonizar con la melodía, con el swing de la vida.
Al fin y al cabo sabemos que nuestro tiempo es limitado y que nos guste o no, lo que hemos pactado experimentar, tiene fecha de caducidad. A mi me encanta pensar que cuando cruce al otro lado, sienta, con toda el alma, que he vivido.
Mercè Castro Puig
Foto: Fermín García Morales
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A LAS PUERTAS DEL NUEVO AÑO
Ya está oscureciendo, empieza el último atardecer del año y quiero, antes de que se vaya el 2025 abrazar y agradecer lo vivido. He ido a tres o cuatro conciertos de esos que sales con cara de niña, más ligera, como si tuvieras alas. He leído algún libro entrañable, de los que van directos al corazón, he viajado a algunos lugares que no conocía, he hecho dos amigas nuevas y recorrido, conmovida, algunas exposiciones de artistas con mucho talento.
También he sentido dolor, algunos días tan intenso que solo un llanto desgarrado me ha dado algo de consuelo. Me he visto envuelta en desencuentros conmigo misma y con gente a la que quiero. He dudado de mí, he pensado mil veces que me equivocaba. Me he sentido perdida, sola, desamparada, rabiosa y he tenido miedo.
No han faltado, tampoco, momentos de ternura, de alegría serena, de amor en estado puro, de risas imparables, de silencios confortables, de sentirme una con todo, firme, fuerte, bien enraizada. Orgullosa del camino recorrido, de quererme y, por encima de todo, está la gratitud por poder experimentar la vida, por los seres que amo que me acompañan aquí o desde el otro lado, por mi familia de sangre y mi familia de luz.
Cada persona que se acerca, cada gesto, cada disgusto, cada lágrima, cada sueño, cada palabra que escucho o pronuncio forman parte de mi historia. Esa historia que mi alma ha escrito para mí. Esa obra de teatro, que a veces es un drama y otras una comedia, con muchos actores, de la que soy protagonista. Como lo eres tú de la tuya.
Queda poco para que caiga el talón de este año y quién sabe los giros que mi alma ha previsto para el siguiente. The Show Must Go On, como canta Queen.
Feliz Año Nuevo.
Mercè Castro Puig
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El cuadro que acompaña al texto es de Juan Brufal
BUENOS AMANTES
Poco a poco, al crecer, vamos cubriéndonos de expectativas, vamos construyendo una manera de ver la vida y esperamos que todo encaje, con nuestra visión, como las piezas de un puzzle, incluida nuestra familia.
Por ejemplo, tenemos una idea de lo que sería la madre o el padre ideal y, a veces, intentamos, a golpe de martillo, que encajen en esa ilusión nuestros padres reales. Es como el burro que corre eternamente detrás de una zanahoria inalcanzable.
Se siente una gran paz cuando amamos a los demás tal como son, sin intentar cambiarles. Cuando dejamos de luchar para que sean o hagan lo que a nosotros nos gustaría, cuando abrimos las manos y soltamos las expectativas.
Cuando más cerca estamos del amor incondicional, más libre y alegre se siente el alma, la nuestra y la del ser amado y es más fácil que se diluyan los malentendidos, que crezca el respeto y el placer de compartir, de acompañarnos, de estar juntos.
Los demás son como son y tiene mucha gracia que así sea. Lo mismo ocurre con la vida. Va a su aire, es imposible controlarla, enmarcarla, enjaularla. La vida es libre por definición. Aceptarla tal como es crea armonía, nos serena, nos convierte en buenos amantes.
Maria Merce Castro Puig
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