CUANDO LLEGA LA PRIMAVERA

 

Durante el duelo los cambios de estación duelen, y mucho más el primer año. La primera primavera sin nuestro hijo es insufrible. De repente a nuestro alrededor el mundo renace; las flores, los árboles, todo vuelve a la vida menos él o ella. A mí, la primera brisa cálida en la cara me partía el alma, volvía a abrir la herida, y la añoranza, las ganas enormes de volver a abrazar a mi hijo me invadían, aunque hubiesen pasado ya muchos años de su ausencia. Cuando la tierra despierta, también despierta la tristeza. Entonces, no nos queda más remedio que darle la bienvenida, hacernos amigos de ella. La tristeza y yo hemos compartido muchos días, juntas hemos paseado bajo los primeros rayos del sol de muchas primaveras y todavía me visita de vez en cuando, aunque sé que la vida y la muerte son lo mismo y que morir aquí significa renacer en otro lado.

NUESTROS HIJOS NO SON NUESTROS (DIARIO)

 

30 de junio de 1999

(mediodía)

A jaime sólo le ha quedado una asignatura, castellano. Tienen mucho mérito éstas notas, se las ha ganado a pulso. Le veo bien.

Mañana se va a Menorca en bici, de campamentos, con su grupo del CAU. Toda una aventura. Este verano crecerá mucho en todos los sentidos y yo he de aprender a dejarle volar, a respetar sus secretos, su vida, a mirarle sin exigirle. Nuestros hijos no son nuestros. Ellos tienen su propio destino y han de aprender solos a construir su camino. Podemos aconsejarles, orientarles, pero siempre teniendo presente que su vida no es la nuestra, que tienen otras necesidades. No es fácil para las madres separarnos de ellos. Los hemos tenido dentro, son parte de nuestro cuerpo y sin darnos cuenta les convertimos en una prolongación de nosotras mismas. Pero ellos tienen una entidad propia, unas particularidades concretas y muchas cosas que aprender que pueden tener o no relación con nosotros pero que, en definitiva, sólo ellos pueden resolver. No tenemos derecho a usurparles su existencia. Es suya y han de hacer con ella lo que mejor sepan. Le pido a la fuerza del bien, al infinito, que me ayude a educarle para convertirle en un hombre, en el sentido más amplio de la palabra.

LOS REPROCHES PUDREN EL ALMA

 

Mientras hay vida es posible rectificar y aprender de los errores.Nunca nos deberíamos acostar sin la sensación de estar en paz con uno mismo. Si actuáramos siempre así, cuando muriese algún ser querido nos quedaría la tranquilidad de que le hemos dado lo mejor de nosotros mismos. Pero la existencia es complicada y todos arrastramos malentendidos y equivocaciones. Recriminar al otro sobre algo que hizo o dejó de hacer es entrar en un callejón sin salida. El pasado no puede modificarse, sólo es posible intervenir en el presente. Si para nosotros lo de antes tiene un peso tan enorme que nos impide avanzar, si representa un sufrimiento añadido convivir con la pareja después de la muerte de nuestro hijo, entonces es mejor romper la relación. Siempre es preferible una separación, para uno mismo y para los hijos, que vivir en un reproche constante, sin amor ni esperanza.

EL DUELO ES UNA TRAVESÍA EN SOLITARIO

 

En una situación así hay que avanzar juntos y, al mismo tiempo, cada uno por su lado. Parece un contrasentido, pero no lo es. Cada persona es un mundo y ante una pérdida como ésta responde de forma distinta. El golpe nos remite a golpes anteriores y reabre heridas mal cicatrizadas. Por eso el duelo es algo absolutamente personal, como una travesía en solitario. Y las reacciones de cada persona son imprevisibles.

Durante los primeros meses Lluís, por ejemplo, leía todos los libros que nos traían nuestros amigos. Algunos relacionados con el tema como “Los martes con Morryson”. En cambio, yo no podía concentrarme en nada. Vegetaba. Él era capaz de seguir una conversación con las personas que nos visitaban. Yo la mayoría de las veces me quedaba muda. No podía hablar de otra cosa que no estuviese relacionada con la vida y la muerte. Y recuerdo que un día le dije a mi hermana: ¿cómo es posible que Lluís pueda enterarse de lo que lee y pueda hablar de tantas cosas?

Es su manera de aliviar el dolor, me respondió.

Cada uno hace lo que puede, no hay nada que juzgar. Lo que nos acerca al otro es la comprensión, el respeto hacia su dolor. Lo único que podemos pedirle es que mantenga la esperanza, que siga confiando en el amor, en la solidaridad. Pero el camino hay que recorrerlo en solitario, con la ayuda de uno o más terapeutas y el calor de las personas que nos quieren, pero solos. El duelo nos enfrenta a nosotros mismos.

DISFRUTAR DE SER MUJER (DIARIO)

 

8 de julio de 1999

(Mediodía)

Me ha venido la regla sin dolor, como cuando era joven. Hace más de nueve o diez años que no me ocurría. Y, reflexionando sobre esto, se me ha ocurrido que tal vez se deba a que últimamente me acepto más. No lucho contra nada e intento disfrutar de lo poco que hago y de lo que soy.

Las mujeres de mi generación hemos vivido un cambio social que nos ha proporcionado libertad, pero también confusión y contradicciones internas. Nuestras madres todavía viven siguiendo el modelo tradicional de mujer, mientras que nosotras, sin ninguna referencia previa, hemos “conquistado el mundo” que durante generaciones pertenecía sólo a los hombres.

Me he pasado toda la vida potenciando mi lado masculino. Primero porque mi madre quería un niño cuando yo nací, y luego porque yo no quería parecerme a las mujeres que no pueden elegir su propia vida. Hasta que no tuve hijos todo parecía ir bien, pero al nacer Ignasi me di cuenta que había algo más importante para mí que tener“éxito en el trabajo”. Y luche cuanto pude, como muchas, para compaginar la maternidad con mis expectativas profesionales. Con el tiempo me doy cuenta que no hay nada más gratificante que disfrutar sin reservas de todo lo que conlleva criar tu misma a un hijo. Me dan pena las personas, hombres y mujeres, que se pierden lo mejor de sus bebés. Que dejan en manos de abuelas y canguros su verdadero tesoro. Y me dan también mucha pena los niños que llegan a casa y saben que, hasta muy tarde, la única compañía que encontrarán será la del televisor o el ordenador.

Los niños, cuando son pequeñitos, necesitan que les miremos, que les reafirmemos con nuestras expresiones de cariño, de aprobación, de ilusión y de enfado. Con los años la distancia se va ensanchando de forma natural, pero los padres nunca podemos estar ausentes. La frase: “es mejor la calidad que la cantidad” es una verdad a medias. La cantidad no tiene por qué ser de baja calidad… Ni la calidad tiene por qué concentrarse en un par de horas al día. A los hijos hay que procurar darles el 100 por 100 de nuestro amor eternamente. Las mujeres, los hombres, las instituciones, las empresas, de forma individual y colectiva, deberíamos reflexionar sobre esto. Abandonar los extremos y buscar soluciones intermedias. Porque si seguimos así, en el fondo, salimos todos perdiendo.

CONFIAR EN EL AMOR (DIARIO)

1 de julio de 1999
(Mediodía jueves)

Ayer por la tarde fui a ver al Sr. José, es un sabio, un filósofo. Me habla de conceptos elevados y me contagia paz y armonía. Cree firmemente en la Fuerza del Bien: el amor y la solidaridad. Las únicas monedas de cambio para vibrar con lo mejor de la vida.
Sé que hay seres que nos dan luz. Son personas, en apariencia normal y corrientes, que siempre están dispuestas a echarte una mano y que aparecen por “casualidad” cuando más falta te hace.
Me ha resultado maravilloso comprender que la Fuerza del Bien siempre está conmigo, con todos. Cuando se tiene esta convicción es más fácil vivir porque, sin grandes esfuerzos, se percibe el lado amable de cualquier cosa o situación. Nada ocurre porque sí, sino para que aprendamos a sintonizar con la frecuencia del Universo. Somos energía y nuestro trabajo aquí es elevar nuestra frecuencia hasta conseguir que vibre con la del amor infinito. La única forma de evolucionar es siendo solidarios. Si damos cariño recibimos cariño, aunque no siempre parezca que sea así. El amor es como la luz, tiene la facultad de apagar las sombras y disolver la oscuridad.

EL DOLOR DE LOS ABUELOS

Es muy doloroso ver morir a un hijo, pero poco se habla del dolor desgarrador de los abuelos. ¿A quién no le parte el alma ver sufrir desesperadamente a un hijo, sin apenas poder hacer nada? En el funeral de Ignasi mi madre desvariaba y uno de mis hermanos se la tuvo que llevar a casa. No supimos, hasta mucho después, que aquel delirio fue su primera embolia. Aquel día empezó a morir mi madre.
Había criado a sus hijos con la ilusión de que fueran felices y el golpe seco la dejó desencajada. Yo, que sé lo que es enterrar a un hijo, daría cualquier cosa por no tener que pasar por lo mismo que pasó mi madre.
Quiero morir me dijo y yo le pedí que al menos me diera dos años. Y eso es lo que hizo. A los dos años de morir Ignasi se fue ella.

ACTUAR CON SINCERIDAD

Si cerramos el corazón y nos dejamos llevar únicamente por el dolor, sin conectar con el amor, nuestra vida se seca. Todo a nuestro alrededor se apaga. Personas y cosas. Nos quedamos solos, viendo como nuestro trabajo, nuestros hijos, nuestra pareja, se desmoronan. Por eso durante el primer año de duelo hay que estar alerta. No debe ser un periodo estático. Hay que trabajar como nunca con uno mismo, conocernos mejor, buscar el conocimiento con la ayuda de un buen terapeuta o varios. Hay que aprender a escalar despacio pero con firmeza. Con la ilusión de que, por pequeño que sea el peldaño conseguido, estamos cada vez un poco más cerca del final del túnel, y del principio de la luz. Nuestro esfuerzo por salir, por más duro que sea, tiene como recompensa el bienestar de nuestros hijos. Nuestro ejemplo será su esperanza.
Por eso durante el primer año hay que conseguir quitarnos las máscaras. No sirve escudarnos en falsedades. Ya no. La vida nos ha llevado al límite. Tenemos que actuar con sinceridad. Y hablarnos a nosotros mismos y a todos los que queremos con el corazón.

CUANDO LA REALIDAD SE ROMPE

Cuando los médicos nos comunican que nuestro hijo no va a vivir, lo que nosotros entendemos como nuestra realidad, se rompe. Nuestra concepción del mundo se derrumba. De pronto, nuestros conceptos; nuestra forma de pensar, de mirar, de sentir entran en lo que podríamos llamar otra dimensión. El tiempo se paraliza y vivimos en lo que se podría considerar la dimensión del dolor. Cualquier cosa, por grande, pequeña, abstracta o concreta que sea adquiere un matiz distinto, desconocido. El invierno, el verano, el otoño, la primavera, el sueño, la seguridad, el hambre, el calor, el frío, los árboles, el dinero, el mar, el trabajo, la gente… todo, absolutamente todo, deja de ser aquello que conocíamos.
En esa dimensión nos movemos como a ciegas. Nada es previsible, porque nunca antes hemos vivido algo así. Cualquier cosa, aunque sea algo tan simple como mirar el cielo, nos puede desencadenar un torrente de emociones incontrolables. Las punzadas de dolor llegan sin previo aviso. Y nos sentimos muy desamparados.
La dimensión del dolor, donde nos encontramos, está llena de miedo, culpa, tristeza remordimiento, confusión, rabia, incomprensión… Es asi. A ratos nos envuelve una de estas emociones, en otras ocasiones se mezclan, se funden hasta que una de ellas adquiere más intensidad y sobresale. Y esos sentimientos pueden variar en cuestión de horas, de minutos. Esto es el duelo: un túnel oscuro lleno de fantasmas.
Cuando nuestros hijos pequeños o adolescentes nos ven así, perdidos, todavía se asustan más. Están acostumbrados a que los adultos tengamos solución para todo y nos miran angustiados esperando una respuesta, algo donde agarrarse y mantenerse a flote. Nada sirve excepto el cariño que les podamos transmitir. En esos momentos, más que nunca, nos hemos de guiar por el amor. En el sentido más amplio y universal de la palabra. Hay que hacer un esfuerzo inmenso para escapar del pasado, del apego a nuestra vida de antes, y limitarnos a vivir cada instante como si fuéramos bebés. Intentando buscar en cada persona, en cada cosa o situación un resquicio de luz, de esperanza, de solidaridad. Luchar para ver el lado positivo. Igual que los escaladores ponen los cinco sentidos en cada paso, en cada metro de escención, así hemos de agarrarnos al lado bueno de la vida, dispuestos a cambiar a cada instante. Este es el objetivo. La salida. El camino es duro, porque nos encontramos inmersos en una locura de emociones. Tristes, muy tristes y con el corazón roto. Pero ¿de qué sirve quedarse en el sufrimiento? De nada. Sólo nos hunde más en la depresión. Lo mejor que podemos hacer con la vida que nos queda es vivirla, disfrutarla. Procurar estar bien es un acto de amor a nuestros hijos, a nosotros mismos y a todos los que nos quieren. Y ya se sabe que los pequeños aprenden con el ejemplo.

EL DOLOR DE LOS HOMBRES

A muchos hombres les cuesta expresar los sentimientos. Les han educado para que no lloren, para que no muestren su “debilidad” y mantengan siempre una actitud “combatiente” ante la vida. Precisamente esa armadura, esa máscara de guerrero, les impide conectar con la esencia. Manejan muy mal las emociones. Se encuentran perdidos ante algo distinto de lo puramente racional. Y es muy difícil explicar con la razón la muerte de un hijo. Ante un hecho así, tan difícil de entender, algunos hombres huyen, inconscientemente, debido a su incapacidad de afrontar lo inevitable.
Se refugian en la acción; trabajan más que nunca, llenan su tiempo con un sinfín de actividades que les impiden pensar, sentir. Intentan vivir como si no hubiese pasado nada y eso es imposible. Cuanto más intensa sea su incapacidad de entender los sentimientos, más necesidad tendrán de huir y más sola quedará la madre.
Si la mujer no puede compartir su dolor, si se encuentra aislada y sola, es muy probable que se construya un mundo de recuerdos que gire entorno al hijo ausente. Puede ser que mantenga su habitación intacta; el armario con toda su ropa colgada, sus juguetes, los libros y todos sus objetos tal como estaban el último día. La atmósfera de la casa queda suspendida en el pasado y ella deambula sonámbula entre fantasmas. La brecha entre la pareja se va ensanchando y el reencuentro se hace cada vez más inalcanzable.
Por eso es tan importante compartir el duelo. Y eso pasa por llorar juntos, estar horas en el sofá, cogidos de la mano, en silencio, con la mirada perdida, pero sintiendo el calor del otro.
En el accidente que murió nuestro hijo mi marido sufrió varias fracturas que le mantuvieron tres meses casi postrado. Fue una suerte para nosotros poder estar tan cerca durante ese primer periodo. Compartimos insomnios, desesperación, esperanza y también mucho amor por nuestros hijos.
Luís, mi marido, me decía constantemente que para él representaba un gran honor haber tenido conmigo a un hijo como Ignacio. Que nuestro otro hijo, Jaime, se merecía lo mejor y que volveríamos a ser felices. Me recitaba esto constantemente y para mí oírle era como subir a un bote salvavidas después de un naufragio.
Solía encontrarle de madrugada en la cocina, escribiendo y llorando. “Esto es demasiado duro”, exclamaba y entonces era yo la que le recordaba lo que él me había dicho antes: que nuestro hijo había sido feliz hasta el último momento y que ahora ya no tenía posibilidad de sufrir y que nosotros saldríamos adelante.
Hay muchos momentos terribles al regresar a casa sin tu hijo. Pero ninguno comparable al despertar y recordar que la pesadilla sigue, que él está muerto y a ti te queda un día por delante, una vida por delante. Al acostarse ocurre lo mismo, no hay forma de descansar, de desconectar, de sentirse en paz. En esos momentos cualquier gesto de cariño es como una bendición, un soporte para ir escalando. Una caricia en la mano, un abrazo, una sonrisa significa la vida.

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