APRENDIZAJE

PEDIR AYUDA PARA ATRAVESAR EL DUELO

En ocasiones he comentado en este blog la valiosa ayuda que he recibido de los terapeutas que he ido encontrando en el camino de mi duelo. Yo tuve la suerte de que ya en el hospital, la noche que cambió nuestras vidas, estuvo a nuestro lado nuestra amiga y doctora homeopática Elisabeth. La conocí muchos años atrás, cuando las otitis reiteradas de nuestro hijo pequeño, Jaume, me impulsaron a buscar alternativas. Ella nos dio la mano en los primeros días de oscuridad y nunca ha dejado de hacerlo. También nos arropó Tita, mi amiga y profesora de yoga y continúa haciéndolo a distancia ahora que vive en otro continente. Marcelino, el psicólogo al que acudimos todos en casa ha sido y sigue siendo otra luz en nuestro camino. He conocido diversas terapias energéticas y desde hace 10 años, una vez al mes, acudo a un taller de interpretación de sueños… Sí, tengo la suerte de contar con muchas buenas personas que me acompañan con su sabiduría. Dicen que estas personas aparecen, como los ángeles, cuando abrimos nuestro corazón, cuando nos mueve el impulso de estar bien, de atravesar las tinieblas, de conocernos mejor, de evolucionar, de abrazarnos al amor para seguir viviendo.

Aunque nadie puede andar nuestros pasos, pienso que no solo es lícito sino necesario contar con puntos de apoyo que nos sostengan cuando desfallecemos. Porque estar de duelo es como estar subido a una noria que no para, que parece que no tiene fin.

Cada persona es un mundo y cada duelo es personal y lo que va bien a unos tal vez no funcione en otros, pero eso no impide vencer el miedo o el orgullo y pedir ayuda porque el dolor aparcado, escondido, rechazado se convierte en una roca helada que oprime nuestro pecho y, tarde o temprano vamos a tener que hacerle caso… o enfermamos.

ASIGNATURAS PENDIENTES

A mi me parece que todas las personas tenemos algún punto flaco o varios. Me refiero a aspectos de la vida en los que tenemos más dificultades, como si fueran asignaturas que se nos resisten. A algunos tal vez les cuesta hacer amigos, muchos no tienen suerte en el trabajo, otros pasan verdaderos calvarios con las parejas o con el dinero… Para mí y para muchos de los lectores de este blog, el tema principal, el que me conmueve el alma son los hijos. Desde siempre, desde mucho antes de que muriera Ignasi, mis angustias, mi máximo temor gira alrededor de ellos. No porque hayan sido niños difíciles, no, al contrario, he tenido la suerte de tener dos hijos maravillosos. El temor al que me refiero es tan hondo que va más allá de la razón. Me recuerdo hace ya muchos años, antes de conciliar el sueño, repasando en la cama un día feliz y pidiendo, por favor, que cualquier prueba que me deparara la vida no tuviera que ver con los niños. Pero les ha tocado a ellos ser mis maestros. La muerte de Ignasi es y ha sido un gran aprendizaje, pero todavía me queda mucho que aprender con Jaume. Por ejemplo, un dolor de muelas intenso, como el que tiene desde hace tres días, es para mí una convulsión que me remite al epicentro de un dolor ancestral. Un miedo antiguo que tengo que ir desmenuzando para liberarle a él y a mí de un peso que nos impide amar sin temor. A nadie le gusta ver a sus seres queridos pasarlo mal, eso es obvio. Pero hacer nuestras sus emociones, sus pesares, no solo no ayuda en nada, sino que, al angustiarnos, nos convierte en menos eficaces.Lo sé y en eso ando. También sé que los puntos flacos, sean los que sean, guardan en su esencia un tesoro, un premio a la valentía de atravesarlos, de darles la vuelta y trasformarlos. Es así como se desvanecen los miedos. Nuestros hijos no son nuestros, son hijos de la vida, dice el poeta Khalil Gibran. En nuestras manos está amarles, apoyarles, ayudarles, pero no vivir su vida o pretender que vivan la nuestra. Sus retos están hechos a su medida, son las herramientas que les permiten crecer y encontrar un sentido a su existencia. Sin dificultades, no obtendrían logros. Y eso también sirve para los hijos muertos. No podemos retenerles, ni pretender que todo siga como antes, como si no hubiesen pasado al otro lado. Hay que soltar y soltar hasta que nos una solo el cariño.

CÓMO ATRAVESAR EL DOLOR

He pasado media vida intentando armar un caparazón que me protegiera del dolor. Es algo que aprendí instintivamente, debe formar parte de mi naturaleza. De pequeña y jovencita encajaba los pequeños o grandes sinsabores y los guardaba en lo más hondo de mí, bajo siete lleves, con la intención de que desaparecieran. No sabía hacerlo de otra forma, supongo; nunca he sido llorona y siempre me ha costado desfogarme gritando. A los treinta y pocos mi alma se descompuso después de un aborto y yo seguía sin saber qué hacer con el dolor más que encerrarlo. Gracias a esa sacudida, que arrastró con violencia todo el dolor que había ido guardando, empecé a escucharme: el yoga y la homeopatía me ayudaron. Pero hasta que la muerte de Ignasi no desbordó la presa y me arrastró al fondo, hasta casi ahogarme, no acepté el dolor como parte de la vida. Fue entonces cuando descubrí que encerrarlo, reprimirlo o ignorarlo era mucho más doloroso que sentirlo. El dolor y el miedo pierden fuerza cuando los reconocemos, cuando les otorgamos un espacio.

De hecho, cuando estamos dispuestos a vivir el dolor, cesa el sufrimiento. A partir de ahí, los terapeutas pueden ayudarnos. No es posible recoger cosechas sin labrar los campos.

ADÓNDE VAN NUESTROS HIJOS AL MORIR

 

A mí, como a todos, la muerte me daba miedo hasta que se fue Ignasi. Si mi niño había pasado por ella, yo tenía que mirarla de cerca, levantarle la capa y observarla con lupa hasta entenderla. No podía cerrar los ojos y quedarme con el miedo a lo desconocido, aferrada a los prejuicios de un pensamiento racional que ignora la muerte.

Yo no sé si a todas las madres nos ocurre lo mismo, pero cuando me encontré con el cuerpo inerte de mi hijo tuve la certeza de que su energía, en otro lugar, estaba intacta. Su cuerpo había muerto, si, era evidente, pero la luz, el alma que hasta entonces había configurado lo que era Ignasi, ¿dónde estaba? ¿Qué podía hacer para sentirla de nuevo? ¿Cómo podía seguir protegiéndole?

Ya he contado en otras ocasiones, en este blog, la desesperación que me acompañó durante mucho tiempo, voy a centrarme ahora en las puertas que se me abrieron, en los umbrales de conocimiento que he ido cruzando durante estos once años, leyendo y estando en contacto con personas sensibles a los mundos paralelos, capaces de vislumbrar lo que hay detrás de los finos velos que entretejen la existencia. Y no me refiero a gente volada que convoca espíritus y alza mesas, hablo de científicos como Michio Kaku, físico teórico que apareció recientemente en “La Contra” del periódico “La Vanguardia”, entrevistado por Víctor Amela, el 10 de mayo de este año. Kaku, que colabora con el acelerador de partículas de Ginebra, afirma que no hay un solo universo: “¡hay muchísimos universos a la vez, simultáneos, paralelos..!Nuestro niverso es una burbuja más en una sopa de universos».

La barrera que separa la ciencia con la espiritualidad empieza a desvanecerse con los conocimientos que aporta la física cuántica. Los investigadores comienzan a explicar de forma analítica, lo que personas muy cercanas al amor, a la espiritualidad, intuyen como ciertas.“La muerte no existe, el ser vive eternamente”, me dijo una de ellas que ha escrito los libros de la colección “Ciencia Cósmica”. Estamos aquí para realizar un trabajo evolutivo. Todos tenemos un Ser de Luz que nos guía y, al desencarnar, él es el encargado de acogernos con cariño y evaluar con nosotros el conocimiento que hemos adquirido”. Existen rigurosos estudios científicos basados en innumerables personas que han pasado por lo que se denomina “experiencia de casi muerte”, es decir, pacientes que los médicos han dado por muertos, durante un tiempo más o menos largo, y que luego han vuelto en sí. El relato de estas personas, en su inmensa mayoría, coincide en la visión de un túnel luminoso, al final del cual se encuentra un ser bondadoso –su Ser de Luz- y definen la totalidad del proceso como un tránsito absolutamente amoroso. Una experiencia placentera de tal magnitud que cambia por completo el resto de sus vidas.

Pues bien, allí, en el otro lado del túnel, en esos universos paralelos en donde reside la energía, el alma de los que se han ido, tomamos conciencia de quienes somos: seres espirituales. El concepto del tiempo es otro, prosigue el aprendizaje y es posible desplazarse con el pensamiento.

Ya sé dónde está la esencia de Ignasi y, como muchas otras madres, a menudo puedo sentirla. La noto como un “subidón” de amor que me anuncia su presencia. Como si el mundo se parara y yo me sintiera en paz y serena. Entonces, como si mi mente fuese el teclado de un ordenador, yo le pregunto y, en la pantalla donde aparecen los pensamientos, él me contesta. También sé cómo protegerle: ahuyentando mi tristeza, mis reclamos, mis exigencias, mis ideas preconcebidas. Centrándome en engrandecer el amor y la confianza. Viendo en cada uno de nosotros una lucecita, sintiéndome unida a todas las almas. A las que estamos aquí de paso, experimentado, y a las que están allí, en esos otros mundos, aprendiendo para, quizá, volver, con más capacidad de amor, al río de la vida.

ESCUCHAR A LA INTUICIÓN

 

He hablado mucho en este blog de lo importante que es pedir ayuda cuando se atraviesa un duelo y realmente creo que lo es. Sin embargo, he escrito poco de lo que considero vital: guiarse por la propia intuición. Nada ni nadie nos puede salvar, rescatar o eliminar el dolor que sentimos, excepto nosotros mismos. Una situación límite, como es la muerte de un hijo, es el mejor momento para empezar a conocernos, para indagar en nuestra alma y preguntarnos quiénes somos, qué sentido nos reconfortaría darle a nuestra vida, cómo podemos sernos útiles a nosotros y a los demás. La intuición es tan real y eficiente como el razonamiento, pero cuenta con el plus de que sabe qué necesitamos en cada momento y tiene en cuenta nuestros sentimientos. Surge de nuestra parte divina, no de lo que los demás consideran bien o mal. La intuición está hecha a nuestra medida. ¿Pero cómo sentir esa vocecita a menudo tan débil que apenas se oye? Aprendiendo a relajarnos y meditando. Parando. Apartándonos a ratitos del ruido del mundo, y estando atentos a lo que sucede en nuestro interior. En silencio. La fortaleza aumenta dejando espacio a la intuición. Todos nacemos con este don, solo tenemos que recuperarlo.

RENDIRNOS A LA VIDA

 

 

A mi me parece que pasamos media vida aprendiendo y la otra media, desaprendiendo. Y la muerte de un hijo, como todas las grandes crisis, encierra la oportunidad de un curso acelerado precisamente de eso, de rendirse a la vida sin condiciones.

Rendirse a la vida, tal vez pueda parecer una opción fácil pero no lo es en absoluto. Requiere un esfuerzo inmenso. Rendirse a la vida sin condiciones es parecido a decir:“Estoy dispuesta a vivir lo que sea. A experimentar lo que la vida –que es la que sabe- me ponga en el camino, sin resistencias por mi parte, eligiendo el amor en cualquier situación que se me presente”. A veces lo conseguiremos y otras no, pero la intención es lo que cuenta.

­­ Rendirse a la vida sin condiciones es parecido también a aceptarla tal como es y aceptarnos a nosotros tal como somos, dejando un lugar a nuestro lado menos brillante, a nuestros errores, a nuestras frustraciones, a nuestro dolor, a nuestra agresividad, a nuestros instintos más primarios…” Eso también forma parte de nosotros, Si rechazamos eso, sufrimos.

Rendirse a la vida de corazón, sin condiciones, es el paso previo a encontrar la serenidad, la fuerza interior, nuestro poder personal.

Dicen que todos los grandes maestros han pasado por el infierno antes de descubrir dentro de ellos el cielo.

ACOMPAÑAR A LOS ENFERMOS TERMINALES

 

“Que no se vayan con dolor, que no se vayan solos, que no se vayan con miedo”, esto es lo que dijo la Dra. Begoña Román, en las jornadas sobre el Acompañamiento al Duelo y la Enfermedad, que se celebraron hace unas semanas en la Universidad deLleida, organizadas por distintos grupos de duelo y el calor de Anna Maria Agustí. Creo que este sentimiento lo compartimos todos.

La muerte de nuestros seres queridos es tan inevitable como la nuestra. ¿Qué podemos hacer para ayudarles, para que lleven a cabo ese tránsito sublime de la mejor manera posible? “Cuando no hay nada por hacer, -dijo Román- queda mucho por hacer”, hasta el último suspiro podemos reconfortarles. Hace unos años, antes de la muerte de Ignasi, acompañé a una amiga que murió de cáncer. Ella no hablaba de su próxima muerte, no podía, pero yo tampoco intenté animarla con falsas expectativas del tipo “ya verás como te pondrás bien y cuando llegue San Juan volveremos a celebrar una verbena preciosa”, para qué ofrecerle ilusiones infundadas si ella sabía, como yo, que le quedaba muy poquito, que estábamos en primavera y era su última primavera, que ya no pasaríamos más veranos juntas. Por eso, porque no le mentía, aunque omitiéramos hablar de la muerte, me permitía estar con ella. Conmigo no tenía que hacer el esfuerzo de aparentar esperanzas vanas. Me sentaba a su lado –ella apenas podía moverse de la cama- y le ayudaba a relajarse, a destensar los músculos agarrotados por el miedo y el dolor, como me había enseñado mi profesora de yoga. “Toma aire despacio, por la nariz, y lentamente condúcelo hasta tu vientre, procura que se hinche como un globo. Luego poco a poco ves sacando el aire, sin prisas”. Hacíamos respiraciones lentas y profundas hasta que se calmaba. Muchos de los ratitos que pasé junto a ella los pasamos en silencio. Para que este silencio acompañe es preciso no estar ausentes, quiero decir con la mente puesta en otro lado. Se acompaña con todo el ser, no sirve solo la presencia. Para conseguirlo, yo echaba mano de un ejercicio que aprendí en “El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte”: al inspirar, me imaginaba que me llevaba su dolor y al espirar le mandaba el amor del Universo.

No se puede acompañar más allá de lo que uno ha llegado, por eso agradezco que mi amiga Bugui no quisiera hablar de su muerte. Se hubiese topado con mis angustias y temores y no le hubiese podido ofrecer serenidad. Para poder hablarle con sosiego de la muerte a un moribundo hay que tener resueltos nuestros miedos. Para “saber estar” en una situación así hay que haber estado antes con nuestro propio dolor, curando nuestras heridas, mirando de cara a la vida, queriéndola entera, completa, ¿cómo si no podremos acercarnos al dolor de los otros?

DESTELLOS DE LUZ

 

Hay muchos destellos de luz que iluminan el camino del duelo. Pero hay uno al que le tengo un cariño especial por su gran eficacia en devolvernos a la vida. Consiste en ayudar, en ser útiles a los demás. No estoy proponiendo hacer grandes cosas, me refiero sobre todo a los pequeños gestos. Por ejemplo: preparar algo de comer para una vecina o un amigo que no se encuentra bien o que simplemente no sabe cocinar, nos permite salir un poquito de nuestro dolor, transformarlo en un acto amoroso. Cuando yo hago lentejas en casa, preparo unas cuantas más para dos o tres compañeros de la redacción. Es una tontería, pero a mi me reconforta y a ellos les gusta. Todos tenemos pequeños o grandes dones, hay quien sabe coser y puede hacer una preciosa capa de mago o de superman para un niño… Su alegría al recibir el obsequio inundará de calorcito nuestro corazón, seguro. Ir a visitar a alguien que está solo, llamar a quién está pasando apuros, ofrecer una sonrisa o un abrazo nos ayuda a disolver, aunque sea por unos instantes, la tristeza. Ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros. Es una frase hecha, ¡pero es tan cierta!

PERSEGUIR NUESTROS SUEÑOS

 

De pequeña, a mi me gustaba imaginarme historias fantásticas. Con tres o cuatro años me desperté un día anunciando que yo era la reina de las monas, que mi lugar estaba en la selva, encima de los árboles… Mi madre, a raíz de esa y muchas otras de mis ocurrencias mágicas, se pasó parte de mi infancia diciendo: “esa niña tiene mucho cuento” y lo decía en un tono preocupado, ¿qué iba a hacer con esa hija que no quería ver la vida tal y cómo es? ¿Y cómo es la vida? Algunos dirán que es un valle de lágrimas, como a menudo pensaba ella, pero a mi me gusta imaginármela como una buena escuela que ofrece infinitas posibilidades de aprender, de experimentar, de sentir. Eso implica equivocarse mucho y pasarlo mal a veces, sí, pero forma parte de la gracia de avanzar, de saber, de comprender, de intuir. Cuando la vida me ha puesto en apuros, nunca me han ayudado las estadísticas, ni las sentencias o los refranes que lo ven todo negro. Sólo persiguiendo la botella medio llena, la bondad en los corazones, el milagro que hay detrás de las esquinas, he conseguido volver a sentir paz. Por eso sueño con un mundo amoroso y creo que ese mundo se esconde en el fondo de cada uno de nosotros.

EL DOLOR ES PERSONAL

 

Me escriben algunas personas que quieren ayudar a los seres queridos que han sufrido una pérdida. Hay muchas maneras de hacerlo: escucharles, hacerles la compra o la comida si se encuentran al inicio del duelo, -en el tramo en que uno se encuentra imposibilitado para hacer frente a sus propios necesidades-, regalarles libros o flores si les gustan… Recuerdo que durante los primeros tres meses en que yo estuve en estado de shock, mi suegra nos traía tulipanes, mi cuñada Magda cocinaba para nosotros, mi hermana ponía y tendía lavadoras y muchos amigos acudían o llamaban para interesarse por nosotros. Todas las acciones amorosas sirven.

Con el tiempo me he dado cuenta que para acercarse al dolor de los demás y reconfortarles, es preciso hacer un trabajo interior que permita conectar con los propios miedos. Quien teme horrorosamente a la muerte y, por tanto a la vida, poco podrá hacer para consolar a los que sufren por la muerte de un hijo, un esposo, un hermano, una madre… Las personas capaces de estar junto a un alma dolorida son las que pueden estar con su propio dolor y vivirlo como una parte más de la existencia. Esas personas acompañan bien, incluso en silencio. Saben que no hay que coger el dolor de los demás y hacerlo suyo, porque eso impide crecer al que sufre. El dolor es un maestro personal e intransferible, del que recibimos clases particulares. Cada uno tiene lecciones que aprender de su dolor. ¿Qué sentido tiene presentarse a los exámenes que evalúan el conocimiento de otro? Eso no es amor.

Contador

Visitas

MIS LIBROS

Volver a Vivir

Clicar en la imagen

Clicar en la imagen.

Clicar en la imagen