LA BIGNONIA DE MONTSE
Corre una brisa ligera, tímida, hoy en el patio, inusual y bienvenida en este verano tórrido. Ahora, las siete de la tarde, la luz empieza a mostrarse amable, acaricia con suavidad la bignonia rosa de mi vecina Montse, recientemente fallecida, y me entrego, sin reservas, a la nostalgia de echarla de menos. ¡Tantos veranos juntas!
Sé que la energía no se crea ni se destruye, permanece y, nuestros muertos, de alguna forma, están presentes, pero es tan raro ir viendo como desaparecen de este plano las personas que quieres…
La muerte de Montse es tan reciente (hace poco más de un mes) que todavía la veo, sin proponérmelo, yendo de un lado a otro de su huerto o leyendo sentada en su silla de siempre, que permanece solitaria en su lugar, junto a la pequeña mesa de jardín. ¿Cómo es posible que las cosas, los objetos personales de los que se van sigan sin ellos?
Cuando murió Ignasi esa sensación de ver en su sitio su ropa, sus libros, sus apuntes… me producía una inmensa rabia. No sé cómo explicarlo. Excepto 4 o 5 cosas que atesoro, que tienen para mí un valor incalculable, entre ellas sus diarios, lo demás me ofendía. Cómo osaban estar ahí sin él! La muerte de un hijo produce mucha ira y salía por donde podía.
En el caso de Montse es distinto, no siento ese terrible enfado, me sorprende que su casa, ahora cerrada, siga en pie, como si nada, sin ella. Me duele su ausencia, echo de menos nuestra charlas, nuestros ratitos juntas. Su muerte me entristece y, al mismo tiempo, estoy contenta porqué por fin ha acabado el tormento de una enfermedad larga. Contradicciones del duelo. Poco a poco me acostumbraré a no verla.
Maria Mercè Castro Merce Castro Puig
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«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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