CREAR ARMONÍA

MOMENTOS INOLVIDABLES

 

 

Recuerdo la ilusión de las libretas, al inicio de curso, con las páginas en blanco, inmaculadas.

 

Recuerdo el anhelo de los primeros baños en el mar, con todo el verano por delante, la piel blanca, ansiosa de sol y sal.

 

Recuero la sensación de libertad de estar bajo la lluvia, en plena canícula, dejando que el agua del cielo me calara entera, inundando mi corazón de alegría.

 

Recuerdo la dicha de llevar a mis bebés en brazos, la satisfacción inmensa de hacerlos reír a carcajadas con pedorretas en el cuello, la barriga, la cara.

 

Recuerdo miradas de amor, de reconocimiento, de esas que hacen temblar al alma de puro gozo.

 

Recuerdo el olor atávico de la tierra mojada.

 

Recuerdo el confort de estar en casa, recogida, leyendo, mientras afuera llueve.

 

Recuerdo lo agradable que es levantarme sin prisas ni exigencias, desayunar y volver a la cama un ratito más.

 

Recuerdo la calidez, el abrigo de unas manos grandes acogiendo las mías.

 

Recuerdo lo mucho que me gusta cerrar los ojos para sentir más hondo la caricia de la brisa, del sol, de la música o, simplemente, para estar conmigo, para preservar mi intimidad.

 

Recuerdo la felicidad de escuchar la voz de mi hijo cuando me llama. La plenitud de sentir a mi otro hijo en el corazón, esparciendo amor.

 

Recuerdo pasármelo bien cocinando para la gente que quiero.

 

Recuerdo el placer de dar el día por concluido, ponerme en la cama, apagar la luz y estar conmigo misma hasta que me vence el sueño.

 

Recuerdo haberme despertado con la piel impregnada de un sueño agradable, de esos que, aunque se van diluyendo, se quedan contigo y te hacen sonreír durante el día.

 

Recuerdo reír por tonterías, hasta no poder más, con mi amiga del alma.

 

Recuerdo estos momentos inolvidables en esta tarde de principios de año, que transcurre en calma, para agradecerme a mi misma lo vivido, disfrutar de lo que soy ahora, de las personas que quiero, con la intención de abrazar con dulzura todo lo bonito que está por venir. ¿Me acompañas?

Mercè Castro Puig

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«VOLVER A VIVIR»

«PALABRAS QUE CONSUELAN»

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Foto: Fermín García Morales

 

 

 

 

 

A LAS PUERTAS DEL NUEVO AÑO

 

Ya está oscureciendo, empieza el último atardecer del año y quiero, antes de que se vaya el 2025 abrazar y agradecer lo vivido. He ido a tres o cuatro conciertos de esos que sales con cara de niña, más ligera, como si tuvieras alas. He leído algún libro entrañable, de los que van directos al corazón, he viajado a algunos lugares que no conocía, he hecho dos amigas nuevas y recorrido, conmovida, algunas exposiciones de artistas con mucho talento.

 

También he sentido dolor, algunos días tan intenso que solo un llanto desgarrado me ha dado algo de consuelo. Me he visto envuelta en desencuentros conmigo misma y con gente a la que quiero. He dudado de mí, he pensado mil veces que me equivocaba. Me he sentido perdida, sola, desamparada, rabiosa y he tenido miedo.

 

No han faltado, tampoco, momentos de ternura, de alegría serena, de amor en estado puro, de risas imparables, de silencios confortables, de sentirme una con todo, firme, fuerte, bien enraizada. Orgullosa del camino recorrido, de quererme y, por encima de todo, está la gratitud por poder experimentar la vida, por los seres que amo que me acompañan aquí o desde el otro lado, por mi familia de sangre y mi familia de luz.

 

Cada persona que se acerca, cada gesto, cada disgusto, cada lágrima, cada sueño, cada palabra que escucho o pronuncio forman parte de mi historia. Esa historia que mi alma ha escrito para mí. Esa obra de teatro, que a veces es un drama y otras una comedia, con muchos actores, de la que soy protagonista. Como lo eres tú de la tuya.

 

Queda poco para que caiga el talón de este año y quién sabe los giros que mi alma ha previsto para el siguiente. The Show Must Go On, como canta Queen.
Feliz Año Nuevo.

Mercè Castro Puig

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El cuadro que acompaña al texto es de Juan Brufal

 

 

¿QUÉ NOS SOSTIENE?

 

Si estás viviendo la muerte de alguien inmensamente amado, probablemente te sientas vacía, rota, sin una brizna de aliento para seguir. La tristeza es tan densa que oscurece la vida. El dolor es casi insoportable, pero eso ya lo sabes, ¿verdad?

Tal vez ahora te parece casi imposible vivir con el corazón abierto, sentir ilusión por un nuevo día, conectar con la alegría, la dulzura. Paso a paso, cielo. Los grandes duelos requieren paciencia. No se gana fortaleza de la noche a la mañana. Ni nunca, a mi entender, si no se inicia un camino de profunda transformación.

 

Es necesario mudar de piel, separar el trigo de la paja. Acoger lo que sentimos, aunque nos de miedo. Dejar de fingir, de criticarnos, de aparentar, de buscar la valoración de los demás, de hacernos las valientes o las víctimas. De poner la atención en la queja en vez de lo que de verdad nos sostiene.

 

¿Y qué es eso que nos sostiene? para mi siempre es el amor, la gratitud, la confianza en esa parte de mí que me guía, cuando me siento perdida. Es ser amable conmigo misma, es parar y escucharme en silencio, regalarme ratitos de calma para sentir el abrazo, el calor, la ternura que surge de estar sin hacer nada junto a mi alma. Es escuchar música, pensar en algo bonito, escribir y, sobre todo, cerrar los ojos y evocar el amor que siento por cada uno de los seres que quiero, vivos o muertos. Luego me imagino el cariño que sienten ellos por mi y, aunque ya hayan cruzado al otro lado, los percibo tan presentes como si estuvieran aquí. Eso me reconforta, me hace feliz. Mi felicidad, estoy segura, incrementa la suya. Es un pez que se muerde la cola. El amor no entiende de ausencias, nos une a todos.

Mercè Castro Puig

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ERES LUZ

 

No te estoy diciendo que no sientas miedo. El miedo es algo tan natural como respirar. Lo que te propongo es que vayamos juntas unos pasos más allá de ese miedo.

 

Sé que el dolor paraliza, pero también conozco la fortaleza que hay en ti, en mi, en todos. No traicionas a nadie si te permites, aunque sea por unos instantes ir más allá de la niebla.

 

Allí te espera tu alma, tu yo más libre, más auténtico, más secreto. Mira a los ojos a esa mujer sabia, curtida en tantas batallas, esa que no le teme a no poder, a no gustar, a lo que digan los demás.

 

No te escondas más. Has parido y, tal vez como yo, has pasado por el desgarro de ver morir a un hijo. Conoces bien el amor y el dolor. Ahora ya puedes dejar de sostener lo que te pesa, lo que te aprisiona.

 

Concédete el privilegio de amarte herida, valiente, temerosa, angustiada, llorosa, celosa… No olvides que en ti habita una diosa.

 

Aunque te sientas hundida, no olvides que eres luz y en ti reside el poder de renacer con amor.

Mercè Castro Puig

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ELIJO EL AMOR

Hay una familia de sangre a la que quiero, que me acompaña desde siempre y que elegí antes de nacer para cumplir una parte importantísima de mi destino.

Me siento infinitamente agradecida a mi madre, a mi padre, recientemente fallecido, que me han dado la vida y a mis hermanos, que están ahí y que, de alguna manera, forman parte de mi y yo de ellos.

Y luego está mi familia de luz. Esas personas que aparecen, en distintos tramos de la vida, esas amigas y amigos del alma que son un auténtico regalo.

Se las reconoce porque su energía vibra con la nuestra y despiertan en nosotros algún don oculto. Junto a ellas florece una versión nuestra que permanecía en letargo. Sabes de lo que hablo, ¿verdad?

A mi me gusta imaginar que esta familia de luz no lo es por azar. Tenemos con estas almas un pacto de amor, de ayuda mutua, que va allá de la vida y la muerte. Ese sentimiento también lo siento con mis hijos.

Ahora estoy viviendo la enfermedad grave de una de mis amigas del alma y eso me duele, me duele mucho y, al mismo tiempo, despierta en mi un amor, una ternura infinita. La rabia, el desespero, cuando te los dejas sentir, deja espacio al cariño. Entonces, como un puzle, todo encaja.
Mercè Castro Puig
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NO SÉ SI ES COSA DE LA EDAD

Al menos a mi, de pequeña, los veranos me parecían largos y los inviernos eternos. El tiempo, entonces, se estiraba hasta casi el infinito en una suave cadencia, sin cambios bruscos, ni sobresaltos. Ahora me doy cuenta que mi infancia fue un oasis, aunque guardo memoria de emociones buenas y otras no tanto.

No sé si es por los años acumulados, que ya empiezan a ser bastantes o por la inquietud que se respira en el mundo o por las dos cosas a la vez, pero tengo la sensación de que la existencia se ha vuelto muy intensa y tengo que pararme y estar conmigo en silencio más a menudo para abrigarme con el manto del sosiego.

Me parece que estoy en la antesala de un nuevo salto, con el tiempo justo de dejar la casa recogida, de poner orden a maneras de hacer que ya no me sirven, de limpiar con el perdón viejas heridas, de liberar agravios para dejar espacio a la confianza en la vida.

Sé que toda esa mudanza guarda relación con la reciente muerte de mi padre. Una muerte dulce, en casa, con sus tres hijos alrededor de la cama, a sus casi 97 años. Sí, pero es la muerte de mi padre, al que adoro, aunque no tiene nada que ver con el dolor de la muerte de mi hijo (como eso nada), ni con el desamparo de la de Lluís, mi marido.

Me toca ahora acariciar mis miedos y renovar mis votos de amor para acoger con suavidad y dulzura las oleadas que vienen y van hasta nuestro último suspiro. Sabiendo que, cuando la noche es más oscura, empieza un nuevo amanecer.
Foto: FERMÍN GARCÍA MORALES
Texto: Mercè Castro Puig
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HAZME UN FAVOR

 

Hazme un favor, dedica unos minutos a escucharte. Ya sé que es difícil. Solemos estar pendientes de los demás, ¿pero de nosotras mismas…? Eso de prestarnos atención la mayoría no sabemos lo que es.

 

No me refiero a darnos caprichos a ponernos guapas, a cuidar nuestra imagen, no. Eso está bien, claro, nos lo merecemos. Me refiero a ir más allá, a estar en silencio para dejar que nuestra alma, nuestra esencia divina hable. Sintiendo, solo eso, sin intentar acallar lo que duele.

 

Hayamos vivido mucho o poco, en nosotras coexisten muchas emociones agradables y desagradables que vamos acumulando con los años. Hemos sido bebés, niñas, adolescentes, nos hemos enamorado o no, hemos tenido tal vez desengaños, desencuentros, quizá hemos vivido duelos desgarradores, grande vaivenes…

 

Eso es vivir, sí, pero a menudo la inercia nos ciega, nos impide ver la cara más dulce de la vida y entramos en una espiral de cansancio y desazón. Es verdad que el contexto mundial no ayuda. Pero ¿desde cuándo el poder, mal entendido, no se ha sustentado en el miedo, la represión, las guerras? Y, sin embargo, vamos avanzando. De la incertidumbre, nada fácil de sostener, surge, sin embargo, lo nuevo, lo inesperado, lo que no podíamos ni imaginar alcanzar.

 

Sugiero que en la intimidad de nuestros hogares, en nuestro hacer cotidiano encontremos ese ratito para amparar la velita que todos llevamos dentro, esa que nos une al amor en estado puro e ilumina las sombras. Por débil que sea, si le prestamos atención, es capaz de grandes cambios personales y colectivos. Al fin y al cabo todo parece que está interrelacionado y, aunque cueste de creer, nada cae en saca roto.

Mercè Castro Puig

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VIVIR: ¡MENUDA AVENTURA!

Todo iba más o menos bien hasta que llegó ese vendaval que arrasó tus sueños y se llevó tu paz y aquello o a quién tanto querías. Y, quizá, cuando apenas vuelves a levantar la cabeza, llega otra tormenta. Tal vez creas que la vida es injusta contigo, porqué sería fantástico que todo fuera como la seda, ¿verdad? sin sobresaltos, con ondulaciones suaves, pausadas hasta nuestro último suspiro. Sería bonito y cómodo, sí, pero eso es del todo irreal, esas vidas no existen.

 

Un día el cielo está claro y al otro caen rayos. Y es muy difícil mantener la cordura, la serenidad, hasta que aceptamos que esto es así, que se trata de ir transitando experiencias, algunas divertidas, otras dolorosas y que en nuestras manos está tan solo acompañarnos con dulzura en esta aventura que llamamos vida.

 

La ternura, la suavidad, el recibir con alegría y gratitud lo que nos ofrece la existencia, aunque no nos guste, no surge de la nada. No es un pensamiento, es algo que nace directamente del corazón cuando vemos con buenos ojos nuestra tristeza, nuestro enfado, nuestra frustración. Cuando en vez de negar nuestras miserias, las acunamos. Cuando no escondemos nuestra vulnerabilidad, nuestro temor a no poder, a no merecer, a no dar la talla. Cuando nos entregamos a lo que hay, sin maquillaje, se abren las puertas del alma. Con esa luz que brota de nuestro interior es posible transitar los callejones más oscuros, aunque tengamos miedo.
Maria Merce Castro Puig

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NO TIRES LA TOALLA

 

Cielo, seguramente tu historia es complicada. Estás pasando por un gran duelo y no ves la salida. Puedes quedarte agazapada el tiempo que necesites, el que quieras, estás en tu derecho. Nadie puede pasar por ti ese dolor que te atenaza. Eso es cierto, sin embargo, te sugiero que no tires la toalla, que dejes la puerta del alma entreabierta.

 

No te cierres a cal y canto con tu desesperación, tesoro, permite que entre el amor aunque solo sea por una rendija. Agradece las manos que te acompañan, ábrete al sostén que te ofrecen las personas buenas, afables. Siente el arrullo de la naturaleza, la ternura del silencio, la frescura de la brisa en la cara. No pases de largo, quédate en esos instantes eternos, llenos de vida.

 

Entrégate de corazón a lo que hay y aparecerá, como un milagro, la calma. Deja de luchar, pero no tires la toalla. Estás entre dos aguas, en la antesala de renacer cariño.

 

Maria Merce Castro Puig

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SOMOS DIOSAS, SOMOS VIDA

Si hoy estás triste, te sugiero que no intentes atrancar lo que sientes. No te resistas, te desgastarás en vano. No hay forma de contener el océano.

Siéntate en un lugar tranquilo, pon música suave y deja entreabierta el alma. Con ternura, contempla como desfilen ante ti las amarguras, los pesares, la nostalgia de las ausencias.

La tristeza está aquí hoy para que la abraces, para que lloréis o bailes juntas. Es la antesala de la alegría callada, de la conexión sagrada, de los hilos invisibles que nos unen al amor.

No mires para otro lado cuando ella llama a tu puerta, que sería de nosotras si no nos desgarráramos, sin el miedo que sentimos antes de dar a luz. Luego, ya sabes, viene eso maravilloso, inexplicable, ese milagro que llamamos vida.

Te sientas como te sientas, mírate con buenos ojos, tesoro, somos diosas, capaces de sostener lo inevitable, de comprender lo incomprensible, de amar los desafíos que antes de estar aquí hemos pactado.

Somos vulnerables, claro que sí, por eso emanamos fortaleza, sabemos curar con caricias, recomponer desdichas con palabras cariñosas. Si hoy estás triste, felicítate, es que estás viva. Eres vida.
MERCÈ CASTRO

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