LA DESESPERACIÓN DE LOS PRIMEROS TIEMPOS
Siento una ternura infinita por las personas que leen este blog. Me conmueven profundamente los mensajes de los padres que recientemente se han quedado para siempre sin la presencia física de sus hijos adorados. Cierro los ojos y siento el desgarro de mis primeros tiempos sin poder abrazar a Ignasi y me parece mentira haber sobrevivido a ese inmenso dolor, el mismo que sienten ellos ahora. ¡Me gustaría tanto aliviar su pena! Pero sé que cada uno de nosotros ha de pasar por su propia tristeza, por su propia desesperación, porque ese es el camino de la curación. Porque la vida consiste en eso, en vivirla plenamente, en sentir y elegir qué hacemos con lo que nos pasa. Cuesta mucho aceptarlo, pero cuando vamos comprobando que a nuestros hijos no los vemos pero los sentimos, que no los hemos perdido, que el amor sigue intacto, que nuestra capacidad de amar es inmensa… entonces, empezamos a ver la luz. Y cuando llegamos al tramo final de ese viaje doloroso que es el duelo, ya somos otros. Nos cuesta menos acercarnos al dolor y, al mismo tiempo, nos es más fácil disfrutar de la belleza, del milagro de la vida. No es una cuestión de fe, es sobre todo una cuestión de paciencia, de entrega, de solidaridad, de humildad, de amor.
CREAR LAZOS DE AMOR
Cuando muere alguien muy querido, como un hijo, el dolor es inevitable. Cuando murió Ignasi, me propuse vivir ese dolor intensamente. Se había muerto mi hijo y estaba dispuesta a sentir todo lo que antes había intentado esconder, eludir, tapar…Sentir siempre me había dado miedo, con la razón me manejaba más o menos bien, la mente siempre encontraba la manera de “protegerme” de las emociones comprometidas. Tal vez porque presentía mi fragilidad, me recubría de dureza hasta que llegó lo incontrolable y entonces no tuve más remedio que aceptar con humildad que nada está en mis manos, ¿para qué entonces soportar el peso de las armaduras? ¿Para qué intentar defenderme de la vida?Me quedé desnuda, en carne viva y dejé que el dolor me atravesara, sin retenerlo. El dolor duele, pero es mucho peor el miedo a sentirlo. Todos conocemos a hombres y mujeres que han pasado por lo peor y eso no les impide disfrutar de la vida. Al contrario, sus tragedias les han enseñado a valorar las pequeñas cosas y conocen el arte de convertir lo sencillo en extraordinario. Eso, creo, sólo se consigue creando lazos de amor. En las condiciones más adversas todos podemos recurrir al cariño que hemos dado y recibido. Incluso en un orfanato, un niño puede sobrevivir si encuentra la mirada amorosa de una cuidadora y la guarda en su corazón para invocarla en sus noches de soledad. Si nos agarramos al amor –y eso sí está en nuestras manos- las noches oscuras durarán poco.
EL AMOR QUE DAMOS A LA VIDA ELLOS LO RECIBEN
Cuando muere un hijo, todo pierde sentido. De repente, nuestra cotidianidad se rompe y el futuro que nos habíamos imaginado se desvanece y no sabemos qué hacer con tanta añoranza, con tanta tristeza, con tanto dolor y ¡con toda una vida por delante! Eso es así al principio y ese principio puede ser más o menos largo, porque para cada uno el viaje del duelo es distinto. Lo esperanzador es que ese tramo del camino tan difícil es posible dejarlo atrás, aunque nos cueste años recorrerlo. Lo importante es la voluntad de seguir adelante, sin regatear esfuerzos. A medida que somos capaces de sentir amor, el paisaje va variando y la vida, con intermitencias, va recobrando sentido.
A mi me ha ayudado descubrir que Ignasi, aunque no esté aquí, sigue formando parte de mi proyecto de vida, de mis ilusiones, de mis deseos, de mis logros… Sigue formando parte de mí como antes, de otra forma, pero con la misma intensidad. Cuando nacieron mis hijos nació en mí un anhelo grande de ser mejor persona para poder ser una buena madre. Ese fue el pan que trajeron mis hijos bajo el brazo y eso ha quedado gravado en mi ADN, ahora que sé que la maternidad perdura aunque nuestros hijos mueran. El amor que damos a la vida ellos lo reciben. Todo lo que hacemos con amor da alegría y la alegría nos acerca a ellos. Lo veo en los ojos de mi hijo Jaume y lo noto en la energía que me transmite Ignasi.
MOMENTOS MÁGICOS
No podemos pedir a nuestros hijos que vuelvan por muchas ansias que tengamos de abrazarles. No pueden, se han ido para siempre. Sí, tal cómo eran se han ido para siempre, aunque nos duela. Pero sí pueden volver a nuestros corazones. Están presentes en nuestra vida de otra manera. Yo hablo con mi hijo cuando quiero y me acompaña algunas veces a los lugares más insospechados. Por ejemplo, tumbada en la silla del dentista, con la boca abierta y la luz cegadora en la cara, cierro los ojos y hablo con Ignacio. Porque hablar con él, aunque sea sin palabras, para mí es un bálsamo. He comprobado que estos momentos mágicos surgen con mayor facilidad cuando me siento amorosa; cuando la ansiedad o el miedo no enturbian mi alma. Como si el velo que nos separa fuese más ténue cuando entoy en paz, alegre y sosegada.
HAY QUE SACARLO TODO
Durante los primeros meses de duelo el «shoc» emocional es tremendo. El impacto que nos produce la muerte de nuestro hijo abre las puertas del inconsciente y conectamos con las emociones, buenas y malas, que hemos ido acumulando desde que nacimos. Las pequeñas y grandes pérdidas, los sinsabores, los desengaños… Con la sacudida se remueve todo. Nos encontramos dentro de la tormenta a merced de los vientos. No hay freno.Y precisamente en eso consiste nuestro renacer. En no resistirnos y dejar salir en forma de llanto, de agresividad, de melancolía, en definitiva, todo nuestro dolor, sin juzgar nada. Sin valorar. Sin pensar. Como actores que viven intensamente su papel, siendo conscientes, sin embargo, de que tarde o temprano acabará la función. Hay que experimentar sin retener. ¿Cómo? Pués sintiendo que nosotros no somos la tristeza, sencillamente estamos tristes. No somos la rabia, nos rebelamos. No somos la confusión, estamos temporalmente perdidos.. No somos el miedo, estamos asustados. Así, poco a poco, dejando fluir, nos vamos liberando de la desesperación. Mientras tanto hemos de recurrir, hasta que se convierta en un hábito como respirar, al amor. Seguir siempre la lucecita, por leve que sea.
SÓLO SIRVE EL AMOR
El amor se encuentra en todas partes si estamos dispuestos a detectarlo. A veces nos cuesta conectar con este sentimiento porque, igual que una cebolla, estamos recubiertos de capas que nos vuelven insensibles. El orgullo, la vanidad, los prejuicios y la racionalidad excesiva no son más que corazas que nos impiden disfrutar de la brisa de la vida. Ahora que sabemos que el futuro simplemente es una probabilidad, que nada es permanente, que todo pasa, ¿para qué llevar máscaras? Nadie es mejor o peor que nosotros. Todos estamos en el mismo barco y hacemos lo que podemos. La única diferencia es que algunas personas son más conscientes que otras de esa realidad. Es cierto que existen infinidad de hechos y situaciones injustas, espeluznantes, que podrían acabar con la esperanza de todos los santos juntos. Pero eso no implica que no pretendamos ser felices. Sobre todo en una situación límite, de duelo, como la nuestra. Por eso, si recibimos una llamada cariñosa, debemos esforzarnos en mantener esa conexión de solidaridad. Dar las gracias porque esa persona que nos ha telefoneado nos quiere. Aunque parezca irrelevante, esa llamada se convierte en un agarradero importantísimo. Esta pauta la hemos de seguir siempre que tengamos la ocasión; una visita sincera que comparte nuestro dolor es una bendición. Un amigo que nos ofrece lo que tiene, un día de sol espléndido, una sonrisa de nuestros hijos. Cualquier cosa agradable ha de adquirir para nosotros un valor extremo. Nuestro trabajo consiste en aceptar lo bueno. En buscarlo desesperadamente, en magnificarlo. He podido comprobar que cuando no juzgas y valoras el lado positivo de cualquier situación todo es mucho más agradable. Eso no significa que nos volvamos estúpidos o insolidarios. Al contrario, sabemos que cualquier cosa excepto el amor es perder el tiempo.
VOLVER A HACER EL AMOR
El impacto que produce la muerte de un hijo es tan profundo, tan desolador que las mujeres nos convertimos en almas en pena, sin cuerpo. Cierro los ojos y recuerdo el vacío en las entrañas que sentía los primeros meses.Nunca antes había sentido algo así. No sé cómo explicarlo, pero seguro que las madres que han pasado por eso pueden entenderme. Es una sensación palpable; no es dolor, es la nada. Nuestros vientres se convierten en espacios enormes y vacíos, como catedrales desnudas. Nos quedamos huecas por dentro. La vida nos ha arrancado a nuestro hijo y notamos su ausencia, precisamente allí dónde había estado creciendo durante nueve meses, o dos o tres. No importa si el hijo muerto todavía no había nacido. El vacío se apodera de nuestro interior, por eso apenas podemos comer, ni notamos diferencia entre la noche y el día, ni entre el frío y el calor, desconectadas como estamos del placer de los sentidos. Sólo el sufrimiento, que lo envuelve todo, nos mantiene en pie.Y es preciso vivirlo el tiempo que sea necesario.
Poco a poco retorna la conexión con el cuerpo y nos volvemos sensibles a la ternura. Sólo el amor que podemos sentir y recibir nos despierta del letargo.
Al principio, mi marido y yo pasábamos horas silenciosas, en el sofá, cogidos de la mano. La primera vez que hicimos el amor, nada tuvo que ver con el sexo. Fue eso, un acto de amor, entre dos seres desconsolados. Las caricias y los abrazos son un bálsamo para el alma.
Las madres que hemos pasado por la muerte de un hijo corremos el riesgo de quedar fuera de la realidad, eso es lo que me dijo un médico a los dos años de la muerte de Ignacio y me recetó, para volver a pisar tierra firme, que hiciera el amor con mi marido. Sin forzar nada, pero con la firme intención de volver a sentir placer. El placer sexual nos conecta con la vida.
NOS SALVA EL AMOR (DIARIO)
16 de Abril de 1999
Sábado
Ayer cuando iba andando hacia el trabajo a las 9 h. de la mañana, Barcelona estaba preciosa. Desde el Paseo de Gracia miré el Tibidabo. Estaba allí, como un referente nítido. Muy cerca de la montaña estaría ya en el colegio mi hijo Jaime. Pensé que se merecía pasar un buen día. Al atravesar la Rambla de Catalunya busqué con la mirada el balcón con flores que me gusta. A esa hora tiene una luz especial (la “buena” diría Lluis, mi marido, que es fotógrafo). Quiero sentir la vida como una unidad. Vivir el dolor, la nostalgia, la tristeza… y a la vez todo lo bello que encierra la existencia. En la calle Enrique Granados compré una maceta grande, llena de margaritas amarillas, para la terraza de Carmen, mi compañera de redacción. Era como regalarle un trocito del campo menorquín en primavera.
Desde el accidente percibo mejor la esencia de la vida. Con la desesperación se roza a veces la lucidez. Antes, yo ya sabía que lo importante era la actitud, la predisposición que tiene cada uno ante lo que le ocurre. Pero ahora, además, lo siento. No se trata de un razonamiento intelectual, sino de pura supervivencia. En las situaciones límites sólo sirve el amor. La solidaridad es lo único que te mantiene. Tanto Lluis como yo seguimos rumbo a la felicidad. No es fácil. Pero es una manera de conseguir que Jaime vuelva a ser feliz. Si lo conseguimos nosotros es muy probable que lo consiga él. Si nos hundimos seguro que él saldría muy mal parado de todo esto. Como dice Luis: “ya sabemos el camino, sólo falta reencontrarlo.
AYUDARLE A MARCHAR (DIARIO)
2 de juniode 1999
Miércoles (tarde)
El día 27 de Diciembre, por la mañana, cuando vi por primera vez a mi hijo después del accidente, ya sólo me encontré con su cuerpo. Vivía con respiración artificial y la actividad de su cerebro era nula. Media 1,85 m. y estirado en aquella cama parecía que tuviese más de 15 años. Su rostro no manifestaba dolor, se le veía tranquilo. En el lado izquierdo de la frente llevaba una gasa pequeña que le tapaba los puntos de sutura, tenía los párpados cerrados y amoratados, pero el resto de su cara y de su cuerpo estaban intactos. Las mismas manos, las mismas piernas, los mismos pies que yo había visto crecer centímetro a centímetro. Pero él no estaba. Le cogí de la mano y le dije que luchara, que su organismo era joven y podía superar cualquier cosa. Le pedí fervientemente que no se rindiera, que le quedaban muchas cosas bonitas por hacer. No sabía como devolverle a la vida;incluso llegué a prometerle uno de sus sueños: que le haría socio de su equipo de fútbol favorito, el Barça, cuando se recuperara. Sentada en la silla de ruedas en la que me trasladaban, le besaba la mano con toda mi ternura, con la profunda intención de devolverle a la vida. Sabía que él, aunque estaba en coma, oía mis palabras y sentía mis pensamientos. De eso no tenía duda. Su energía estaba todavía por allí. Durante aquel día fui varias veces de mi habitación a la UVI. Cuando el cansancio me vencía, mi padre, con todo su amor, ocupaba mi lugar hasta que las enfermeras le invitaban a salir.
Aquella misma noche intuí que todo iba mal, mi hijo no reaccionaba a la medicación y el tiempo jugaba en contra y acentuaba la gravedad de las lesiones cerebrales. De madrugada le dije a mi marido que estaba en la cama contigua a la mía, con dos vértebras, varias costillas y la rodilla rota, si le parecía que había llegado el momento de darle permiso a Ignacio para que se fuera. Elisabeth, nuestra querida amiga y doctora, estaba con nosotros. Nos miró y confirmó que médicamente ya no se podía hacer nada.
Pedí un ansiolítico que, sobre todo, no me diera sueño y me llevaron a la UVI. Y recordé con la mano de mi hijo entre las mías, lo feliz que me había hecho sentir, desde el primer momento que supe que estaba embarazada. Desde aquel día nunca estuve sola. Mientras él crecía en mi barriga, yo me sentía como una diosa. Fuimos cómplices desde siempre.Y hablándole sin palabras le conté lo inmensamente felices que nos hizo a su padre y a mí su nacimiento. Y de mayor, cuando entraba en casa, la alegría que sentía con sólo verle. Le expliqué que su existencia me había dado la fuerza para avanzar, aprender, amar. Me sentía la madre más dichosa del mundo mirándole. Le agradecí, con toda mi ternura, el amor que me había dado. Y le dije que se marchara, que nada le retenía, que todo había sido perfecto y podía irse tranquilo. Luis, mi marido, en una cama con ruedas, también fue a despedirse. Al cabo de unas horas, me llevaron a una sala donde encontré reunida a toda nuestra familia. El jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos nos dijo que Ignacio estaba clínicamente muerto. Nos pidió la donación de sus órganos y yo le dije que nada me reconfortaría más que contrarrestar mi dolor con la alegría de otras madres que esperaban impacientes que surgiera algún donante que acabara con el sufrimiento de sus hijos. Pero antes debía consultarlo con mi marido. Le di las gracias por todo lo que habían hecho por Ignacio. Le pregunté si consideraba que había sufrido y me dijo que desde que entró en la ambulancia podía asegurarme que no. Entonces le pedí que toda la familia y algunos amigos pudieran entrar, de uno en uno, a despedirse de mi hijo. Más de 30 personas se despidieron de él con todo su amor después de aquella reunión.
La doctora encargada de la donación de órganos vino a nuestra habitación y Luis y yo le dimos nuestro consentimiento. Me temblaron las manos cuando firme la autorización. Le rogué a la doctora que me dejara estar presente en el quirófano cuando le desconectaran. Era del todo imposible. Entendía mis sentimientos, pero no podía ser. Le pregunté si ella estaría allí. Contestóque sí. Entonces le pedí un favor: que le dijera a mi hijo, aunque fuese mentalmente, que sus padres le queríamos, que no tuviera miedo y se dirigiera hacia la luz. Eso es lo que le hubiese dicho yo, si hubiera podido estar allí, y estoy segura que ella lo hizo.
Aquellos dos días actué con la ayuda de una fuerza superior a mí, lo sé. Mi amiga Elisabeth me explicó después que parecía como si tuviera un radar; estuve serena, atenta a todo lo que sucedía y no lloré. Pero durante la madrugada de la noche que desconectaron a Ignacio, Luis y yo lloramos desconsoladamente. Mi madrina, enfermera de Bellvitge, estuvo con nosotros. Ella aguantó todo mi dolor, mi angustia, mis quejas, mi desesperanza. Ella me ayudó, 41 años atrás, a nacer y a ella le conté aquella madrugada que la vida siempre me pedía más de lo que yo era capaz. Que no podía más, que seguir suponía demasiado esfuerzo. Que estaba cansada de luchar. Su vida tampoco ha sido fácil, tal vez por eso las dos nos comprendemos. Mi madrina me quiere desde siempre. Me escuchó y me dijo que tenía que continuar y que no idealizara demasiado a Ignacio porque entonces no dejaría espacio para Jaime. Un consejo de mujer sabía.
Esto es lo que hice yo, gracias a que dos años antes tuve la suerte de leer algunos libros de Elisabeth Kübler-Ross. Un buen día pensé que si todos tenemos que morir, lo mejor que podía hacer era documentarme sobre el tema. Siempre he pensado que la información, el conocimiento ayudan a desvanecer el miedo. Nunca hubiese podido imaginar que lo que aprendí de aquellas lecturas lo utilizaría para acompañar a mi hijo. Ahora, además de darle permiso para que se fuera le diría también que no sufriera por nosotros, que aprenderíamos a vivir sin su presencia física, que la semilla de amor que él plantó en nuestros corazones florecería. Pero en aquellos momentos eso no lo sabía. Lo desconocía todo sobre la vida después de la muerte. Ahora sé que lo que llamamos muerte no existe, que la energía se transforma, pero es eterna. Y también sé que es más fácil el camino para los que se van si perciben en los corazones de sus seres queridos el compromiso de salir adelante sin ellos, cueste lo que cueste.



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