MI MADRE
Hoy me he levantado con ganas de agradecer. Al abrir los ojos he recordado los entrañables primeros domingos de mayo cuando vivía mi madre.
Como muchas hijas, he tenido mis más y mis menos con ella; tuve una adolescencia rebelde y una manera de hacer, en apariencia, alejada de la suya. Sin embargo, gracias a su paciencia, nuestra relación ha sido siempre amorosa.
A pesar de los disgustos que, de seguro, le he dado, a mi, desde que recuerdo, siempre me ha hecho mucha ilusión verla contenta. La alegría de mi madre ha sido un bálsamo para mi corazón. Estar en su cocina, con mi abuela, mi hermana y mis tías, los días de fiesta grande, entre risas, es un recuerdo imborrable.
Ella murió dos años después de la muerte de mi hijo Ignasi. Fue la gota que colmó su pena. Tengo muchas cosas que agradecer a mi madre, pero la que borró de un plumazo todas nuestras desavenencias, fue el amor con que cuidó a mis hijos.
Sin ella, yo hubiese sido una madre más angustiada. Su presencia hacía que yo fuera al trabajo con menos culpa, más tranquila. Porque las mujeres de antes, con hijos, que amábamos nuestra profesión, trabajábamos como de escondidas. Imagino que también se sienten así, ahora, algunas jóvenes madres. No sé, tal vez.
Sé que la memoria es selectiva y se suele quedar con lo bueno, pero que bonito era cuando nos reuníamos todos en su casa, el día de la madre, hijos y nietos, en esas comidas riquísimas, acompañadas de sobremesas largas.
Aunque la relación madre/hijo está siempre presente, no precisa de un día en especial, algunas mujeres, quizá, este primer domingo de mayo sientan nostalgia de sus hijos muertos como yo la he sentido hoy de mi madre.
Los hijos, hayan muerto cuando hayan muerto, incluso si no han llegado a nacer forman parte de nosotras. Están en nosotras y es lícito, por más que pase el tiempo, que en algunos momentos sintamos nostalgia de su presencia, de lo que hubiese podido ser.
Los hijos son un proyecto de vida, un futuro que, desgraciadamente, a veces se rompe. Las que hemos atravesado su duelo, más o menos largo, podemos dar fe que es posible trascender el dolor, que nuestro amor crece, aunque no estén aquí. Que su partida, aunque nos de cosa reconocerlo, nos ha fortalecido. No en el sentido de volvernos de piedra, al contrario, de permitirnos ser vulnerables, de estar a gusto con menos. De poner más la atención en lo esencial, que, en definitiva, es el cariño.
Hoy, tal vez porque me hago mayor y me vuelvo más niña siento más nostalgia de mi madre que de mi hijo. Ignasi está siempre en mí y mi madre va y viene.
Texto: Maria Merce Castro Puig
Pintura: Antonio Barahona
LIBROS:
«VOLVER A VIVIR»
«PALABRAS QUE CONSUELAN»
«DULCES DESTELLOS DE LUZ
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