SAN JOSÉ
Mi padre se llama Pepe, hoy es su santo y después del trabajo he ido a darle un beso. Va a cumplir 81 años a finales de este mes y vive solo desde que murió mi madre, hace 9 años. Mi padre es un ejemplo de la fortaleza que tenemos las personas, de nuestra capacidad de crecer y avanzar hasta el final.
Desde que se quedó viudo ha aprendido a cocinar. Antes no había hecho ni un huevo frito y ahora prepara incluso lentejas, cremas de calabacín y puerros, verduras al vapor… Come sano y va cada día al gimnasio. Nada una hora de corrido, sin descansos, y luego hace yoga o tai-chi y un poco de máquinas. Cuando le llamo por las noches y le pregunto si ha pasado un buen día, casi siempre me dice: “he pasado un día muy bonito, cariño”. A todos los días le encuentra alguna gracia. Yo sé que tiene sus momentos, sus preocupaciones, pero su espíritu de superación es fuerte. Ha pasado de ser un hombre poco hablador, de los que van de casa al trabajo y para de contar, a ser cada vez más sociable, a interesarse por la gente de su edad y hacer amigos.
No ha tenido una vida fácil (¿quién la tiene?). Fue un niño durante la guerra, sus padres estaban separados, cuando casi nadie lo estaba (su padre se fue a Norteamérica y nunca más ha sabido nada de él), ha trabajado duro, se le ha muerto un nieto, al que estuvo acompañando en la UCI, se ha quedado viudo y, sin embargo, casi todos los días le parecen bonitos.
DEJAR QUE NUESTROS HIJOS SIGAN SU CAMINO
Si me hubiese muerto yo, en vez de Ignasi, me entristecería muchísimo percibir a mis hijos destrozados, a mi familia rota. Me gustaría que me recordaran, claro, pero con el corazón lleno de amor, en vez de pena, de amargura, de dolor. Si apostaran por la felicidad, incrementarían la mía. Siento que a Ignasi le ocurre lo mismo, eso me ha ayudado a aceptar la vida, a intentar desvanecer mis miedos. Cada porción de felicidad que alcanzo, es un regalo que ofrezco a los míos, a la gente que quiero, incluso a los que no conozco porque sé que el amor que cada uno desprende es un bálsamo para todos. En este mundo ya hay demasiado terror y miedo, lo que falta es cariño. De ese cariño que nace de dentro, que nos permite amarnos a nosotros mismos. Nadie puede dar lo que no tiene.
Nuestros hijos y todos los seres queridos que hay al otro lado, necesitan comprensión, cariño y luz para seguir su camino en paz. Y los que estamos aquí necesitamos lo mismo.
ACEPTAR LO QUE SENTIMOS
Hoy ha venido mi padre a comer a casa. Ha llegado pronto y mientras yo preparaba la comida y guardaba lo que había traído del mercado, se ha sentado a leer el periódico en la mesa de la cocina. Cada uno andaba en lo suyo hasta que me ha dicho: tienes la cara triste, ¿estás triste? Tiempo atrás le hubiese dicho que no, que tal vez un poco cansada o cualquier otra excusa. Pero hoy le he contestado que sí, que de vez en cuando me invade la tristeza igual que de repente se nubla el cielo. “Me he puesto triste en el mercado y no sé porqué”. “A mi a veces me ocurre lo mismo; estoy bien pero triste” , me ha respondido él. Y, entonces, los dos hemos notado un calorcito en el pecho, y si hubiésemos podido medir el cariño hubiésemos comprobado como subía unos grados. ¡Que agradable es aceptar lo que sentimos! ¡Cómo se alegra el corazón cuando compartimos emociones! ¡Qué reconfortante es mostrarnos tal y como somos! A partir de ese momento la tristeza, despacito, se ha ido desvaneciendo.
ELEGIR LA ALEGRÍA
En un curso de medicina cuántica al que asistí hace años, el Dr. Arrieta explicó que la alegría es una elección personal. Tardé tiempo en darme cuenta del valor de esta afirmación. Yo creía que las personas nacemos más o menos alegres, pero sobre todo pensaba que sentir alegría estaba relacionado con algo grato que nos sucedía. Como si la alegría fuese una emoción que necesitara siempre de una motivación exterior para ser sentida. Pero no es así. He podido comprobar que es posible sentirse alegre por decisión propia, sin motivo aparente. La alegría nace de nuestro interior y tiene una fuerza tremenda, una luz potente capaz de disipar la oscuridad. No hay que cerrar nunca las puertas ni a la alegría, ni al sentido del humor, sobre todo cuando las circunstancias nos son adversas. Escoger la alegría es una declaración de principios, es una elección de vida que nos otorga poder personal, nos centra, nos acerca al amor, a nuestro yo más sagrado. Hay que practicar la alegría, recordarla, invocarla hasta sentirla.
EN BUSCA DE LA BELLEZA
Cuando atravesamos tiempos difíciles hay que buscar la belleza. La belleza despierta una emoción sublime que ayuda a aligerar el espíritu.
Yo ando estos días dolorida, el 26 de diciembre por la noche -de hace once años- tuvimos el accidente, el 31 por la mañana enterramos a Ignasiy el mismo 31 por la tarde operaban a Lluís. Cada una de mis células guarda el recuerdo de esos cinco días desgarradores que viví. Creo que, si de vieja pierdo la cabeza, el cuerpo, cuando lleguen estas fechas, seguirá recordando solo. Bueno, pues así, con el alma revuelta, como los tiempos que corren, estaba hoy yo hasta que ha llamado mi tía, la hermana pequeña de mi madre, aunque ya tiene 80 años.
-Hola cariño, que tengas un feliz año, pero no te llamo solo para eso. ¿Estás viendo la tele?… No puedes perderte el concierto de Año Nuevo. ¡Es tan precioso!
Y de esa manera, de la mano de mi tía y dela Orquesta Filarmónica de Viena, he contactado con la belleza. Al compás del Danubio Azul he atravesado la niebla y han cogido forma los días de Año Nuevo felices que he vivido y los que viviré. La belleza de la danza, de las flores, de la música ha despertado en mí la emoción sublime que nos empuja a amar la vida. Hoy ha ocurrido así, pero sé que la belleza tiene mil formas, se esconde en los lugares más insospechados y cuenta siempre con el don de levantar el ánimo y, si la perseguimos, puede curar el alma.
LAS PALABRAS CURAN
Es tan fácil hablar que no nos damos cuenta del milagro que representa. Cuando nos expresamos con nuestra lengua materna, los sonidos brotan sin pensar, como por arte de magia y cada palabra encierra nuestra forma de ver la vida, de acercarnos al dolor, al amor, habla de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de lo que creemos, de lo que soñamos … El lenguaje nos define y nos ayuda a compartir sentimientos. Por eso, hablar de las personas que ya no están aquí y de nuestras emociones cura, siempre y cuando hablemos desde el corazón, desde el centro de nuestro ser, desde nuestro yo más sagrado. Si no es así, las palabras no sirven para curar, están vacías. Cuando decimos una cosa y sentimos otra, desperdiciamos el poder sanador de las palabras. De ahí que sea tan importante deshacernos de los prejuicios, de los dogmas, de las verdades absolutas que actúan de filtros e impiden que los sonidos surjan directamente del alma.
Cuando alguien nos dice algo desde el corazón es más probable que llegue al nuestro y eso siempre da paz. Como también la da decirnos a nosotros mismos, en voz alta, lo que sentimos. No nos deberíamos acostar sin habernos dicho, con dulzura, palabras cariñosas, de aprobación, de consuelo. Al verbalizar una emoción ponemos en marcha en nuestro interior el interruptor que nos une ala Creación, al Universo entero.
CÓMO CARGAR LAS PILAS
Durante los primeros tiempos del duelo hay días que uno no puede con su alma, pero incluso en esos días más negros hay chispitas de luz. Cuando se producen hay que aprovechar el momento para que esa luz se engrandezca. Una de las maneras para calmar la ansiedad y expandir el amor que yo utilizo es la siguiente: busco un lugar en mi casa donde pueda estar sola, sin interrupciones, cierro los ojos y en la pantalla de mi mente y en mi corazón hago que desfilen todas las personas que quiero. Les doy las gracias por todo el amor que me han dado, no importa que ya no estén aquí y si lo están que haga “mil años” que no las veo; hay almas que han estado poco junto a nosotros, eso da igual, el amor que hemos dado y recibido perdura, es eterno. Me imagino el inmenso cariño que me tienen y les envío el mío, junto a todos mis mejores deseos de felicidad para ellos. Luego intento hacer lo mismo con las personas con las que me cuesta conectar, pero que forman parte de mi vida. Las personas difíciles para nosotros son nuestros verdaderos maestros, ellas reflejan nuestro lado oscuro, lo que no queremos ver de nosotros mismos. Les doy las gracias por enseñarme mis debilidades, que son precisamente los defectos que yo veo en ellos, les agradezco que me muestren el camino de lo que escondo, de lo que no reconozco en mí. Los que más nos cuestan son los que más nos ayudan a avanzar, a conocernos y aceptarnos mejor. Porque en realidad todos somos uno y en el corazón de las personas que menos nos gustan se esconde también la semilla de amor que nos une a todos. Eso me ayuda a cargar las pilas, a conectar con el cariño que no juzga, que lo acepta todo, porque cualquier defecto imaginable es humano y perdonar nos libera. No se trata de encontrar bien lo que está mal, si no de aceptar que todos nos equivocamos y que cada uno hace lo mejor que sabe con su vida.
CONFIAR EN EL AMOR (DIARIO)
1 de julio de 1999
(Mediodía jueves)
Ayer por la tarde fui a ver al Sr. José, es un sabio, un filósofo. Me habla de conceptos elevados y me contagia paz y armonía. Cree firmemente en la Fuerza del Bien: el amor y la solidaridad. Las únicas monedas de cambio para vibrar con lo mejor de la vida.
Sé que hay seres que nos dan luz. Son personas, en apariencia normal y corrientes, que siempre están dispuestas a echarte una mano y que aparecen por “casualidad” cuando más falta te hace.
Me ha resultado maravilloso comprender que la Fuerza del Bien siempre está conmigo, con todos. Cuando se tiene esta convicción es más fácil vivir porque, sin grandes esfuerzos, se percibe el lado amable de cualquier cosa o situación. Nada ocurre porque sí, sino para que aprendamos a sintonizar con la frecuencia del Universo. Somos energía y nuestro trabajo aquí es elevar nuestra frecuencia hasta conseguir que vibre con la del amor infinito. La única forma de evolucionar es siendo solidarios. Si damos cariño recibimos cariño, aunque no siempre parezca que sea así. El amor es como la luz, tiene la facultad de apagar las sombras y disolver la oscuridad.
SÓLO SIRVE EL AMOR
El amor se encuentra en todas partes si estamos dispuestos a detectarlo. A veces nos cuesta conectar con este sentimiento porque, igual que una cebolla, estamos recubiertos de capas que nos vuelven insensibles. El orgullo, la vanidad, los prejuicios y la racionalidad excesiva no son más que corazas que nos impiden disfrutar de la brisa de la vida. Ahora que sabemos que el futuro simplemente es una probabilidad, que nada es permanente, que todo pasa, ¿para qué llevar máscaras? Nadie es mejor o peor que nosotros. Todos estamos en el mismo barco y hacemos lo que podemos. La única diferencia es que algunas personas son más conscientes que otras de esa realidad. Es cierto que existen infinidad de hechos y situaciones injustas, espeluznantes, que podrían acabar con la esperanza de todos los santos juntos. Pero eso no implica que no pretendamos ser felices. Sobre todo en una situación límite, de duelo, como la nuestra. Por eso, si recibimos una llamada cariñosa, debemos esforzarnos en mantener esa conexión de solidaridad. Dar las gracias porque esa persona que nos ha telefoneado nos quiere. Aunque parezca irrelevante, esa llamada se convierte en un agarradero importantísimo. Esta pauta la hemos de seguir siempre que tengamos la ocasión; una visita sincera que comparte nuestro dolor es una bendición. Un amigo que nos ofrece lo que tiene, un día de sol espléndido, una sonrisa de nuestros hijos. Cualquier cosa agradable ha de adquirir para nosotros un valor extremo. Nuestro trabajo consiste en aceptar lo bueno. En buscarlo desesperadamente, en magnificarlo. He podido comprobar que cuando no juzgas y valoras el lado positivo de cualquier situación todo es mucho más agradable. Eso no significa que nos volvamos estúpidos o insolidarios. Al contrario, sabemos que cualquier cosa excepto el amor es perder el tiempo.



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