EL AMOR ES INDESTRUCTIBLE
La añoranza, el deseo de abrazar a nuestros hijos es tan intenso que a veces resulta casi insoportable. Es así. Pero en el fondo sabemos que, aunque nada es igual y no podemos abrazarles, ellos existen. Los científicos dicen que la energía no se crea ni se destruye, se transforma. Y eso, en nuestros momentos claros, lo sentimos a flor de piel. En esos momentos mágicos es posible escuchar una vocecita en nuestro interior que nos susurra que el amor es indestructible, que no solo contamos con las horas, los días, los años que hemos pasado aquí, juntos, también tenemos un futuro por compartir. No es como nos lo habíamos imaginado, no, ¡pero puede ser tan hermoso! En los inicios del duelo, tal vez de poco sirve lo que digo. Es con paciencia y tiempo que la certidumbre se impone. Hace doce años que se fue Ignacio, ha tenido que pasar mucho tiempo para sentir lo que siento. Al principio, ¡pesaba tanto el dolor! ¡El cambio era tan sórdido y brusco! Tarda mucho el alma en asentarse después de un golpe así. Mucho. Durante ese largo recorrido que es el duelo nos toca transformarnos en seres receptivos al amor, porque solo es a través de esa vibración amorosa que podremos sentir a nuestro lado a nuestros hijos. Llega un día en que volvemos a caminar juntos, ellos en su plano, siguiendo su destino y nosotros aquí, siguiendo el nuestro, pero tan unidos como antes. Merece la pena perseverar, merece la pena crear amor y armonía, en vez de tirar la toalla y dejar que poco a poco se consuma nuestra vida. Hay que vivir intensamente la tristeza hasta agotarla con la esperanza puesta en renacer, en volver a sentir la alegría de vivir. Cuanto más la siento, más feliz y contento percibo a mi hijo. Más me parece que le honro. Nosotras, que sabemos bien qué es querer estar muerta, decidimos volver a la vida por amor, por el amor que sentimos por ellos, por el amor que aprendemos a sentir, despacio y con esfuerzo, por nosotras mismas.
LA NOCHE DE SAN JUAN
En la parte del mundo donde nací y vivo la noche del 23 de junio es especial. Celebramos la llegada del verano y la abundancia de las cosechas. Es una noche de verbenas, de fogatas, de orquestas y bailes, de cohetes, de ilusión. Es una noche mágica. Por eso, porque es un canto a la vida, duelen quizá más las ausencias.
Recuerdo una verbena de cuando era una niña. Recuerdo a mis padres bailando y yo extasiada mirándolos. Y me recuerdo a mí de joven, con dulzura, bailando al son de “Arribedelchi Roma”… Sintiendo desvanecer mi cordura al ritmo de “Tengo un tractor Amarillo”, dejándome llevar por la noche más corta y suave del año.
Tengo grabadas las caras de mis hijos mirando con emoción y asombro las fogatas, encendiendo bengalas y petardos, negándose a ir a dormir hasta que saliera el sol.
Esta es una noche para soñar, para ahuyentar males y expresar deseos. Y yo deseo fervientemente que todas las madres se unan al amor de sus hijos, vivos o muertos y sientan en sus corazones la alegría de haber dado a luz.
LA FUERZA DEL AMOR
Estos días he estado leyendo “El Hombre en Busca de Sentido”, del psiquiatra vienés Víctor Frankl. Este gran hombre, creador dela Logopetapia, pasó tres años en distintos campos de concentración durantela II GuerraMundial y su testimonio de superación es de un valor incalculable. Él fue el único superviviente de su familia, sus padres y su mujer murieron. Hay muchas partes del libro que me han llegado al alma, que han acrecentado la confianza en mi misma, al contagiarme de la suya, como la siguiente:
…La oscuridad del alba nos hacía caminar a tientas, y así tropezábamos con las piedras y pisábamos los charcos de aquella única carretera de acceso al campo. Los guardianes nos conducían a culatazos de sus rifles sin dejar en ningún momento de chillarnos. Los que andaban con los pies llagados se apoyaban en el brazo de su vecino. Apenas se oía una palabra entre nosotros porque el viento helado no propiciaba la conversación. Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta, el hombre que marchaba a mi lado me susurró de improviso: “¡Si nuestras mujeres nos vieran ahora! Espero que ellas estén mejor en sus campos y desconozcan nuestra situación”. Sus palabras avivaron en mí el recuerdo de mi esposa.
Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras mujeres. De vez en cuando levantaba la vista al cielo y contemplaba el diluirse de las estrellas al tiempo que el primer albor rosáceo de la mañana se dejaba ver tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer. En este estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de pensadores y filósofos: El amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor. Intuí como un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad –aunque solo sea un suspiro de felicidad- si contempla el rostro de su ser querido…
Mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer. De pronto me asaltó una inquietud: no sabía si aún vivía. Sin embargo ahora estaba convencido de una cosa: el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia…”
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LA VIDA ES UN REGALO
He tenido la suerte de que me regalaran el libro “En la tristeza pervive el amor” de la Dra. Elisabeth Lukas. Es de esos libros cálidos que reconfortan el alma y encienden una lucecita en nuestro interior que perdura.
Dide Lukas que la vida es un regalo… por un tiempo limitado.
Nacemos con los días contados y todo lo que tenemos –incluídas las personas que amamos- se quedará aquí cuando nos vayamos al otro lado. Yo siento, a medida que voy aceptando la muerte de Ignasi, que el amor es el puente que me mantiene unida a mis seres queridos muertos. No es solo el amor que les tengo a ellos, es más grande que eso. Me refiero al sentimiento de amor en estado puro que llevamos dentro. Ese amor nos une a todo lo que existe en el Universo. Durante el duelo se aprende a dejar fluir ese amor incondicional, que solo depende de nosotros. Esa es la finalidad del duelo. La resistencia incrementa el dolor y nos aleja de los vivos y de los muertos.
EXPANDIR AMOR
Hace un ratito he llamado a mi tía Nieves, la hermana de mi madre. Es muy mayor, pero conserva bien la cabeza y habla con el corazón. Mi llamada, estoy segura, es para ella un motivo de alegría, como lo es para mí. ¡Es tan reconfortante expandir cariño! No se trata de hacer grandes cosas; la felicidad se esconde en los pequeños detalles, en los gestos sencillos… Los miembros de una familia están unidos por lazos antiguos y tenemos toda una vida para convertir estos lazos en lazos de amor. Eso crea una armonía que va más allá del bienestar familiar. Da paz.
Cuando me siento inquieta, cuando el miedo ronda mi alma, recurro al “truco” de expandir amor. Eso me permite ir más allá de la niebla espesa y reencontrarme con la luz. Por eso en los principios del duelo intenso, hemos de aprovechar y potenciar esos momentos de claridad para sumar cariño.
Cada uno sabe cómo puede alegrar el día a las personas que tiene cerca, sean familia o no. A veces no lo hacemos por timidez o por temor a ser mal interpretados. ¿Permitiremos que el miedo cierre las puertas al corazón? Si nos quedamos en la oscuridad perderemos magníficas oportunidades de sentirnos mejor. En el fondo, todos deseamos que nos quieran. Solo hay que dar el primer paso, el Universo se encarga de lo demás.
El amor es a la vida, lo que el agua es a las plantas. Si dejamos de regarlas, se secan hasta que se mueren. El duelo es una tierra árida que precisa de mucho riego.
AMAR SIN LÍMITES
Nos han enseñado a amar a nuestros padres, a nuestras parejas, a nuestros hijos… Pero nuestra capacidad de amar va mucho más allá, es infinita. Coinciden las personas que han tenido experiencias de casi muerte u otro tipo de experiencias espirituales que se sienten rodeados de seres que desprenden un amor incondicional, cálido, acogedor, sin juicios, ni límites. Esa es la fuente de la que debemos beber. Ese es el amor que no espera nada a cambio, que nos fortalece.
Un corazón amoroso tiene lugar para infinidad de seres queridos, no entiende de normas preestablecidas, no juzga si está bien o no querer a este o a aquel… En un corazón grande hay suficiente espacio para todos. No por querer a unos tenemos que dejar de querer a otros. El amor siempre suma. No se gasta, al contrario, cuanto más amor damos, más tenemos.
COINCIDENCIAS
Hoy hace un día precioso en Barcelona. El sol ha salido como una promesa de primavera y mi marido y yo hemos ido andando desde casa hasta el mar. Un paseo de una hora hasta la orilla. Nos hemos sentado en la arena y a mi lado ha llegado haciendo la croqueta un niño de unos dos años. Se ha quedado junto a mi y su madre me ha mirado sonriendo.
-Ignacio ¿nos vamos?, le ha dicho ella.
-Ignacio, que nombre más bonito, he respondido yo. Se llama igual que mi hijo mayor.
El niño ha seguido un ratito a mi lado y para mí ha sido un regalo.
Estas “coincidencias” las vivo como actos amorosos que el Universo me envía. Parecen “tonterías”, pero no lo son tanto.
Mirando el mar, que brillaba muchísimo, le he dicho a mi marido: «parece una locura, pero no me importa que Ignasi se haya ido». “A mi me ocurre lo mismo. Sé que está bien y yo estoy en paz”.
A Ignasi no le vemos pero forma parte de nosotros tanto como Jaume, que me ha llamado hace poco para decirme que no viene a comer, que está paseando con su novia, disfrutando del buen tiempo. Mis dos hijos están bien, cada uno en lo suyo y yo me siento feliz de ser su madre y dejarles a su aire. Les he dado la vida, pero la existencia es suya.
DEJAR QUE NUESTROS HIJOS SIGAN SU CAMINO
Si me hubiese muerto yo, en vez de Ignasi, me entristecería muchísimo percibir a mis hijos destrozados, a mi familia rota. Me gustaría que me recordaran, claro, pero con el corazón lleno de amor, en vez de pena, de amargura, de dolor. Si apostaran por la felicidad, incrementarían la mía. Siento que a Ignasi le ocurre lo mismo, eso me ha ayudado a aceptar la vida, a intentar desvanecer mis miedos. Cada porción de felicidad que alcanzo, es un regalo que ofrezco a los míos, a la gente que quiero, incluso a los que no conozco porque sé que el amor que cada uno desprende es un bálsamo para todos. En este mundo ya hay demasiado terror y miedo, lo que falta es cariño. De ese cariño que nace de dentro, que nos permite amarnos a nosotros mismos. Nadie puede dar lo que no tiene.
Nuestros hijos y todos los seres queridos que hay al otro lado, necesitan comprensión, cariño y luz para seguir su camino en paz. Y los que estamos aquí necesitamos lo mismo.
EL PLAN ES PERFECTO
En un sueño que tuve al final de mi primer año de duelo, Ignasi me dijo que nada ni nadie me había quitado nada, que el final de su vida aquí concluyó al terminar lo que había venido a hacer. No nacemos ni un minuto antes ni morimos un minuto después de lo pactado, todas las vidas, por cortas que sean, son completas.
Un hijo es un proyecto de vida y sigue siéndolo aunque esté muerto. Nuestra relación con su alma es eterna, los lazos de amor son indestructibles. Las personas que amamos forman parte de nosotros siempre. Hay un antes y un después cuando el corazón comprende eso. El miedo empieza a desvanecerse. La vida adquiere nuevas perspectivas, lo vemos todo con otros ojos.
No existen las casualidades; cada persona que conocemos, cada experiencia que vivimos forma parte de un plan perfecto.



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