EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MI HIJO
A pesar de que han pasado 17 años de aquel 26 de Diciembre una parte de mi sigue suspendida en aquella noche en que mi hijo Ignasi perdió la vida.
Esa parte lo recuerda todo; el coche dando vueltas, la certeza de que nada volvería a ser igual, los 2 días que estuvo mi adorado hijo en coma, mi otro hijo, Jaume, mi adorado benjamín, separado de mi en otro hospital, mi marido con lesiones que podían ser graves… Mi absoluta impotencia.
Esa parte de mi, que sigue en esa desolada autopista, esa mujer de 41 años que era yo entonces necesita de la mujer que soy ahora para salir del horror de esa semana trágica. Por eso hoy, a primera hora, he decidido ir allí y abrazarla, susurrarle con dulzura que Ignasi está bien, que Jaume se ha convertido en un hombre amoroso, padre de un niño precioso, esposo de una mujer fantástica. Que en casa vuelve a reinar el amor, que esté tranquila que yo la protejo, que ahora, a mis 58 años tengo la certeza de que es posible confiar en la vida, aunque duela.
Ella me mira, todavía asustada, mientras le hablo flojito de todo lo que hemos conseguido las dos juntas, de lo feliz que es Lluís, mi marido, de lo sabio que es mi padre, de nuestro nieto, de los días claros en que el amor lo impregna todo y envuelve a todas las personas que amo.
A LAS PUERTAS DE LA NAVIDAD
Miro para atrás y recuerdo el dolor desgarrador de mis primeros tiempos después de la muerte de mi hijo Ignasi; ese vacío desolador, esa desesperación sin fondo que sienten ahora las personas que empiezan un gran duelo. Algunas las conozco, como a mi primo Sergio y su esposa Merche, sé parte de su historia, tenemos raíces comunes, de otras solo sé lo que, con el corazón abierto, comparten con amor conmigo… En realidad, seamos familia o no, a todas nos une, más allá de cualquier parentesco, la necesidad de saltar a ciegas el abismo que nos separa de la vida.
Soy consciente que de poco o nada sirven las palabras y los consejos. El valor solo puede salir del interior de cada uno. Pero también soy consciente, porqué lo he vivido, que las caricias, las miradas y las sonrisas dulces y sinceras, además de reconfortar, tienen el don de sostenernos unos a otros.
Estamos a las puertas de la Navidad y no sé cómo explicar lo feliz que me haría que cada corazón en duelo sintiera la calidez del cariño de sus seres queridos muertos. Sé que eso es posible cuando somos pacientes y amables con nosotros mismos, cuando no huimos del terror que, a menudo, nos produce estar vivos. Cuando, con la dulzura que acunamos a un bebé, abrazamos nuestros miedos. Cuando, a pesar de los pesares, apostamos por vivir con amor la vida.
TERNURA, MUCHA TERNURA
Me gusta imaginar que durante estos días que quedan de aquí a mediados de enero me permito, con cariño, ser buena y bondadosa conmigo misma. ¿Me acompañas?
Imagínate que tenemos, de sobra, la fortaleza para lograrlo y, además, el Universo entero nos sostiene y nos alienta para conseguirlo.
Imagínate que no solo acogemos con ternura a la nostalgia, sino también a cada uno de los pensamientos dolorosos que tengan a bien visitarnos.
Imagínate que no hacemos distinciones entre buenos y malos, entre hombres y mujeres, blancos y negros, ricos o pobres.
Imagínate que podemos actuar con un perdón y una ternura constantes hacia todo y hacia todos, incluso hacia nosotros mismos.
Eso, sin duda, nos acercaría a nuestros seres de luz y en la mesa de Navidad los sentiríamos con alegría en nuestros corazones.
Me atrevo a sugerir que para empezar a imaginar el sosiego y la paz inmensa de amar y ser amados sin condiciones, nos enlacemos en un dulce abrazo. Un abrazo cálido y tierno, de esos que nos hacen saltar las lágrimas y nos encienden las mejillas de puro gozo.
TALLER EL DUELO Y LA NAVIDAD
VIVIR Y TRASCENDER LA NOSTALGIA
SÁBADO 28 DE NOVIEMBRE 2015
HORARIO: de 10h a 14h
LUGAR: BARCELONA
INFORMACIÓN E INCRIPCIONES: 650 98 38 80 mercecastro@mercecastro.com
Se acercan fechas complicadas para las personas que viven una gran pérdida. Por eso, porque la tristeza y el dolor se hace más presente en Navidad, abro la posibilidad de participar en un taller en el que ofrezco las herramientas que a mí me han ayudado a transitar el camino del duelo y a encarar las fiestas con una actitud más sosegada y amorosa.
La intención es crear un espacio íntimo, cálido y seguro para poder compartir sentimientos y salir del taller con más energía, paz y confianza.
EL AMOR VA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
Dicen que el velo que separa a los vivos de los muertos es liviano como la seda, que están tan cerca de nosotros como la brisa de nuestra piel.
Sin embargo, al principio del duelo el abismo es insalvable. Duele tanto la ausencia de su voz, de su presencia… Estamos tan acostumbrados a su sonrisa, a sus ojos, sus caricias que nos es difícil encontrar consuelo en nada que no sea volver a abrazarles. Vivir después de la muerte de un ser inmensamente querido pierde el sentido. Hasta que le damos la vuelta a lo imposible.
Mi duelo dio un vuelco cuando empecé a vislumbrar y luego a tener la certeza de que yo seguía y sigo viviendo con mi hijo, Ignasi, después de su muerte. Nuestra relación no es tangible, pero no por ello es menos firme y cierta. El amor suma, siempre suma, nunca resta.
Eso sí, voy mudando como las serpientes. Principios que antes mantenía como inalterables van quedando en el camino. Ahora sé que aquí todo es incierto, que nada sirve para siempre.
Y ese velo tenue que nos separa es tan tenue que a menudo parece casi inexistente. En mis mejores días, Ignasi inunda mi corazón con tanta alegría que me siento poderosa, fuerte, valiente. Yo, que soy miedosa…
En esos momentos claros, en los que el amor no encuentra resistencia, me acompañan también mi madre, mi madrina y mis abuelos muertos. Entonces, la felicidad es completa y todo adquiere una gran belleza.
ESTAR EN PAZ
Así como el silencio es el guardián de las puertas del alma, la no-acción suele ser la antesala de la transformación.
No me estoy refiriendo a quedarnos en la cama cuando la realidad nos atemoriza y el dolor lo impregna todo, no. Esa inmovilidad nos suele hundir más y conviene, con dulzura, buscar motivos para incorporarnos despacio al día a día y remontar. Hablo de tener paciencia con uno mismo, de contar “hasta 10 o hasta 100” y resistir el impulso de actuar y juzgar cuando sentimos emociones que nos angustian.
Cuando emprendemos acciones movidos por el miedo, instintivamente cogemos el camino conocido, el que nos resulta familiar. Se dispara el piloto automático. Ese sendero, aunque en apariencia sea distinto, nos suele llevar siempre al mismo lugar. Nos movemos en circulo, así es imposible avanzar y es fácil repetir los mismos errores.
He podido comprobar que cuando algo me inquieta me va bien parar, no mover ficha, aguantar el “subidón” emocional, permitirme sentir lo que siento y esperar a que sea la vida la que de el siguiente paso. Intento limitarme a observar y eso suele ser el preámbulo de alguna agradable transformación personal que cambia a mejor mi realidad y la de los que me rodean.
Estoy en ello, no soy ni de lejos una experta, a menudo me equivoco y caigo en los errores conocidos. Pero tengo absoluta confianza en que es posible y maravilloso ampliar la conciencia, descubrir que los límites son autoimpuestos y que en nosotros reside el poder absoluto de estar en paz.
EN BRAZOS DEL SILENCIO
A mi me gusta pasar ratitos en silencio, sin música, ni televisión, ni radio. Me encanta crear un espacio íntimo para estar cerca de mi. En este lugar imaginario donde estoy a solas conmigo misma me permito cometer locuras y me siento cómoda y libre para sentir lo que sea que siento.
El silencio me arropa cuando estoy triste o tengo miedo. Me calma con dulzura cuando estoy inquieta. Nunca me juzga. En sus brazos siento el placer de ser yo misma, se me encienden las mejillas de puro gozo y, poco a poco, vuelvo a sentirme feliz, confiada y serena.
Después de estar en este lugar imaginario, donde me siento tan acogida, el mundo me parece más bonito, percibo con más claridad que las palabras amorosas son un tesoro, una auténtica bendición, y tienen la capacidad de crear vida.
NADA ES COMO ANTES
Estoy leyendo con la puerta del patio abierta y, de pronto, distraída, levanto la vista y contemplo las gotas de lluvia y las flores de bugambilia, de un fucsia precioso, esparcidas por las baldosas mojadas del suelo. Sin querer, me invade la certeza de la impermanencia.
Hace solo dos días, en la isla del mediterráneo en la que estoy, el cielo era de un azul intenso y el calor casi insoportable. La luz del sol, sin matices, cegadora, lo dominada todo. Hoy predominan los grises y el frescor impregna el aire suave y tibio.
Todo cambia, nada perdura, esa es la certeza que he sentido en la piel cuando he levantado la vista del libro y he posado la mirada en el patio de mi casa menorquina.
Sin embargo, a menudo nos aferramos a lo que ha sido como si la vida fuera una foto fija que anhelamos. Es muy posible que tengamos la idea de que todos los veranos tienen que ser como aquel que recordamos. Pero lo cierto es que nunca nada es como antes, nunca. Cada instante es único, irrepetible, distinto. La vida se simplifica mucho y adquiere una gran belleza cuando, aunque sea por unos instantes, intuimos eso.
ME GUSTA IMAGINAR
Hoy me dejo mecer por la nostalgia. Es una nostalgia dulce; contiene tristeza por lo que fue y dicha por haber vivido lo perdido.
No hay en este sentimiento quejas ni reclamos. La vida es lo que es y cada día encierra la posibilidad de un nuevo comienzo.
He vivido momentos de intensa plenitud y otros de dolor inmenso. No reniego de nada. Cada experiencia, error, alegría y desengaño han ido esculpiendo con paciencia lo que soy y señalan, tal vez, el camino de lo que seré.
El dibujo final, el definitivo, no obstante, aparecerá con claridad el día de mi último suspiro.
Mientras, me gusta imaginar que tengo la libertad de vivir a mi aire, de reír, de crear mi realidad. Me encanta correr velos, abrir puertas y sentir que mis muertos están tan cerca de mi como los vivos.
Me gusta imaginar que por la noche, cuando cierro los ojos, un manto de paz cálido envuelve todos los rincones de este mundo y nadie, nadie siente frío, hambre o miedo.
«VOLVER A VIVIR» Y «PALABRAS QUE CONSUELAN» EN AMAZÓN.ES
Para las personas que viven fuera de España no es fácil a veces encontrar mis libros “Volver a Vivir”, el diario que escribí durante el primer año después de la muerte de mi hijo Ignasi y «Palabras que consuelan», el que publiqué a los 15 años de su muerte y que habla de las herramientas que he utilizado para afrontar mi duelo y volver a encontrar sentido a la vida.
De la muerte se habla poco y de la muerte de un hijo menos. Por eso, me reconforta y me parece útil compartir el camino recorrido. Agradezco a las nuevas tecnologías que permitan que esta información sea más accesible y que mis libros forman parte del catálogo de http://www.amazon.es.
La muerte de un hijo nos deja sin suelo bajo los pies, nuestra realidad se rompe. Todo lo que hasta entonces nos sostenía desaparece y entramos en el tiempo sin tiempo de las grandes pérdidas.
Durante la travesía de mi largo duelo he podido constatar que el amor es lo único que de verdad sostiene, que no es posible dejar atrás la rabia, el dolor, la culpa o la locura si no miramos, en silencio, en nuestro interior y dejamos ir con cariño el pesado lastre que arrastramos hasta quedar desnudos y empezar a renacer.
El duelo supone una gran transformación. El proceso es lento, casi imperceptible, como todos los movimientos profundos, y nada tiene que ver con lo externo. La clave, lo que nos permite ver la luz después del túnel, reside en nuestro interior, no se encuentra fuera. Hay que ir atravesando capas de rencores antiguos, de angustias heredadeas, de abandonos y desesperos hasta dejar al descubierto el amor y la serenidad.



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