PASO A PASO, SIN PRISAS

 

la foto-3Los grandes duelos suelen dejarnos sin tierra bajo los pies y a años luz de la vida que habíamos llevado hasta entonces. Esos duelos por la muerte de alguien inmensamente querido paran el tiempo. Da igual si se inician con una larga enfermedad o vienen, sin previo aviso, de un momento a otro. La cuestión es que, desgarrados y a ciegas, nos encontramos ante un abismo profundo. Ese es el punto de partida y es normal sentirse perdido no solo los primeros meses, sino durante años.

 

 

Si, a pesar del miedo, decidimos tirar adelante iniciamos un camino que nos conduce a nosotros mismos. Durante el recorrido es bueno mantener el corazón abierto y hablar y escucharnos con honestidad. No vale engañarnos. Por un lado, hay que tejer y, por el otro, destejer hasta que nos sintamos en paz con lo que vamos creando. Sin prisas, paso a paso, dejando espacio al desespero, pero también a los destellos de luz que nacen de dentro, sin motivo, por muy efímeros que sean. El duelo exige sentir, vivirlo en carne viva todo, aunque a veces nos parezca que reyamos la locura.

 

 

Al principio nada es seguro -y ese principio puede parecernos eterno- pero, poco a poco, vamos descubriendo que dentro de nosotros hay realmente algo estable que nos sostiene. No es teoría, ni filosofía, ni fe, es una cuestión empírica. Ese poder increíble que nos mantiene a flote es el amor en estado puro. Cuando miramos con cariño lo que no nos gusta de nosotros mismos y nos perdonamos, lo de fuera adquiere una tonalidad más dulce y, aunque probablemente sigamos con altos y bajos, el temor no dura tanto y el dolor se trasciende.

 

 

Jacarandas

 

 

 

Uno puede agarrarse al dinero, al estatus, al conocimiento… pero de poco o nada sirve eso cuando se entra en un gran duelo. Allí, en ese territorio inhóspito, lo único seguro es conectar con la propia esencia. Para eso es necesario irnos despojando de capas y capas de quejas, malentendidos, rencores, juicios y desencuentros. El proceso lleva su tiempo y probablemente no concluya ni con la propia muerte. Pero mientras tanto nos sentimos mejor, más ligeros y alegres. Al fin y al cabo la felicidad tiene mucho que ver con nuestra actitud, en saber encontrar el lado bueno de cualquier experiencia que nos depare la vida, aunque tardemos un tiempo en darnos cuenta. Paso a paso, a nuestro aire, sin prisas.

 

 

 

 

 

 

YA ESTAMOS EN PRIMAVERA

 

BUGA MENORCAMiro por la ventana de mi casa y veo, sorprendida, la explosión de las hojas nuevas que visten los árboles de mi calle. El verde es tan verde, el fucsia de la bugambilia que enciende mi balcón es tan intenso!!! La vida, en primavera, año tras año, se desborda. Resulta a todas luces ambivalente contemplar tanta belleza sin verla reflejada en la mirada de los que ya no están.

 

Por eso me imagino que, en estos días de nostalgia salvaje, florece dentro de mi la certeza del amor en estado puro. Me agarro a ello por que sé que es lo único que me sostiene cuando sopla ese viento brutal que arrastra a los nuestros sin preguntar. La naturaleza es cruel y hermosa a la vez.

 

Me aparto de la ventana y tropiezo con una foto en blanco y negro en la que me veo, unos 20 años atrás, leyendo recostada en el sofá con mis dos hijos literalmente encima. Y me invade una alegría inmensa. ¡Merece tanto la pena vivir, aunque duela!

 

 

GUERREROS DEL AMOR

Apply-Some-Pressure1Tal vez con la muerte de su hijo los hombres se enfrenten, por primera vez, cara a cara, con su más desgarradora vulnerabilidad. Las mujeres también, claro, pero ellos llevan siglos intentando rehuir, al menos en público, las lágrimas, la impotencia, la certeza de que ante la muerte es imposible proteger a los tuyos.

 

 

Durante generaciones, que se remontan a tiempos sin memoria, se ha educado a los niños para ir a la guerra. Es así, aunque nos duela, aunque de un tiempo a esta parte las cosas estén cambiando y sea distinto para algunos. Por eso, para poder acudir al campo de batalla, su ADN incluye una coraza de guerrero que dificulta la expresión de sus sentimientos. Esa armadura es más o menos densa y profunda según la cultura en la que el niño ha crecido. Pero las emociones, los sentimientos están ahí, hirviendo, debajo del peso de siglos de silencio.

 

A mi me enternece su dolor, ese dolor que no pueden compartir con casi nadie porque les han enseñado a ocultarlo. Esa desgarradora desesperación que intentan esconder para no causar más desconsuelo. Ese volcán de sentimientos encontrados que no pueden resolver con la acción, con el trabajo, con la seguridad que proporciona el dinero…

 

A mi me enternece ver que, cuando por fin se desmontan, porque la muerte de un hijo te hace tocar fondo, en vez de ser compasivos con ellos mismos se sienten culpables porque les han hecho creer que si se vienen abajo no están a la altura.

 

vellets¡Qué solos están los hombres ante el dolor! Por eso, aunque parezca una contradicción, algunos abandonan a sus mujeres y huyen.

 

A mi me parece que ya ha llegado el momento de tender puentes, de ir de la mano, de aceptar que cada cuál hace con su dolor lo que puede, lo mejor que sabe. Llorar va bien pero a algunos hombres les ayuda más hacer algo, pasar a la acción, para que los suyos estén mejor. Y si lo hacen con amor, lo que sea está bien, aunque se equivoquen. Los hombres en duelo, más que nunca, necesitan nuestras miradas de aprobación.

 

A ellos les cuesta más pedir ayuda y, cuando lo hacen, el sentir de muchos se resume en esta frase que me escribió hace unos días un padre: “daría la vida por la de mi hijo, pero no puedo llorar, ni mostrar mi desespero en casa, no quiero aumentar el dolor de mi mujer, no sé cómo protegerla”.

 

No es posible proteger a nadie si uno no se enfrenta primero a sus propios miedos.
Si cada uno se enfrenta, a su manera, a sus temores más inconfesables entre todos construiremos algo nuevo. Algo que nos ayude a estar más cerca, sin recelos, sin reproches, como si todos fuéramos uno y jugásemos en el mismo equipo. Todos necesitamos mirarnos con amor y ternura.

 

 

Robert DziewulskiLas bases de los nuevos guerreros las expresa muy bien Jeff Foster:

 

 

“… A los nuevos guerreros –dice el escritor- no nos importa ser aprobados. Somos unos locos guerreros sin una sola pista.
Guerreros de la luz y la oscuridad, del sol y la luna y de las estrellas y la sombra, recorriendo nuestro camino sin miedo, o con un tremendo miedo.
No negamos ningún sentimiento.
Guerreros heridos, pero nunca avergonzados de nuestras heridas.
Guerreros fallidos que encuentran la victoria en sus fracasos.
Guerreros que no siempre se sienten como guerreros.
Guerreros con el corazón roto, pero avanzando, desnudos, exhaustos, vivos. La paz, nuestra única arma, El amor, nuestra única guía”.

DARNOS TIEMPO PARA SENTIR

 

 

 

NENS JUGANT AMB AIGUACuando murió mi hijo fue la primera vez en mi vida que, de forma consciente, me di tiempo para sentir lo que fuera sin reservas, ni excusas, hasta el fondo, sin huir ni esconderme. De alguna manera tuve la certeza de que ese era el camino para mantenerme a flote hasta conseguir renacer. La voluntad de sobrevivir fue más grande que mi miedo antiguo a adentrarme en el dolor y atravesarlo.

 

 

 

 

Algunas personas somos hábiles pasando por alto lo que sentimos. Nos es fácil escudarnos en el ajetreo del día a día, en la acción, para no escuchar lo que nos turba aunque el alma y el cuerpo nos pidan a gritos, cada uno a su manera, que prestemos atención a tanto desasosiego.

 

 

Cerramos los ojos al sentir porque no queremos ver la tristeza, la confusión, el dolor, la incertidumbre, la frustración, los celos, el miedo, la envidia o lo que sea que a veces trae consigo la marea de la vida. No sabemos que al girar la espalda a las emociones que no nos gustan cerramos el paso a las que daríamos lo que fuera por sentir. No es posible la plenitud (la totalidad) si no acogemos por igual a todos nuestros sentimientos como lo haría una madre, sin distinción, con cada uno de sus hijos. Al fin y al cabo forman parte de nosotros.

 

 

JodhpurAh! pero a mi entender no basta con sentir. Conviene, además, no juzgarnos, ni criticarnos, ni etiquetar, ni culpabilizarnos a nosotros o a los demás por lo que sentimos. Cómo si fuéramos de otro planeta y simplemente observáramos lo que ocurre dentro de nosotros.

 

 

Parece una práctica difícil de conseguir, arrastramos siglos y siglos de prejuicios y creencias, pero en cuanto empezamos a practicar, sus efectos beneficiosos son tan inmediatos, que con más facilidad de la que creíamos adoptamos el hábito de prestar atención al momento presente, dentro y fuera de nosotros. Podemos empezar por sentir lo simple y agradable como la sensación del agua en nuestro cuerpo cuando nos duchamos, la calidez que sentimos al acariciar, con el corazón, la mano de un bebé o de un anciano querido, el bienestar que produce cocinar despacio, con mimo, aunque solo preparemos un huevo frito, la paz y la comunión con el universo que conlleva levantar la vista al cielo, en plena ciudad, y contemplar la belleza espectacular de un atardecer en primavera, el placer de saborear un café, en vez de tragarlo, de mirar con ternura a alguien a los ojos, sonreír y abrazarlo, de pasear sin prisas por la playa o el campo…

 

 

NENA PLUJASi nos damos tiempo y prestamos atención a lo que sentimos, lo consideremos bueno o malo, es más probable que cuando llegue el huracán no nos desestabilice tanto o sí, pero no durante mucho tiempo. La negación nos causa sufrimiento y nos impide ser compasivos con nosotros mismos.

 

 

En cambio, si nos familiarizamos con el dolor y el miedo, sin poner condiciones, al final suelen despedirse con preciosos regalos. A mi me ha sucedido, lo sé, doy fe de ello, aunque a veces lo olvido y pretendo quedarme escondida en un rincón, asustada, cuando me imagino que viene tormenta, en vez de salir, sentir el viento en la cara, el olor a tierra mojada y la agradable sensación de libertad que supone bailar con la vida.

QUE VUELEN ALTO

 

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Tal vez uno de los mayores retos que encierra el duelo es aprender amar sin condiciones, sin pedir nada a cambio, ni tan solo la presencia física del ser amado.

 
Amar a ciegas, sin la posibilidad de ver reflejada en la mirada del otro la alegría de estar juntos, sin sonrisas, ni llamadas, ni abrazos… Sin expectativas y, sin embargo, sintiendo en el corazón la inmensa calidez del amor en estado puro, de ese vínculo sagrado que va más allá de la muerte. Ese es un aprendizaje de largo recorrido que dura tal vez la vida entera.

 

 

Los primeros años duele tanto la ausencia que intentamos atar en corto el lazo de la cuerda que, supuestamente, creemos que nos mantiene unidos.

 

papallones boniquesTodavía no hemos tenido tiempo de transformarnos, estamos anclados en nuestros propios miedos y soñamos despiertos en proseguir, sin cambios, la relación que teníamos antes con ellos. Eso es a todas luces imposible, pero nos agarramos a lo conocido porqué soltar lo que ha sido nos parece inalcanzable, incluso nos puede sonar a traición, a olvido. Cuando vamos más allá de ese miedo y nos entregamos sin resistencia a lo que es, cuando dejamos ir con suavidad los apegos, cuando soltamos la necesidad de retener, de aferrarnos, empieza la trascendencia, el amor nos sostiene y nos damos cuenta que estamos, en esencia, todos más cerca.

 

 

Al cortar las amarras ya nada impide la conexión sagrada. El corazón, en vez de andar encogido, se ensancha, resurge la confianza y nuestro vuelo y el de nuestros seres queridos muertos puede llegar a ser tan alto como se quiera, sin sentirnos por eso separados.

 

 

 

SINTONIZAR CON LA PACIENCIA

 

MAIETA I FLORSRecuerdo que durante mis primeros tiempos de duelo me sentía como Alicia en el País de las Maravillas: en otro mundo, fuera del espacio y del tiempo. Mientras estuve allí, podía derrumbarme como un castillo de arena en cualquier momento y por cualquier cosa; al entrar en el súper y oír “aquella” canción, al girar una esquina y notar el aroma y la brisa de la primavera en la cara, al entrar en casa y chocar con la realidad de su ausencia… La muerte de mi hijo Ignasi me trasladó, de repente y de lleno, al reino del dolor y la incertidumbre. Esa ha sido, de momento, mi mayor tormenta.
Cada uno tiene las suyas y si vivimos lo suficiente es casi imposible no atravesar ninguna. Las grandes sacudidas se reconocen porqué hay un antes y un después. Cuando se vuelve a pisar tierra firme lo más probable es que hayamos descubierto que cuando las olas de la vida se levantan varios metros solo el amor nos mantiene a flote. Me refiero al amor que sale de dentro, el que nos da la mano mientras recorremos nuestro particular infierno.

 

 

Yo me conecto a esa fuerza, capaz de sostenernos en nuestras noches oscuras, cuando abro mi corazón y dejo que el amor me mime, me acaricie, me arrulle... Entonces, me siento más predispuesta a acoger mis miedos, mis mezquindades, mi vanidad, mi rabia, mi ego… cualquier cosa que me disguste. Cuando soy amorosa conmigo misma aquello que me parecía tan horroroso deja en gran parte de serlo.

 

 

Camí bonicCuando llegamos a la otra orilla no sabemos lo que nos deparará el futuro, pero sí contamos con más paciencia para vivir lo que sea que la vida nos traiga. Tenemos la certeza de que, aunque parezca imposible, todo pasa. Y lo que consideramos malo suele pasar más rápido si no intentamos controlar la vida. La paciencia tiene el don, la ciencia (Paz-Ciencia), de infundar sosiego a cualquier situación enrevesada. Eso sí, tenemos que dejarla actuar sin prisas y en silencio. La mayoría de las veces, las cosas que se pueden arreglar, se arreglan solas con paciencia. Y si no se pueden arreglar la paciencia nos sirve para vivirlas mejor, sin ansiedades, con serenidad.

 

 

Cuando sintonizamos con la paciencia es más fácil sentirnos agradecidos por todo lo agradable que tenemos. Al amparo de ese sentimiento de gratitud el corazón se abre con mayor suavidad y el amor fluye con dulzura hasta inundarlo todo.

SIENTO LUEGO EXISTO

 

 

desertTener una mente clara y serena que nos permita pensar con eficacia y fluidez esta bien, pero la mía, a la que me despisto, suele ir por libre y tiene la virtud de volverme loca, de insistir en mostrarme pensamientos que suelen producirme malestar, incluso miedo. Con el tiempo me he dado cuenta que me conviene atarla en corto, impedir, en definitiva, que tome el control y me mantenga dando vueltas a un circuito ficticio, repetitivo, que roza a veces la pesadilla. Cuando eso ocurre, cuando la mente pone la directa solo tengo una forma de pararla: sintiendo.

 

 

Cuando me limito a sentir, a atravesar la emoción que me perturba sin reaccionar a ningún impulso, se abre ante mi la magia de la vida. Desaparecen los límites, el poder retorna a mi centro y aquello que me parecía tan horrible deja de serlo. Percibo, entonces, que todo es posible que la vida puede ser inmensamente bella si yo apuesto por ello. La mente me lleva a lo conocido, en cambio, abrirme a sentir, sin expectativas, me lleva siempre a un lugar nuevo.

 

 

Desde pequeña me ha gustado imaginarme que las cosas pueden ser distintas a como son o a como los mayores me decían que debían ser. Todos hemos escuchado alguna vez la frase tajante: “dos más dos son cuatro”, como queriendo decir que “eso es lo que hay, las cosas son así, siempre han sido así y así continuarán siendo”. ¿Pero qué hay de malo en imaginar otras maneras de vivir? También tres más uno son cuatro, ¿o no?

 

CEL DE NIT¿por qué no jugar a crear nuestra propia realidad, en vez de adaptarnos a la realidad establecida? Desde la mente es imposible, eso ya lo sé. La mente se basa en lo conocido, en las creencias que configuran nuestra cultura. La mente piensa según los programas que contiene, igual que seguramente podrán hacerlo fantásticamente bien los robots que tenemos a la vuelta de la esquina. Aaaah, pero sentir es otra cosa. Nuestra capacidad de sentir es algo maravilloso, aunque las emociones y sentimientos duelan como ocurre cuando atravesamos un gran duelo. Al final del túnel, si hemos sido valientes y hemos sentido sin retener ni rehuir nada, aparece ante nuestros ojos un nuevo paisaje. Posiblemente nos encontremos en un lugar amoroso y amable con lo que en esencia somos. Más allá del duelo resurge la alegría, la honestidad y desaparece la tendencia a fingir que somos lo que no somos.

 

 

 

 

 

PROTEGER O SOBREPROTEGER

 

 

abraçada fotoPedir lo que quiero, no siempre me resulta fácil, en cambio, de forma natural, desde pequeña, he tenido predisposición a intuir lo que creo que necesitan los demás y ofrecérselo. Y así, casi sin darme cuenta, a lo largo de mi vida, he ido tejiendo la telaraña de la sobreprotección, sobre todo con las personas que más quiero. Ese es un camino directo al sufrimiento, ahora lo sé.

En primer lugar, porqué la sobreprotección se basa en el miedo (no en el amor) a que suceda algo que nos cause sufrimiento. Y, claro, todo lo que se sustenta en el miedo a la corta o a la larga causa sufrimiento. Es un callejón sin salida, un pez que se muerde la cola. Es la paradoja de la sobreprotección.
En segundo lugar, de alguna manera, con el apego a sobreproteger impedimos que el otro avance, aprenda de sus errores, adquiera confianza en sus aciertos… Eso queda lejos del amor. Y vuelta al sufrimiento.

 

 

Además, en última instancia, nadie sabe, en realidad, lo que necesitan o no los demás. Lo bueno para mí no tiene por qué ser lo mejor para los otros ¿verdad?

 

 

Se mire como se mire, la sobreprotección es un mal negocio. Mucho más rentable, en todos los sentidos, es confiar en que cada uno cuenta con la capacidad y fortaleza para elegir la actitud con la que decide recorrer su vida.
DOFINS. Mare-fill las 19.30.40Proteger, a secas, a los que queremos es, a mi entender, más amoroso. Tiene más que ver con acoger. En el fondo consiste en permitir que los demás exploren a su aire las distintas posibilidades de estar en este mundo, y ayudarles si en algún momento nos piden que lo hagamos y nos es posible. Sin reproches, ni siquiera el típico “Ya te lo decía yo”.

 

 

La línea entre la sobreprotección y la protección a secas es fina y puede parecer difusa, al menos a mi me lo ha parecido a menudo, sobre todo con mis hijos. Mi truco es el siguiente: cuando sobreprotejo siempre hay control, miedo, tensión. Tensión incluso que se refleja en mi espalda, sobre todo de las dorsales para arriba. Cuando el impulso es de protección a secas no me desgasto, permito que las cosas sean, que la vida suceda, simplemente me dispongo a estar presente con amor.

LIGERA DE EQUIPAJE

COLIBRÍ

 

Recuerdo que durante mis primeros tiempos de duelo, por primera vez en mi vida, deje de tener expectativas; me daba igual una cosa que otro. Vivía el día a día y ese día a día se basaba en la pura supervivencia.

 

Saltaron por los aires, con la muerte de mi hijo, mis aspiraciones. De repente dejó de importarme la inmensa mayoría de las cosas que hasta entonces creía importantes. Empecé a soltar las convenciones, las máscaras que ni me había dado cuenta que llevaba. Ese fue el primer de los innumerables regalos que me dejó Ignasi.

 

Me quedé desnuda, en carne viva, es cierto, pero libre de las armaduras con las que yo misma me había ido recubriendo. ¡Qué sensación de libertad, qué cómodo resulta liberarse de tanto peso!

COLIBRÍ-FLORS ROSES

Eso, unido a la certeza de que el amor me sostenía, activó, en aquellos tiempos de dolor y locura, destellos de plenitud. Eran fugaces, pero intensos y, sobre todo, conseguían iluminar, aunque fuera unos leves instantes, la oscuridad.

 

Ahora, cuando vuelvo a sentirme atrapada por mi propia historia, me paro y recuerdo la bondad de vivir el momento presente, sin querer imponer nada. Me reconforta sentir que todo es posible si yo me abstengo de controlar la vida y me limito a dejarme sorprender sin reservas, con absoluta entrega, como lo hacen los niños. Además, todos contamos, si queremos, con la capacidad de amarnos suceda lo que suceda.

EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MI HIJO

NEU-TULIPANS2015-12-01 a las 18.12.22A pesar de que han pasado 17 años de aquel 26 de Diciembre una parte de mi sigue suspendida en aquella noche en que mi hijo Ignasi perdió la vida.

 

 

Esa parte lo recuerda todo; el coche dando vueltas, la certeza de que nada volvería a ser igual, los 2 días que estuvo mi adorado hijo en coma, mi otro hijo, Jaume, mi adorado benjamín, separado de mi en otro hospital, mi marido con lesiones que podían ser graves… Mi absoluta impotencia.

 

 

Esa parte de mi, que sigue en esa desolada autopista, esa mujer de 41 años que era yo entonces necesita de la mujer que soy ahora para salir del horror de esa semana trágica. Por eso hoy, a primera hora, he decidido ir allí y abrazarla, susurrarle con dulzura que Ignasi está bien, que Jaume se ha convertido en un hombre amoroso, padre de un niño precioso, esposo de una mujer fantástica. Que en casa vuelve a reinar el amor, que esté tranquila que yo la protejo, que ahora, a mis 58 años tengo la certeza de que es posible confiar en la vida, aunque duela.

 

 

Ella me mira, todavía asustada, mientras le hablo flojito de todo lo que hemos conseguido las dos juntas, de lo feliz que es Lluís, mi marido, de lo sabio que es mi padre, de nuestro nieto, de los días claros en que el amor lo impregna todo y envuelve a todas las personas que amo.

 

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