CONFIAR EN EL AMOR (DIARIO)
1 de julio de 1999
(Mediodía jueves)
Ayer por la tarde fui a ver al Sr. José, es un sabio, un filósofo. Me habla de conceptos elevados y me contagia paz y armonía. Cree firmemente en la Fuerza del Bien: el amor y la solidaridad. Las únicas monedas de cambio para vibrar con lo mejor de la vida.
Sé que hay seres que nos dan luz. Son personas, en apariencia normal y corrientes, que siempre están dispuestas a echarte una mano y que aparecen por “casualidad” cuando más falta te hace.
Me ha resultado maravilloso comprender que la Fuerza del Bien siempre está conmigo, con todos. Cuando se tiene esta convicción es más fácil vivir porque, sin grandes esfuerzos, se percibe el lado amable de cualquier cosa o situación. Nada ocurre porque sí, sino para que aprendamos a sintonizar con la frecuencia del Universo. Somos energía y nuestro trabajo aquí es elevar nuestra frecuencia hasta conseguir que vibre con la del amor infinito. La única forma de evolucionar es siendo solidarios. Si damos cariño recibimos cariño, aunque no siempre parezca que sea así. El amor es como la luz, tiene la facultad de apagar las sombras y disolver la oscuridad.
SÓLO SIRVE EL AMOR
El amor se encuentra en todas partes si estamos dispuestos a detectarlo. A veces nos cuesta conectar con este sentimiento porque, igual que una cebolla, estamos recubiertos de capas que nos vuelven insensibles. El orgullo, la vanidad, los prejuicios y la racionalidad excesiva no son más que corazas que nos impiden disfrutar de la brisa de la vida. Ahora que sabemos que el futuro simplemente es una probabilidad, que nada es permanente, que todo pasa, ¿para qué llevar máscaras? Nadie es mejor o peor que nosotros. Todos estamos en el mismo barco y hacemos lo que podemos. La única diferencia es que algunas personas son más conscientes que otras de esa realidad. Es cierto que existen infinidad de hechos y situaciones injustas, espeluznantes, que podrían acabar con la esperanza de todos los santos juntos. Pero eso no implica que no pretendamos ser felices. Sobre todo en una situación límite, de duelo, como la nuestra. Por eso, si recibimos una llamada cariñosa, debemos esforzarnos en mantener esa conexión de solidaridad. Dar las gracias porque esa persona que nos ha telefoneado nos quiere. Aunque parezca irrelevante, esa llamada se convierte en un agarradero importantísimo. Esta pauta la hemos de seguir siempre que tengamos la ocasión; una visita sincera que comparte nuestro dolor es una bendición. Un amigo que nos ofrece lo que tiene, un día de sol espléndido, una sonrisa de nuestros hijos. Cualquier cosa agradable ha de adquirir para nosotros un valor extremo. Nuestro trabajo consiste en aceptar lo bueno. En buscarlo desesperadamente, en magnificarlo. He podido comprobar que cuando no juzgas y valoras el lado positivo de cualquier situación todo es mucho más agradable. Eso no significa que nos volvamos estúpidos o insolidarios. Al contrario, sabemos que cualquier cosa excepto el amor es perder el tiempo.
APRENDER A CUIDARSE (DIARIO)
28 de junio de 1999
(Tarde)
Hace 10 días que no voy a trabajar. Estoy agotada y he pedido la baja laboral para recuperar fuerzas. Agradezco de todo corazón a Hymsa su comprensión. Todos mis compañeros, de una forma u otra, me han mostrado durante estos meses su lado más cariñoso. Pero mi profesión se encuentra ahora relegada a un último término. Necesito estar en casa para reencontrarme a mi misma y volver a empezar.
En la intimidad de mi hogar me siento bien, mucho mejor que fuera. Ahora no me importa limpiar, al contrario, parece como si al hacerlo ordenara también mi mente. Del exterior sólo me interesan mis amigos. De alguna forma, aunque hemos entrado ya en el verano, estoy invernando. En cambio, mi hijo Jaime, adolescente, está haciendo el camino inverso. Se está abriendo al mundo y esto me produce una inmensa satisfacción. Creo que hoy ha sido la primera vez que ha dormido en casa de un amigo, después del accidente, y ahora está en el cine con otro compañero. Esta descubriendo el valor de la amistad. Es valiente. Y a mí me produce mucha ilusión verle avanzar. Tengo la sensación de que los tres -Luís, Jaime y yo- estamos avanzando aunque debemos recorrer caminos distintos. Cada uno el suyo, con la ayuda de los demás.
Los progresos son lentos y profundos. Por ejemplo, desde la muerte de Ignacio he soñado muchas veces que me dejaban un bebé. Intuía que estaba mejor conmigo que con sus padres, pero cuando lo tenía en brazos, de un modo u otro caía y se daba un fuerte golpe en la cabeza. No se moría pero mi angustia era tal que me despertaba llorando. La impresión no se desvanecía durante el día y presentí que el inconsciente había dado con algo importante. Primero pensé que el bebé representaba a Ignacio pero luego me he dado cuenta de que soy yo. Porque el día que hablé con mis jefes para anunciarles -después de haberme costado muchísimo decidirme- que no volvería al trabajo hasta dentro de tres meses, soñé que el bebé que me dejaban era una niña y empezaba a andar cogida de mi mano. Y no sólo no caía, sino que la entregaba a sus padres, después de pasear juntas, plácidamente dormida.
CREAR ARMONÍA (DIARIO)
21 de junio de 1999
(Mediodía)
Vivo, en parte, en el reino del inconsciente, como Alicia en el país de las Maravillas. Mis fantasmas y yo estamos poniendo orden a todo lo que he acumulado desde que nací. No puedo empezar una vida nueva sin desprenderme de parte del lastre (miedos, complejos, culpas, frustraciones, prejuicios…) que guardaba con celo en lo más hondo. Por la herida que ha abierto la muerte de Ignacio intento dejar escapar el humo negro que me impide avanzar. Cuento con personas que me quieren y con esto, con el amor, basta. Lo demás pesa y paraliza. No quiero darle la espalda a la vida, al contrario. Quiero vivirla con ilusión hasta el último momento y compartirla.
Mis hijos me enseñaron a ser tierna y esa ternura es un tesoro al que puedo recurrir ahora. Ahora que sé que el amor no se pierde aunque la persona querida no se encuentre en este mundo. Todo el cariño que he recibido y he dado perdura, es eterno. Por eso encuentro tan gratificante vivir, porque me permite acumular amor.
Yo he tenido fama de ser dura, sobre todo porque he juzgado constantemente a los demás. Eso conlleva un peso terrible. Me doy cuenta que la mayor liberación consiste en dejar que los otros actúen como entiendan. Quiero dejar fluir la vida sin ponerle resistencia. Al fin y al cabo de mí depende muy poco. De hecho, con aceptar mis responsabilidades, errores, defectos y virtudes ya tengo bastante. También me he dado cuenta que al ir desprendiendo «humo negro» es más fácil encontrarle gracia a la vida. La gente responde bien, las cosas me salen mejor. Es gratificante trabajar con todos los sentidos para crear armonía.



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