TERNURA, MUCHA TERNURA
Nuestro cuerpo es el guardián de heridas profundas. Algunas son recientes, otras tan antiguas que van más allá de nuestra memoria. No importa el tiempo si es preciso se mantienen abiertas durante siglos, implorantes, hasta que un día comenzamos a mirarlas con amor, aunque nos den miedo. Mientras, como quién acumula polvo, se recubren de capas y capas de amarga tristeza que pide a gritos consuelo.
Yo tengo una muy presente. Encierra el terror que viví en la autopista la noche del accidente. Durante 17 años al invocar ese recuerdo el dolor ha sido tan insoportable que no he podido permanecer allí ni un instante. Ahora las cosas están cambiando. Despacio, con delicadeza y amor, miro la escena y el dolor se transforma en compasión. Siento una gran ternura hacia mi misma no solo por haber vivido lo vivido, sino por haber aguantado el peso de ese enorme sufrimiento durante tanto tiempo. Presiento que al irse desvaneciendo mi horror, de alguna manera, el alma de cada uno de los que compartimos esa terrible noche se siente más libre y ligera.
Todos llevamos a cuestas dolores innombrables, de algunos nos consideramos culpables, los vemos como errores que nos hieren. Si cerramos los ojos, en aquella situación tan difícil que nos viene a la mente hicimos lo que hicimos porqué no supimos hacerlo de otra manera. Perdonarnos es la forma de deshacer los nudos de reestablecer el orden, de crear armonía. En el fondo todos somos niños asustados, inocentes, huérfanos de ternura.
PASO A PASO, SIN PRISAS
Los grandes duelos suelen dejarnos sin tierra bajo los pies y a años luz de la vida que habíamos llevado hasta entonces. Esos duelos por la muerte de alguien inmensamente querido paran el tiempo. Da igual si se inician con una larga enfermedad o vienen, sin previo aviso, de un momento a otro. La cuestión es que, desgarrados y a ciegas, nos encontramos ante un abismo profundo. Ese es el punto de partida y es normal sentirse perdido no solo los primeros meses, sino durante años.
Si, a pesar del miedo, decidimos tirar adelante iniciamos un camino que nos conduce a nosotros mismos. Durante el recorrido es bueno mantener el corazón abierto y hablar y escucharnos con honestidad. No vale engañarnos. Por un lado, hay que tejer y, por el otro, destejer hasta que nos sintamos en paz con lo que vamos creando. Sin prisas, paso a paso, dejando espacio al desespero, pero también a los destellos de luz que nacen de dentro, sin motivo, por muy efímeros que sean. El duelo exige sentir, vivirlo en carne viva todo, aunque a veces nos parezca que reyamos la locura.
Al principio nada es seguro -y ese principio puede parecernos eterno- pero, poco a poco, vamos descubriendo que dentro de nosotros hay realmente algo estable que nos sostiene. No es teoría, ni filosofía, ni fe, es una cuestión empírica. Ese poder increíble que nos mantiene a flote es el amor en estado puro. Cuando miramos con cariño lo que no nos gusta de nosotros mismos y nos perdonamos, lo de fuera adquiere una tonalidad más dulce y, aunque probablemente sigamos con altos y bajos, el temor no dura tanto y el dolor se trasciende.
Uno puede agarrarse al dinero, al estatus, al conocimiento… pero de poco o nada sirve eso cuando se entra en un gran duelo. Allí, en ese territorio inhóspito, lo único seguro es conectar con la propia esencia. Para eso es necesario irnos despojando de capas y capas de quejas, malentendidos, rencores, juicios y desencuentros. El proceso lleva su tiempo y probablemente no concluya ni con la propia muerte. Pero mientras tanto nos sentimos mejor, más ligeros y alegres. Al fin y al cabo la felicidad tiene mucho que ver con nuestra actitud, en saber encontrar el lado bueno de cualquier experiencia que nos depare la vida, aunque tardemos un tiempo en darnos cuenta. Paso a paso, a nuestro aire, sin prisas.
PROTEGER O SOBREPROTEGER
Pedir lo que quiero, no siempre me resulta fácil, en cambio, de forma natural, desde pequeña, he tenido predisposición a intuir lo que creo que necesitan los demás y ofrecérselo. Y así, casi sin darme cuenta, a lo largo de mi vida, he ido tejiendo la telaraña de la sobreprotección, sobre todo con las personas que más quiero. Ese es un camino directo al sufrimiento, ahora lo sé.
En primer lugar, porqué la sobreprotección se basa en el miedo (no en el amor) a que suceda algo que nos cause sufrimiento. Y, claro, todo lo que se sustenta en el miedo a la corta o a la larga causa sufrimiento. Es un callejón sin salida, un pez que se muerde la cola. Es la paradoja de la sobreprotección.
En segundo lugar, de alguna manera, con el apego a sobreproteger impedimos que el otro avance, aprenda de sus errores, adquiera confianza en sus aciertos… Eso queda lejos del amor. Y vuelta al sufrimiento.
Además, en última instancia, nadie sabe, en realidad, lo que necesitan o no los demás. Lo bueno para mí no tiene por qué ser lo mejor para los otros ¿verdad?
Se mire como se mire, la sobreprotección es un mal negocio. Mucho más rentable, en todos los sentidos, es confiar en que cada uno cuenta con la capacidad y fortaleza para elegir la actitud con la que decide recorrer su vida.
Proteger, a secas, a los que queremos es, a mi entender, más amoroso. Tiene más que ver con acoger. En el fondo consiste en permitir que los demás exploren a su aire las distintas posibilidades de estar en este mundo, y ayudarles si en algún momento nos piden que lo hagamos y nos es posible. Sin reproches, ni siquiera el típico “Ya te lo decía yo”.
La línea entre la sobreprotección y la protección a secas es fina y puede parecer difusa, al menos a mi me lo ha parecido a menudo, sobre todo con mis hijos. Mi truco es el siguiente: cuando sobreprotejo siempre hay control, miedo, tensión. Tensión incluso que se refleja en mi espalda, sobre todo de las dorsales para arriba. Cuando el impulso es de protección a secas no me desgasto, permito que las cosas sean, que la vida suceda, simplemente me dispongo a estar presente con amor.
EN EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MI HIJO
A pesar de que han pasado 17 años de aquel 26 de Diciembre una parte de mi sigue suspendida en aquella noche en que mi hijo Ignasi perdió la vida.
Esa parte lo recuerda todo; el coche dando vueltas, la certeza de que nada volvería a ser igual, los 2 días que estuvo mi adorado hijo en coma, mi otro hijo, Jaume, mi adorado benjamín, separado de mi en otro hospital, mi marido con lesiones que podían ser graves… Mi absoluta impotencia.
Esa parte de mi, que sigue en esa desolada autopista, esa mujer de 41 años que era yo entonces necesita de la mujer que soy ahora para salir del horror de esa semana trágica. Por eso hoy, a primera hora, he decidido ir allí y abrazarla, susurrarle con dulzura que Ignasi está bien, que Jaume se ha convertido en un hombre amoroso, padre de un niño precioso, esposo de una mujer fantástica. Que en casa vuelve a reinar el amor, que esté tranquila que yo la protejo, que ahora, a mis 58 años tengo la certeza de que es posible confiar en la vida, aunque duela.
Ella me mira, todavía asustada, mientras le hablo flojito de todo lo que hemos conseguido las dos juntas, de lo feliz que es Lluís, mi marido, de lo sabio que es mi padre, de nuestro nieto, de los días claros en que el amor lo impregna todo y envuelve a todas las personas que amo.
ESTAR EN PAZ
Así como el silencio es el guardián de las puertas del alma, la no-acción suele ser la antesala de la transformación.
No me estoy refiriendo a quedarnos en la cama cuando la realidad nos atemoriza y el dolor lo impregna todo, no. Esa inmovilidad nos suele hundir más y conviene, con dulzura, buscar motivos para incorporarnos despacio al día a día y remontar. Hablo de tener paciencia con uno mismo, de contar “hasta 10 o hasta 100” y resistir el impulso de actuar y juzgar cuando sentimos emociones que nos angustian.
Cuando emprendemos acciones movidos por el miedo, instintivamente cogemos el camino conocido, el que nos resulta familiar. Se dispara el piloto automático. Ese sendero, aunque en apariencia sea distinto, nos suele llevar siempre al mismo lugar. Nos movemos en circulo, así es imposible avanzar y es fácil repetir los mismos errores.
He podido comprobar que cuando algo me inquieta me va bien parar, no mover ficha, aguantar el “subidón” emocional, permitirme sentir lo que siento y esperar a que sea la vida la que de el siguiente paso. Intento limitarme a observar y eso suele ser el preámbulo de alguna agradable transformación personal que cambia a mejor mi realidad y la de los que me rodean.
Estoy en ello, no soy ni de lejos una experta, a menudo me equivoco y caigo en los errores conocidos. Pero tengo absoluta confianza en que es posible y maravilloso ampliar la conciencia, descubrir que los límites son autoimpuestos y que en nosotros reside el poder absoluto de estar en paz.
ESTAR EN PAZ CON LA DULZURA DE LA VIDA
Las personas que atravesamos un gran duelo es posible que tengamos un regusto amargo de la vida. La existencia nos ha enfrentado al dolor desgarrador y, mientras la herida está abierta, tal vez intentamos disimular lo que sentimos porque nos parece que es lo mejor para seguir viviendo, tal vez por no cansar a los demás o simplemente porque nos sale así, sin pensarlo. Pero el disimulo de poco o nada sirve. Aunque por fuera parece que seguimos adelante, que estamos bien, por dentro, si nos escuchamos con atención, seguramente encontramos un pozo hondo de tristeza y miedo. Ese pozo, además, lo alimenta la desazón y el dolor de los que nos han precedido. ¡Son tantas las emociones aparcadas durante generaciones, que piden agritos ser reconocidas y aceptadas!
Estoy dispuesta a sentir lo que haga falta, pero también quiero con toda mi alma romper la inercia que me lleva al disimulo. Estoy dispuesta a hacer limpieza a fondo hasta dejar el pozo bien seco. Me he propuesto estar en paz con la dulzura de la vida, ver, por sistema, la otra cara de la moneda. Por eso, al levantarme y siempre que me acuerdo durante el día pido a mi parte sabia que elimine de mi inconsciente cualquier obstáculo, por más antiguo que sea, que me impida sintonizar con la alegría, con el placer de estar viva, con la calidez de sentirse arropada, querida y segura.
Conozco lo que es la tristeza, la creencia de que la vida es un valle de lágrimas, eso lo he experimentado, sé que lo que más sobra en el mundo es sufrimiento, ahora quiero dedicar lo que me queda a experimentar y esparcir amor sin reservas. A vivir en mí la agradable sensación que produce acostarse y, antes de perder la conciencia, recordar y agradecer todo lo que ha merecido la pena. No suelen ser grandes cosas; tener a mi nieto en brazos, pasar un ratito agradable con mi hermana, llamar a una amiga del alma, pasear y sentirme ligera, notar el viento en la cara, fijarme en lo bonita que es la luz que entra por la ventana, ver el cariño y la bondad en los ojos de mi padre, ir al teatro sin programarlo, sentir la ilusión que produce encontrarse, de improviso, con alguien querido, compartir en la calle palabras cariñosas con algún conocido, disfrutar de la comida que he preparado, juntar palabras que expresen lo que siento, leer un buen libro, lograr cambiar el ánimo cuando el día empieza torcido… ¡Hay tanta dulzura en la vida que nos suele pasar por alto!
ENTREGARSE A LA VIDA
Hace apenas unos días los árboles de mi calle estaban desnudos, secos, parecía que nunca volverían a florecer y en cambio, ahora, desde la altura de mi ventana, todo es verde. Un verde nuevo, precioso, que rompe el gris de esta tarde lluviosa de Semana Santa. La fuerza de la vida es tremenda, en cada semilla se encuentra la profunda sabiduría del Universo. El plan es perfecto. Y pensar que, a veces, he cargado con el peso de intentar llevar el mundo a cuestas. Como si en mis manos estuviera cambiar nada! Cuando me resisto a la vida, que es puro cambio, y persigo la ilusión de parar lo imparable y controlar lo incontrolable que mal me siento… Suerte que el amor se impone y con voz dulce me dice que esté tranquila, que mi voluntad, por más que quiera, es pequeña, pero que si me dejo llevar sin esfuerzo, como una gota de agua en el océano, me sentiré libre, serena y ligera. Tan feliz y segura como lo estaba en los brazos de mi madre, como me siento de mayor cuando regreso después de un largo viaje a casa.
RENACER Y AMAR LA VIDA
Es hermoso ver cómo las personas renacemos después de atravesar, cada una a su manera, duelos inmensos.
Hay un antes y un después de esas sacudidas tremendas que te voltean entera y te dejan frente a la nada. Poco a poco emerge una nueva piel y nacen en nuestro interior brotes de alegría, de amor, de serenidad…
Esos brotes crecen con tal fuerza que son capaces de aguantar otras tempestades. Es hermoso ver reflejada la paz en las caras antes desencajadas. Es hermoso amar la vida.
link directe a l’entrevista que es va emetre ahir a BTV http://www.btv.cat/alacarta/terricoles/27637/
PURA VIDA
Llueve en mi ciudad desde hace poco más de dos horas; a ratos cae el agua con suavidad, casi con pereza y, de repente, la indolencia deja paso a un manto de agua, a una cascada intensa, salvaje, envuelta en un aire huracanado que, a pesar de su fuerza, dura casi nada y deja paso de nuevo a la lluvia dulce y mansa… Así transcurre esta tarde en Barcelona, esta tarde de Septiembre que viene a anunciar lo poco que queda ya del verano.
Mirando por la ventana el espectáculo del cielo, me ha parecido que la tarde de hoy, tan cambiante, se parece mucho al transcurso de la vida… Vivir encierra incertidumbre pero también una belleza honda, profunda, hermosa, aunque a veces duela.
La vida tiene una fuerza enorme, es como es, va a su aire y a veces nos da vértigo mirarla, sentirla tan libre, tan independiente, tan creativa. Cuando me ocurre eso me digo a mi misma que yo también soy pura vida –lo somos todos- y me doy permiso para sentirme fuerte, libre, independiente y creativa.
LA FELICIDAD ESTÁ DÓNDE TÚ TE PROPONGAS
Me ha impactado la foto de estos niños bañándose en una rueda inmensa de camión que ha mandado Manos Unidas de Fuerteventura, acompañada del siguiente texto: “Cuando no hay playas, ni Spa, cuando no hay piscina de aguas cristalinas, la imaginación se hace fuerte. Porque la felicidad está dónde tu te propongas”. Me parece tan cierto…
Cuando la vida te pone en verdaderos apuros, cuando la realidad se rompe y te quedas suspendida en el vacío, siempre nos queda el recurso de ir tirando del hilo de la felicidad.
La felicidad no está en tener piscina, por decir algo, no. Aunque nadie duda que tener cubiertas las necesidades básicas ayuda a sentirse bien, es evidente que se puede ser inmensamente rico e infeliz. La felicidad no está en el tener.
Aunque la presencia de nuestros seres queridos reconforta, tampoco nuestra felicidad depende de ellos. No parece justo hacer responsable a nadie de nuestra felicidad. Es verdad que la muerte de alguien muy cercano al que amamos mucho (un hijo, la pareja, los padres, un amigo del alma…) puede dejarnos fuera de la vida, desgarrados… Pero la responsabilidad de volver a ser felices sigue siendo nuestra. El camino de regreso pasa por darnos cuenta que la felicidad se encuentra en nuestro interior. Ser feliz es una elección, no depende de nadie ni de nada.
Con nuestra imaginación, con nuestra actitud, podemos encontrar la belleza, la alegría, el cariño en los rincones más inhóspitos e insospechados: los cactus dan hermosas flores, en los desiertos hay oasis, en las UCIS hay cariño, en la enfermedad hay caricias que consuelan… Sí, en la adversidad, por muy dura que sea, es posible tirar del hilo de la fortaleza y rescatar el tesoro íntimo de nuestra felicidad.







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