CÓMO ME GUSTAN LOS HOMBRES
Cómo me gustan los hombres que levantan casas, ladrillo a ladrillo, que construyen puentes o enormes barcos que cruzan océanos. Cómo me gustan los hombres que trabajan con pasión la tierra, que arreglan motores o lo que sea. Cómo me gustan los hombres que pasan meses lejos, faenando en mares embravecidos o la noche despiertos intentando encontrar la manera de llevar más dinero a casa.… Cómo me gustan los hombres que miran con amor a las mujeres, que forman un buen equipo con ellas, que crean una seductora complicidad con sus parejas.
UN LUGAR DE PAZ
Si nos guiamos por los pensamientos, si creemos que somos lo que pensamos muy probablemente en nuestra vida predomine el miedo. La mente es muy loca y a menudo nos pone en lo peor, le encanta, al menos a la mía, fabricar tragedias, revolcarse en el drama. Como si su lema fuera: mejor el terror en mano que la incertidumbre volando. De incertidumbre no quiere saber nada, ella tiene opinión y certezas sobre casi todo.
Ay, pobre mente mía, si la vida es incierta por naturaleza, si solo acogiendo la incertidumbre es posible estar en paz con uno mismo. Si no hay un solo sitio fuera al que poder huir cuando nos invade el miedo, la tristeza o el desasosiego. Solo tenemos el momento presente y es aquí y ahora donde transcurre la vida. Esa vida que a veces nos acaricia y otras nos hiere.
Cuando nos permitimos sentir la locura de la mente sin intentar cambiar nada, tan solo estando presentes, a veces, como si se corriera un telón o simplemente se rasgara un velo, aparece dentro muy adentro de nosotros un espacio, grande, muy grande, en el que es posible respirar tranquilos, sin esfuerzo. En ese lugar luminoso no hay lucha, ni reproches, ni culpas, ni nada y, en cambio, parece como si lo contuviera todo.
En ese lugar maravilloso que existe en cada uno de nosotros no hay separación entre los vivos y los muertos.
MORIR SANOS
Los primeros días de duelo me inundó un vacío infinito por dentro. Me quedé literalmente hueca y, aunque siempre estuve acompañada, recuerdo una soledad inmensa. Que sensación tan extraña es la de salir de la vida y, al mismo tiempo, seguir aparentemente en ella.
El dolor me trajo de vuelta y fue colonizando mi cuerpo, llenando el vacío hasta impregnar cada una de mis células. El llanto profundo, desgarrado me devolvió al mundo, un mundo que me daba vértigo con tan solo asomarme a la ventana.
La muerte de mi hijo dio en la diana. Nada hasta entonces me había herido hasta dejarme de rodillas, desfallecida, absolutamente perdida. Y allí me quedé, en la oscuridad desconsolada, hasta que me rendí, sin condiciones, a lo inevitable y pedí luz, con dulzura a una fuerza más grande.
He tardado años en aceptar que la vida es como es y que el dolor que nos parece insoportable, a menudo, se convierte en la antesala de un nuevo renacer, de una manera de ser más honesta con nosotros mismos, amable y bondadosa. Que solo con amor y perdón nos curamos, que cada uno tiene su tiempo aquí y hasta el último suspiro podemos darle la vuelta al marcador y morir sanos, con la misión cumplida.
ACOGERSE A LA DULZURA
Hoy puede ser un buen día para dejar de exigirte, de reñirte, de culparte, de quejarte, de odiar a la vida o a quién sea… en fin, de seguir, como en una noria, dándole vueltas al miedo, al malestar en tu cabeza. No digo que enmascaremos lo que sentimos, no. Simplemente propongo una tregua, un espacio claro, luminoso, sin juicio, algo parecido al arrullo en los cálidos brazos de una madre. A veces, es tan necesario parar y, en silencio, acogerse a la dulzura.
Sea cual sea el sentimiento desgarrador que predomine hoy en ti es posible con cariño sosegarlo hasta que se desvanezca.
En cada uno de nosotros reside una fuerza inmensa capaz de darle la vuelta al dolor de nuestra historia, de sumar amor, en vez de quedar atrapados y separarnos. Hay tantos mundos como formas de mirar la vida. ¿Cómo piensas tú vivir hasta tu muerte, con ternura o con el corazón cerrado?
SENTIRLOS SIN VERLOS
Cuando era pequeña y se acercaba una fiesta grande las mujeres de mi casa, mi madre y mi abuela, empezaban los preparativos limpiando a conciencia. Se abría la vitrina de la cristalería y no se volvía a cerrar hasta que todas las copas relucían y así con el resto de muebles, cristales, puertas, cortinas y armarios.
Desde luego, esa no era la parte que a mi más me entusiasmaba de las celebraciones, he tardado muchos años en descubrir lo agradable que puede ser poner orden, limpiar, sacarlo todo, tirar lo inservible y quedarnos solo con lo que necesitamos, lo que nos gusta, lo que nos hace sentir bien.
Poner paz en nuestro interior es parecido a voltear la casa. A mi me parece que, después de un golpe duro, de esos que nos dejan fuera del mundo, no es posible volver a celebrar la vida sin pasar por el trajín de curar nuestras heridas. Ir de habitación en habitación, sacar todos los cajones y limpiar con amor y perdón todo lo que nos pesa, nos duele, nos incomoda.
Mirar en nuestro interior asusta, nos parece que si abrimos la caja de Pandora no podremos con tantosufrimiento acumulado, escondido debajo de las alfombras. Pero he podido comprobar que no corremos riesgo, que lo importante es la intención, de lo demás se encarga el alma. Tenemos una parte sabia que marca el ritmo que necesitamos, ni más ni menos.
Cada vez que liberamos un conflicto aparcado, que trascendemos un miedo dejamos espacio para prestar más atención a la belleza, a la parte amable y dulce de la existencia. Cuando dejamos de pelearnos con nosotros mismos, con el mundo, con quién sea, surge de nuevo la alegría.
Duelen horrores las sillas vacías en Navidad, es cierto, he pasado muchos años bajando al infierno en diciembre, mes en el que murió mi hijo Ignasi, pero la buena noticia que puedo compartir es que cuanto más cerca del amor estamos más fácil resulta sentirlos con nosotros sin verlos. Ya no hay separación ni distancia, solo un inmenso cariño lo invade todo.
¿QUÉ PREFIERES PLANTAR EN TU INTERIOR?
La gracia de plantar semillas de amor es que funciona, ¡¡florecen!! y expanden una fragancia exquisita. Envueltos en su delicada esencia la vida transcurre suave, con menos esfuerzo. También hay tempestades, claro, pero nuestra actitud es otra, nuestra mirada es más compasiva, más amplia, no son tan importantes los resultados como la calidad del momento presente.
Cuando plantamos semillas de amor permitimos que la vida suceda, nos entregamos a lo que venga, confiando en una sabiduría ancestral y eterna. Para qué intentar llevar las riendas de lo que sabemos a ciencia cierta que es incontrolable. Controlar no controlamos nada, tan solo elegimos la manera en que encaramos lo que sucede. Por poner un ejemplo cotidiano, una cola larga en el super puede ser un tormento o una bendición que nos permite descansar un rato.
Entre las semillas de amor una de las más hermosas es la gratitud. Agradecer el aire que respiramos, la lluvia que alimenta los campos y limpia las ciudades, el sol que impulsa la vida, que levanta el ánimo, que crea alegría. ¡Hay tanto que agradecer!
Qué distintos son los frutos de la tierra abonada con semillas de amor o de “chismes” y prejuicios. Las semillas de amor crean paz y sosiego, las otras nos secan por dentro.
RENOVAR LOS VOTOS DE AMOR A LA VIDA
A mi me parece que a muchos de nosotros nos da miedo vivir. Y ese temor suele ir incrementando, con la edad, si no hacemos nada para evitarlo. Incluso muchas personas que sufren de miedo crónico no son conscientes de ello, a pesar de que en su día a día predomina la angustia y el malestar. Parece como si vivir con miedo fuese lo natural. ¿Cómo hemos llegado a ese callejón tan oscuro?
De pequeños, en general, vivimos el momento y, aunque nuestra realidad sea dura, es la que es y solemos sacarle el mejor partido porqué estamos conectados a la alegría de vivir.
Con el transcurso de los años vamos acumulando heridas, y si no les prestamos atención, si las dejamos aparcadas, nuestro corazón se va marchitando. Nos encerramos en un caparazón para intentar aislarnos de la propia vida. Pretendemos, así, no sentir dolor, algo a todas luces imposible de evitar. Y es precisamente esa resistencia la que nos envuelve en una niebla espesa que nos impide conectar con el amor y, a menudo, incluso respirar.
Nuestro des
pertar consiste en tomar consciencia de ese miedo y conectar con nuestro ser, con nuestra esencia divina y decidir cambiar de actitud, ampliar la mirada, pasar pantalla, renovar desde nuestro interior la alegría de vivir, los votos de amor a la vida, independientemente de lo que suceda en el exterior, de lo que tenga que venir.
Sé que hay golpes que te dejan en la cuneta, pero también sé que mientras estamos aquí es mejor crear amor que miedo, de eso, de expandir el temor, ya se encargan muchos medios de comunicación, incluso la mayoría de anuncios publicitarios. Por eso es tan necesario pararnos, ser sinceros y honestos con nosotros mismos, sacar toda la rabia y la tristeza que acumulamos, dejar espacio y volver a sentirnos como cuando éramos niños. De esa forma, entre todos, vamos creando un Universo más respetuoso, agradable, tierno y dulce a los que vienen detrás y para los que se han ido antes.
El VIENTO DE LA VIDA
En la isla en la que suelo pasar los veranos sopla de vez en cuando un viento fuerte, de los que embravecen el mar y hace crecer a los arbustos de lado. Cuando entra con furia la Tramontana todo se mueve, se agita, se estremece con una violenta locura como si el mundo entero quisiera salir volando por los aires. Ese viento del norte puede durar varios días, pero siempre, siempre, llega un momento en que para y vuelve la calma… hasta que vuelve a rugir la Tramontana.
Lo mismo ocurre, a menudo, con la vida. En ocasiones, la violenta locura se inicia con el anuncio de una enfermedad grave, otras con la ruptura de lo que creíamos el amor de nuestra vida, la pérdida de nuestro trabajo o la muerte de un ser inmensamente querido. Pero también puede empezar por qué sí, sin motivo aparente, siguiendo el impulso de un fuego interno que lo remueve todo con la finalidad, quizá, de ampliar nuestra conciencia. De obtener una visión más clara, más dulce, más amorosa.
Para conseguirlo, casi siempre suele ser necesario, antes, abrir grietas, aunque duela, nos incomode y nos resistamos. Es una de las maneras de conseguir que la luz se abra paso y llegue al final del pozo, ese lugar ignorado, oscuro, dónde guardamos, desde el inicio de los tiempos, nuestros miedos innombrables. Seguramente, cuando empezó a soplar con fuerza el viento de la vida, nos fue bien que estuvieran los miedos allí aparcados, cerrados a cal y canto, por pura supervivencia. Ojos que no ven, corazón que no siente, dicen. Sí, pero la venda, aunque en un principio es fina, llega un día que se hace de acero y se convierte en coraza y, entonces, nos quedamos estancados, como muertos porque nos impide vivir de lleno la vida.
Cuando murió Ignasi, al comienzo, bastante hacía con levantarme cada día y hacer frente al desespero. Como imagino les ocurre a muchos padres, la salida más fácil del laberinto en el que me encontraba hubiese sido morir. Pero algo potente, que yo identifico con el amor, me impulsó a seguir. El duelo es el camino del desapego, de la entrega, de la confianza y allí estoy, aprendiendo a saltar al vació con ilusión, cuantas veces sea necesario, sin vendas, con los ojos bien abiertos para no perderme lo bueno que tiene reservado para mí la existencia.
LA VIDA ES UNA AVENTURA
Cuanto más intento controlar, más incómoda me siento. Eso lo he ido comprobando a lo largo de los años. El control, la preocupación y la impaciencia suelen llevarme a un estado de desasosiego que suele acabar en algún tipo de malestar físico. No conducen a nada valioso ni útil. En cambio, cuando dejo de programar, de desear que las cosas sean tal como me imagino que deberían ser, en vez de reinar el caos y la anarquía se crea en mí una agradable sensación de bienestar, un espacio más amplio de libertad, como si me quitara un peso de encima y abriera la posibilidad de amar, de divertirme, de sintonizar con la alegría, la paciencia, la calma…
Con la muerte de Ignasi aprendí que resistirme a lo que es, a lo que sucede, a lo que trae la marea incrementaba mi sufrimiento. Antes no sabía que aceptar y entregarme son la clave para dejar atrás las obsesiones, para evitar el cansancio, el desgaste que produce mantener una batalla constante con el mundo y, en definitiva, conmigo misma. La vida es una aventura,
no un viaje programado y eso a veces nos da miedo, pero es lo que es. Por eso es mejor subirnos al carrusel de lo inesperado con los ojos limpios de expectativas, como cuando éramos niños. Si llovía poníamos la atención en lo divertido que era ir al colegio saltando en los charcos, si hacía viento notábamos su fuerza en la cara, nos dejábamos sorprender por las sacudidas que nos levantaban la ropa…
De mayores nos imaginamos que no podemos estar constantemente aquí y ahora porqué tenemos responsabilidades. A medida que nos hacemos mayores perdemos sabiduría porque la verdad es que sólo es posible vivir en el presente. Negociar constantemente con el futuro nos estresa, crea ansiedad y debilita nuestra eficacia y fortaleza. Y vivir anclados en el pasado va secando nuestro corazón y aleja a los que nos quieren. La vida está en el presente, en sentir cada instante, sin dar cuartel a los problemas que vislumbra por defecto la mente. Ya resolveremos lo que tengamos que resolver en su momento. Es mejor dejar de hacer planes, de querer estar siempre en otro sitio.
ENTREGARSE AL AMOR
Algunas personas, me atrevería a decir que muchas, conocemos a fondo el mecanismo y los entresijos de sufrir. Mucho antes de morir mi hijo Ignasi empecé a darme cuenta que me angustiaba con facilidad, que mi preocupación era excesiva y parecía formar parte de mi forma de ser, como una segunda piel, más profunda, que no sabía como arrancar.
Tenía unos hijos fantásticos y, en general, una vida que yo consideraba feliz, sin embargo, constantemente me mantenía en un estado de alerta, de inquietud, de desconfianza. Con el control intentaba evitar a toda costa el dolor y ese esfuerzo vano, irremediablemente, me alejaba de esa serenidad, de ese gozo por vivir, por disfrutar del día a día, sin más.
Cuando murió Ignasi tuve la certeza de que el camino consistía en vivir hasta el final el dolor, sin retenerlo. Sin escapatorias. Y a partir de ahí , por pura supervivencia, ir aprendiendo a borrar el programa de sufrimiento que hemos ido heredando las mujeres de mi familia. Pero, ¿cómo conseguirlo? He tenido muchos maestros y terapeutas que me han ayudado a ver más claro.
El primer paso es no juzgar ni criticar. Si ponemos consciencia a nuestros pensamientos nos damos cuenta que la mayoría de las veces encierran juicio, crítica y condena. Como sociedad, el juicio y la crítica están en el candelero y llenan la mayoría de periódicos, programas de radio y televisión. Somos adictos a eso, a juzgar. El juicio guarda relación con el ego y nos mantiene separados de los demás, disminuye nuestra energía, nuestra capacidad de amar, de prestar atención a la belleza, de aprender de cualquier persona o situación.
No es fácil romper el hábito de la crítica, pero es posible y los beneficios son tantos! Por de pronto, cuando miramos con los ojos de la ternura y el amor nuestra realidad se transforma. Como las setas en otoño o las flores en primavera aparecen sin esfuerzo la bondad, la amabilidad, la sencillez, la gratitud, la dulzura, la alegría serena que nos inunda al dejar de mantener un pulso contante y agotador con la vida. Todos salimos ganando si nos entregamos al amor.
Desde ese paradigma amoroso cualquier cosa que nos depara la existencia se convierte en una gran oportunidad para nosotros. Y, como todos somos uno, cualquier logro es un regalo para los seres que adoramos, estén aquí o en cualquier otro lado.




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