PALABRAS DE AMOR
Abraza tu mente y, cuando se entregue con dulzura a tus caricias, acúnala en tu corazón. Allí, en el refugio de tu pecho es fácil hablarte a ti misma con amor.
En ese espacio sagrado puedes ser sincera y dejar que brille tu inmensa fragilidad, tu infinita valentía, tu miedo a vivir o a morir, la ilusión de desperar en calma, con sosiego cada día.
Aunque ruja la tormenta y la fuerza del viento sea inmensa, ten paciencia, enciende una velita al amparo de la calidez de tu esencia y descansa.
No estás sola, el amor te acompaña, permítele que te ampare, escúchale en silencio. Déjate abrigar por el impulso de la vida, no te compares con nadie, siente la fuerza de tus ancestros y recuerda las veces que te has levantado, agradece las manos que te han sostenido…
No temas, el Universo entero te protege, tan solo concédete una tregua para sentir la vida. Da igual lo que digan o piensen los demás, sácate ese peso de encima.
Mírate al espejo y sonríele con complicidad a tu alma. Tu luz es preciosa y lo sabes, no te sonrojes. No pretendas tampoco ignorar los celos, la rabia, la envidia, la desazón, la falta de sentido, el cansancio, lo que sea que muestre también tu reflejo. Simplemente observa, no hay nada a corregir en este momento. Eres infinitamente valiosa, sientas lo que sientas. Quédate en tu corazón y disfruta de la calidez de sentirte querida.
LUCES Y SOMBRAS
Ando estos días haciendo balance de lo vivido, ordenando con cariño mis miedos conocidos, intentando dejar espacio a los desconocidos, reviviendo recuerdos olvidados o escondidos, percibiendo ilusiones aparcadas… Y ese inventario de emociones que, al principio, me daba pereza realizar, ahora empieza a tener sentido. La vida tiene sus ciclos.
Renovar los votos con la vida es como hacer obras en casa. Cuando empiezan es desesperante; todo patas arriba, se reabren las heridas, el caos se hace presente y parece que nunca nada volverá a estar en calma. Rehabilitar la casa, abrir el corazón, implica, casi siempre, un tiempo de descontrol, de incomodidad, de inquietud, pero resulta tan necesario para el alma!
A mi me parece que sin acoger las sombras no hay luz, puede haber, tal vez, un inconsciente autoengaño. Por eso, no me gusta, me confunde, la palabra superar relacionada con las pérdidas, con las crisis vitales, con las noches oscuras. No hay, a mi entender, que superar nada, creo que se trata más bien de vivirlo todo, a fondo, con muchas ayudas, que siempre vienen bien las manos que nos acompañan.
Cuanto más sinceros, cuanto más nos acercamos a vivir desde el corazón más nos damos cuenta que la existencia implica atravesar turbulencias, que no hay nada ganado, el cambio es permanente hasta el último suspiro.
Que descanso dejarse mecer por la vida en vez de intentar superarla. Al fin y al cabo ella es la que sabe, con vivirla con amor basta. Y entre consuelo y desconsuelo vamos ensanchando el alma y nos sentimos con ternura arropados.
LA ANTESALA DE ALGO BONITO
El miedo y yo compartimos muchos ratos juntos. Suele visitarme a menudo cuando se acerca diciembre. Es como si, antes de cerrar el año, tuviéramos que hacer inventario de todas las heridas nuevas y antiguas que ni sé que tengo.
Cuánto más quiero eludirlo, más presente se hace; me agarrota la espalda, me instala una piedra grande en la boca del estómago, me siento ansiosa, irascible, triste y enojada. Es su forma de decirme que le mire con cariño, que lo mejor que puedo hacer es sentir lo que viene a contarme.
El temor me ha acompañado y, probablemente, me acompañará durante algunos tramos durante toda mi vida . Por eso, porqué nos conocemos, sé que no soy el miedo aunque esté asustada, no soy la tristeza, aunque me sienta triste, ni la ira, aunque este irritable, no soy lo que siento ni lo que pienso, soy algo más grande que no sé nombrar.
Cuando me siento inmensamente vulnerable y confundida respiro hondo y como una madre intento mecer con dulzura mis temores. No suele salirme a la primera, ni a la segunda ni a la tercera, pero cuando de la mano del amor los sostengo algo dentro de mi reluce, me siento más serena, más en contacto con mi esencia, más honesta conmigo misma.
He podido comprobar que cuando me visita el miedo, en realidad estoy en la antesala de un luminoso comienzo. Como si estuviera engendrando algo bonito. Algo que me acerca más a amar la vida, aunque a veces duela.
Aunque tengamos miedo, propongo buscar el amor en cada esquina esta Navidad. Empezando por ser buenas con nosotras mismas. ¡Cada una sabe cuántas veces se critica así misma al día!
No es fácil acoger el dolor de las ausencias, pero el miedo es nuestro, no de los que se han ido. Y, posiblemente, nacimos con él y durante años lo hemos guardado en lo más profundo, sin ni siquiera darnos cuenta.
¿ESTÁS CANSADA?
Es posible que si dejas de mantener en alto tus defensas y, sin máscaras, te entregas a sentir descubras en ti una fatiga infinita.
Si dejas de resistirte a ese cansancio tan antiguo no morirás de agotamiento, no, al contrario, la rendición es dulce y tiene el don de liberarnos.
Lo que nos tensa, lo que nos mantiene, a veces, muertas en vida es intentar eludirlo, mirar para otro lado y seguir con la piedra en el pecho y los nervios desbocados.
Tu cansancio es sagrado, párate y escúchalo con cariño. Posiblemente, en silencio, te cuente que es bueno que dejes que cada cuál acoja su propio desasosiego, que no tienes porqué andar con el mundo a cuestas. Nadie avanza, en realidad, si le llevan a hombros.
A veces, solo por el simple hecho de vivir nos agotamos. Son tantas las batallas que enfrentamos! Si te sientes así, exhausta, busca un lugar seguro y entrega las armas. Las victorias del alma, esas que nos transforman, sólo se consiguen con honestidad, suavidad y ternura.
HABLAMOS DE LA MUERTE EN VALENCIA,
EN EL COLEGIO DE MÉDICOS EL 7 DE NOVIEMBRE
Sea anunciada o de repente la muerte de un ser inmensamente querido nos deja sin suelo bajo los pies. La vida misma se vacía de contenido. Nada va con nosotros, nos sentimos ajenos, a años luz de lo conocido. Así suele iniciarse el duelo de las muertes que consideramos a destiempo, esas que nos dejan con un vacío inmenso, congelados por dentro.
Nadie es el mismo después de la muerte de un ser inmensamente amado. Es imposible ser el de antes, pero sí tenemos la oportunidad de elegir qué queremos que florezca en nuestra vida: ¿la gratitud por lo vivido o la amargura por lo que nos parece que hemos perdido?
Si escogemos a pesar de todo mantener el corazón abierto al amor, si estamos dispuestos a sentir el dolor, pero también
la alegría es muy posible que nuestra vida adquiera de nuevo sentido.
De cómo afrontar la muerte, tanto desde la vivencia profesional como familiar y los duelos desgarradores hablamos Javier Zamora, psicólogo de la Asociación ASPANION y yo el próximo 7 de noviembre en Valencia, en la sala R. Fornós del Colegio Oficial de Médicos. La entrada es gratuita y, como el aforo es limitado, conviene inscribirse con antelación, en el siguiente mail: secretaria@svmpaliativa.org
DESTELLOS DE LUZ PARA AFRONTAR LA NAVIDAD
TALLER EN BARCELONA
SÁBADO 24 de Noviembre
HORARIO: de 10h a 13:h
INFORMACIÓN E INCRIPCIONES:Tel. 650 98 38 80
mercecastro@mercecastro.com
Cuando en las calles empiezan a poner las luces de Navidad, los corazones en luto se encogen. La imposibilidad de abrazar lo que tanto se añora es abrumadora.
Duele respirar.
Son días duros los que se avecinan, lo sé. He pasado muchas navidades en el infierno sin querer salir de la cama, con una piedra inmensa en la boca del estómago. Pero también sé que si me he levantado ha sido porqué el amor es más fuerte que el miedo, lo puede todo.
Las fechas señaladas son desafíos de amor y requieren las mejores galas del alma. Por eso, abro la posibilidad de participar en este taller en el que ofrezco los destellos de luz que a mi me han ayudado a transitar el camino del duelo, a encarar las navidades, y la vida entera, con una actitud más alegre y sosegada.
INFORMACIÓN E INCRIPCIONES:
Tel. 650 98 38 80
mercecastro@mercecastro.com
PERMITE QUE SE EXPANDA TU AMOR
Posiblemente estés paralizada. Tal vez se ha muerto tu compañero del alma, uno de tus hijos o el único o, quizá, estés pasando una terrible crisis vital sin motivo aparente… Si es así, de momento, tal vez no puedas hacer nada más que sobrevivir.
Respira hondo, saca el aire con lentitud y siente. Durante un tiempo, vas a ir a menudo de la mano del miedo, de la rabia, de la culpa o de cualquier otra emoción de las que nos asustan. Te sentirás perdida y sola muchas veces. Eso forma parte del duelo, de las grandes crisis, es normal. Recuerda, no te estás volviendo loca, te estás transformando y eso, casi siempre, va acompañado de mucho dolor.
Invoca la paciencia en tus ratos de mayor desespero, procura ser amable contigo misma y no olvidas que la intensidad del desasosiego bajará. Tan solo respira y no quieras ir más allá.
Cuando la tormenta amaine un poco, ponte la mano en el corazón, cierra los ojos y conéctate a esa fuente de amor que todos llevamos dentro. Ese amor en estado puro está deseando que lo mires, que lo abraces, que le permitas expresarse a través de ti. Sí ya se que quizá tengas miedo, pero eso no impide sentir amor. Cuanto más expandas ese amor, más fácil será la conexión con tus seres queridos, vivos o muertos.
Ahora no puedes abrazar a los que físicamente ya no están, pero el amor no muere, sigue allí y crece cuanto más das. ¿Habrá que hacer algo con tanto amor, verdad? algo bonito en honor a los que ya se han ido y en el tuyo. Hay tanta falta de ternura en el mundo y hay tantas formas de expresar cariño. Pídele a tu parte sabia, a tu divina presencia, a tus guías, a tu ángel de la guarda, al Universo entero que te inspire para abrir tu corazón y ofrecer tus dones.
Háblate con dulzura, no te riñas, ni prejuzgues a los otros. Cada uno, aunque no lo sepamos, tiene sus razones, lleva su particular pena. Es mejor sembrar y esparcir amor, con la inocencia de cuando éramos niños. De esa manera, todo es más suave y empezamos a vivir, en vez de sobrevivir. No temas olvidar a nadie por el hecho de amar (amar a las plantas, a los animales, a la naturaleza, a la vida, a quién sea. Todo merece amor). Amar no tiene nada que ver con sufrir, al contrario, el amor incondicional del que hablo es agradable, cálido, siempre suma, nunca resta.
Cada sonrisa que conseguimos, cada caricia, cada paisaje que admiramos le da sentido a nuestra vida. ¿No te parece?
SÍ PODEMOS, AUNQUE PAREZCA IMPOSIBLE
Las vidas se suelen romper de un momento a otro.
A veces, con un diagnóstico de los que nos dejan temblando, sin suelo bajo los pies, aunque la enfermedad anunciada sea más o menos larga. Otras, con un golpe seco de madrugada, sin esperanza de vuelta atrás.
Esos golpes demoledores nos arrastran a un lugar oscuro, desconocido, en el que predomina el miedo. La incertidumbre es tan grande que lo inunda todo. De repente, no sabemos quién somos. Posiblemente, lo que antes nos parecían sólidos pilares ahora no son más que castillos de arena incapaces de mantenernos en pie.
Recuerdo días, después de la muerte de mi hijo Ignasi, en los que el dolor era tan intenso que temía volverme loca. He estado años, cuando ya me encontraba más o menos bien, bajando al infierno a la que se acercaba el aniversario de su partida… ¡Es tan pronunciado, tan vertiginoso el carrusel de emociones que acompañan al duelo!
Volver a la vida parece imposible, ¿verdad? Sin embargo, no lo es. En las tinieblas, suelen haber destellos de luz. A menudo, cuando desfallecemos, aparecen brazos que nos sostienen. Tal vez son casualidades, tal vez no. Pero lo cierto es que, si abrimos nuestro corazón, siempre podemos encontrar un motivo amoroso para levantarnos y, poco a poco, empezar a confiar de nuevo.
Cuando hablamos de un gran duelo, el camino suele ser largo, no nos vamos a engañar. Pero, en contra partida, se abre una inmensa oportunidad: la de despertar, adquirir lucidez, aprender a aceptar. Y sobre todo, la de disfrutar de lo sencillo y valorar el cariño por encima de todo lo demás, sin máscaras, con más honestidad.
Estoy convencida de que nadie escogería esta opción para ampliar la conciencia. Seguro que no, tal vez por eso no nos dan a elegir. La vida y, quizá nuestra alma, van a lo suyo, cogen el camino de en medio, sin preguntar. Intuyo que saben que podemos, aunque nos parezca imposible.
SENTIRSE QUERIDO
Yo no sé vosotras, pero cuando mis pensamientos campan a sus anchas suelen llevarme a lugares terroríficos. Tengo una tendencia natural a esperar lo peor de lo que está por venir.
Para evitar sufrir en balde y darle la vuelta a esa tendencia, empecé a observar mi mente y, en vez de reñirla por su adicción al drama, decidí quererla, ampararla como cuando abrazas a un niño que se despierta asustado en medio de una pesadilla. Eso me ha ayudado mucho a deshacer bucles de agonía.
La mayoría de las “tormentas”, que me imagino, no descargan nunca, suelen ser producto de miedos antiguos que buscan la manera de llamar mi atención. Si me paro a escuchar con cariño el desasosiego, como una madre o un padre compasivos, el temor suele desvanecerse como las nubes en el cielo.
No estoy hablando de esquivar el dolor, no. Las pérdidas duelen y cuando se trata de seres muy queridos el dolor es desgarrador, a veces insoportable, pero forma parte de la vida. Me refiero, en concreto, al sufrir por sufrir que yo ya arrastraba antes de morir mi hijo Ignasi.
Ese ¡ay! perpetuo que planeaba en el aire, que mantenía mi mente tiritando por cualquier tontería que yo magnificaba, como si necesitara estar conectada al temor de que mi felicidad se truncara.
Ahora, cuando asoma esa inquietud, independientemente de lo que ocurra, sé que, en realidad, hay algo en mí que necesita sentirse querido y que la felicidad es algo íntimo, que sale de dentro, algo así como la decisión de entregarse sin recelos a lo que venga.
La plenitud, a mi entender, consiste en amar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros sentimientos, sin condiciones, aunque a veces duela.
¿Y SI DEJAS DE ESCONDER TU LUZ?
En las épocas más oscuros de mi vida, cuando más pérdida y atemorizada he vivido, he sentido, al mismo tiempo, momentos de amor en estado puro, reconfortantes destellos de luz, que inundaban mi ser de comprensión, de agradable certeza. Duraban un instante, dos o tres, pero eran como agua de mayo, me servían para coger aire, para no sucumbir, sin límites, a la desesperación.
Yo no sabía entonces que esos destellos, esa conexión sagrada con mi propia Diosa requiere intimidad y silencio y, sobre todo, mucho cariño para no perturbar la zona herida, esa parte nuestra, tan humana, que guarda infinidad de memorias terroríficas, dignas de hacer temblar a un santo.
Esa parte que compartimos, a través del inconsciente colectivo, se siente cómoda con el sufrimiento, lleva siglos experimentándolo y, cuando se suma a nuestra propia historia de dolor, puede arrasar con todo si no recurrimos al cariño, a los baños de dulzura, a las caricias, a avivar la luz de nuestra propia belleza, de nuestra divinidad.
La belleza de la que hablo no se encuentra, por definición, en los cuerpos de modelos, en los artículos de lujo o en las alfombras rojas de los grandes estrenos. No, la belleza terapéutica guarda relación con la delicadeza de nuestra mirada. En la sabiduría de encontrar lo bonito en los lugares más cotidianos, incluso en los inesperados.
A mi entender, el arte de ser feliz reside en poner la atención en la dicha en vez de en la crítica. Requiere su práctica. La tendencia es negarnos nuestra propia luz, como si no nos mereciéramos ser felices, pero sí perpetuamente desgraciados. Ese impulso destructivo, muy extendido, nada tiene que ver con el amor, ni tampoco con el olvido.
Estar en paz con uno mismo guarda relación con la honestidad, con el sentido del humor, con mirar con ternura lo que no nos gusta de nosotros mismos. Se trata de llevar la luz allí dónde hay oscuridad, de sernos útiles a nosotros mismos.







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